Mil médicos no pudieron curar al hijo del rey vampiro pero una pobre repartidora lo sanó al instante
La repartidora tocó por accidente al príncipe vampiro que llevaba cincuenta años dormido… pero cuando su sangre cayó sobre un antiguo diario, el rey descubrió que ella descendía de la mujer que había condenado a su hijo

PARTE 1
Lara solo quería entregar una canasta de pan y regresar a casa antes de que la tormenta empeorara.
Las tres monedas que recibiría significaban comida para ella y su abuela durante dos días.
Nunca imaginó que aquella entrega cambiaría su vida.
La lluvia caía con tanta fuerza cuando llegó al castillo que uno de los guardias la obligó a esperar dentro.
Lara recogía los panes que se habían caído sobre el piso de mármol cuando escuchó algo detrás de una puerta entreabierta.
Un latido.
Lento.
Débil.
Como un corazón que había olvidado cómo vivir.
Entró.
En medio de una habitación cubierta de cortinas oscuras había un joven acostado sobre una enorme cama.
Lara lo reconoció inmediatamente.
Era el príncipe Gael.
Todos en el pueblo conocían la historia.
El hijo del rey vampiro había caído bajo una maldición y llevaba cincuenta años sin abrir los ojos.
Médicos, alquimistas y hechiceros habían intentado despertarlo.
Nadie lo consiguió.
Lara debería haberse marchado.
En cambio, se acercó.
—¿Sigues vivo?
Colocó dos dedos sobre su muñeca.
La piel de Gael estaba helada.
Entonces ocurrió.
Tum.
El corazón bajo sus dedos golpeó con más fuerza.
Lara retiró la mano.
Gael respiró profundamente.
Sus párpados temblaron.
—¿Qué has hecho?
Lara se giró aterrada.
El rey Alarico estaba en la puerta.
En segundos, médicos y guardias llenaron la habitación.
El anciano doctor Octavio examinó al príncipe.
—Su pulso ha aumentado.
Alarico miró a Lara.
—Tócalo otra vez.
—¿Qué?
—Hazlo.
Lara obedeció.
Cuando tomó la mano de Gael, el color regresó ligeramente a sus labios.
Sus dedos incluso se curvaron alrededor de los de ella.
Alarico decidió que Lara no abandonaría el castillo.
Ella protestó.
—Mi abuela está esperándome.
—Será informada.
—¿Soy una invitada o una prisionera?
El rey la miró fríamente.
—Todavía no lo sé.
Durante los días siguientes, Lara permaneció junto a Gael.
Le hablaba del pueblo.
Le leía.
Le cantaba viejas canciones que su abuela le había enseñado.
Y cada día el príncipe parecía regresar un poco más.
Hasta que una tarde apretó conscientemente la mano de Lara.
—Puedes oírme —susurró ella.
Los labios de Gael se movieron.
Una voz quebrada salió de ellos:
—Siempre.
Lara comenzó a llorar.
Pero no todos celebraban.
Dama Morana y varios nobles acusaban a Lara de ser una bruja que había hechizado al rey y a su hijo.
Alarico decidió investigar.
Encontró un antiguo diario perteneciente a Serafina, la mujer que había lanzado la maldición.
Una frase parecía escrita para Lara:
“La sangre que llevó el dolor regresará llevando también la cura.”
—Necesitamos examinar tu sangre —dijo Alarico.
Lara extendió la mano.
Pero antes de que Octavio pudiera realizar la prueba, un cáliz roto le cortó accidentalmente la palma.
Varias gotas cayeron directamente sobre el diario.
Todos quedaron inmóviles.
La sangre comenzó a brillar.
La tinta de las páginas se movió sola.
Nuevas palabras aparecieron.
Octavio retrocedió horrorizado.
—Es imposible.
Alarico leyó lentamente.
Después levantó la mirada hacia Lara.
Ya no había desconfianza en sus ojos.
Había miedo.
—¿Qué dice? —preguntó ella.
El rey cerró el diario.
—Tu sangre lleva exactamente la misma firma mágica que la maldición de Gael.
Lara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué significa eso?
Alarico respondió:
—Significa que Serafina no murió sin dejar descendencia.
Hizo una pausa.
—Y significa que tú eres de su sangre.
Octavio miró hacia la habitación donde Gael dormía.
—La misma sangre que condenó al príncipe…
Luego volvió los ojos hacia Lara.
—Es la única que puede despertarlo.
Pero Alarico dijo algo todavía peor:
—O terminar de matarlo.
PARTE 2
Lara dio un paso atrás.
—No.
Miró su palma ensangrentada.
—Mi abuela me habría contado algo así.
Alarico negó lentamente.
—¿Le habría contado que descendía de una mujer quemada por maldecir a una familia real?
Aquella noche Lara comenzó a recordar cosas que jamás había vivido.
Fuego.
Una multitud gritando.
Una mujer encadenada.
Y un hombre observando desde lejos mientras las llamas crecían.
Encontró las respuestas en una parte abandonada del castillo.
Allí todavía permanecía un retrato de Serafina.
Debajo alguien había grabado:
SERAFINA, AMADA Y TRAICIONADA.
Alarico apareció detrás de ella.
Esta vez le contó toda la verdad.
Generaciones atrás, el rey Aldrigo se había enamorado de Serafina, una curandera humilde que había salvado cientos de vidas durante una epidemia.
Le prometió casarse con ella.
Le prometió convertirla en reina.
Pero los nobles amenazaron con rebelarse si un rey se casaba con una mujer pobre que practicaba magia.
Aldrigo eligió su corona.
Cuando Serafina se negó a desaparecer silenciosamente, la acusaron de brujería.
—¿Él la defendió? —preguntó Lara.
Alarico bajó la mirada.
—No.
—¿Permitió que la mataran?
—Sí.
Serafina fue quemada públicamente.
Antes de morir lanzó una maldición:
la familia de Aldrigo conocería el dolor de amar a alguien que podían ver pero jamás alcanzar.
Décadas después, Gael cayó dormido.
Pero Serafina había guardado otro secreto.
Estaba embarazada.
Su hija sobrevivió.
Generación tras generación, aquella sangre llegó hasta Lara.
—Entonces ella me dejó como arma —dijo Lara.
—O como elección —respondió Alarico.
Lara sintió rabia.
Serafina había sido traicionada.
Humillada.
Asesinada.
¿Cómo podía perdonar aquello?
Pero Gael no era Aldrigo.
Era simplemente un hombre que había pasado cincuenta años pagando por el pecado de alguien nacido siglos antes.
Mientras Lara luchaba con aquella verdad, Gael comenzó a empeorar.
Las venas oscuras regresaron a su rostro.
Su corazón volvió a ralentizarse.
Octavio apenas podía encontrar su pulso.
—Lo estamos perdiendo.
Lara tomó la mano del príncipe.
—Gael.
Sus ojos no se abrieron.
—Prometí que no te dejaría.
Sus dedos se movieron débilmente.
Lara comprendió entonces la verdadera naturaleza de la maldición.
No se alimentaba solamente de magia.
Se alimentaba del dolor.
Del resentimiento.
De la culpa heredada.
Serafina había obligado a aquella familia a sentir exactamente lo que ella sintió mientras ardía:
ver morir a alguien amado sin poder salvarlo.
Y cada generación había mantenido vivo aquel odio.
Lara miró a Alarico.
—Tiene que perdonar a Aldrigo.
El rey la miró como si le hubiera pedido arrancarse el corazón.
—Él dejó morir a Serafina.
—Y usted lleva siglos odiando a un muerto.
—Se lo merece.
—Quizá.
Lara miró a Gael.
—Pero su hijo no.
Alarico comenzó a llorar.
No como rey.
Como padre.
—No sé cómo perdonarlo.
—No tiene que decir que estuvo bien.
Lara tomó su mano.
—Solo tiene que dejar de permitir que aquel día siga destruyendo a personas que todavía están vivas.
Alarico cerró los ojos.
Y finalmente pronunció:
—Aldrigo… libero tu pecado de mi hijo.
El pulso de Gael cambió.
Pero la maldición seguía allí.
No era suficiente.
Lara regresó a la antigua capilla donde Serafina había rezado antes de morir.
Encendió una vela.
Después otra.
Las palabras comenzaron a llegar a su mente sin que nadie se las hubiera enseñado.
Recuerdos guardados en su sangre.
Alarico entró acompañado por guardias que sostenían a Gael.
El príncipe estaba apenas consciente.
—Insistió en venir —dijo el rey.
Gael levantó los ojos hacia Lara.
La reconocía.
—Voy a terminarlo —dijo ella.
Se arrodilló frente a él.
Tomó sus manos.
—Yo llevo un dolor que nunca fue mío.
Las velas temblaron.
—Tú llevas un castigo que nunca fue tuyo.
El cuerpo de Gael comenzó a calentarse.
Lara colocó una mano sobre su corazón.
Sintió algo oscuro enredado dentro.
—Yo no soy Serafina.
Las venas negras retrocedieron ligeramente.
—Y tú no eres Aldrigo.
Gael abrió los ojos completamente.
—Lara…
Ella sonrió entre lágrimas.
—Que el amor traicionado termine conmigo. Que el sueño se convierta en vida. Que el dolor se vaya donde pertenece.
Entonces Lara comprendió el precio.
Sus recuerdos comenzaron a desaparecer.
Primero el castillo.
Después su pueblo.
Su abuela.
Su propio nombre.
—Lara, detente —ordenó Alarico.
Ella quiso hacerlo.
Pero Gael moriría.
Lo miró.
Él comprendió.
—No —susurró.
Por primera vez después de cincuenta años, Gael estaba despierto lo suficiente para suplicarle.
—No te pierdas por mí.
Lara apretó su mano.
—Entonces haz que haya valido la pena.
Gael lloró.
—Prometiste que no me dejarías.
—Quizá pueda encontrarte otra vez.
La luz llenó toda la capilla.
La última oscuridad desapareció del cuerpo del príncipe.
Gael respiró.
Una respiración profunda.
Real.
Viva.
Y se incorporó.
Alarico lo abrazó llorando.
—Hijo.
—Padre.
Gael buscó inmediatamente a Lara.
Ella seguía arrodillada.
—Cumpliste tu promesa.
Lara lo miró confundida.
—¿Lo conozco?
La felicidad desapareció del rostro de Gael.
—Soy Gael.
Ella trató de recordar.
No pudo.
—Lo siento.
Había salvado al príncipe.
Pero había entregado sus recuerdos para hacerlo.
Meses después, Lara vivía en un pequeño pueblo junto al río.
No recordaba el castillo.
Ni la maldición.
Ni siquiera sabía con certeza quién había sido antes de aparecer allí completamente desorientada.
Una anciana curandera la había acogido.
Lara descubrió que tenía un talento extraordinario para sanar plantas y preparar remedios.
A veces soñaba con velas.
Con manos frías calentándose entre las suyas.
Con un hombre llamándola desde muy lejos.
Pero al despertar no recordaba su rostro.
Una mañana entró un viajero en su tienda.
Cabello oscuro.
Ojos del color del crepúsculo.
El corazón de Lara dio un extraño salto.
—¿Puedo ayudarlo?
El hombre colocó sobre la mesa un jazmín marchito.
—Me dijeron que podía salvarlo.
Lara examinó la flor.
—Está muy débil.
—Lo sé.
—Quizá nunca vuelva a ser exactamente como antes.
El hombre sonrió.
—Diferente no significa perdido.
Lara levantó la mirada.
Aquella frase le produjo una sensación extraña.
—¿Nos conocemos?
El viajero guardó silencio unos segundos.
—En cierto modo.
Lara decidió no presionarlo.
Preparó una mezcla de hierbas, agua y miel.
—Vuelva mañana.
—Lo haré.
Antes de salir, el desconocido preguntó:
—¿Es feliz aquí?
Lara observó su pequeña tienda.
—Creo que sí.
Los ojos del hombre se llenaron de algo que parecía dolor y alivio al mismo tiempo.
—Entonces me alegro.
Regresó al día siguiente.
El jazmín había comenzado a recuperarse.
Pequeños brotes verdes aparecían en el tallo.
—No está completamente sano —dijo Lara—. Pero está vivo.
El hombre acarició suavemente los pétalos.
—Una vez usted también devolvió la vida a algo que había olvidado cómo vivir.
Lara se quedó inmóvil.
—No está hablando de la flor, ¿verdad?
Él sonrió.
Cuando comenzó a marcharse, Lara sintió repentinamente que no quería dejarlo ir.
—¡Espere!
El hombre se giró.
—Nunca me dijo su nombre.
—Gael.
El nombre golpeó el pecho de Lara como el sonido lejano de una campana.
No apareció ningún recuerdo.
Pero sí una emoción.
Calor.
Tristeza.
Y una inexplicable sensación de haber llegado a casa.
—¿Volverá? —preguntó ella.
Gael la miró con esperanza.
—¿Quiere que vuelva?
Lara sonrió lentamente.
—Sí.
—Entonces volveré todas las veces que me permita.
Después de que salió, Lara descubrió una pequeña marca plateada sobre su muñeca.
La tocó.
Por un instante escuchó en su cabeza una vieja canción.
Y comprendió algo que no necesitaba recordar para saber que era verdad.
Alguna vez había amado profundamente a alguien.
Lo suficiente para entregarlo todo.
Quizá sus recuerdos jamás regresarían.
Pero el pasado ya había tenido su oportunidad.
Esta vez, si Gael y ella llegaban a amarse…
no sería porque una maldición, una profecía o una mujer muerta hacía siglos lo hubiera decidido.
Sería porque dos personas libres se habían encontrado de nuevo.
Y habían elegido comenzar desde cero.