Mientras llevaba al heredero del Rey Alfa, leyó su compromiso — esa noche desapareció
Mientras llevaba al heredero del Rey Alfa, leyó su compromiso — esa noche desapareció

PARTE 1
Alowen Voss encontró el anuncio de compromiso clavado fuera del gran salón, entre un decreto de impuestos y un aviso sobre la cosecha. El sello del rey todavía estaba tibio.
«Su Majestad Saurin Baldrich y Lady Lisara Ashworth celebrarán su unión durante la Luna de la Escarcha».
Alowen leyó las palabras varias veces. Después llevó una mano a su vientre, aún fácil de ocultar bajo la túnica.
Estaba embarazada de cuatro meses.
Saurin, el padre del niño, no lo sabía.
Alowen había sido abandonada al nacer en las escaleras de la enfermería real. Sin apellido importante ni familia, creció aprendiendo a preparar remedios y a hacerse invisible ante una corte que apenas notaba a los sirvientes.
Conoció a Saurin cuando él llegó herido a la enfermería. Vestía como un soldado común, así que ella le ordenó sentarse y dejar de apretar el puño.
—¿No sabes quién soy? —preguntó él.
—Sí. Pero a la infección no le importa que seas rey.
Saurin regresó la noche siguiente sin ninguna herida. Después volvió otra vez. Se sentaba mientras ella trabajaba, le preguntaba por sus hierbas y escuchaba detalles de su vida que nadie había considerado importantes.
Terminaron enamorándose en secreto.
Él la besaba en pasadizos oscuros, le llevaba plantas raras y pronunciaba su nombre como si fuera algo precioso. Pero nunca hablaba del futuro. Tampoco la reconocía delante de la corte.
Entonces llegó Lisara Ashworth, heredera de una poderosa familia que controlaba la frontera oriental. La pérdida de su ejército dejaría el reino indefenso, y su padre exigía una alianza matrimonial.
Alowen intentó convencerse de que Saurin encontraría otra solución. Sin embargo, una noche lo oyó hablar con Hadron, su consejero.
—No existen asuntos personales —dijo el rey—. Solo existe el reino.
Ella no esperó a escuchar más.
Tras encontrar el anuncio, regresó a su pequeña habitación, empacó dos vestidos, sus medicinas y el tónico prenatal. Dejó la horquilla de plata que Saurin le había regalado y escapó por una puerta sin vigilancia.
No permitiría que su hijo creciera escondido como una vergüenza.
Cuando Saurin despertó, encontró el lado de la cama vacío. Registró la enfermería y la habitación de Alowen. Al ver la horquilla abandonada, comprendió que se había marchado deliberadamente.
Ordenó buscarla por todo el reino.
Pasaron varias semanas sin noticias. Alowen se ocultó en Carvath, una aldea remota, donde trabajó con una anciana herbolaria bajo un nombre falso. Mientras tanto, Saurin dejó de dormir y convirtió su estudio en una sala llena de mapas y rutas marcadas.
La respuesta apareció por accidente.
Eira, la sanadora que había criado a Alowen, encontró un frasco vacío de tónico prenatal y residuos azules de una prueba de embarazo. Llevó ambas cosas al rey.
—No escapó sola, Majestad.
Saurin miró el frasco sin comprender.
—¿Qué quieres decir?
—Alowen estaba embarazada cuando se marchó. Por mis cálculos, ahora debe encontrarse cerca del sexto mes.
La habitación pareció quedarse sin aire.
En ese mismo instante, a cientos de kilómetros de distancia, el bebé se movió dentro de Alowen por primera vez. El vínculo entre sus padres despertó con tanta fuerza que ella sintió el dolor de Saurin atravesándole el pecho.
Y en el palacio, el rey alfa cayó de rodillas al sentir los latidos de un hijo cuya existencia acababa de descubrir.
PARTE 2
Saurin se levantó con una decisión que hizo retroceder a todos los presentes.
—Preparen cuatro caballos. Sin estandartes ni escolta ceremonial.
Eira señaló varios pueblos del norte donde una sanadora embarazada podría encontrar hierbas y una partera sin llamar demasiado la atención. Saurin siguió cada pista personalmente. Tras varios días, un comerciante recordó haber vendido jengibre a una joven de cabello oscuro en Carvath.
El rey sintió el vínculo apenas cruzó los límites de la aldea.
Alowen estaba detrás del mostrador de la herbolaria, atando tomillo seco. Cuando se volvió, Saurin vio la curva de su vientre y se quedó inmóvil. La realidad de su hijo le quitó toda autoridad, dejándolo únicamente como un hombre consciente del daño que había causado.
—No deberías estar aquí —dijo ella.
—Tú nunca debiste verte obligada a huir.
Alowen colocó una mano protectora sobre su vientre.
—Regresa con tu prometida. Mi hijo no crecerá escondido en los pasillos de tu palacio.
—No habrá boda.
Ella señaló que el anuncio llevaba su sello y que jamás había pronunciado su nombre delante de la corte.
Saurin no discutió.
—Tienes razón. Firmé el decreto y pensé que podría resolverlo antes de hablar contigo. Quería romper el compromiso sin provocar una guerra, pero mi silencio te hizo creer que no significabas nada. Fue cobardía.
Alowen no lo perdonó. Le dio la espalda y continuó trabajando.
Saurin se instaló en la única posada del pueblo. No ordenó que regresara ni usó el vínculo para presionarla. Cada mañana se sentaba frente a la herbolaria y esperaba. Al notar que ella estaba cada vez más débil, le llevó sopa de pollo y jengibre.
—Aceptar cualquier decisión que tomes sobre nosotros —dijo—, pero el bebé necesita que permanezcamos cerca. Déjame ayudarte a protegerlo.
Alowen sabía que tenía razón. La separación estaba alterando sus fuerzas y los latidos del niño. Aceptó la sopa y permitió que Saurin se sentara a su lado. Casi de inmediato, el temblor de sus manos disminuyó y el bebé se calmó.
Ella todavía dudaba de él, pero comenzó a abrirle la puerta.
La verdadera amenaza llegó poco después. Seis hombres armados entraron en Carvath. Hadron reconoció al comandante de la guardia privada de Lord Ashworth. La familia de Lisara había descubierto el embarazo; un heredero de sangre real hacía innecesario el matrimonio y reducía su influencia sobre la corona.
Saurin enfrentó a los jinetes en medio de la calle.
—Digan a Lord Ashworth que Alowen Voss lleva a mi hijo. Si desea hablar del compromiso, que envíe diplomáticos, no soldados para intimidar a una mujer embarazada.
Los hombres se retiraron. Cuando Saurin volvió, encontró a Alowen pálida en la puerta.
—Esto era lo que temía —susurró ella—. Nuestro hijo me convierte en un objetivo.
—Nuestro hijo te convierte en la madre de mi heredero. Y ninguna alianza vale más que la seguridad de ustedes.
Aquella noche, Alowen le permitió entrar en su habitación. Saurin se sentó en el suelo para respetar la distancia que ella necesitaba.
—Te escuché decir que solo existía el reino —confesó Alowen—. Creí que yo era algo que podías desechar.
Saurin explicó que ella se había marchado antes de oír el resto de la conversación: había ordenado a Hadron buscar una alternativa al matrimonio. Pero aceptó que la confusión era responsabilidad suya.
—Intenté solucionar todo antes de hablarte. Lo que necesitabas no era una solución perfecta, sino la verdad.
Alowen le contó que ser abandonada al nacer la había convencido de que todos terminarían dejándola. Al ver el anuncio, sintió que su historia volvía a repetirse. Podía soportarlo por sí misma, pero no permitiría que su hijo aprendiera la misma lección.
Saurin se arrodilló frente a ella.
—Nunca debí amarte únicamente en la oscuridad. Nuestro hijo jamás dudará si merece ser reconocido, y tú tampoco volverás a ser mi secreto.
Alowen tomó su rostro entre las manos.
—No vuelvas a decidir nuestro futuro sin hablar conmigo.
—Nunca.
—Y si vuelves a llamarnos «asunto personal» con esa voz fría, pondré algo desagradable en tu té.
Saurin soltó la primera risa verdadera en semanas. Entonces el bebé pateó contra la palma que él había apoyado sobre el vientre de Alowen.
—Estoy aquí —le prometió—. No volveré a desaparecer.
Una carta de Lisara llegó poco después. La joven liberaba a Saurin del compromiso y reconocía que un matrimonio sin amor no sería una alianza, sino una prisión. Propuso sustituirlo por un acuerdo comercial que garantizara la protección de la frontera.
Cuando Alowen recuperó sus fuerzas, regresó al palacio con Saurin. Entraron por la puerta principal, a plena luz del día. El rey le ofreció la mano ante los nobles y los sirvientes que antes ni siquiera conocían su nombre.
Su hija nació durante la Luna de la Escarcha, la misma noche escogida originalmente para la boda política. La llamaron Aida, «primera luz», porque Alowen quería que su nombre representara un comienzo.
El reino tardó en aceptar a una sanadora sin linaje como compañera del rey. A ella no le importó. Había sobrevivido sola en el norte y no pensaba permitir que los rumores decidieran su valor.
Saurin aprendió que amar no significaba abandonar el deber, sino dejar de usarlo como refugio contra el miedo. Alowen siguió trabajando como sanadora y nunca renunció a su propia voz.
Durante años había creído que nadie la consideraría digna de conservar.
Finalmente comprendió que la verdadera felicidad no consistía en que un rey la eligiera, sino en haber aprendido a no abandonarse nunca más a sí misma.