Mi padre me entregó a una manada para pagar sus deudas… pero cuando el rey licántropo descubrió quién era yo, todo cambió

Mi padre me entregó a una manada para pagar sus deudas… pero cuando el rey licántropo descubrió quién era yo, todo cambió

PARTE 1 

La noche que descubrí que mi padre había negociado mi libertad, yo solo había bajado a la cocina por un vaso de agua.

Escuché mi nombre detrás de la puerta de su despacho. Después, una voz desconocida preguntó si la entrega se realizaría antes del viernes.

Mi padre respondió que todo estaba arreglado.

Lo que escuché después me hizo comprender que ya no tenía derecho a decidir sobre mi propia vida.

Me llamo Renata Varela y, hasta aquella noche, creía que mi trabajo como mediadora entre manadas me había enseñado a reconocer cualquier engaño.

Me equivocaba.

Mi padre, Darío Varela, era un alfa respetado en nuestra región. Durante años había administrado acuerdos comerciales y territoriales, pero últimamente sus negocios atravesaban dificultades.

Yo sabía que tenía deudas.

Lo que jamás imaginé fue que había encontrado una manera de pagarlas utilizando mi nombre.

Detrás de aquella puerta, un hombre le recordó que el alfa de Garra de Hierro esperaba recibir lo prometido.

Mi padre aseguró que yo estaría lista.

No entré a reclamarle. Tampoco hice ruido.

Subí a mi habitación, cerré la puerta y pasé el resto de la noche intentando entender cómo podía escapar de un acuerdo que ni siquiera había tenido oportunidad de conocer.

A la mañana siguiente preparé una maleta.

Guardé mis documentos, algo de ropa y las credenciales que acreditaban mis tres años de experiencia como mediadora.

Cuando llegó el vehículo, mi padre estaba esperándome en la entrada.

—Renata, algún día entenderás que hice esto por nuestra familia.

Lo miré sin responder.

Quise preguntarle desde cuándo yo había dejado de formar parte de esa familia.

Pero no le di el gusto de verme suplicar.

Subí al automóvil.

La residencia de Garra de Hierro parecía más un hotel de lujo que el hogar de una manada.

Tenía jardines enormes, pasillos interminables y guardias colocados discretamente en cada entrada.

Me asignaron una habitación en el segundo piso.

Había una cama cómoda, muebles elegantes y un balcón con vista a un jardín de piedra.

Solo faltaba un pequeño detalle.

La puerta no podía cerrarse con llave desde adentro.

A la mañana siguiente apareció Iván Salcedo, el beta de la manada.

Era un hombre impecablemente vestido, de voz tranquila y sonrisa calculada.

Me explicó que podía utilizar la biblioteca, pasear por determinados jardines y asistir a las comidas oficiales.

También debía permanecer dentro de la propiedad.

—¿Y si decido marcharme? —pregunté.

Iván acomodó los puños de su camisa.

—No hay necesidad de pensar en eso. Aquí tendrá todo lo que necesite.

Fue entonces cuando comprendí que no era una invitada.

Era una prisionera con sábanas caras.

Sin embargo, cometer una imprudencia solo empeoraría mi situación.

Saqué una libreta y empecé a registrar todo.

Los horarios de los guardias.

Las entradas y salidas del personal.

Las habitaciones donde se guardaban documentos.

Y, especialmente, las conversaciones que Iván intentaba evitar.

Mi única ventaja era que sabía leer los acuerdos que otras personas firmaban sin comprenderlos.

Necesitaba descubrir qué había firmado mi padre.

Una semana después ocurrió algo extraño.

El personal comenzó a limpiar habitaciones que llevaban años cerradas.

Los guardias recibieron nuevos uniformes.

Incluso Iván, que normalmente parecía tener todo bajo control, comenzó a revisar personalmente los preparativos.

Entonces escuché un nombre.

Gael Montenegro.

El rey licántropo de los territorios del norte.

Su familia pertenecía a uno de los linajes más antiguos y poderosos que aún existían.

Su visita tenía como propósito revisar varios acuerdos comerciales con Garra de Hierro.

Lo vi llegar desde mi ventana.

Bajó de un automóvil negro, acompañado por apenas unos cuantos escoltas.

Era alto, de cabello oscuro y expresión seria.

No necesitó levantar la voz para que todos se apartaran de su camino.

Tres días después fui convocada a una cena formal.

Me colocaron al extremo de una mesa enorme, entre dos integrantes de la manada que apenas me dirigieron la palabra.

Durante la cena se discutieron rutas comerciales y permisos de tránsito entre territorios.

Yo escuchaba en silencio.

Hasta que Iván mencionó una disposición que conocía perfectamente.

Afirmó que Garra de Hierro tenía derecho a controlar todas las rutas secundarias del corredor oriental.

Eso era falso.

Yo misma había estudiado el tratado original durante una mediación anterior.

Sin pensarlo demasiado, intervine.

—Disculpe, pero esa autorización no incluye los caminos secundarios. La última modificación del tratado dejó esa parte sin cambios.

Toda la mesa quedó en silencio.

Iván me miró como si acabara de cometer una falta imperdonable.

Pero alguien más había levantado la cabeza.

Gael Montenegro.

El rey licántropo me observó durante varios segundos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Iván intentó responder por mí.

Gael levantó ligeramente una mano.

—Prefiero escucharla a ella.

Sentí que mi corazón se aceleraba.

—Renata Varela, señor.

Algo cambió en su expresión.

Fue apenas un instante, pero lo noté.

Como si mi apellido confirmara una sospecha que llevaba tiempo investigando.

Después continuó cenando con absoluta normalidad.

Yo pensé que todo había terminado.

Sin embargo, cuando los invitados comenzaron a retirarse, Gael pasó detrás de mi silla.

Se inclinó apenas, lo suficiente para que nadie más pudiera escucharlo.

Y me susurró:

—Renata, sé que no llegaste aquí por decisión propia. Alguien está ocultando la verdad sobre tu acuerdo.

PARTE 2 

Me volví inmediatamente hacia él.

Pero Gael ya se había alejado.

Ni siquiera miró hacia atrás.

Permanecí sentada unos segundos, intentando comprender cómo había descubierto algo que todos en aquella residencia parecían empeñados en ocultar.

Esa noche apenas dormí.

A la mañana siguiente fui a la biblioteca y revisé los registros de acuerdos territoriales disponibles para consulta.

No encontré mi nombre.

Tampoco apareció ningún documento que justificara mi permanencia en Garra de Hierro.

Cuando solicité una copia del acuerdo a Iván, me explicó que se trataba de un asunto privado entre alfas.

Su respuesta confirmó mis sospechas.

Estaban utilizando una figura diplomática para ocultar un intercambio que jamás habría aceptado voluntariamente.

Durante los días siguientes, Gael comenzó a aparecer en lugares donde yo acostumbraba pasar el tiempo.

Primero en el jardín.

Después cerca del archivo.

Finalmente, una tarde, en la biblioteca.

Yo estaba revisando un libro cuando lo vi sentarse frente a mí.

Decidí hablar antes que él.

—No sé qué pretende conmigo, pero necesito que sea claro.

Gael cerró el libro que tenía entre las manos.

—Quiero que puedas salir de esta propiedad.

Lo observé con desconfianza.

—¿Para llevarme a la suya?

Su expresión permaneció seria.

—No estoy negociando contigo como si fueras una propiedad, Renata. Estoy intentando que recuperes el derecho a decidir.

Sacó una carpeta de su saco y la colocó sobre la mesa.

Dentro había una denuncia formal.

Me quedé inmóvil.

El documento explicaba que mi traslado había sido presentado como una contribución diplomática para resolver una obligación económica entre manadas.

Pero existía un problema fundamental.

Nunca habían solicitado mi consentimiento.

Además, la disposición utilizada para justificar el acuerdo pertenecía a una antigua norma de cooperación territorial que no autorizaba restringir la libertad de una persona.

Gael había reunido los antecedentes legales, identificado las irregularidades e incorporado su declaración como testigo.

Solo faltaba mi firma.

—Si aceptas presentar esto, el Consejo Regional podrá intervenir —me explicó—. Y tú tendrás fundamentos para exigir tu salida.

Revisé cada página.

Conocía aquellas leyes.

Había trabajado con ellas durante años.

Y debo admitir que el expediente estaba preparado con una precisión impresionante.

Por primera vez desde que abandoné mi casa, sentí que tenía una posibilidad real de recuperar mi vida.

Tomé la pluma.

Firmé.

El alfa de Garra de Hierro recibió la notificación poco después.

Su reacción fue inmediata.

Rompió el documento y devolvió los pedazos al Consejo.

Creía que su poder era suficiente para terminar con el asunto.

Pero había cometido un error.

Gael no necesitaba enfrentarlo físicamente.

Conocía perfectamente la red de acuerdos que sostenía su influencia.

Durante las siguientes semanas, varias negociaciones comerciales fueron revisadas.

Algunos convenios financieros llegaron a su vencimiento sin ser renovados.

También comenzaron procedimientos para examinar la legitimidad de ciertos derechos territoriales que Garra de Hierro había reclamado durante años.

Todo ocurrió mediante documentos, reuniones y procedimientos legales.

El alfa descubrió que su posición era mucho más frágil de lo que había imaginado.

Seis semanas después solicitó negociar.

Esta vez no llegó dando órdenes.

Aceptó reconocer públicamente que mi traslado había vulnerado las normas de protección entre manadas.

También firmó el reconocimiento formal de mi libertad.

Pero lo que él no sabía era que yo ya estaba trabajando en algo mucho más importante.

Durante aquellas semanas estudié a fondo la disposición legal que mi padre y Garra de Hierro habían utilizado.

Descubrí que su redacción permitía presentar a una persona como parte de un intercambio diplomático sin establecer claramente cómo debía obtenerse su consentimiento.

El problema no terminaba conmigo.

Si aquella norma permanecía igual, otras personas podrían encontrarse algún día en mi situación.

Preparé una propuesta de modificación y solicité presentarla ante el Consejo Regional.

Cuando llegó el momento, entré sola a la sala.

Expuse las irregularidades del sistema, presenté los antecedentes y expliqué por qué ningún acuerdo entre manadas debía permitir que una persona perdiera su libertad.

Los representantes hicieron preguntas difíciles.

Respondí una por una.

Después vino la votación.

La modificación fue aprobada.

A partir de entonces, aquellos acuerdos no podrían utilizarse legalmente para entregar a alguien sin su consentimiento.

Salí del edificio con las piernas temblando.

No porque tuviera miedo.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, había logrado algo que nadie podía quitarme.

Días después regresé a la casa de mi padre.

Me recibió en la cocina.

Era extraño volver a sentarme en la misma mesa donde había desayunado durante toda mi infancia.

Darío parecía haber envejecido varios años.

Intentó explicarme que había estado desesperado por sus deudas.

Que pensó que Garra de Hierro me trataría bien.

Que nunca imaginó que las cosas llegarían tan lejos.

Lo escuché sin interrumpirlo.

Cuando terminó, le dije algo que llevaba meses necesitando expresar.

—Papá, no importa cuánto debieras. No tenías derecho a pagar utilizando mi vida.

Bajó la mirada.

Me pidió perdón.

Y yo le creí.

Pero creer en su arrepentimiento no significaba que pudiera volver a confiar en él inmediatamente.

Le expliqué que necesitaba tiempo.

Después me levanté y salí.

Gael estaba esperándome junto a la entrada, apoyado contra la cerca.

No había intentado acompañarme al interior.

Tampoco preguntó qué había ocurrido antes de que yo estuviera lista para hablar.

Caminamos hasta el automóvil.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Todavía estoy enojada. Pero creo que voy a estar bien.

Asintió y abrió la puerta.

Con el paso de los meses, construí una nueva vida en los territorios del norte.

Abrí mi propio despacho y comencé a representar a personas que necesitaban ayuda con acuerdos entre manadas.

Tenía trabajo, independencia y una casa cuyas puertas podía cerrar cuando quisiera.

También empecé a conocer a Gael lejos de las reuniones formales.

Descubrí que detrás de su apariencia seria había un hombre paciente, capaz de escuchar y de respetar mis decisiones, incluso cuando no coincidían con las suyas.

Una noche de invierno subimos a una colina desde donde se veían las luces del territorio.

Había comenzado a nevar.

Gael me tomó de la mano.

—¿Te arrepientes de haberte quedado aquí? —preguntó.

Miré las luces a lo lejos.

Pensé en mi padre, en aquella residencia sin cerradura y en la primera vez que había firmado un documento para recuperar mi libertad.

Después miré a Gael.

—No. Porque esta vez fui yo quien decidió quedarse.

Sonrió.

Y comprendí algo que nunca había entendido cuando era más joven.

Mi padre había creído que podía decidir mi destino por mí.

Garra de Hierro había pensado que podía retenerme mediante un contrato.

Incluso el rey licántropo había tenido el poder de cambiar mi vida con una sola orden.

Pero no lo hizo.

Me ofreció una oportunidad y dejó que yo eligiera.

Aquella noche, mientras la nieve cubría lentamente el camino, apreté su mano.

No me había convertido en la pertenencia de un rey. Había recuperado mi libertad y, por primera vez, podía elegir a quién abrirle la puerta de mi vida.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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