Mi padre cayó agotado en el desierto… horas después descubrí que yo era el único que todavía podía verlo

Mi padre cayó agotado en el desierto… horas después descubrí que yo era el único que todavía podía verlo

PARTE 1

La primera vez que sospeché que algo no estaba bien con mi padre fue cuando pedí agua para él y el guía me miró como si yo estuviera hablando solo.

Horas antes, mi papá apenas podía mantenerse de pie.

Ahora caminaba delante de mí sin quejarse del calor, sin pedir descanso y sin mostrar cansancio.

Durante mucho tiempo traté de convencerme de que todo tenía una explicación.

Me llamo Ronald. Soy de Saltillo, Coahuila, y esto ocurrió cuando yo tenía 26 años.

Mi madre había fallecido después de varios problemas respiratorios y mi padre, Ibrahim, quedó destrozado. Tenía 70 años. Desde que ella se fue, ya casi no salía de casa.

Yo tampoco estaba pasando por un buen momento.

Había poco trabajo y el dinero apenas alcanzaba. Un conocido me habló de irme a Estados Unidos. Según él, podía encontrar empleo allá y comenzar de nuevo.

Mi primera idea fue viajar solo.

Pero cada vez que imaginaba a mi padre comiendo en aquella casa vacía, cambiaba de opinión.

Al final cometí lo que durante años pensé que había sido mi peor decisión:

me lo llevé conmigo.

Salimos con un grupo por Sonora. Cada uno llevaba lo indispensable: algo de ropa, comida, agua y documentos.

El hombre que guiaba al grupo dejó algo claro desde el principio.

No iba a detenerse por nadie.

Si alguien se retrasaba demasiado, tendría que resolverlo por su cuenta.

Desde las primeras horas entendí que mi padre tendría problemas.

El calor era insoportable.

La tierra parecía devolvernos el fuego del sol desde abajo. A ratos no había una sola sombra en kilómetros.

Yo llevaba mi mochila en la espalda y la de mi padre contra el pecho para quitarle peso.

Él caminaba apoyando una mano sobre mi hombro.

—Estoy bien, hijo —me decía.

Pero no estaba bien.

Cada vez respiraba con más dificultad.

Nos quedábamos unos metros atrás. Luego alcanzábamos al grupo. Después volvíamos a retrasarnos.

Llegó un punto en que tuve que cargarlo durante algunos tramos.

Yo también estaba agotado, pero solo pensaba en llegar.

En mi cabeza había construido una vida completa.

Yo conseguiría trabajo.

Mi padre descansaría en casa.

Comería bien.

Tendría un cuarto tranquilo.

Todo el esfuerzo valdría la pena.

Hasta que, cerca de la tarde, su cuerpo simplemente no respondió.

Mi padre se sentó debajo de un nopal que daba una sombra pequeña.

Me acerqué asustado.

Tenía los ojos cerrados y respiraba muy despacio.

El grupo seguía caminando.

—Papá, tenemos que levantarnos.

Abrió los ojos.

Me pidió unos minutos.

Miré hacia adelante. Los demás ya estaban cada vez más lejos.

Sentí desesperación.

No podía abandonar a mi padre, pero tampoco sabía cómo íbamos a sobrevivir solos en aquella zona.

Me arrodillé a su lado.

Le ofrecí agua.

No quiso.

Solo cerró los ojos otra vez.

No sé cuánto tiempo permanecimos allí.

Tal vez fueron diez minutos.

Tal vez menos.

Lo único que recuerdo es que miré hacia el grupo y pensé que ya los habíamos perdido.

Entonces escuché la voz de mi padre detrás de mí.

—Ya puedo seguir.

Me giré.

Estaba de pie.

Y sonreía.

Eso fue lo primero extraño.

Minutos antes apenas podía respirar. Ahora caminaba con una facilidad que no había tenido en todo el día.

Alcanzamos al grupo.

Y desde ese momento dejó de quejarse.

No volvió a apoyarse en mi hombro.

No pidió descansar.

Incluso en algunos tramos caminaba delante de mí.

Yo estaba sorprendido, pero también aliviado.

Pensé que aquella pausa le había devuelto fuerzas.

Horas después todos nos detuvimos.

Mi padre me dijo que tenía mucha sed y me pidió que preguntara dónde podríamos conseguir agua.

Fui hasta el guía.

—¿Sabes si más adelante podemos conseguir agua? Mi papá ya no tiene.

El hombre levantó la cabeza.

Me miró durante unos segundos.

Después observó detrás de mí.

Su expresión cambió.

—No empieces con cosas raras —murmuró antes de alejarse.

Pensé que simplemente era un tipo desagradable.

Cuando regresé, mi padre seguía allí.

—Olvídalo —me dijo—. Podemos aguantar.

Seguimos.

Al caer la noche llegamos a una casa aislada donde había más personas esperando continuar el viaje.

El calor del día desapareció y llegó un frío que se metía hasta los huesos.

Todos trataban de dormir un poco.

Mi padre permaneció sentado cerca de mí.

Extrañamente, parecía tranquilo.

Yo le pregunté cómo se sentía.

Me respondió que mejor que en toda la tarde.

Antes de la madrugada comenzaron a prepararnos para continuar por unas veredas.

Me levanté, acomodé mi mochila y caminé unos metros.

Entonces escuché la voz de mi padre muy cerca de mi oído.

Me dijo que a partir de allí tenía que continuar sin él.

Me giré de golpe.

Mi padre no estaba junto a mí.

Estaba a unos cuarenta metros, parado junto a la casa.

Sonreía.

Le hice señas para que viniera.

Él negó lentamente con la cabeza.

Corrí hacia él.

Pero alguien me sujetó del brazo.

Era Ariadna, una muchacha que viajaba con nosotros.

—Ronald, no regreses.

Intenté soltarme.

—¡Es mi papá!

Ariadna me miró con una expresión que todavía recuerdo.

No parecía asustada.

Parecía triste.

—Ronald… desde que se detuvieron junto al nopal, tú has venido caminando solo.

PARTE 2

Sentí que el ruido alrededor desaparecía.

Vi mover los labios de Ariadna, pero durante unos segundos no entendí nada.

Volví a mirar hacia la casa.

Mi padre seguía allí.

Quieto.

Sonriendo.

—Lo estás viendo —le dije a Ariadna—. Está ahí.

Ella también miró.

Y su rostro perdió el color.

Mi padre levantó una mano.

No parecía tener miedo.

Tampoco parecía triste.

Tenía la misma expresión que ponía cuando yo era niño y salía de casa para ir a la escuela.

Esa mirada que decía sin palabras que todo estaría bien.

Di un paso hacia él.

Ariadna apretó más fuerte mi brazo.

Entonces mi padre hizo algo que todavía hoy me cuesta explicar.

Retrocedió lentamente hacia la oscuridad.

Pero no lo vi caminar.

Su figura simplemente comenzó a desvanecerse.

Primero pude distinguir su camisa.

Después solo su rostro.

Y finalmente ya no había nadie.

Sentí un vacío en el estómago.

Mi primer pensamiento fue el nopal.

Recordé cómo se había sentado.

Recordé sus ojos cerrados.

Recordé que durante varios minutos prácticamente no reaccionó.

Y después recordé algo todavía peor.

Desde que se había levantado de aquel lugar, no lo había visto beber agua.

No había comido.

No se había cansado.

No había vuelto a tocarme.

Mientras todos caminábamos, yo hablaba con él, pero nadie más le dirigía la palabra.

Hasta el guía había reaccionado de una forma extraña cuando mencioné que mi padre necesitaba agua.

Todo comenzó a encajar.

Y yo no quería aceptarlo.

Intenté regresar.

Ariadna no me dejó.

Me dijo que si volvía solo al desierto probablemente tampoco lograría salir.

Lloré.

Le grité a la oscuridad.

Esperé escuchar otra vez la voz de mi padre.

Pero ya no respondió.

Continuamos porque no había otra opción.

Durante el resto de aquella madrugada caminé como si mi cuerpo avanzara por sí mismo.

No recuerdo casi nada del camino.

Solo pensaba en él.

En algún momento entendí lo que posiblemente había ocurrido.

Mi padre sabía perfectamente que yo jamás lo habría abandonado.

Si yo hubiera comprendido debajo de aquel nopal que él ya no podía continuar conmigo, me habría quedado.

Habría intentado cargarlo.

Habría regresado.

Habría hecho cualquier cosa menos seguir caminando.

Y probablemente los dos nos habríamos quedado en aquel desierto.

Por eso, de alguna manera que todavía no puedo explicar, él consiguió acompañarme un poco más.

Llegué a Estados Unidos.

Conseguí trabajo.

Comencé desde cero.

Ariadna también logró llegar y con el tiempo nos hicimos grandes amigos.

Pero hubo algo de lo que no hablamos durante años.

Mi padre.

Yo no podía hacerlo.

Cada vez que intentaba recordar aquella madrugada, se me cerraba la garganta.

Pasaron aproximadamente cuatro años antes de que finalmente me sentara con Ariadna y le hiciera la pregunta que llevaba demasiado tiempo evitando.

—¿Cómo supiste que mi papá ya no estaba conmigo?

Ella tardó en responder.

Después me contó algo que hizo que toda la historia resultara todavía más difícil de olvidar.

Ariadna sí había visto a mi padre durante la primera parte del viaje.

Recordaba a un hombre mayor caminando conmigo.

Recordaba verlo apoyado sobre mi hombro.

Pero después de nuestra parada debajo del nopal, dejó de verlo.

Desde ese momento, según ella, yo avanzaba hablando hacia un espacio vacío.

Al principio creyó que el calor me estaba afectando.

Pensó que tal vez estaba hablando conmigo mismo para soportar el cansancio.

No quiso decirme nada.

Horas después ocurrió algo que cambió su opinión.

Mientras caminábamos de noche, Ariadna volteó hacia mí.

Por un instante ya no me vio solo.

Vio a mi padre junto a mí.

Él la estaba mirando.

Y sonreía.

Ariadna quiso fijarse mejor, pero había algo extraño en su figura.

La parte inferior de su cuerpo se confundía con la oscuridad del camino, como si no estuviera apoyado completamente sobre el suelo.

Mi padre levantó lentamente un dedo frente a sus labios.

Ariadna entendió el gesto.

No debía decirme nada.

Unos segundos después volvió a mirar.

Yo caminaba solo otra vez.

Ahí comprendió que aquella presencia no quería asustarme.

Quería protegerme.

Por eso, cuando llegamos a la casa y me vio intentar regresar hacia mi padre, entendió que el viaje de él había terminado.

Durante años me culpé por haberlo llevado.

Pensaba que, si hubiéramos permanecido en Saltillo, quizá habría vivido más tiempo.

Después comprendí otra cosa.

Mi padre tenía 70 años y había perdido a la mujer con quien compartió casi toda su vida.

Cuando decidimos viajar, él sabía perfectamente los riesgos.

Nunca me obligó a cargar con aquella decisión solo.

Se fue conmigo porque también quería verme comenzar una vida distinta.

Actualmente, cuando alguien me pregunta si creo en fantasmas, nunca sé qué responder.

No sé qué fue exactamente lo que caminó conmigo durante aquellas horas.

No sé si fue mi mente intentando protegerme de algo que todavía no estaba preparado para aceptar.

No sé si realmente mi padre encontró la manera de permanecer a mi lado un poco más.

Solo sé una cosa.

Aquella tarde, debajo de un nopal en medio del desierto, mi padre perdió todas sus fuerzas.

Y después de eso caminó durante horas sin cansarse.

Décadas han pasado y todavía recuerdo perfectamente la última vez que lo vi.

No estaba sufriendo.

No pedía ayuda.

Solo estaba de pie en la oscuridad, mirándome con tranquilidad.

Como si hubiera esperado hasta estar seguro de que yo podía continuar solo.

Y algunas noches, cuando camino por una calle silenciosa y escucho pasos detrás de mí, no volteo inmediatamente.

Porque una parte de mí todavía piensa que quizá mi padre nunca dejó de acompañarme del todo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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