Mi manada me arrancó el lobo: nunca esperé que sobreviviera

PARTE 1
La noche en que intentaron arrancarme mi loba del pecho, descubrí que la peor traición no viene de un enemigo con una espada en la mano.
Viene de alguien que conoce tus heridas, que ha cabalgado a tu lado durante años y que sabe exactamente dónde romperte.
Mi nombre era Hilda de Ashenmore.
Durante toda mi vida fui conocida como la Loba de Plata. No porque buscara gloria, ni porque disfrutara que otros pronunciaran mi nombre con miedo. Lo fui porque cada vez que mi manada estaba al borde de la destrucción, yo era la que permanecía de pie cuando todos los demás caían.
Mi loba no era solamente una criatura dentro de mí. Era parte de mi alma. Era mi instinto, mi fuerza, mi compañera desde el primer momento en que respiré.
Juntas habíamos defendido nuestras fronteras, habíamos sobrevivido a guerras y habíamos protegido a aquellos que no podían luchar.
Y entre todos los que confiaban en mí había una persona que jamás imaginé que pudiera convertirse en mi verdugo.
Dunston.
El Alfa de Ashenmore.
Durante años fue mi compañero de batalla. El hombre que me entregaba agua después de cada combate. El que me decía que la manada tenía suerte de tenerme. El que sonreía orgulloso cuando todos gritaban mi nombre.
Yo pensé que sus palabras venían del respeto.
Nunca imaginé que detrás de esa sonrisa crecía algo oscuro.
Envidia.
Dunston no odiaba mi existencia. Eso habría sido más fácil de entender.
Lo que odiaba era que todos vieran en mí algo que él deseaba desesperadamente tener.
Mi fuerza.
Mi loba.
Mi legado.
Poco a poco, mientras yo luchaba por proteger a la manada, él comenzó a construir un plan en silencio.
Un veneno lento.
Una mentira perfecta.
Un camino que terminaría llevándome al altar sagrado.
Al principio pensé que estaba enferma.
El dolor comenzó como una molestia pequeña. Después llegó a mis huesos. Mi cuerpo, que durante años había resistido golpes capaces de derribar a cualquier guerrero, empezó a fallar.
Mis manos temblaban.
Mis piernas perdían fuerza.
Y lo peor de todo era sentir cómo mi loba se apagaba dentro de mí.
Era como escuchar un rugido alejándose poco a poco hasta convertirse en un simple susurro.
Dunston apareció como un salvador.
Me llevó a sus aposentos. Llamó a los mejores sanadores. Permaneció junto a mi cama frente a toda la manada, fingiendo preocupación.
Todos creyeron que estaba haciendo todo lo posible para salvarme.
Yo también lo creí.
Hasta que escuché la conversación que cambiaría todo.
La manada estaba reunida.
Hablaban de mis enemigos. Decían que sin mi loba Ashenmore quedaría indefensa.
Entonces Dunston pronunció las palabras que jamás olvidaré.
Había una forma de conservar mi poder.
Una forma de mantener a mi loba viva.
Pero para hacerlo, tenían que separarla de mí.
El ritual prohibido.
El desgarramiento de la loba.
Un acto tan cruel que solo existía en las historias usadas para asustar a los cachorros.
La sacerdotisa se negó al principio.
Dijo que era una violación de las leyes antiguas.
Que una loba solo podía ser entregada con consentimiento.
Pero Dunston no necesitaba convencerla a ella.
Necesitaba convencer al miedo.
Y lo hizo.
Les habló de guerras futuras. De niños muriendo. De enemigos entrando por las fronteras.
Puso mi vida contra la seguridad de todos.
Y poco a poco, la manada aceptó.
La noche del ritual, yo estaba atrapada dentro de mi propio cuerpo.
Escuchaba.
Sentía.
Pero no podía moverme.
Sentí las manos de la sacerdotisa sobre mí.
Sentí el aceite frío sobre mi piel.
Sentí a mi loba despertando aterrada, luchando con todas sus fuerzas porque sabía lo que estaban a punto de hacer.
Quise gritar.
Quise abrir los ojos.
Quise preguntarles cómo podían hacerme esto después de todo lo que había dado por ellos.
Pero mi voz estaba atrapada.
Y entonces ocurrió.
Sentí cómo arrancaban la parte de mí que había estado conmigo desde mi nacimiento.
Mi loba salió de mi cuerpo como una tormenta de luz.
Y en ese instante comprendí la verdad más dolorosa:
No querían salvarme.
Nunca habían querido salvarme.
Querían robarme.
Cuando abrí los ojos por última vez antes de perder la conciencia, vi a Dunston frente a mí.
Y en su rostro no había tristeza.
Había satisfacción.
Pero lo que ninguno de ellos sabía era que mi corazón todavía seguía latiendo.
Y que la muerte no había venido por mí aquella noche.
Había venido por ellos.
PARTE 2
Cuando todos pensaron que Hilda de Ashenmore había muerto, Dunston creyó que su secreto desaparecería conmigo.
Anunció mi muerte ante la manada con la voz de un líder destrozado.
Recibió sus miradas de compasión.
Aceptó sus palabras de respeto.
Y dejó que todos creyeran que había perdido a su compañera más valiosa.
Pero había cometido un error.
Había olvidado algo importante.
Mi voluntad siempre había sido más fuerte que mi cuerpo.
Mientras él celebraba una victoria robada, yo seguía respirando.
Débil.
Herida.
Vacía.
Pero viva.
Fue entonces cuando mi destino cambió.
El lobo más temido del continente llegó a mi tierra para presentar sus respetos.
Beowolf.
El líder de la manada Greyhound.
El mismo hombre que durante años había sido considerado nuestro mayor enemigo.
Cuando vio mi cuerpo preparado para la muerte, notó algo que nadie más quiso ver.
Yo seguía viva.
Me llevó lejos de Ashenmore.
No porque quisiera una recompensa.
No porque quisiera mi poder.
Sino porque entendió que alguien había intentado asesinarme.
Durante semanas permanecí inconsciente mientras mi cuerpo luchaba contra el veneno que todavía quedaba en mí.
Beowolf pudo haberme abandonado.
Pudo haber dejado que la enemiga de su pueblo muriera.
Pero hizo lo contrario.
Cada día estuvo allí.
Traía agua.
Cambiaba mis vendas.
Hablaba conmigo aunque yo no pudiera responder.
El hombre que todos llamaban monstruo fue el único que me trató como una persona.
Cuando finalmente desperté, lo primero que sentí fue vacío.
Busqué dentro de mí a mi loba.
Pero no estaba.
Era como si una parte de mi alma hubiera desaparecido.
Mi dolor se convirtió en rabia.
Cuando vi a Beowolf junto a mi cama pensé que él era responsable.
Intenté atacarlo.
Pero él no respondió con violencia.
Solo me dijo la verdad.
Que me habían envenenado.
Que mi propia manada había permitido que me llevaran al ritual.
Que Dunston me había declarado muerta mientras mi corazón todavía luchaba por vivir.
Sus palabras fueron más dolorosas que cualquier herida.
Porque una parte de mí sabía que eran ciertas.
Pasaron los meses.
Y lentamente comencé a ver al verdadero Beowolf.
No al monstruo de las historias.
No al enemigo de las canciones.
Vi a un líder que escuchaba a su pueblo.
Un hombre que enseñaba sin humillar.
Un guerrero capaz de destruir enemigos, pero también capaz de proteger a los débiles.
Y sin darme cuenta, algo dentro de mí comenzó a despertar.
No mi loba.
Algo diferente.
Esperanza.
Por primera vez en mi vida entendí que mi valor no estaba únicamente en la bestia que llevaba dentro.
Yo seguía siendo Hilda.
Incluso sin mi poder.
Incluso sin mi antigua fuerza.
Pero había una pregunta que seguía persiguiéndome.
¿Por qué Dunston había hecho todo aquello?
¿Por qué arriesgar toda una manada solo para quedarse con mi loba?
La respuesta estaba esperando detrás de las puertas de Ashenmore.
Así que regresé.
No como una guerrera invencible.
No como la Loba de Plata.
Regresé como una mujer que había perdido todo y que ya no tenía nada que temer.
Cuando las puertas de mi antigua hogar se abrieron, cientos de rostros me miraron como si estuvieran viendo un fantasma.
Los mismos que habían permitido mi caída.
Los mismos que habían creído mi muerte.
Y entonces vi a Dunston.
Pero algo estaba diferente.
Ya no tenía la apariencia del líder poderoso que recordaba.
Estaba débil.
Agotado.
Como si algo dentro de él estuviera destruyéndolo desde dentro.
Y entonces lo comprendí.
Mi loba nunca había aceptado pertenecerle.
La fuerza que robó no lo hizo más poderoso.
Lo estaba consumiendo.
Di un paso hacia él.
Y frente a toda la manada pronuncié las palabras que habían esperado durante meses:
—Dunston… dime que me equivoco.
El silencio cayó sobre Ashenmore.
Porque todos sabían que la verdad estaba a punto de salir.
Y esta vez…
nadie podría detenerme.