Mi jefe llevaba años amándome en silencio, pero una madrugada apareció borracho frente a mi puerta y confesó el secreto que había ocultado durante tres siglos

Mi jefe llevaba años amándome en silencio, pero una madrugada apareció borracho frente a mi puerta y confesó el secreto que había ocultado durante tres siglos

PARTE 1

Trabajar para Sebastián Montenegro me había enseñado dos cosas: nunca llegar tarde y jamás intentar descubrir qué había detrás de sus ojos.

Yo era su asistente ejecutiva en una enorme empresa de Ciudad de México. Él era el director general: millonario, brillante, frío y tan reservado que algunos empleados bromeaban diciendo que probablemente dormía dentro de un ataúd.

Lo que nadie sabía era que aquella broma estaba peligrosamente cerca de la verdad.

Me llamo Camila Ortega, y llevaba tres años trabajando para Sebastián.

Durante casi todo ese tiempo nuestra relación había sido estrictamente profesional.

—Camila, necesito estos documentos.

—Sí, señor Montenegro.

—Cancela la reunión.

—Claro.

Nada más.

Hasta que comenzó a cambiar.

Primero apareció un café sobre mi escritorio.

No el horrible café de la oficina, sino uno del pequeño local que me encantaba.

—¿Usted compró esto?

Sebastián levantó la vista.

—Trabajas demasiado. Necesitas algo decente.

Después empezó a preguntarme cómo había pasado el fin de semana.

Recordaba mis respuestas.

Incluso comenzó a observarme durante las juntas cuando pensaba que yo no me daba cuenta.

Mi amiga Mariana estaba convencida.

—Tu jefe está enamorado de ti.

Casi escupí mi café.

—Sebastián Montenegro probablemente no sabe enamorarse.

—Entonces explícame por qué un hombre que casi nunca sonríe sabe exactamente cómo tomas el café.

No pude hacerlo.

Todo empeoró cuando Sebastián me llamó a su oficina.

Estaba frente al enorme ventanal mirando las luces de la ciudad.

—Quiero ofrecerte un ascenso.

Me explicó las condiciones.

Mejor salario.

Mi propia oficina.

Más responsabilidades.

Pero también significaba trabajar todavía más cerca de él.

—Estoy bien donde estoy —respondí.

Su mandíbula se tensó.

—¿Es por mí?

Sentí que algo cambiaba entre nosotros.

—No entiendo.

—Sí entiendes.

Se acercó.

—Llevo tres años intentando ignorar lo que siento cuando estás cerca.

No pude respirar.

Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.

Sebastián volvió a convertirse instantáneamente en mi jefe.

—Vete a casa, Camila.

Aquella noche hice algo que no debía.

Busqué su nombre en Internet.

Encontré fotografías recientes.

Después otras de hacía veinte años.

Luego treinta.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

Sebastián Montenegro parecía exactamente igual en todas.

Mismo rostro.

Mismos ojos.

Misma edad.

Intenté convencerme de que existía alguna explicación.

No la encontré.

Decidí mantener distancia.

Pero pocos días después, alguien tocó mi puerta en plena madrugada.

Cuando abrí…

Sebastián estaba allí.

Empapado.

Su camisa blanca estaba pegada a su cuerpo y sostenía una botella de whisky casi vacía.

—Hola —murmuró.

—¿Estás borracho?

—Muchísimo.

Debí cerrar la puerta.

En cambio, lo dejé entrar.

Se desplomó sobre mi sofá.

—¿Qué te ocurrió?

Sebastián soltó una risa amarga.

—Me ocurrió que soy un cobarde.

Lo miré confundida.

Entonces dijo:

—He vivido demasiado tiempo escondiéndome de las personas que amo.

—¿Demasiado cuánto?

Sus ojos encontraron los míos.

—Más de trescientos años.

Sentí un escalofrío.

Sebastián levantó la botella.

—Vamos, Camila. Ya lo descubriste.

Recordé las fotografías.

—¿Qué eres?

Él sonrió tristemente.

—La palabra que buscas es vampiro.

Me quedé inmóvil.

Pero entonces añadió algo todavía más inesperado.

—Y eso ni siquiera es el secreto por el que vine.

Dejó la botella sobre la mesa.

Su voz se quebró.

—Vine porque llevo tres años enamorado de ti… y esta noche decidí que prefería arriesgarme a que huyeras aterrada antes que seguir viviendo otros trescientos años sin decirte la verdad.

PARTE 2

No grité.

No corrí.

Simplemente me senté frente a él.

—Dímelo todo.

Sebastián me observó como si aquellas palabras fueran más aterradoras que cualquier amenaza.

—¿No tienes miedo?

—Todavía no sé suficiente para decidir si debería tenerlo.

Por primera vez aquella noche sonrió de verdad.

Entonces comenzó a hablar.

Había nacido siglos atrás. Una noche, después de ser atacado y quedar agonizando, despertó convertido en algo que jamás había elegido ser.

Pasó décadas odiándolo.

Después aprendió a sobrevivir.

Construyó negocios.

Acumuló riqueza.

Vio desaparecer generaciones enteras mientras él permanecía igual.

—¿Bebes sangre humana?

—No directamente —respondió rápidamente—. Existen alternativas sintéticas. Llevo mucho tiempo intentando vivir sin lastimar a nadie.

Lo observé.

Aquello debía parecer absurdo.

Estaba sentada en pijama conversando con mi jefe multimillonario sobre su dieta vampírica.

Sin embargo, otra pregunta me importaba mucho más.

—¿Por qué yo?

Sebastián dejó de bromear.

—Porque eres la primera persona en muchísimo tiempo que consiguió hacerme desear una vida, no solamente una existencia.

Sentí un nudo en la garganta.

Me contó que recordaba perfectamente mi primer día en la empresa.

Yo había entrado nerviosa cargando varios cafés y había derramado uno sobre mi blusa.

Él recordaba incluso el color.

—Azul.

—¿Recuerdas eso?

—Camila, recuerdo prácticamente todo sobre ti.

Luego bajó la mirada.

—Por eso mantuve distancia. Tú eres humana. Yo no envejezco. Pensé que si nunca permitía que esto comenzara, tampoco tendría que verte desaparecer.

Aquello dolió.

—Entonces decidiste por mí.

Sebastián levantó los ojos.

—Sí.

—Eso fue injusto.

—Lo sé.

—Y venir borracho también fue una pésima idea.

—Terrible.

No pude evitar reír.

Él también.

Después tomé su mano.

Estaba fría.

—Esta noche dormirás aquí.

Sus ojos se abrieron.

—Camila…

—En el sofá. Mañana, cuando estés sobrio, tendremos una conversación mucho más complicada.

Terminó quedándose dormido todavía sujetando mi mano.

A la mañana siguiente despertó horrorizado.

—Voy a renunciar.

—¿Qué?

—Soy tu superior. Aparecí borracho en tu casa confesándote sentimientos. Esto es completamente inapropiado.

—No vas a escapar.

Sebastián me miró.

—¿Escapar?

—Pasaste tres años escondiéndote porque tenías miedo. Renunciar ahora sería hacer exactamente lo mismo.

Preparé café.

Y durante horas hablamos.

Esta vez sin alcohol.

Sin secretos.

Sin Sebastián fingiendo ser aquella máquina fría que todos conocían.

Descubrí un hombre extraordinariamente poderoso que estaba aterrorizado por algo muy humano:

ser amado y después perderlo.

Finalmente preguntó:

—¿Podrías realmente querer estar conmigo sabiendo lo que soy?

Pensé antes de responder.

—No quiero estar contigo porque seas un vampiro.

Su expresión cayó ligeramente.

—Quiero estar contigo porque eres Sebastián.

Le expliqué todo aquello que había visto durante años.

Las donaciones anónimas.

Los proyectos sociales que había protegido incluso perdiendo dinero.

La forma en que escuchaba cuando alguien realmente necesitaba ayuda.

—Puedes llamarte monstruo todas las veces que quieras —dije—. Tus decisiones dicen algo diferente.

Sus ojos brillaron.

—Entonces necesito hacer esto correctamente.

Sebastián reorganizó mi puesto para eliminar la relación directa de autoridad entre nosotros antes de comenzar formalmente una relación.

Nuestra primera cita ocurrió poco después.

Y fue un desastre maravilloso.

Él no había tenido una cita normal en décadas.

Yo nunca había salido con alguien que pudiera recordar acontecimientos históricos porque realmente había estado allí.

Pero funcionó.

Meses después vivíamos juntos.

Descubrí cosas que ningún empleado de la empresa habría creído.

Sebastián era pésimo cocinando.

Odiaba ciertas películas de vampiros.

Podía negociar contratos multimillonarios sin pestañear, pero entraba en pánico intentando comprarme un regalo de cumpleaños.

Y algunas noches despertaba asustado.

Una de ellas me preguntó:

—¿Qué pasará cuando envejezcas?

No respondí inmediatamente.

—En veinte años tú seguirás igual —continuó—. Yo seguiré teniendo este rostro. Tú cambiarás.

Finalmente entendí.

El hombre que había sobrevivido siglos estaba aterrorizado del futuro.

Me acerqué.

—Entonces lo enfrentaremos cuando llegue.

—¿Y si te arrepientes?

—Será mi decisión.

Tomé su rostro entre mis manos.

—No vuelvas a decidir por mí qué puedo soportar.

Sebastián cerró los ojos.

—Tengo miedo de perderte.

—Eso significa que finalmente tienes algo que perder.

Aquella respuesta pareció cambiar algo dentro de él.

Tiempo después dejó la dirección cotidiana de su compañía en manos de un nuevo ejecutivo.

Quería tiempo.

No más dinero.

No más poder.

Tiempo conmigo.

Y entonces, una noche, me entregó un anillo.

—He pasado siglos creyendo que la eternidad era demasiado larga —dijo—. Hasta que apareciste tú y comprendí que quizá no fuera suficiente.

Lloré antes incluso de que terminara.

Nos casamos en una ceremonia pequeña.

Cuando terminó, Sebastián acercó sus labios a mi oído.

—Esperé más de trescientos años para sentir que pertenecía a algún lugar.

Lo miré.

—¿Y ahora?

Sonrió.

—Ahora estoy en casa.

Fue entonces cuando comprendí la ironía.

La noche que aquel hombre apareció borracho frente a mi puerta pensé que estaba a punto de descubrir algo aterrador.

Y sí.

Descubrí que mi jefe era un vampiro.

Pero también descubrí algo mucho más importante.

Después de tres siglos sobreviviendo a guerras, pérdidas y soledad, lo único que Sebastián Montenegro jamás había aprendido a enfrentar era el miedo de amar a alguien de verdad.

Y aquella madrugada no abrió solamente su secreto ante mí.

Abrió la puerta de una vida que llevaba trescientos años esperando comenzar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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