Mi hermana huyó para no casarse con el rey de los vampiros, así que mi padre me obligó a reemplazarla… pero cuando aquel hombre levantó mi velo, hizo algo que nadie esperaba
Mi hermana huyó para no casarse con el rey de los vampiros, así que mi padre me obligó a reemplazarla… pero cuando aquel hombre levantó mi velo, hizo algo que nadie esperaba

PARTE 1
—Ponte el vestido de tu hermana y no digas una sola palabra. Si ese hombre descubre quién eres antes de firmar, estamos perdidos.
Mi padre me dio aquella orden mientras sostenía una carta que mi hermana había dejado sobre su cama.
Khloe había escapado durante la madrugada con un músico. Y ahora yo, Lily Jenkins, tenía que casarme con el hombre al que todo el pueblo le tenía miedo.
Lo peor era que aquel desconocido llegaría esa misma tarde.
Todo comenzó unos días antes, cuando mi padre regresó a nuestra casa en Havenport, un pequeño pueblo costero de Maine, con una noticia que terminó de destruir nuestra tranquilidad.
Yo tenía veinte años y llevaba casi dos administrando los gastos familiares. Mi madre ya no estaba con nosotros, mi hermana mayor vivía pendiente de los vestidos y las fiestas, y mi padre pasaba más tiempo jugando cartas en Boston que atendiendo sus negocios.
Aquella noche revisaba unas cuentas cuando lo escuché entrar.
Tenía la ropa empapada y las manos le temblaban.
Se sirvió un whisky antes de confesarme que había perdido 45 mil dólares en una partida privada.
Sentí que el estómago se me encogía.
No teníamos ni cincuenta dólares disponibles en el banco.
Los hombres a quienes debía el dinero le habían dado cinco días para pagar. De lo contrario, perderíamos la casa y él tendría que enfrentar las consecuencias de sus deudas.
Pero mi padre aseguró que había encontrado una solución.
Un hombre llamado Gideon Frost estaba dispuesto a cubrir la cantidad completa a cambio de casarse con mi hermana mayor.
Khloe.
El problema era que Gideon no era un hombre cualquiera.
Vivía en Whitewood Hall, un enorme castillo de piedra levantado sobre los acantilados, lejos de las últimas casas del pueblo.
Nadie recordaba haberlo visto caminar bajo el sol.
Los pescadores aseguraban que llevaba décadas viviendo allí sin envejecer. Tenía el cabello completamente blanco, la piel demasiado pálida y unos ojos azules que parecían brillar en la oscuridad.
Algunos decían que era un vampiro.
Otros iban todavía más lejos y lo llamaban el rey de las criaturas de la noche.
Yo nunca creí demasiado en esas historias. Me parecía que la gente inventaba explicaciones cuando no entendía algo.
Pero Khloe estaba aterrada.
Se negó a aceptar el matrimonio y pasó dos días encerrada en su habitación.
Mi padre gritaba que todos acabaríamos en la calle.
Yo intentaba encontrar otra salida revisando documentos, buscando propiedades que pudiéramos vender y calculando cuánto tiempo nos quedaba.
Nada era suficiente.
La mañana en que debían llegar los representantes de Gideon, subí a llevarle el desayuno a mi hermana.
Su habitación estaba vacía.
El armario abierto.
Sus maletas habían desaparecido.
Sobre la almohada encontré una carta.
Khloe explicaba que había tomado sus joyas y se había marchado con Mason Kelly, un pianista del teatro local.
Pensaban comenzar una nueva vida en Los Ángeles.
No estaba dispuesta a pasar el resto de sus días encerrada en un castillo con alguien a quien consideraba un monstruo.
Cuando mi padre leyó la carta, su expresión cambió por completo.
Primero se quedó inmóvil.
Después me miró.
Y comprendí lo que estaba pensando antes de que abriera la boca.
—No —le dije—. Ni siquiera lo consideres.
Pero él ya había llamado a Martha, nuestra antigua ama de llaves.
Entre los dos sacaron el vestido rosa de seda que habían preparado para Khloe.
Yo intenté explicarle que engañar a un hombre con semejante fortuna podía meternos en problemas todavía peores.
Mi padre no quiso escucharme.
Insistió en que solo necesitábamos conseguir su firma y recibir el dinero.
Martha me ayudó a ponerme aquel vestido, aunque tenía los ojos llenos de tristeza.
Me quedaba grande de la cintura y demasiado ajustado en otras partes.
Después recogió mi cabello oscuro y lo escondió bajo un velo grueso de encaje.
Mi hermana era rubia.
Yo tenía el pelo casi negro.
Mi padre aseguró que nadie notaría la diferencia si mantenía la cabeza inclinada.
Me sentaron en la sala y me ordenaron esperar.
Pasaron varias horas.
Afuera, el viento golpeaba las ventanas y la lluvia caía sobre los árboles.
Finalmente escuché un carruaje detenerse frente a la entrada.
La puerta principal se abrió.
Unos pasos tranquilos avanzaron por el pasillo.
Y entonces lo vi.
Gideon Frost era mucho más alto que mi padre.
Vestía un abrigo negro y llevaba el cabello blanco peinado hacia atrás. Su rostro parecía tallado en mármol.
Cuando entró, la habitación se sintió extrañamente fría.
Mi padre me presentó como Khloe y explicó que una enfermedad me obligaba a mantener el rostro cubierto.
Gideon no respondió inmediatamente.
Se acercó.
Yo podía distinguir sus botas a través del encaje.
De pronto, tomó mi muñeca.
Sus dedos estaban tan fríos que tuve que contener un sobresalto.
Observó mis manos durante varios segundos.
Después mencionó las manchas de tinta que tenía junto a las uñas.
Mi padre improvisó una explicación sobre mis supuestas clases de pintura.
Gideon lo interrumpió.
Había descubierto algo más.
Un mechón de mi cabello oscuro se había escapado del velo.
Lo sostuvo entre sus dedos.
Luego miró el retrato de Khloe que mi padre había colocado sobre la mesa.
El silencio se volvió insoportable.
Gideon soltó lentamente mi cabello y se acercó tanto que pude distinguir sus ojos a través del encaje.
—La mujer del retrato es rubia —murmuró—. Tú no lo eres.
Mi padre intentó hablar.
Gideon levantó una mano para detenerlo.
Entonces volvió a mirarme y pronunció unas palabras que hicieron que mi padre dejara caer la pluma con la que esperaba firmar el contrato.
—Sé que estás ocupando el lugar de otra persona. Quítate el velo y dime quién eres realmente.
PARTE 2
Durante unos segundos no pude moverme.
Mi padre estaba pálido.
Yo podía escuchar su respiración agitada detrás de mí.
Finalmente levanté las manos, solté el broche que sostenía el velo y dejé que el encaje cayera al suelo.
Gideon me observó con una expresión que no supe interpretar.
No parecía enojado.
Más bien, estaba sorprendido.
—Me llamo Lily Jenkins —respondí—. Soy la hermana menor de Khloe.
Mi padre quiso interrumpirme, pero ya no estaba dispuesta a mentir.
Le expliqué que mi hermana había escapado con un músico y que me habían obligado a ponerme su vestido para intentar conseguir el dinero.
También reconocí que nuestra situación económica era desesperada.
No intenté justificar el engaño.
Cuando terminé de hablar, mi padre se arrodilló frente a Gideon.
Le pidió que no denunciara lo ocurrido y prometió encontrar a Khloe.
Yo permanecí de pie.
Tenía miedo, por supuesto.
Pero estaba cansada de pasarme la vida arreglando los errores de otros.
Gideon guardó silencio durante un largo momento.
Después ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba.
Sonrió.
Tomó los documentos de matrimonio que estaban sobre la mesa y examinó cuidadosamente el nombre de mi hermana.
Luego me hizo una pregunta.
—¿Quién llevaba las cuentas de esta casa?
—Yo.
—¿Quién se encargaba de pagar a los empleados?
—También yo.
Sus ojos se detuvieron en mis manos manchadas de tinta.
Entonces comprendí que había descubierto mucho más que nuestro engaño.
Gideon explicó que sus propiedades necesitaban a alguien capaz de administrar los negocios mientras él atendía otros asuntos.
No buscaba solamente una esposa para acompañarlo en reuniones.
Necesitaba una compañera en quien pudiera confiar.
Y, para mi absoluta sorpresa, propuso cambiar el contrato.
Esta vez, mi nombre aparecería en los documentos.
La deuda de mi padre quedaría cubierta, pero él tendría que marcharse de Maine y mantenerse alejado de nosotros.
Gideon me aseguró que no firmaría nada sin mi consentimiento.
Miré a mi padre.
Estaba desesperado por conseguir el dinero.
Después miré al hombre de cabello blanco que esperaba una respuesta sin intentar obligarme.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien me estaba permitiendo decidir.
Acepté.
No porque confiara completamente en Gideon.
Ni porque creyera las historias sobre vampiros.
Acepté porque quería dejar atrás aquella casa donde mi vida se había convertido en una interminable lista de deudas y responsabilidades ajenas.
Los abogados prepararon nuevos documentos.
Mi padre recibió el dinero necesario para resolver su deuda y abandonó el pueblo.
Tres días después me casé con Gideon en una pequeña capilla cercana al mar.
Llevé un vestido gris que yo misma había confeccionado.
No hubo una gran celebración.
Solo un ministro, algunos testigos y el sonido de la lluvia golpeando el techo.
Cuando Gideon colocó el anillo en mi dedo, noté que su mano temblaba ligeramente.
Aquello me sorprendió.
Hasta entonces había parecido incapaz de sentir nervios.
Esa misma tarde llegamos a Whitewood Hall.
El castillo era inmenso.
Tenía pasillos interminables, retratos antiguos y ventanas altas desde las que se observaban las olas golpeando los acantilados.
Henry, el mayordomo, nos recibió en la entrada.
Tenía la piel casi tan pálida como su señor.
Mi esposo me mostró mi habitación y me explicó que podía recorrer la propiedad libremente.
Solo me pidió que no entrara en los sótanos durante el día.
Nunca me dio una razón demasiado clara.
También me dijo que solía trabajar por las noches en la torre y que nos encontraríamos todas las tardes para cenar.
Durante la primera semana apenas lo vi.
Al principio pensé que había cometido un terrible error.
Pero pronto encontré algo que llamó más mi atención que los rumores sobre vampiros.
Las cuentas del castillo eran un desastre.
Había facturas sin pagar, contratos atrasados y cartas de agricultores que llevaban meses esperando una respuesta.
El encargado de la administración, un hombre llamado Richard, pasaba las mañanas bebiendo y burlándose de cualquiera que cuestionara su trabajo.
Cuando le pedí los libros contables, me sugirió que buscara algo más apropiado para una mujer.
No discutí con él.
Simplemente me senté y comencé a revisar los números.
Tres horas después había descubierto que faltaba dinero de las ventas de madera.
También encontré cobros duplicados a varios agricultores.
Richard llevaba tiempo aprovechándose de la ausencia de Gideon.
Cuando le mostré las irregularidades, se rio.
Aseguró que yo no tenía autoridad para despedirlo.
Llamé a Henry.
Le pedí que acompañara a Richard a recoger sus pertenencias y que informara al alguacil de lo ocurrido.
El mayordomo me miró sorprendido.
Después inclinó la cabeza y cumplió mis instrucciones.
Aquella misma tarde me hice cargo de la administración.
Durante las semanas siguientes revisé contratos, negocié pagos pendientes y corregí las rentas que se habían cobrado injustamente.
Descubrí que Gideon poseía bosques, muelles y numerosas viviendas en el pueblo.
Su fortuna era enorme, pero sus empleados habían desperdiciado recursos durante años.
Una noche, mientras terminaba un presupuesto, sentí una sombra detrás de mí.
Era Gideon.
Traía una bandeja con comida caliente.
La colocó junto a mis documentos y observó las cifras que había escrito.
Me contó que varios comerciantes ya habían pagado sus deudas y que los agricultores estaban agradecidos por los cambios.
Después preguntó por qué me esforzaba tanto.
Le respondí que Whitewood Hall también era mi hogar y que no pensaba permitir que terminara arruinado por culpa de personas deshonestas.
Gideon tomó mi mano.
Por primera vez, sus dedos no me parecieron tan fríos.
Con la llegada del invierno comenzamos a pasar más tiempo juntos.
Cenábamos junto a la chimenea y hablábamos de las propiedades, de los barcos y de las familias que vivían en las tierras del castillo.
Poco a poco dejé de verlo como a un extraño.
Una noche, finalmente le pregunté por los rumores del pueblo.
Gideon no intentó negarlos.
Me contó que había nacido al otro lado del océano hacía más de trescientos años.
Su cabello blanco y su piel pálida eran características de su especie.
No podía llevar una vida como la de los humanos.
Tampoco se alimentaba como nosotros.
Preparaba una bebida oscura con frutos raros y raíces de las montañas para conservar sus fuerzas.
Aquella noche comprendí que las historias sobre el castillo tenían una parte de verdad.
Mi esposo realmente pertenecía a una especie distinta.
Pero también entendí que muchas de las cosas terribles que la gente decía sobre él eran simples rumores.
Nunca había mostrado interés en lastimar a los habitantes del pueblo.
Prefería mantenerse alejado de quienes lo consideraban una amenaza.
Con el paso de los meses comenzamos a sentir un cariño que ninguno de los dos había esperado.
Gideon dejó de pasar todas las noches encerrado en su torre.
Yo dejé de preguntarme si había cambiado una prisión por otra.
Una noche de diciembre me quedé dormida sobre unos mapas en la biblioteca.
Desperté cuando alguien colocó una manta sobre mis hombros.
Era mi esposo.
Se sentó a mi lado y me preguntó si alguna vez había lamentado ocupar el lugar de Khloe.
Le respondí que no.
Le dije que en aquella casa había encontrado algo que nunca tuve con mi propia familia.
Alguien que escuchaba mis opiniones.
Alguien que no me consideraba útil únicamente cuando necesitaba dinero.
Gideon me confesó que llevaba siglos viviendo rodeado de personas que le temían o intentaban aprovecharse de su fortuna.
Nunca había imaginado compartir su vida con alguien que pudiera mirarlo sin miedo.
Aquella noche nos besamos por primera vez porque ambos lo deseábamos.
Y el castillo que antes me parecía tan oscuro comenzó a sentirse verdaderamente como mi hogar.
Cuando llegó la primavera, las propiedades finalmente mostraron ganancias.
Los agricultores habían recuperado la confianza y los trabajadores recibían sus pagos puntualmente.
Gideon y yo empezamos a planear nuevas mejoras.
Queríamos reparar los invernaderos, ampliar la biblioteca y construir una pequeña escuela para los hijos de los pescadores.
Todo parecía estar en calma.
Hasta que una tarde apareció un carruaje desconocido frente a la entrada.
Henry abrió la puerta.
Y de él bajó mi hermana.
Khloe.
Su cabello rubio estaba enredado.
Llevaba un abrigo gastado y sostenía una pequeña maleta.
En cuanto me vio sentada en la sala, se quedó inmóvil.
Sus ojos bajaron hasta el anillo de oro que llevaba en mi mano.
—¿Tú te casaste con Gideon?
Le expliqué lo sucedido.
Su expresión cambió inmediatamente.
Primero pareció confundida.
Después se enfureció.
Me contó que Mason había gastado su dinero y finalmente la había abandonado por otra mujer.
Había regresado pensando que nuestro padre estaría viviendo cómodamente gracias al matrimonio que ella había rechazado.
Pero al descubrir que yo me había convertido en la esposa de Gideon, comenzó a decir que le había robado su lugar.
Exigió que llamara a los abogados.
Aseguró que los documentos originales llevaban su nombre y que todo lo que había en el castillo debía pertenecerle.
Intenté explicarle que había sido ella quien decidió marcharse.
No quiso escuchar.
Entonces se abrió la puerta de la sala.
Gideon acababa de llegar.
Khloe se acercó inmediatamente a él.
Le aseguró que había cometido un error al escapar y que todavía estaba dispuesta a casarse con él.
Incluso le prometió que podría convertirse en la esposa elegante que un hombre de su posición merecía.
Después me miró con desprecio.
Dijo que yo nunca había tenido su belleza y que seguramente Gideon preferiría estar acompañado por ella.
Mi esposo permaneció en silencio.
Luego se colocó a mi lado.
Tomó mi mano frente a Khloe y le explicó que el contrato original había sido sustituido por otro que yo había aceptado y firmado voluntariamente.
También le recordó que nuestra unión ya se había celebrado legalmente.
No existía ningún matrimonio pendiente con ella.
Khloe intentó insistir.
Gideon le pidió que dejara de insultarme.
Le explicó que yo había recuperado las propiedades que sus empleados estaban llevando a la ruina y que las decisiones importantes del castillo las tomábamos juntos.
Mi hermana comenzó a llorar.
Por un momento sentí lástima.
Seguía siendo mi hermana, a pesar de todo.
Pero también recordé los años que había pasado resolviendo los problemas de nuestra familia mientras ella se despreocupaba de todo.
Le dije que no iba a abandonarla sin ayuda.
Henry le preparó una habitación para aquella noche y le llevó comida caliente.
También organicé su viaje a Massachusetts, donde podría alojarse en una casa de huéspedes.
Me comprometí a enviarle una pequeña cantidad mensual mientras encontraba la manera de sostenerse por sí misma.
Sin embargo, dejé claro que no podía regresar al castillo para reclamar una vida que había decidido rechazar.
Khloe aceptó en silencio.
A la mañana siguiente partió.
Nunca volvimos a discutir por aquel matrimonio.
Esa noche, Gideon y yo permanecimos junto a una ventana observando cómo la tormenta se alejaba del océano.
Mi esposo me abrazó y me preguntó si estaba bien.
Le respondí que sí.
Había pasado gran parte de mi juventud creyendo que mi obligación era salvar a todos los demás.
Primero a mi padre.
Después a mi hermana.
Y finalmente había terminado frente a un altar, con un hombre al que todo el pueblo llamaba monstruo.
Pero aquel hombre nunca me pidió que renunciara a mis ideas ni que escondiera quién era.
Con él había encontrado una vida que podía construir con mis propias manos.
Meses después, mientras revisaba los planos de la escuela que queríamos abrir cerca del puerto, encontré guardado en un cajón el viejo velo de encaje que había llevado el día que conocí a Gideon.
Lo saqué y recordé cuánto miedo había sentido.
Entonces mi esposo entró en la habitación.
Me vio sosteniendo aquella tela y sonrió.
Le pregunté si de verdad había sabido desde el principio que yo no era Khloe.
Gideon se acercó a mí.
—Lo supe en cuanto vi tus manos —respondió.
Miré mis dedos.
Todavía tenía pequeñas manchas de tinta.
Él las tomó entre los suyos y añadió algo que nunca olvidé:
—Tu padre intentó esconderte detrás de aquel velo. Pero justamente lo que quiso ocultar fue lo que me hizo querer conocerte.
Guardé el encaje nuevamente.
Ya no lo necesitaba.
Porque el día que me obligaron a fingir que era otra persona terminó siendo el día en que alguien me vio por primera vez tal como era.