Mi hermana huyó para no casarse con el Rey Alfa “inválido”… así que me obligaron a ocupar su lugar, pero nadie sabía quién estaba manteniendo al rey enfermo

Mi hermana huyó para no casarse con el Rey Alfa “inválido”… así que me obligaron a ocupar su lugar, pero nadie sabía quién estaba manteniendo al rey enfermo

PARTE 1

Mi hermana desapareció pocas horas antes de su boda real.

Dejó una sola nota:

“Prefiero perderlo todo antes que pasar mi vida junto a un hombre roto.”

Ese hombre era Gideon Mercer, el Rey Alfa de los territorios del norte.

Y yo era Tessa Monroe, la hermana Omega que nadie miraba dos veces.

Mi madrastra, Helena, entró en mi habitación sosteniendo el velo de Camille.

—Póntelo.

—No soy ella.

—La ley permite que otra hija soltera de la misma sangre cumpla el pacto. Si ninguna Monroe se casa con Gideon, esta familia perderá sus tierras.

Quise negarme.

Pero pensé en los cocineros, los ancianos, los trabajadores de los establos y todas las familias que vivían de aquellas propiedades.

Ellos no tenían la culpa de la cobardía de Camille.

Así que acepté el vestido.

Pero cuando Helena intentó cubrirme el rostro con el velo, se lo quité.

—Usaré su vestido. No usaré su cara.

Cuando entré en la capilla, el silencio fue inmediato.

Todos esperaban a Camille.

En su lugar apareció la hija menor.

Entonces vi a Gideon.

Estaba sentado en una silla de ruedas junto al altar. Una estructura de acero sujetaba su pierna izquierda y un bastón negro descansaba junto a su mano.

Los rumores decían que estaba acabado.

Que sus heridas lo habían convertido en un rey inútil.

Pero nadie en aquella sala parecía atreverse a mirarlo demasiado tiempo.

Cuando llegué frente a él, sus ojos grises recorrieron mi rostro.

—Tú no eres Camille Monroe.

Helena intentó intervenir.

Gideon levantó una mano.

—Le pregunté a ella.

Podía mentir.

No lo hice.

—Camille huyó.

Todo el salón comenzó a murmurar.

—¿Por qué?

Tragué saliva.

—Porque vio tus heridas y decidió que te hacían menos hombre.

El silencio fue brutal.

—Pero esas son sus palabras —añadí—, no las mías.

Durante la ceremonia, el sacerdote indicó que debía arrodillarme frente al Rey Alfa.

Miré a Gideon.

Después tomé una pequeña silla y la coloqué frente a él.

Me senté a su misma altura.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

—Pronunciando mis votos sin fingir que necesitas mi lástima.

Algo casi cálido apareció en sus ojos.

El matrimonio continuó.

Pero Gideon no me marcó.

No me reclamó.

En el carruaje hacia Raven’s Hold me explicó sus condiciones.

Tendría mi propia habitación.

Nunca me marcaría sin mi consentimiento.

Y nadie me exigiría darle un heredero.

—El contrato te convirtió en mi esposa —dijo—. No en mi propiedad.

Aquellas palabras me sorprendieron más que cualquier amenaza.

Al llegar al palacio, puse mis propias reglas.

—No me mientas. No uses este matrimonio para castigar a mi familia. Y nunca me llames reemplazo de Camille.

Gideon respondió inmediatamente:

—No lo eres.

Entonces llegó un sirviente con su medicina nocturna.

Reconocí el olor.

Raíz nocturna.

Una hierba que podía aliviar el dolor en dosis pequeñas.

Pero utilizada durante demasiado tiempo podía ralentizar la regeneración de un lobo.

Gideon llevaba más de un año sin mejorar.

Y cada noche alguien le daba aquella medicina.

Observé durante varios días.

El mismo frasco oscuro.

La misma hora.

El mismo sello.

Finalmente entré en las habitaciones de Gideon con la copa.

Él ni siquiera levantó la vista de sus documentos.

—Llevas días mirando mi medicina.

Tomé la taza.

Y vertí todo su contenido en el lavabo.

Gideon cerró lentamente el informe.

—¿Acabas de tirar la medicina del rey?

—Sí.

Preparé una alternativa con corteza de sauce.

—Creo que alguien está impidiendo que tu cuerpo sane.

Su mirada se volvió helada.

—¿Tienes pruebas?

—Todavía no.

Le ofrecí mi taza.

—No tienes que beberla.

—¿Entonces qué esperas?

—Que decidas tú.

Después de unos segundos, Gideon bebió.

Pasaron varios días sin raíz nocturna.

No hubo milagros.

Hasta que una copa cayó accidentalmente al suelo.

Gideon reaccionó.

Yo miré su pierna.

Los dedos de su pie izquierdo acababan de moverse.

Una vez.

Claramente.

Gideon dejó de respirar.

—Hazlo otra vez —susurré.

—Yo… no lo hice.

Miré el frasco abandonado.

Entonces comprendí la verdadera pregunta.

No era si aquella medicina estaba equivocada.

Era algo mucho peor:

¿quién necesitaba que el Rey Alfa permaneciera inválido?

PARTE 2

Gideon dejó de tomar el tónico real por completo.

Poco a poco comenzó a recuperar sensibilidad.

Primero calor en el tobillo.

Después presión bajo el talón.

Luego pequeños movimientos musculares.

Para cualquier otra persona habrían parecido insignificantes.

Para un hombre que llevaba tanto tiempo sin sentir nada, eran enormes.

Guardé una muestra del antiguo tónico y se la entregué a Logan Pierce, capitán de la guardia.

—Quiero saber de dónde viene.

El médico real también analizó la mezcla.

Después de repetir las pruebas, palideció.

—Contiene raíz nocturna.

—¿Cuánta? —preguntó Gideon.

—Lo suficiente para interferir con tu regeneración sin provocar síntomas demasiado evidentes.

El silencio del rey fue más aterrador que un rugido.

Descubrimos que las botellas llegaban ya preparadas mediante órdenes oficiales.

Y todas llevaban un segundo sello.

Un cuervo negro.

Gideon comenzó a entrenar en secreto.

Yo lo acompañaba al antiguo salón de combate.

Primero consiguió levantarse sujetándose a barras de madera.

Luego mantener el peso unos segundos.

Una noche su rodilla cedió.

Lo sostuve del brazo.

Nuestros cuerpos quedaron demasiado cerca.

Y algo dentro de mí despertó.

Mi loba, silenciosa durante años, levantó la cabeza.

Compañero.

Solté a Gideon de inmediato.

Sus ojos también cambiaron.

Él había sentido lo mismo.

Pero ninguno habló de aquello.

Todavía teníamos un enemigo dentro del palacio.

Logan encontró finalmente los registros.

Todos los pedidos del tónico habían sido aprobados por una sola oficina.

Una sola firma.

Canciller Silas Crowe.

Había algo más.

Si el Consejo de la Luna de Sangre declaraba que Gideon era incapaz de gobernar y no tenía un heredero seguro, podían nombrar un Lord Protector.

—¿Quién recibiría ese puesto? —pregunté.

Logan me miró.

—Silas Crowe.

Todo encajaba.

Mantener a Gideon débil.

Desacreditar su matrimonio.

Crear dudas sobre la sucesión.

Después reemplazarlo.

Gideon decidió fingir que seguía completamente incapacitado.

—En la reunión del consejo quiero que crean que nada ha cambiado.

—¿Y yo?

Su silencio me dio la respuesta.

—Permanecerás en el ala protegida.

Sentí rabia.

—¿Lo decidiste sin preguntarme?

—Quiero mantenerte a salvo.

—Mi familia decía exactamente lo mismo cada vez que decidía mi vida por mí.

Gideon bajó la mirada.

Había empezado a confiar en él.

Quizá incluso a sentir algo más.

Por eso dolió tanto.

Antes de que pudiéramos arreglarlo, Logan entró.

—Tenemos una visitante.

—¿Quién?

Me miró.

—Camille Monroe.

Mi hermana había regresado.

Y no estaba sola.

Silas Crowe la había llevado personalmente.

Camille entró afirmando que quería recuperar el matrimonio que siempre había sido suyo.

Silas anunció que el consejo decidiría si mi sustitución seguía siendo válida ahora que la “verdadera novia” había regresado.

Helena también apareció.

—Tessa solo protegió a la familia cuando fue necesario —dijo—. Camille siempre estuvo destinada a ser reina.

Sentí aquellas palabras como una piedra.

Camille sonrió.

—Solo estabas guardando mi lugar.

La miré.

—No. Estaba sobreviviendo a lo que tú fuiste demasiado cobarde para enfrentar.

Después discutí otra vez con Gideon.

Él había sospechado que Silas podía usarme dentro de su plan.

Y no me lo había dicho.

Me quité el anillo.

Lo coloqué en su mano.

—Me prometiste la verdad. No la verdad después de que yo descubriera el peligro.

Gideon podría haber cerrado las puertas del palacio.

No lo hizo.

Me dejó marchar.

Regresé a la casa Monroe para recoger mis cosas.

Y allí encontré algo que cambió todo.

Debajo del tocador de Camille había una caja.

Dentro:

una bolsa de oro.

Una carta.

Y el símbolo de un cuervo negro.

Silas le había pagado a Camille para abandonar la boda.

También encontré un recibo del mismo boticario relacionado con la medicina de Gideon.

Camille apareció detrás de mí.

—Yo no sabía lo de la medicina —susurró—. Solo me pagó para irme.

Ahora comprendía el plan completo.

Silas había mantenido al rey debilitado.

Había saboteado el matrimonio.

Y había preparado al consejo para tomar el poder.

Nadie me obligaba a regresar.

Mi familia no podía ordenármelo.

Gideon me había dejado libre.

Por eso mi siguiente decisión fue completamente mía.

Tomé las pruebas.

Y regresé al palacio.

Cuando entré en la cámara del consejo, Silas estaba hablando.

—Su Majestad no ha mejorado. Su matrimonio es incierto. No existe heredero. El norte no puede seguir gobernado por dudas.

Uno de los Alfas levantó la mano para votar.

—Antes de decidir —dije desde la puerta— deberían saber por qué su rey nunca pudo recuperarse.

Todos me miraron.

Coloqué el frasco sobre la mesa.

El médico confirmó públicamente la presencia de raíz nocturna.

Logan mostró los registros.

—Todos los pedidos fueron autorizados por la oficina del canciller.

Silas dejó de sonreír.

Entonces coloqué la carta de Camille.

—También pagó para sabotear la boda.

Camille bajó la cabeza.

—Es verdad.

Silas perdió el control.

—¡Saquen a esa Omega de aquí!

Nadie se movió.

Se volvió hacia Gideon.

—¿Permitirá que una mujer con unas cuantas hierbas destruya las leyes del reino?

Gideon apoyó ambas manos sobre su silla.

—La ley es exactamente la razón por la que está aquí.

Silas soltó una sonrisa cruel.

—Habla mucho de leyes alguien que ni siquiera puede mantenerse en pie.

Sentí que mi corazón se detenía.

Gideon tomó su bastón.

Y se levantó.

Su pierna izquierda temblaba.

Pero permaneció de pie.

Dio un paso.

Después otro.

Después un tercero.

El rostro de Silas quedó blanco.

—Imposible.

—No —respondió Gideon—. Solo fue retrasado.

Se colocó a mi lado.

—Cuando retiramos el tónico, mi recuperación comenzó nuevamente.

El consejo ya no necesitó votar.

Silas fue arrestado por conspiración contra la corona.

Pero cuando todo terminó, Gideon no intentó reclamarme.

Solo dijo:

—Regresaste cuando tenías todos los motivos para no hacerlo.

—Regresé porque era lo correcto.

Asintió.

—Entonces no convertiré esa decisión en otra obligación.

Aquello me sorprendió.

Había ganado.

Podía caminar otra vez.

Podía ordenarme regresar como esposa.

No hizo ninguna de esas cosas.

Semanas después me pidió que lo encontrara en el jardín.

Me entregó un documento.

—¿Qué es?

—La anulación.

Lo miré.

—¿Ya la firmaste?

—La primera vez que te casaste conmigo, tu familia eligió por ti.

Apretó el bastón.

—No te conservaré porque una ley diga que puedo hacerlo.

—¿Me estás dejando ir?

—Estoy devolviéndote lo que debió ser tuyo desde el principio.

—¿Qué?

Gideon respiró profundamente.

—Una elección.

Me marché.

Durante semanas construí una vida que solo me pertenecía.

Trabajé con el médico real para crear una casa de curación donde otras Omegas pudieran estudiar medicina sin ser tratadas como criadas ignorantes.

Elegí las hierbas.

Las habitaciones.

Las aprendices.

Y una noche comprendí algo.

No extrañaba el palacio.

Extrañaba a Gideon.

Así que volví.

No por el pacto.

No por la corona.

Ni siquiera porque mi loba lo reconociera como compañero.

Volví porque yo quería hacerlo.

Gideon me encontró en el jardín.

—¿Por qué regresaste?

Sonreí.

—No regresé por el rey.

Me acerqué.

—Regresé por Gideon.

Meses después, cuando la casa de curación abrió oficialmente, volvió a llevarme al mismo jardín.

Se arrodilló con dificultad.

Esta vez no porque estuviera roto.

Sino porque había elegido hacerlo.

Sacó el anillo que yo había devuelto.

—Tessa Monroe, ¿te casarás conmigo ahora que ninguna ley te obliga?

Lo hice esperar.

Solo un poco.

—Pregúntamelo otra vez sin mencionar deberes.

Gideon rio.

Y volvió a preguntar.

Esta vez dije:

—Sí.

Nuestro segundo matrimonio fue pequeño.

Sin sustituciones.

Sin contratos políticos.

Sin una hermana desaparecida.

Cuando el sacerdote preguntó si estaba allí por voluntad propia, miré a Gideon.

—Lo elijo a él.

Con el tiempo, Gideon siguió mejorando. Algunos días caminaba sin bastón; otros lo necesitaba.

Dejó de esconder ambas verdades.

Yo dirigí la casa de curación y permanecí a su lado porque quería estar allí.

Silas fue condenado por traición y corrupción. Camille perdió sus derechos de herencia después de admitir que había aceptado dinero para huir, mientras Helena perdió sus privilegios de corte.

Y finalmente entendimos la lección que aquel primer matrimonio jamás pudo enseñarnos.

La verdadera fuerza no consiste en obligar a alguien a quedarse.

Consiste en abrir la puerta.

Dejarlo marcharse.

Y convertirse en alguien a quien esa persona pueda elegir libremente volver.

Mi hermana huyó porque creyó que Gideon era un hombre roto.

Se equivocó.

Él todavía tenía heridas.

Pero lo que realmente necesitaba sanar nunca había sido únicamente su pierna.

Era la manera en que ambos entendíamos el amor.

Porque un vínculo podía llamarnos compañeros.

Una ley podía llamarnos marido y mujer.

Una corona podía llamarme reina.

Pero ninguna de esas cosas significaba tanto como las dos palabras que pronuncié cuando finalmente tuve libertad para escoger:

“Lo elijo.”

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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