Mi hermana gemela es la omega querida — todos la quieren, pero el lobo del rey me eligió
PARTE 1
Durante tres meses, May Aldrich había compartido el bosque con un lobo cuyo nombre desconocía.
Nunca hablaron. Nunca preguntaron de qué manada venía el otro. En su forma animal, esas cosas parecían absurdas.
Solo corrían.
Él era enorme, oscuro y desesperantemente rápido. May podía vencerlo en las bajadas, pero en terreno llano casi siempre terminaba viendo aquella lengua fuera y esa expresión que parecía una sonrisa arrogante.
Después descansaban juntos.
El gran lobo encontraba las mejores rocas calentadas por el sol y dejaba, casualmente, un espacio junto a él.
May casi nunca lo ocupaba.
Casi.
Aquellas noches eran el único momento en que dejaba de sentirse como “la otra gemela Aldrich”.
Porque su hermana Violet era todo lo que May no era.
Hermosa. Elegante. Famosa por una voz capaz de silenciar una sala entera. Cuando Violet cantaba, todos miraban.
Cuando May entraba en una habitación junto a ella, parecía desaparecer.
May no culpaba a su hermana. La adoraba.
Pero también la envidiaba, y admitirlo le dolía.
May era maestra. Enseñaba a los cachorros de la manada a leer, controlar sus primeras transformaciones y reconocer los límites territoriales. Amaba su trabajo, pero nadie invitaba a una maestra de escuela a las grandes ceremonias.
Por eso, cuando el rey Archer Merit de Silverwood anunció una visita, su madre preparó a Violet como si la familia estuviera a punto de recibir una propuesta real.
Probablemente lo estaba.
La noche de la recepción, Violet cantó para Archer.
Fue perfecta.
Hasta May olvidó respirar.
Cuando terminó, el rey la felicitó.
Después giró la cabeza.
Su expresión cambió.
Había captado un olor.
Pino. Musgo húmedo. Aire nocturno.
Su mirada atravesó toda la sala hasta detenerse en May, colocada, como siempre, un poco detrás de Violet.
Archer se quedó inmóvil.
May sintió que su loba interior también se congelaba.
Entonces comprendió.
Los ojos ámbar.
El tamaño.
Aquel olor.
El enorme lobo con el que llevaba tres meses corriendo por el bosque…
era el rey.
—Te conozco —dijo Archer.
La sala quedó en silencio.
May quiso que el suelo la tragara.
Más tarde intentó explicarle que nunca habría corrido con él si hubiera conocido su identidad.
—Precisamente por eso significaba algo —respondió Archer—. En el bosque no sabías que era rey. Solo sabías quién era.
Y aquella fue la verdadera complicación.
Archer había llegado oficialmente para conocer mejor a Violet.
Pero comenzó a buscar a May.
Visitó su escuela. Se sentó ridículamente encogido en una silla infantil y observó mientras ella enseñaba. Cuando una pequeña loba confesó que tenía miedo de transformarse, Archer se arrodilló frente a ella y admitió que él también había tenido miedo de niño.
Las defensas de May comenzaron a desmoronarse.
Después volvieron a correr juntos.
Esta vez sabían sus nombres.
Durante una de aquellas carreras encontraron algo extraño: estacas naranjas de topografía clavadas dentro del territorio de la manada.
Peor aún, una antigua piedra fronteriza había desaparecido.
No estaba rota.
La habían retirado.
May recorrió mentalmente todos los senderos que conocía.
Recordó zonas donde los olores territoriales se habían debilitado.
Lugares donde los animales habían desaparecido.
No era casualidad.
Alguien estaba borrando sistemáticamente las fronteras de la manada para hacer que aquellas tierras parecieran desocupadas ante los humanos.
May y Archer comenzaron a investigar.
Todo terminó apuntando hacia Lord Garret Hale, el hombre encargado precisamente de proteger aquellas fronteras.
Encontraron pintura industrial en sus suministros. Registros sospechosos. Empresas humanas interesadas en desarrollar las zonas cuyos marcadores habían desaparecido.
Estaban cerca de demostrarlo.
Garret lo comprendió antes de que pudieran detenerlo.
Y atacó primero.
Ante un consejo repleto, declaró que una loba llevaba años recorriendo ilegalmente zonas restringidas.
Que había memorizado las rutas de patrulla.
Que conocía cada debilidad territorial.
Que había aparecido junto al rey justo cuando comenzó la crisis.
Entonces pronunció su nombre.
—May Aldrich.
Todas las miradas se volvieron hacia ella.
—Ella no descubrió el complot —continuó Garret—. Ella lo creó.
May sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Pero aquello no fue lo peor.
Garret miró directamente a Archer.
—Su Majestad conoció a esta mujer en secreto en el bosque durante meses. ¿Cómo puede este consejo confiar en su juicio cuando está claro que ella lo ha influenciado?
May miró al rey.
Y durante apenas un instante…
vio duda en sus ojos.
PARTE 2
—No.
La voz de May atravesó la sala.
Archer estaba a punto de intervenir, pero ella le puso una mano sobre el brazo.
—Está hablando de mí. Así que responderé yo.
Por primera vez en su vida, May no buscó un lugar detrás de Violet.
Caminó hacia el centro.
Garret sonrió.
Pensaba que la maestra de escuela estaba entrando directamente en su trampa.
No sabía que May llevaba años preparándose para aquel momento sin saberlo.
—Tiene razón en una cosa, Lord Hale —comenzó ella—. He recorrido esas tierras durante años.
El murmullo aumentó.
—Conozco cada cresta, cada arroyo, cada guarida y casi todas las piedras fronterizas. Usted conoce el territorio por informes. Yo lo conozco porque mis patas han tocado cada parte de él.
Garret intentó interrumpirla.
May no se lo permitió.
Sacó de su bolso una vieja agenda escolar.
La portada tenía dibujado un lobo ridículamente sonriente.
Varios consejeros fruncieron el ceño.
—Soy maestra —explicó May—. Tengo la costumbre de anotarlo todo.
Abrió la agenda.
Durante años había registrado sus carreras junto a reuniones escolares, tareas y evaluaciones de lectura.
También había escrito pequeñas observaciones.
“Olor extraño en la cresta sur.”
“Marcador debilitado.”
“Raspaduras metálicas.”
“Menos animales cerca del río.”
En aquel momento habían parecido detalles insignificantes.
Juntos formaban una cronología.
—El primer deterioro comenzó meses después de que Lord Hale asumiera el control del mantenimiento territorial.
La sonrisa de Garret desapareció.
May continuó.
La segunda zona había sido alterada después.
Luego la tercera.
Cada eliminación de marcadores había sido seguida por la aparición de topógrafos humanos.
—Y hay algo más.
May recordó los guantes encontrados en el cobertizo.
—Las estacas utilizadas por los topógrafos están cubiertas con una pintura industrial específica. Mi loba reconoció exactamente el mismo olor en unos guantes guardados entre sus suministros.
Garret perdió el color del rostro.
—Eso no demuestra nada.
—Tal vez no —respondió May—. Pero esto sí.
Finan Hall se levantó desde un extremo de la sala.
El beta parecía no haber dormido durante varios días y sostenía una gruesa carpeta.
—RidgeLine Properties —dijo—. Cuatro solicitudes para desarrollar terrenos declarados “desocupados”.
Colocó los documentos sobre la mesa.
Las cuatro parcelas coincidían exactamente con las cuatro zonas donde habían desaparecido los marcadores.
Archer miró a Garret.
Esta vez no había ninguna duda en sus ojos.
—¿Casualidad?
Garret comenzó a hablar.
Primero negó todo.
Después culpó a los humanos.
Luego afirmó que únicamente intentaba modernizar una manada incapaz de comprender el valor económico de aquellas tierras.
Cuando los guardias llegaron, todavía estaba justificándose.
May lo observó abandonar la sala y sintió algo extraño.
Había ganado.
Pero durante años había imaginado que ser vista se sentiría diferente.
Aquella noche su madre la encontró sola en un pasillo.
Elizabeth Aldrich, la mujer que siempre tenía la frase perfecta, tardó varios segundos en hablar.
—Nunca me contaste nada de esto.
May la miró.
—Nunca preguntaste.
Su madre bajó los ojos.
Aquella respuesta había encontrado exactamente el lugar que debía doler.
—Te vi hoy —dijo finalmente—. Frente al consejo. Y comprendí algo.
May esperó.
—Toda tu vida puse a Violet en el centro y a ti a un lado. Me decía que simplemente estaba utilizando las fortalezas de cada hija.
Elizabeth tragó saliva.
—Pero era una elección.
May no respondió.
Todavía no estaba preparada para perdonarla.
Pero por primera vez pudo imaginar que algún día quizá lo estaría.
—Estuviste magnífica —susurró su madre—. Y debería habértelo dicho hace muchos años.
Después se marchó.
May regresó a su habitación y comenzó a hacer las maletas.
La crisis había terminado.
Garret sería juzgado. Las fronteras serían restauradas.
Pero May había escuchado los susurros.
“La maestra que apareció de repente junto al rey.”
“La loba que recorría zonas prohibidas.”
Podía convertirse en reina.
También podía pasar años demostrando que merecía estar allí.
Su aula era diferente.
En aquella pequeña habitación nadie cuestionaba quién era.
Entonces Archer apareció en la puerta.
Miró la maleta.
—Te vas.
—Sí.
—¿Por qué?
May dejó una camisa sobre la cama.
—Porque prefiero volver con mis alumnos a pasar diez años escuchando rumores sobre la reina que casi fue acusada de traición.
Archer permaneció en silencio.
Después se pasó una mano por el cabello.
Ya no parecía un rey.
Parecía simplemente aquel hombre que se quedaba junto a ella sobre rocas calientes.
—Antes de conocer tu nombre —dijo—, eras la única cosa completamente real que tenía.
May dejó de guardar ropa.
—Toda mi vida son reuniones, decisiones, ceremonias y gente diciendo lo que cree que quiero escuchar. Y dos veces por semana podía entrar en un bosque donde una loba gris me adelantaba bajando una montaña y no le importaba absolutamente nada mi corona.
May intentó contener una sonrisa.
—Porque eres lento bajando.
—Eso es propaganda.
Ella rio.
Archer se acercó.
—No quiero que abandones tu aula. No quiero convertirte en alguien diferente. Solo quiero descubrir quiénes somos cuando dejamos de escondernos detrás de nuestros papeles.
Le tendió la mano.
—Corre conmigo.
May observó aquella mano.
Recordó la primera cresta.
Las carreras.
El silencio.
El hombre que, siendo alfa y rey, siempre caminaba detrás de ella cuando entraban en senderos que ella conocía mejor.
Lo comprendió entonces.
Archer nunca había intentado hacerla visible.
Simplemente la había visto.
May tomó su mano.
Aquella noche regresaron al lugar donde todo había comenzado.
No hubo ceremonia.
No hubo consejeros.
Solo dos lobos bajo la luna.
Y allí aceptaron finalmente el vínculo que llevaba meses creciendo entre ellos.
Meses después, Silverwood tenía una reina que seguía llegando a palacio con polvo de tiza en las mangas.
May se negó a abandonar la escuela.
Archer jamás se lo pidió.
Los niños adoraban poder decir que su maestra era reina, aunque para ellos aquello tenía una ventaja mucho más importante:
podían convencer al rey de visitar la clase y transformarse en lobo.
Las fronteras fueron restauradas siguiendo los mapas de May.
Su vieja agenda escolar terminó guardada en los archivos reales, algo que ella encontraba profundamente vergonzoso y Archer absolutamente perfecto.
Violet también había cambiado.
Durante la investigación comenzó a pasar cada vez más tiempo con Finan.
Él era probablemente el único hombre que, después de escucharla cantar, había dicho:
—Eso estuvo muy bien. Ahora dime qué opinas del problema de suministros del este.
Violet se enamoró casi inmediatamente.
Por primera vez alguien quería saber lo que pensaba, no solamente escuchar su voz.
Durante la ceremonia de unión de May y Archer, Violet interpretó una nueva canción.
No hablaba de coronas.
Hablaba de personas que habían pasado años escondidas en los márgenes, convencidas de que nunca serían importantes, hasta que alguien decidió mirar donde nadie miraba.
May entendió inmediatamente que aquella canción era para ella.
Sintió aquel viejo destello de celos.
Y esta vez no intentó enterrarlo.
Lo dejó existir.
Después lo dejó marcharse.
Cuando terminó la ceremonia, salió al balcón con Archer.
A lo lejos, Violet y Finan intentaban esconderse detrás de un enrejado mientras se besaban.
May sonrió.
Archer apoyó los brazos en la barandilla.
—Tu hermana tiene una voz extraordinaria.
—Lo sé.
—Pero prefiero la tuya.
May lo miró sorprendida.
—No sé cantar.
—No hablo de cantar.
Archer señaló hacia las ventanas de la escuela.
—Hablo de la voz con la que enseñas a un niño asustado. De la voz con la que te levantaste frente a un consejo entero y convertiste una agenda manchada de café en una prueba más poderosa que el título de un lord.
May guardó silencio.
Años atrás habría apartado la mirada.
Ahora no.
Archer rodeó sus hombros con un brazo.
Frente a ellos se extendía el bosque.
El mismo bosque al que May había escapado durante años para poder sentirse libre.
Solo que ya no necesitaba correr para escapar.
En alguna parte, la cresta donde se habían conocido esperaba bajo la luna.
Las piedras aún estarían calientes.
Los senderos seguirían allí.
May apoyó la cabeza en el hombro de Archer.
Podía correr cuando quisiera.
Pero ahora correría por una razón completamente diferente.
No para desaparecer.
Sino para seguir avanzando.
