“MI FAMILIA ME VENDIÓ POR TRES SACOS DE GRANO… PERO EL REY ALFA DESCUBRIÓ QUE YO ERA LA ÚNICA MUJER QUE PODÍA DESPERTARLO”
“MI FAMILIA ME VENDIÓ POR TRES SACOS DE GRANO… PERO EL REY ALFA DESCUBRIÓ QUE YO ERA LA ÚNICA MUJER QUE PODÍA DESPERTARLO”

PARTE 1
El día que mi padre me vendió por tres sacos de grano, mi hermano menor fue la única persona que lloró por mí.
Yo no lloré.
Había aprendido demasiado pronto que las lágrimas no sirven cuando quienes deberían protegerte son precisamente quienes deciden cuánto vales.
Me llamo Elara. Era una omega sin manada, rechazada por casi todos desde que un alfa llamado Aldrick intentó marcarme por la fuerza. Logré defenderme con un cuchillo, pero él alcanzó a morderme el cuello. Mi clan ocultó lo sucedido y me convirtió a mí en la culpable.
Por eso, cuando el Rey Alfa pidió una omega como parte de un acuerdo político, mi padre aceptó.
Tres sacos de grano.
Protección contra los rebeldes del norte.
Y yo.
Mi hermano Elías me apretó la mano antes de que subiera al carruaje.
—Vuelve algún día.
No pude prometérselo.
Las promesas son para quienes creen tener futuro.
Durante el viaje escuché historias sobre el rey.
Decían que tenía treinta y dos años y jamás había deseado a una mujer.
Que era un Alfa maldito.
Que tres prometidas habían muerto antes de casarse con él.
Cuando llegué al palacio, pensé que quizá yo sería la cuarta.
Pero ocurrió algo peor.
En cuanto crucé las puertas, percibí su aroma.
Pino salvaje. Humo. Tierra húmeda.
Mi loba, dormida durante años, despertó violentamente.
Compañero.
La palabra apareció dentro de mí antes de que pudiera rechazarla.
El hombre que me había comprado podía ser mi compañero destinado.
Cuando finalmente lo conocí, comprendí que él también sentía algo.
El rey tenía ojos dorados y una presencia capaz de hacer callar una habitación entera. Sin embargo, cuando me acerqué, sus manos temblaron.
Miró las cicatrices de mi cuello.
—¿Quién te hizo eso?
—Aldrick.
Le expliqué lo ocurrido.
Esperaba desprecio.
Recibí furia.
—Nadie te pertenece.
Aquellas palabras me desconcertaron.
Después confesó su secreto.
Durante años le habían presentado más de cien omegas. Hermosas, nobles, perfectas.
Nunca sintió nada.
Hasta que llegué yo.
Rozó mi mejilla y ambos sentimos una descarga atravesarnos.
El rey retrocedió.
—Desde que percibí tu aroma no puedo dormir. No puedo pensar.
—Tal vez somos compañeros destinados.
Su expresión se endureció.
—Reza para que no sea cierto. Porque si lo es, ninguno de los dos saldrá intacto de esto.
Los días siguientes cenamos juntos.
Hablamos.
Él nunca me obligó a tocarlo.
Nunca intentó reclamarme.
Y cuanto más lo conocía, más difícil resultaba verlo como mi comprador.
Descubrí a un hombre que había construido muros alrededor de sí mismo porque temía que el amor pudiera convertirse en un arma.
Entonces el Consejo propuso que tomara como esposa a otra omega para detener la rebelión.
El rey se negó.
Yo comprendí que existía otra solución.
—Necesitas una Luna —dije delante de todos—. Alguien que demuestre que este reino puede construirse sobre respeto, no sobre miedo.
Lord Baren se rio.
—¿Tú? ¿Una omega rechazada y vendida por su propio clan?
Lo miré directamente.
—Una omega que sobrevivió.
Después miré al rey.
—Aceptaré ser tu Luna. Pero no seré tu propiedad. Seré tu igual. Y nuestro vínculo solo se completará cuando ambos lo elijamos.
El rey extendió su mano.
—Trato hecho.
La ceremonia se celebraría bajo la Luna Roja.
Pensé que finalmente estaba recuperando el control de mi destino.
Me equivocaba.
Porque cuando entré al gran salón vestida de plata, las puertas se abrieron violentamente.
Un grupo de lobos del norte apareció.
Y delante de ellos caminaba el hombre cuya mordida todavía llevaba en el cuello.
Aldrick.
Sonrió al verme.
—Vine a recuperar lo que me pertenece.
—No soy tuya.
Aldrick señaló mis cicatrices.
—Mi marca sigue sobre ti.
El rey descendió del estrado.
—Esa ley fue abolida.
—Entonces que ella elija.
Aldrick extendió una mano.
—Ven conmigo y evitarás una guerra.
Lo miré.
—Prefiero la guerra.
Su expresión cambió.
Se lanzó hacia mí y me sujetó la muñeca.
El rugido del Rey Alfa hizo temblar el salón.
Pero antes de que pudiera atacar, Lord Baren gritó:
—¡Majestad, deténgase! Hay algo sobre sus antiguas prometidas que ella todavía no sabe.
Todos quedaron en silencio.
Baren me miró.
Y sonrió.
—Pregúntale a tu querido rey qué les ocurrió realmente a las tres mujeres que intentaron convertirse en su Luna.
PARTE 2
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
El rey no negó la acusación.
—Murieron —dijo.
Baren aprovechó el miedo del salón.
Pero la verdad era distinta de los rumores.
La primera prometida se había quitado la vida después de comprender que el rey jamás podría corresponderle. Las otras también habían sido rechazadas por su lobo porque ninguna era su verdadera compañera.
—¿Y qué hace diferente a Elara? —preguntó Baren.
El rey me miró.
—Porque cuando estoy cerca de ella, mi lobo no quiere destruir. Quiere proteger.
Entonces comprendí que debía decidir por mí misma.
No por Aldrick.
No por Baren.
Ni siquiera por el rey.
Y elegí quedarme.
Aldrick fue expulsado del palacio, pero aquello solo retrasó la guerra.
Baren también mostró finalmente sus verdaderas intenciones. Intentó utilizar el miedo del Consejo para separar al rey de mí y hacerse con el control del reino.
Cuando sus hombres intentaron matarme, el rey llegó transformado parcialmente en lobo y detuvo el ataque.
Baren terminó encarcelado.
Pero Aldrick seguía libre.
Mientras tanto, mi relación con el rey cambió.
Dejamos de luchar contra lo evidente.
Una noche completamos voluntariamente nuestro vínculo.
Por primera vez desde que había llegado al palacio, él dejó de sentirse maldito.
—Pasé treinta y dos años pensando que estaba roto —me confesó.
—No estabas roto. Tu cuerpo estaba esperando a la persona correcta.
—A ti.
Y yo también comprendí algo.
Había pasado años pensando que cualquier vínculo significaría perder mi libertad.
Con él descubrí que podía significar exactamente lo contrario cuando ambas personas podían elegir.
La paz duró poco.
Los clanes rebeldes atacaron.
Aldrick exigió un combate ritual contra el rey.
El ganador tendría autoridad para resolver el conflicto.
Yo sabía que aquello era una trampa.
Pero el rey aceptó.
La batalla fue brutal.
Los dos se transformaron.
Sangre cubrió el suelo mientras yo sentía cada herida del rey a través de nuestro vínculo.
Finalmente consiguió derribar a Aldrick.
Sus mandíbulas rodearon su cuello.
Estaba a punto de terminarlo.
—¡Alto!
Todos giramos.
Baren había escapado de las mazmorras.
Estaba acompañado por guardias traidores.
Entonces reveló el verdadero plan.
Él y Aldrick habían conspirado juntos.
No importaba quién ganara.
Baren utilizaría la batalla para declarar al rey inestable y convencer al Consejo de colocar a otro hombre en el trono.
—Este reino necesita un nuevo rey —declaró.
Saqué mi cuchillo.
—Este reino no será entregado a traidores.
Baren me miró con desprecio.
—¿Y quién eres tú para decidirlo? Solo eres una…
Nunca terminó.
El rugido del rey lo interrumpió.
Pero aquel segundo de distracción fue suficiente.
Aldrick se levantó.
No atacó al rey.
Corrió hacia mí.
Vi sus garras.
Vi el odio en sus ojos.
Comprendí que ya no quería recuperarme.
Si no podía poseerme, quería matarme.
Levanté mi cuchillo.
Sabía que no podría detenerlo.
El impacto nunca llegó.
El rey se interpuso.
Recibió el ataque directamente en el pecho.
Cayeron juntos.
Esta vez no hubo advertencias.
El rey hundió los colmillos en la garganta de Aldrick.
Todo terminó.
Baren fue arrestado nuevamente junto con los conspiradores.
La rebelión perdió a sus principales líderes y muchos clanes aceptaron negociar.
Pero yo exigí algo más.
Si aquel reino iba a sobrevivir, debía cambiar.
Las omegas no volverían a ser utilizadas como moneda política.
Ninguna marca forzada sería reconocida como vínculo legítimo.
Ninguna mujer podría ser entregada sin consentimiento.
Y ningún alfa tendría derecho sobre otra persona simplemente por su rango.
El rey me apoyó.
No porque yo fuera su compañera.
Sino porque sabía que tenía razón.
Tiempo después, mi padre llegó al palacio.
Esperaba recuperar una posición gracias a mi nuevo título.
No se la di.
—Puedes marcharte sabiendo que tu hija sobrevivió a pesar de ti, no gracias a ti.
Pero Elías se quedó.
Mi hermano me preguntó tímidamente si podía visitarme.
Lo abracé.
—Voy a necesitarte.
—¿Para qué?
Sonreí y coloqué una mano sobre mi vientre.
—Para enseñarle a tu sobrino a cuestionar la autoridad.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Voy a ser tío?
—Vas a ser tío.
Cuando Elías se marchó, el rey me rodeó con sus brazos.
Meses atrás había llegado a aquel palacio creyendo que era una mercancía.
Ahora era Luna.
No porque un rey me hubiera comprado.
No porque el destino hubiera decidido por mí.
Sino porque cuando finalmente tuve derecho a escoger…
escogí mi propia vida.
Y también lo escogí a él.
Mi historia había comenzado con tres sacos de grano y un padre que decidió cuánto valía su hija.
Terminó con un reino entero aprendiendo algo que para mí había costado sangre comprender:
una omega no pertenece al alfa que la marca, al clan que la vende ni al rey que la desea.
Se pertenece a sí misma.