Mi esposo me echó del castillo estando embarazada… Cinco años después, el Rey Alfa vio a mis gemelos, cayó de rodillas y me hizo una pregunta que cambió nuestras vidas
Mi esposo me echó del castillo estando embarazada… Cinco años después, el Rey Alfa vio a mis gemelos, cayó de rodillas y me hizo una pregunta que cambió nuestras vidas

PARTE 1
La noche en que Tristán me expulsó de su castillo, estaba embarazada y él ni siquiera lo sabía.
Me dejó afuera, bajo una tormenta de nieve, convencido de que no sobreviviría hasta el amanecer.
Cinco años después, aquel mismo hombre descubriría que los dos niños que había obligado a esconderse eran hijos del Alfa más poderoso de todos los territorios.
Y que ese rey llevaba años buscándonos.
Me llamo Katherina Hastings, y durante mucho tiempo creí que mi destino era soportar una vida que nunca había elegido.
Mi unión con Tristán, señor de Ashford, había sido arreglada por nuestras familias. Durante tres años viví en su castillo, intentando cumplir con todo lo que esperaba de mí.
Pero nada era suficiente.
Me reprochaba no haberle dado un heredero. Me culpaba por cualquier problema y, últimamente, ni siquiera se molestaba en ocultar su relación con Cesily, una mujer que disfrutaba humillándome.
Aquella noche, mientras yo permanecía de rodillas en el patio, ella observaba desde las escaleras con mis propias joyas alrededor del cuello.
—No quiero volver a verte en mis tierras —dijo Tristán.
Intenté explicarle que estaba equivocado.
Habíamos regresado recientemente de una reunión de las manadas en la capital. Desde entonces, él aseguraba que mi olor había cambiado y que yo había estado con otro lobo.
Lo que Tristán no sabía era que, durante aquella visita, había ocurrido algo que ni yo misma comprendía.
En el baile del solsticio, después de pasar horas viendo cómo él atendía a Cesily, salí a caminar por los jardines reales.
Allí conocí a un desconocido que llevaba una máscara plateada.
Recuerdo perfectamente su mirada y el aroma a pinos cubiertos de nieve que lo acompañaba.
Cuando se acercó, mi loba interior reaccionó de una manera que jamás había experimentado.
Era mi compañero destinado.
Pasamos aquella noche juntos. Por primera vez, sentí que alguien me miraba sin desprecio.
Pero al amanecer él había desaparecido.
Nunca conocí su nombre.
Dos meses después descubrí que estaba esperando un bebé.
Quise encontrar la manera de explicarle todo a Tristán, pero aquella noche decidió expulsarme antes de escucharme.
Me quitó el apellido Ashford y ordenó que cerraran las puertas.
No tenía dinero, abrigo suficiente ni un lugar adonde ir.
Solo sabía que debía proteger a la pequeña vida que crecía dentro de mí.
Caminé durante tres días por los bosques helados. Para evitar a los lobos que vigilaban los caminos, cubrí mi ropa con barro y hojas de pino.
Finalmente, cambié un medallón que había pertenecido a mi madre por un viaje en una carreta.
Así llegué a Oak Haven, una pequeña aldea humana donde nadie conocía mi pasado.
Me presenté simplemente como Kate.
Dije que era viuda y que necesitaba trabajo.
Los habitantes me ayudaron a reparar una vieja casita cerca del bosque. Comencé a coser ropa para ganarme la vida.
Meses después, durante una noche de tormenta, llegaron mis hijos.
No fue un bebé.
Fueron dos.
Los llamé Arturo y León.
Cuando los sostuve por primera vez, descubrí algo que me dejó completamente inmóvil.
Ambos tenían los ojos plateados.
No amarillos, como la mayoría de los lobos.
Plateados, brillantes, exactamente como los de una familia de la que había escuchado hablar desde pequeña.
La familia real de Wikliffe.
Entonces comprendí quién había sido el hombre de la máscara.
Leandro.
El Rey Alfa Supremo.
Mis hijos eran sus herederos.
Aquella noche prometí que nadie descubriría su identidad. Temía que Tristán quisiera utilizarlos y que el rey me los arrebatara para llevarlos al palacio.
Durante cinco años conseguí mantener nuestro secreto.
Pero mis pequeños crecían demasiado rápido.
Tenían una fuerza extraordinaria, podían escuchar sonidos a enormes distancias y, cuando se enojaban, sus ojos comenzaban a brillar.
Siempre les pedía que usaran gorros y que evitaran mirar directamente a los desconocidos.
Todo cambió una tarde de otoño.
Tres hombres de Ashford llegaron al pueblo exigiendo nuevos impuestos.
Yo estaba tendiendo ropa cuando escuché sus voces.
Corrí hacia mis hijos y les ordené esconderse en el sótano.
Pero los hombres ya me habían visto.
Uno abrió nuestra pequeña reja y se acercó a la puerta.
—Aquí también se paga —me advirtió.
Le expliqué que apenas tenía dinero para alimentarnos.
El hombre me sujetó del brazo.
Entonces escuché un rugido que hizo temblar las ventanas.
Mis hijos estaban en la entrada.
Sus ojos brillaban intensamente.
Los tres mercenarios retrocedieron y, para mi sorpresa, terminaron arrodillados frente a dos niños de apenas cinco años.
Huyeron inmediatamente.
Yo sabía que informarían a Tristán.
Teníamos que escapar otra vez.
Tres noches después, mientras preparaba nuestras pocas pertenencias, el bosque quedó completamente silencioso.
Sentí un aroma que no había percibido en cinco años.
Pinos nevados.
Un hombre salió de entre los árboles.
Era Leandro.
El rey se detuvo al reconocerme, pero antes de que pudiera decir algo, Arturo y León salieron de la casa.
Leandro bajó la mirada hacia ellos.
Observó sus ojos plateados.
Su expresión cambió por completo.
Se arrodilló lentamente frente a mis pequeños y después levantó la vista hacia mí.
—Katherina… —murmuró—. ¿Cuántos años tienen esos niños?
PARTE 2
—Cinco años —respondí, sintiendo que las piernas apenas me sostenían.
Leandro volvió a mirar a mis hijos.
Arturo, que siempre había sido el más desconfiado, se colocó delante de su hermano y me tomó de la mano.
—Mamá, ¿quién es ese señor?
No supe qué contestar.
Durante años había imaginado aquel momento. Había pensado en escapar, esconderme o inventar otra historia.
Pero nunca imaginé encontrar al Rey Alfa Supremo arrodillado frente a mis hijos, con los ojos llenos de lágrimas.
Leandro extendió una mano hacia Arturo, pero se detuvo antes de tocarlo.
—Son míos, ¿verdad? —preguntó en voz baja.
Me coloqué instintivamente entre él y los niños.
—Son mis hijos. Y no voy a permitir que nadie me los quite.
El rey levantó ambas manos para demostrar que no pretendía acercarse más.
—No he venido a separarlos de ti.
Lo miré sin creerle.
Él suspiró y me contó algo que desconocía.
Después del baile del solsticio, había regresado a los jardines para buscarme. Su intención era descubrir quién era yo y anunciar públicamente que había encontrado a su compañera destinada.
Pero cuando llegó, ya me había marchado.
Durante cinco años había enviado guardias a diferentes territorios, revisado registros de las manadas y preguntado por una mujer cuyo nombre ni siquiera conocía.
Nunca volvió a encontrarme.
Hasta aquella noche.
—Pensé que habías decidido alejarte de mí —confesó—. Después empecé a temer que alguien te hubiera hecho desaparecer.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Yo había pasado cinco años creyendo que él también podría rechazarme.
Y él había pasado esos mismos años buscándome.
—No me fui porque quisiera —le dije.
Leandro observó la vieja casa, mis manos lastimadas por el trabajo y los remiendos de la ropa que llevábamos puesta.
—¿Qué ocurrió contigo?
Entonces le conté todo.
Le hablé de Tristán, de Cesily, de las acusaciones y de aquella noche en que me abandonaron bajo la nieve.
También le expliqué por qué había ocultado a nuestros hijos.
Leandro escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, permaneció en silencio durante varios segundos.
—Tristán de Ashford… —repitió finalmente.
Su expresión se endureció.
Fue entonces cuando descubrí otro secreto.
Los hombres que habían llegado a nuestra aldea no estaban allí por casualidad.
Desde hacía meses, Tristán cobraba impuestos ilegales a los pueblos fronterizos y utilizaba ese dinero para reunir un ejército privado.
Leandro había enviado a su guardia a investigar los abusos.
Uno de sus exploradores escuchó el relato de tres mercenarios que aseguraban haber encontrado a dos niños con ojos plateados capaces de obligar a lobos adultos a arrodillarse.
El rey comprendió que debía investigar personalmente.
Así había llegado hasta nosotros.
Un silbido lejano interrumpió nuestra conversación.
Varios lobos aparecieron entre los árboles, acompañados por hombres con armaduras reales.
Su comandante, el general William, se detuvo al ver a mis hijos.
Después miró a Leandro.
El rey asintió.
—Son mis hijos.
Los soldados inclinaron la cabeza.
Arturo y León se escondieron detrás de mí, asustados por tantos desconocidos.
Leandro se acercó despacio.
—No tienen que ir a ningún lugar si su mamá no quiere —les aseguró.
Aquellas palabras fueron más importantes para mí que todos los títulos del reino.
Por primera vez, alguien con poder me estaba preguntando qué deseaba hacer.
Le expliqué que quería asegurarme de que Tristán nunca pudiera perseguirnos.
Leandro prometió llevar el asunto ante el consejo real y responder por los abusos cometidos en los territorios fronterizos.
Acepté acompañarlo, pero con una condición: mis hijos permanecerían conmigo en todo momento.
Él estuvo de acuerdo.
A la mañana siguiente llegamos al castillo de Ashford.
Nunca pensé que volvería a cruzar aquellas puertas.
Esta vez no entré sola.
El general William había reunido pruebas de los impuestos ilegales, testimonios de comerciantes y documentos relacionados con el ejército que Tristán estaba formando.
Los guardias reales aseguraron las entradas mientras Leandro se dirigía al salón principal.
Tristán estaba celebrando con sus oficiales.
Cesily permanecía sentada junto a él.
Cuando vio al rey, se levantó inmediatamente.
Intentó explicar que sus soldados únicamente estaban protegiendo las fronteras.
Pero William presentó los documentos.
Tristán empezó a quedarse sin palabras.
Entonces Leandro hizo una seña hacia la entrada.
Yo avancé por el salón.
Arturo caminaba a mi derecha y León a mi izquierda.
Tristán me reconoció de inmediato.
—¿Katherina?
Cesily se puso de pie tan bruscamente que su copa cayó sobre la mesa.
Tristán miró mi vestido, los guardias que me acompañaban y, finalmente, los ojos de mis hijos.
Su rostro perdió el color.
—Esos niños…
Leandro se colocó a nuestro lado.
—Son mis hijos.
Tristán abrió la boca, pero no consiguió hablar.
En ese instante comprendió lo que había ocurrido durante aquella visita a la capital.
El olor que había percibido en mí pertenecía al hombre que tenía delante.
No a un lobo fugitivo.
Al propio rey.
Tristán cayó de rodillas.
—Katherina, escúchame. Yo no sabía quién era él.
Sentí una extraña tranquilidad.
Durante años había temido volver a escuchar su voz.
Ahora estaba frente a mí y ya no sentía la necesidad de esconderme.
—¿Habrías actuado de otra manera si hubieras sabido que mis hijos eran del rey? —le pregunté.
Tristán levantó la cabeza.
—Por supuesto.
Su respuesta me confirmó algo que había tardado demasiado en comprender.
No lamentaba haberme tratado de aquella manera.
Lamentaba haberlo hecho con una mujer que ahora tenía poder.
—Entonces nunca entendiste lo que hiciste —respondí.
Leandro ordenó que Tristán fuera apartado de su cargo mientras el consejo revisaba las acusaciones.
Los documentos demostraron que había utilizado fondos obtenidos ilegalmente y organizado fuerzas militares sin autorización.
El consejo le retiró sus tierras, su título y el derecho a dirigir una manada. También dispuso la devolución de los impuestos cobrados injustamente.
Cesily fue obligada a devolver las joyas y otros bienes que había recibido de manera ilegítima.
Antes de abandonar el castillo, Tristán pidió hablar conmigo una última vez.
No acepté.
Ya había escuchado suficientes explicaciones.
Cuando salimos al patio, León me preguntó si aquel hombre volvería a molestarnos.
Me arrodillé para abrazarlo.
—No, mi amor. Ya no.
Leandro se acercó y se puso a nuestra altura.
—¿Puedo acompañarlos a casa?
Arturo lo observó con curiosidad.
—¿Sabes hacer espadas de madera?
El rey pareció sorprendido.
Después sonrió.
—Creo que puedo aprender.
Fue la primera vez que vi reír a mis hijos con su padre.
Regresamos juntos a Wikliffe, aunque no abandoné inmediatamente nuestra casita de Oak Haven. Quería que Arturo y León conservaran el lugar donde habían sido felices.
Leandro respetó mi decisión.
Durante los meses siguientes, nuestros hijos comenzaron a conocerlo.
Él aprendió sus gustos, escuchó sus historias y descubrió que León tenía miedo de las tormentas, mientras que Arturo se negaba a dormir sin su vieja espada de madera.
Yo también tuve que aprender a confiar.
No fue algo que ocurrió de un día para otro.
Pero Leandro nunca volvió a exigirme una respuesta que yo no estuviera preparada para darle.
Tiempo después acepté convertirme en su reina.
No porque necesitara un título.
Lo hice porque, por primera vez, podía elegir libremente con quién quería compartir mi vida.
El día de la ceremonia, Arturo y León caminaron a mi lado, tomados de mis manos.
Y cuando entramos al gran salón, recordé aquella noche en que Tristán me había dejado sola bajo la nieve.
Había salido de Ashford sin nada, convencida de que el mundo entero me había dado la espalda.
Cinco años después tenía una familia, un hogar y dos pequeños que ya no necesitaban esconder sus ojos.
Pero hay algo que nunca he olvidado.
Cuando Tristán me expulsó, creyó que estaba deshaciéndose de una mujer que no podía darle un heredero.
Nunca imaginó que, aquella misma noche, estaba dejando escapar a la madre de los dos futuros reyes de Wikliffe.