Mi esposo, el rey perfecto, planeaba mi muerte… pero no sabía que yo escucharía su secreto antes del eclipse
Mi esposo, el rey perfecto, planeaba mi muerte… pero no sabía que yo escucharía su secreto antes del eclipse

PARTE 1
La noche en que descubrí que mi esposo planeaba mi muerte, todavía llevaba su anillo en mi mano.
Horas antes, el hombre que todos temían en el reino había apoyado su mano sobre mi vientre y me había prometido que protegería a nuestro hijo con su propia vida.
Yo le creí.
Porque durante un año entero, el rey Declan había hecho que todos pensaran que nuestro matrimonio era una historia perfecta.
Pero esa noche, detrás de una puerta de madera que jamás debí abrir, escuché una verdad que destruyó todo lo que conocía.
Mi nombre es Adelaide Harrison, y esta es la historia de cómo la mujer que todos consideraban una reina débil terminó enfrentándose al hombre más poderoso del reino.
Dunhold era un castillo construido sobre piedra antigua, rodeado por montañas donde el invierno parecía no terminar nunca.
Yo estaba en el último mes de embarazo y, aunque todos me trataban como si fuera frágil, mi mayor preocupación siempre había sido mi familia.
Especialmente mi esposo.
Declan era conocido como un rey implacable. Un líder que había ganado batallas y que podía intimidar a cualquier persona con una sola mirada.
Pero conmigo era diferente.
Cuando llegó por primera vez a la pequeña propiedad de mi padre, muchos pensaron que venía a exigir algo.
Mi familia tenía deudas y nuestro apellido había perdido casi todo su poder.
Sin embargo, Declan hizo algo que nadie esperaba.
Pagó nuestras deudas.
Después se arrodilló frente a mí y me pidió que fuera su reina.
Durante meses pensé que había encontrado al hombre que todos soñaban encontrar.
Cuando le dije que estaba esperando un hijo, vi lágrimas en sus ojos.
Ese recuerdo fue precisamente lo que hizo que aquella noche doliera más.
Desperté en mitad de la madrugada y descubrí que su lugar en la cama estaba vacío.
El fuego de la habitación apenas iluminaba las paredes y una sensación extraña empezó a crecer dentro de mí.
Declan nunca se alejaba cuando yo necesitaba algo.
Por eso me levanté, tomé una capa y fui a buscarlo.
Sabía que últimamente pasaba muchas horas encerrado con sus consejeros hablando de asuntos del reino.
Pensé que estaba preocupado por las fronteras.
Pensé que estaba cargando demasiado peso sobre sus hombros.
Nunca imaginé que el verdadero peligro estaba dentro de mi propia casa.
Cuando llegué al ala oriental del castillo, vi que la puerta de la sala de guerra estaba ligeramente abierta.
Una luz dorada escapaba por la rendija.
Iba a entrar cuando escuché una voz que no era la de Declan.
Era Beatrice, la sacerdotisa principal del reino.
—La fecha se acerca, mi rey —dijo ella en voz baja—. El eclipse llegará pronto. El poder de la sangre del linaje Veil será suficiente.
Me quedé inmóvil.
¿Por qué hablaban de mi familia?
¿Por qué hablaban de mi sangre como si yo no fuera una persona?
Entonces escuché otra voz.
La de Gideon, el hombre de mayor confianza de Declan.
—Ella todavía no sospecha nada.
Sentí que mi corazón se detenía.
Nada.
¿Qué era lo que yo no sabía?
Me acerqué un poco más.
Entonces escuché a mi esposo.
Pero no era el hombre que me abrazaba por las noches.
Era el rey.
Frío.
Calculador.
Sin ningún rastro de amor.
—Adelaide siempre fue demasiado ingenua —dijo Declan—. Creyó cada palabra que le dije. Era perfecta para cumplir su propósito.
Sentí que me faltaba el aire.
Mi mano fue directamente hacia mi vientre.
Nuestro hijo.
Nuestro bebé.
Pero entonces escuché algo que convirtió mi miedo en horror.
Beatrice explicó que durante el próximo eclipse realizarían un antiguo ritual para usar el poder del bebé y de mi sangre.
Y que yo no sobreviviría al proceso.
Esperé.
Esperé que Declan la detuviera.
Esperé escuchar su furia.
Esperé que defendiera a la mujer que decía amar.
Pero no lo hizo.
—Ella solo es un medio para traer de vuelta a Genevieve —respondió él.
Ese nombre cayó sobre mí como una piedra.
Todos en el reino conocían la historia.
Genevieve había sido el primer amor de Declan. La mujer que supuestamente había muerto años atrás.
Pero ahora entendía la verdad.
Ella no estaba muerta.
Declan nunca me había elegido por amor.
Me había elegido porque mi sangre podía devolverle a la mujer que realmente amaba.
Yo no era su esposa.
Era una herramienta.
Una parte de un plan.
Y entonces escuché la frase que terminó de romper mi corazón.
—Después del ritual, entierren a Adelaide en las criptas inferiores. Diremos que murió durante el parto.
Mis piernas dejaron de responder.
Sin querer, mi zapato rozó el suelo de piedra.
El pequeño sonido fue suficiente.
Dentro de la habitación todo quedó en silencio.
—Hay alguien afuera —dijo Declan.
Escuché sus pasos acercándose.
Me escondí detrás de un viejo tapiz, sosteniendo mi respiración mientras sentía que mi hijo se movía dentro de mí.
Por primera vez comprendí algo.
No podía enfrentar al rey como una esposa traicionada.
Tenía que sobrevivir como una madre.
Cuando finalmente se alejaron, regresé a la habitación antes que Declan.
Me acosté y fingí dormir.
Segundos después, él entró.
Sentí cómo se acercaba.
Cómo colocaba una mano sobre mi vientre.
Cómo me hablaba con la misma ternura falsa que había usado durante meses.
—Pronto todo terminará —susurró.
Mantuve los ojos cerrados.
Pero dentro de mí algo había cambiado para siempre.
La mujer que había amado al rey había desaparecido esa noche.
Y en su lugar nació alguien que solo tenía una misión:
salvar a su hijo y destruir la mentira que había construido el hombre que llamaba esposo.
PARTE 2
Durante tres semanas fingí no saber nada.
Sonreía cuando Declan entraba en la habitación.
Aceptaba sus palabras amables.
Permitía que todos pensaran que seguía siendo la misma reina inocente.
Pero cada día que pasaba estaba preparando mi escape.
No podía correr hacia cualquier lugar.
El reino entero obedecía a Declan.
Necesitaba a alguien que no le temiera.
Por eso envié un mensaje secreto a un hombre que el propio rey había expulsado años atrás.
El comandante Garrick.
Había sido uno de los mejores soldados del reino, pero Declan lo desterró cuando se negó a seguir órdenes injustas durante una antigua campaña.
Ahora vivía en la frontera norte junto a un grupo conocido como los Jinetes de Hierro.
Personas que no servían a ningún rey.
Cuando llegó su respuesta, solo tenía una señal:
una pluma roja.
Aceptaba ayudarme.
Antes de escapar, entré en las catacumbas del castillo.
Necesitaba encontrar aquello que Declan protegía más que cualquier tesoro.
La prisión mágica donde mantenían a Genevieve.
La encontré en una cámara oculta.
Un cristal brillante mantenía suspendida la energía de aquella mujer entre la vida y la muerte.
No lo destruí.
Todavía no.
Lo tomé conmigo.
Porque sabía que Declan iría detrás de aquello.
Y por primera vez, yo tendría la ventaja.
La noche de mi huida llegó una tormenta terrible.
La nieve cubría los caminos y el viento hacía imposible ver a unos metros de distancia.
Era mi oportunidad.
Cuando abandoné Dunhold, no llevaba vestidos reales.
Llevaba ropa de viaje.
Una capa pesada.
Y la determinación de una madre que ya no tenía nada que perder.
En la frontera me esperaba Garrick.
Me miró sorprendido.
—Esperaba encontrar a una reina asustada —dijo.
Yo bajé del caballo y respondí:
—El rey cometió un error. Pensó que porque me trataba como una pieza de cristal yo era débil.
Garrick sonrió.
Sabía que la guerra apenas comenzaba.
Cuando llegó la noche del eclipse, Declan finalmente recibió mi mensaje.
Pensó que estaba escondida.
Pensó que podría atraparme.
Pero cuando llegó al cañón del norte, descubrió la verdad.
No estaba sola.
Garrick y sus hombres esperaban.
También estaban allí varios de los nobles más importantes del reino.
Durante esas semanas había enviado pruebas de los planes de Declan.
Documentos.
Registros.
Pruebas del ritual.
La verdad ya no pertenecía solo a mí.
—¿Qué significa esto? —preguntó Declan al verme.
Ya no llevaba las joyas de la reina.
Ya no parecía la mujer que él había engañado.
Era alguien diferente.
—Significa que todos escucharán lo que realmente eres.
Declan intentó negar todo.
Pero cuando saqué el cristal donde estaba guardada la magia de Genevieve, su rostro cambió.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—Adelaide, no entiendes lo que haces.
Lo miré sin sentir nada.
—Entiendo perfectamente.
Entiendo que planeaste sacrificarme.
Entiendo que querías quitarle la vida a nuestro hijo para recuperar un pasado que nunca aceptaste perder.
Y entiendo que jamás me amaste.
El rey que había engañado a todos finalmente quedó expuesto.
Declan cayó.
No por una espada.
No por una batalla.
Cayó porque la verdad llegó hasta las personas que más confiaban en él.
Años después, muchos recordaron aquella noche como el momento en que una reina dejó de ser una víctima.
Mi hijo nació lejos del miedo.
El reino cambió.
Y yo aprendí una lección que jamás olvidé:
algunas personas confunden la bondad con debilidad.
Pero una madre que protege a su hijo puede convertirse en la fuerza más peligrosa de todo un reino.
Y hasta hoy, cuando las tormentas cubren las montañas de Dunhold, algunos dicen que todavía se escucha el eco de aquella noche en que una reina descubrió que el verdadero enemigo dormía a su lado.