Mi compañero me rechazó delante de toda la manada… pero el lobo blanco que me salvó conocía mi verdadera identidad

Mi compañero me rechazó delante de toda la manada… pero el lobo blanco que me salvó conocía mi verdadera identidad

PARTE 1

Mi compañero destinado me rechazó delante de toda la manada.

Horas después yo estaba muriendo sobre la nieve, vestida todavía con el traje blanco de la ceremonia, cuando un lobo gigantesco se acostó junto a mí y cubrió mi cuerpo con su pelaje.

Al despertar descubrí que aquel animal no era un lobo cualquiera.

Era Kaeltar, el temido rey Alfa del Norte.

Me llamo Alina. Crecí huérfana dentro del Clan del Sur, convencida de que la Diosa de la Luna compensaría algún día todo lo que me había arrebatado. Cuando reconocí a Eamon, hijo del Alfa, como mi compañero, creí que por fin tendría familia y hogar.

Me equivoqué.

Bajo la luna roja, frente al altar y ante cientos de testigos, Eamon se negó a tomar mi mano.

—No puedo vincularme con una omega sin familia, sin linaje y sin nada que ofrecerle al clan.

Le supliqué que escuchara el vínculo que ya latía entre nosotros. Él ni siquiera me miró.

—Rechazo este vínculo. Rechazo a esta omega.

Sentí como si me arrancaran algo del pecho. Caí de rodillas mientras su padre lo felicitaba por haberse librado de una carga.

Me marché antes de que alguien pudiera ofrecerme lástima. Corrí hacia el bosque, descalza y sin abrigo, hasta que la tormenta borró mis huellas. Cuando mi cuerpo dejó de responder, me rendí sobre la nieve.

Entonces apareció el lobo blanco.

Su cuerpo era enorme y sus ojos parecían de plata líquida. En vez de atacarme, se tendió a mi lado y me envolvió con su calor. Lo último que recuerdo fue haber hundido los dedos en su pelaje.

Desperté tres días después en un palacio de piedra negra. Frente a mi cama estaba un hombre alto, vestido con cuero oscuro, cuyos ojos eran idénticos a los del lobo.

—Soy Kaeltar, rey Alfa del Norte —se presentó—. Te encontré dentro de mis tierras.

No fue amable. Me llamó una complicación y ordenó que permaneciera vigilada mientras me recuperaba. Aun así, me dio trabajo en la enfermería y puso a su mejor guerrera, Lira, a cargo de mi protección.

Con el paso de los días comprendí que la frialdad de Kaeltar ocultaba una herida. Años atrás había perdido a su hermano en una emboscada y desde entonces consideraba cualquier afecto una debilidad.

Pero cada vez que nos acercábamos, su lobo luchaba por salir.

Una noche confesó que había evitado verme porque sentía un vínculo imposible conmigo. Antes de que pudiera explicarse, llegó una noticia terrible: el Clan del Oeste había sido arrasado y el responsable era Darius, líder de un ejército de mercenarios.

Al escuchar su nombre recuperé un recuerdo de mi infancia. Darius había estado en mi casa la noche en que mi familia desapareció. Además, acababa de reconocer su aroma dentro del palacio.

Kaeltar me llevó a los archivos ancestrales. Allí encontramos un registro que explicaba por qué Darius me buscaba: yo era la última heredera de las Lunas Plateadas, una estirpe real que todos creían extinta. Mi sangre podía otorgarle legitimidad para someter a los cinco clanes.

—Por eso destruyó a tu familia —dijo Kaeltar—. Quería eliminar a los demás herederos y utilizarte cuando fueras adulta.

Después se acercó y apartó un mechón de mi rostro.

—También hay otra verdad. Mi lobo te reconoció en la nieve porque eres mi verdadera compañera destinada.

En ese momento Lira irrumpió en la cámara, cubierta de sangre.

—Darius desapareció del ala de invitados —anunció—. Tres guardias están inconscientes y alguien abrió desde dentro todos los pasadizos secretos del palacio.

Antes de que pudiera reaccionar, las alarmas comenzaron a sonar.

Darius no había escapado.

Su ejército ya estaba dentro de nuestras murallas.

PARTE 2

Los gritos comenzaron en el piso superior mientras Kaeltar me conducía hacia una habitación protegida con runas.

—No salgas, sin importar lo que escuches —me ordenó antes de marcharse a defender el palacio.

Intenté cumplir mi promesa hasta que Lira apareció herida y me obligó a seguirla por un pasadizo secreto. Varios mercenarios nos alcanzaron. Ella se quedó luchando para darme tiempo de escapar, mientras yo avanzaba sola por un túnel que descendía bajo el castillo.

Al final del pasadizo me esperaba Darius.

—Por fin, heredera —dijo—. Con tu sangre y un vínculo forzado podré reclamar los territorios de las Lunas Plateadas. Los cinco clanes se arrodillarán ante mí.

Intentó llevarme, pero un rugido sacudió la cámara. Kaeltar descendió en su forma de lobo blanco y Darius huyó por una salida oculta.

Antes de escapar reveló algo todavía peor: uno de los consejeros más cercanos al rey trabajaba para él.

Kaeltar me llevó a su torre privada. Había perdido guerreros y se culpaba por haber permitido la infiltración. Cuando puse una mano sobre su pecho, sentí que temblaba.

—Casi te pierdo —confesó—. Ya no puedo fingir que eres solo una complicación.

Me explicó que, como heredera sin marca, cualquier Alfa podía intentar reclamarme y provocar una disputa política. Su vínculo me protegería, pero debía ser una decisión libre.

Recordé el rechazo de Eamon y el dolor de haber sido tratada como una carga. Después miré al hombre que había arriesgado su reino para encontrarme.

—No quiero pertenecerle a nadie —le dije—. Pero elijo compartir mi vida contigo.

Kaeltar dejó su marca en mi cuello justo cuando Darius derribó la puerta de la torre. Los dos se enfrentaron en forma de lobo, mientras yo mantuve alejados a sus mercenarios con una espada ceremonial.

Kaeltar consiguió someterlo. Cuando los guardias llegaron para encadenarlo, Darius lanzó una última amenaza:

—El verdadero traidor sigue sentado en tu Consejo. Fue él quien eliminó a la familia de Alina y me abrió las puertas esta noche.

En las pertenencias de Darius encontramos cartas selladas y registros de pagos. Todas conducían a Corbus, un antiguo representante del Clan del Este que llevaba años asesorando a Kaeltar.

Tres días después comparecimos ante el Consejo de los Cinco Clanes. Sus líderes no solo debían juzgar a Corbus; también cuestionaban que Kaeltar hubiera marcado a una heredera real sin solicitar autorización.

—No soy un territorio que pueda repartirse —declaré frente a ellos—. Acepté el vínculo por voluntad propia. Kaeltar no reclamó mi sangre ni mis tierras. Me protegió cuando este Consejo ni siquiera sabía que yo seguía viva.

Presentamos las cartas y el testimonio de un mercenario capturado. Corbus terminó confesando que mi padre había descubierto su alianza con Darius. Para silenciarlo, ordenaron el ataque contra mi familia y ocultaron mi verdadera ascendencia.

Corbus fue arrestado. El Consejo reconoció mi vínculo con Kaeltar y me nombró heredera legítima de las Lunas Plateadas.

Creímos que todo había terminado.

Dos semanas después llegó un mensajero herido: Darius había escapado durante su traslado y reunido a cientos de mercenarios. Marchaba hacia el Norte para tomarme y destruir a Kaeltar.

La batalla comenzó bajo otra luna roja.

Mientras Kaeltar dirigía a sus guerreros, yo trabajaba en la enfermería de campaña. Curaba heridas sin descanso, pero a través de nuestro vínculo sentí que sus fuerzas comenzaban a desaparecer.

Entonces recordé una fórmula que mi madre me había enseñado. No era una simple medicina, sino un secreto de las Lunas Plateadas. Nuestra sangre podía sanar a quienes protegíamos y rechazar la energía de aquellos que buscaban dominarnos.

Bebí la poción y corrí al campo de batalla.

Darius tenía a Kaeltar herido contra el suelo. Al verme, abandonó al lobo blanco y se lanzó sobre mí. Sus colmillos buscaron la marca de mi cuello, pero coloqué ambas manos sobre su pecho y liberé el poder de mi linaje.

Una luz plateada atravesó su cuerpo. Darius retrocedió, debilitado por una fuerza que no podía controlar.

—Tu sangre debía pertenecerme —rugió.

—Mi sangre siempre me perteneció a mí —respondí—. Y fui yo quien eligió compartirla con Kaeltar.

El rey aprovechó aquel instante para derrotarlo. Cuando Darius cayó, sus mercenarios perdieron el valor. Algunos huyeron; otros entregaron las armas.

Kaeltar se desplomó segundos después.

Me arrodillé junto a él y canalicé toda la energía de las Lunas Plateadas hacia sus heridas. Durante un instante no reaccionó. Luego abrió sus ojos de plata.

—Ganamos —susurró.

—Entonces no te atrevas a dejarme ahora.

—Nunca, mi reina.

Seis meses después, el Consejo de los Cinco Clanes se reunió en el palacio del Norte. Mis tierras ancestrales habían sido restauradas y los clanes habían firmado una alianza para impedir que una conspiración semejante volviera a crecer en las sombras.

Kaeltar preparó una nueva ceremonia bajo la luna, no para reclamarme, sino para que pudiera reemplazar el recuerdo de aquella noche en que Eamon me humilló.

Frente a todos, tomó mis manos.

—Llegaste a mi vida rota y muriendo sobre la nieve —dijo—, pero aquella noche no fui yo quien te salvó. Nos salvamos mutuamente. Me enseñaste que amar no debilita a un rey; le da una razón para ser digno de su corona.

Cuando llegó mi turno, ya no temblaba.

—Creí que mi historia había terminado cuando fui rechazada —respondí—. Ahora sé que aquel final solo me obligó a abandonar un lugar donde nunca me valoraron para encontrar el hogar que sí podía elegirme.

Los cinco clanes reconocieron nuestra unión. Aquella noche no me convertí en reina por ser compañera de Kaeltar ni por poseer sangre antigua.

Me convertí en reina porque había sobrevivido al rechazo, enfrentado mi pasado y aprendido que mi valor nunca dependió de que un Alfa me aceptara.

Afuera volvió a nevar.

Pero esta vez la nieve no significaba abandono ni final. Era el lugar donde el lobo blanco me había encontrado y donde, por primera vez, alguien decidió que mi vida merecía ser protegida.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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