Mi Alpha me expulsó embarazada para casarse con una mujer rica… meses después llegó a pedir ayuda al Rey del Norte y me encontró junto a su trono

Mi Alpha me expulsó embarazada para casarse con una mujer rica… meses después llegó a pedir ayuda al Rey del Norte y me encontró junto a su trono

PARTE 1

La noche que César Bolton anunció que otra mujer sería su futura Luna, yo llevaba menos de una hora sabiendo que estaba embarazada de su hijo.

Pensé que aquella noticia cambiaría su decisión.

No lo hizo.

Me rechazó delante de toda la manada, me quitó mi rango y ordenó que abandonara sus tierras antes del amanecer.

Horas después estaba sola en un bosque cubierto de nieve, abrazando mi vientre y preguntándome si mi bebé y yo llegaríamos vivos al siguiente día.

Me llamo Gabriela Molina.

Yo era hija de un rastreador.

No tenía minas.

No tenía soldados.

No tenía un apellido que pudiera cambiar el resultado de una guerra.

César sí necesitaba esas cosas.

Durante seis meses nos vimos en secreto.

Él decía que cuando heredara el liderazgo de la Manada Cresta de Hierro me reconocería públicamente como su compañera.

Yo le creí.

La noche del solsticio fui a la fortaleza emocionada porque acababa de visitar a una partera.

Estaba esperando un bebé.

Entré al gran salón y lo primero que vi fue a César sentado junto a Beatriz Wyatt.

Ella era hija de una familia que controlaba minas de hierro y podía aportar hombres, armas y rutas comerciales.

César levantó su copa.

Y anunció que Beatriz sería su futura Luna.

Sentí que el vínculo entre nosotros se tensaba como una cuerda.

Atravesé el salón.

Le pedí hablar en privado.

Le dije que tenía algo importante que contarle.

Cuando mencioné al bebé, sus ojos cambiaron.

Por un instante pensé que todavía quedaba algo del hombre que conocía.

Después se inclinó hacia mí.

—Una familia no protege fronteras, Gabriela. El hierro sí.

Fue entonces cuando comprendí.

No estaba eligiendo a Beatriz porque la amara.

La estaba eligiendo porque su apellido era más útil que el mío.

Minutos después rompió oficialmente nuestro vínculo.

No recuerdo todos los detalles.

Solo el frío en el pecho.

Las miradas.

Y las puertas cerrándose detrás de mí.

Caminé durante horas.

Mi loba estaba casi en silencio.

Pero algo dentro de mí seguía repitiendo una sola cosa:

camina por tu hijo.

Me refugié bajo las raíces de un árbol caído.

Ya no sentía los dedos.

Empecé a quedarme dormida cuando escuché un gruñido.

Un lobo errante apareció entre los árboles.

Me arrinconó contra la tierra congelada.

Agarré una rama.

Sabía que no serviría de mucho.

Entonces el bosque quedó extrañamente silencioso.

El lobo frente a mí bajó las orejas.

Retrocedió.

Algo enorme salió de la oscuridad.

Un lobo negro casi del tamaño de un caballo.

Ojos rojos.

Una presencia tan pesada que incluso yo supe inmediatamente que no estaba frente a un Alpha común.

El intruso huyó después de un enfrentamiento breve.

El lobo negro se quedó mirándome.

Después cambió de forma.

El hombre que apareció frente a mí era Alejandro Montenegro.

Rey Alpha de Winterborn.

Había escuchado historias sobre él desde niña.

Decían que llevaba décadas gobernando los territorios del norte.

Que ninguna manada desafiaba sus órdenes dos veces.

Pensé que simplemente me dejaría allí.

Pero se agachó.

Olfateó el aire.

Su expresión cambió al notar mi embarazo.

Luego percibió algo más.

El rastro de un vínculo de compañera recién roto.

—¿Quién te dejó aquí?

No pude contestar.

Desperté en una cama enorme dentro de la Ciudadela Winterborn.

Lo primero que pregunté fue por mi bebé.

El curandero me aseguró que seguía bien.

Después entró Alejandro.

Yo me tensé.

Él se detuvo lejos de la cama.

No se acercó hasta que se lo permití.

Le conté todo.

César.

Beatriz.

El embarazo.

La expulsión.

Alejandro permaneció en silencio.

Luego me dijo algo extraño.

Cuando me había cargado por el bosque, su lobo reaccionó a mí de una forma que no había sentido en muchos años.

Pero había algo todavía más raro.

Mi bebé estaba absorbiendo energía de Winterborn.

Y mi propio cuerpo también.

—Tu familia no es lo que te dijeron.

Me reí nerviosamente.

—Mi padre rastreaba venados.

—Quizá porque alguien quería que su familia permaneciera invisible.

Ordenó revisar archivos antiguos.

Mientras tanto me puso bajo protección de la corona.

No me pidió nada a cambio.

Pasó un mes.

Recuperé fuerzas.

Y ocurrieron cosas que no sabía explicar.

Las plantas marchitas parecían reaccionar cuando las tocaba.

Mi loba se volvió más fuerte.

El vínculo roto con César dejó de doler.

Y cada vez que Alejandro estaba cerca sentía una conexión distinta.

No desesperada.

No posesiva.

Tranquila.

Entonces llegó una carta.

Todos los Alpha regionales debían presentarse en Winterborn para negociar nuevas rutas comerciales.

César también había sido convocado.

Su territorio estaba en problemas.

La alianza con Beatriz no había producido lo que esperaba.

Las minas dejaron de enviar hierro.

Sus rutas comerciales estaban bloqueadas.

Sus cosechas comenzaban a fallar.

Y ahora necesitaba pedir ayuda al mismo Rey Alpha que me había encontrado en la nieve.

El día del consejo, Alejandro me preguntó si quería permanecer oculta.

Negué.

Ya había vivido demasiado tiempo escondiéndome.

César entró al salón acompañado de Beatriz.

Se inclinó frente al trono y pidió que Winterborn reabriera sus rutas.

Alejandro lo escuchó.

Luego extendió la mano hacia la cortina situada detrás del trono.

Yo salí.

El salón entero quedó en silencio.

César me vio.

Vio mi vestido azul oscuro.

Vio que estaba sana.

Y después sus ojos bajaron hasta mi vientre, ahora claramente redondo.

Su rostro perdió todo el color.

—Gabriela…

Di un paso hacia el trono.

Y fue entonces cuando Alejandro ordenó que trajeran el registro real que explicaba quién era yo en realidad.

PARTE 2

Un consejero anciano abrió el documento sobre una mesa.

Yo apenas podía respirar.

Alejandro permaneció cerca, pero no habló por mí.

El anciano comenzó a explicar que siglos atrás una poderosa línea de mujeres Lykan había desaparecido después de una guerra entre manadas.

Se las conocía como las Reinas de la Primera Luna.

Para proteger a sus descendientes, varias niñas fueron enviadas al sur y registradas como hijas de exploradores y rastreadores.

Los apellidos cambiaron.

Los títulos desaparecieron.

La sangre no.

El consejero levantó los ojos hacia mí.

—Gabriela Molina es la última descendiente confirmada de esa línea.

Un murmullo recorrió el salón.

Sentí que todo lo que creía saber sobre mí se movía bajo mis pies.

César parecía incapaz de reaccionar.

Beatriz fue la primera en comprender lo que significaba.

Yo, la mujer sin fortuna por la que César había sentido vergüenza, tenía una posición mucho más antigua que la suya.

Y mi bebé también pertenecía a aquella línea.

César dio un paso hacia mí.

—Entonces nuestro hijo será mi heredero.

Aquella frase terminó de mostrarme quién era.

No preguntó cómo había sobrevivido.

No preguntó si estaba bien.

No pidió perdón.

Vio un título.

Y quiso recuperarlo.

—Nuestro hijo es tu hijo biológico —respondí—. Eso no te da derecho a decidir dónde viviré yo.

César frunció el ceño.

—Eres mi compañera.

—Me rechazaste.

—Cometí un error.

Beatriz lo miró, sorprendida.

Él ni siquiera la miró.

—Puedo romper mi compromiso con ella.

Sentí una tristeza extraña.

No por mí.

Por la mujer que había creído ganar.

César estaba dispuesto a abandonarla con la misma facilidad con que me había abandonado a mí.

—No aprendiste nada.

Intentó utilizar su autoridad de Alpha.

Sentí la presión.

Una vez habría bajado la cabeza.

Aquella vez permanecí de pie.

Alejandro tampoco intervino.

Sabía que quería hacerlo sola.

—Ya no eres mi Alpha.

César apretó la mandíbula.

—Llevas a mi futuro hijo.

—Llevo a mi hijo.

Aquella diferencia importaba.

El consejo determinó que César podía solicitar reconocimiento legal de paternidad cuando naciera el niño.

También tendría responsabilidades.

Pero no podía usar al bebé para reclamarme a mí.

Ni obligarme a regresar.

La expresión de César cambió.

Por primera vez entendió que aquello no era una negociación.

Después Alejandro habló.

—El niño estará protegido aquí mientras Gabriela quiera permanecer en Winterborn.

César lo miró con rabia.

—¿Y tú vas a criar al hijo de otro Alpha?

Alejandro ni siquiera dudó.

—Si ella algún día me pide compartir esa vida con ella, sí.

Me giré hacia él.

No esperaba aquella respuesta.

Ni siquiera nosotros habíamos definido qué éramos.

Alejandro continuó:

—Un niño no tiene la culpa de las decisiones de su padre.

César bajó los ojos.

Creo que esa frase le dolió más que cualquier amenaza.

Beatriz se alejó de él aquel mismo día.

Sin las ventajas políticas que esperaba, su familia retiró buena parte del apoyo.

Pero yo tampoco quise ver destruida a Cresta de Hierro.

Allí vivían familias que jamás habían participado en mi rechazo.

Acepté reabrir parcialmente las rutas comerciales con una condición:

el consejo local asumiría supervisión financiera y César dejaría de gobernar sin límites.

Alejandro me preguntó después por qué había aceptado ayudar.

—Porque ser mejor que él significa no usar personas inocentes para cobrar una deuda personal.

Sonrió.

—Empiezas a sonar como una reina.

—No te acostumbres.

Pasaron varios meses.

Mi embarazo avanzó bien.

Alejandro nunca intentó reemplazar a César como padre.

Nunca hablaba de “su heredero”.

Cuando tocaba mi vientre, siempre preguntaba primero.

Y cuando el bebé se movía, aquel hombre que podía hacer callar a un salón entero se quedaba sonriendo como un tonto.

Nuestro vínculo también se volvió más claro.

Los archivos antiguos lo explicaban.

La conexión que yo había sentido con César había sido real, pero incompleta.

Mi sangre llevaba generaciones suprimida.

El vínculo había despertado demasiado pronto y con el compañero equivocado para mi naturaleza completa.

Al recuperar mi poder, mi loba reconoció finalmente una conexión diferente con Alejandro.

Pero saberlo no significaba que tuviera que aceptarla.

Se lo dije una noche.

—No quiero que otra profecía decida mi vida.

Alejandro respondió:

—Entonces que no la decida.

—¿Así de fácil?

—No. Así de importante.

Me explicó que podía vivir en Winterborn sin completar ningún vínculo.

Podía criar a mi hijo.

Podía marcharme.

Podía incluso conocer a otra persona.

No perdería protección ni posición por rechazarlo.

Esa libertad terminó siendo lo que me acercó a él.

Mi hijo nació a finales del verano.

Lo llamé Mateo.

César solicitó verlo meses después.

Permití encuentros supervisados.

Al principio fue difícil.

Pero el hombre que conocí en aquellas visitas ya no tenía el mismo orgullo.

Había perdido parte de su autoridad política.

Su manada había exigido controles.

Y por primera vez estaba aprendiendo que ser padre consistía en presentarse incluso cuando no había un título que ganar.

Nunca volvimos.

Eso estaba terminado.

Pero tampoco quise que Mateo creciera creyendo que su padre solo era el peor error de mi vida.

César tendría que decidir qué clase de hombre quería ser a partir de entonces.

Esa parte ya no me correspondía.

Alejandro tampoco me presionó.

Esperó más de un año.

Una noche estábamos en el jardín mientras Mateo dormía dentro.

Le pregunté:

—¿Sigues creyendo que soy tu compañera?

—Sí.

—Has esperado bastante.

—También puedo esperar más.

Me reí.

Luego fui yo quien tomó su mano.

—No hace falta.

Completamos nuestro vínculo semanas después.

No porque una diosa lo exigiera.

Porque yo lo elegí.

El consejo de Winterborn me reconoció posteriormente como Reina Lunar por derecho propio.

No como esposa de Alejandro.

Esa diferencia también importaba.

Con el tiempo utilicé mi posición para crear una ley que prohibía expulsar a mujeres embarazadas de una manada sin protección, alimento y derecho a audiencia.

Muchos Alpha protestaron.

Alejandro preguntó si quería que los convenciera.

—No.

—¿Segura?

—Déjamelos.

Tres meses después la ley fue aprobada.

A veces todavía pienso en aquella noche bajo el árbol.

Yo creía que estaba llegando al final de mi vida.

En realidad estaba llegando al final de una versión de mí misma.

La mujer que esperaba que un Alpha la eligiera porque pensaba que eso demostraría su valor.

César me rechazó porque yo no tenía hierro, soldados ni apellido importante.

Alejandro me protegió antes de saber qué sangre llevaba.

Pero incluso eso no fue lo que decidió mi futuro.

El verdadero cambio ocurrió cuando comprendí algo mucho más simple:

yo no necesitaba convertirme en reina para demostrar que César se había equivocado.

Él ya estaba equivocado cuando yo solo era Gabriela Molina, hija de un rastreador, embarazada, temblando en la nieve y sin nada que ofrecer excepto mi propia vida.

La corona no creó mi valor.

Solo hizo imposible que los demás siguieran fingiendo que no existía.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward