Mi Alpha me acusó de traición y me encerró para casarse con otra… meses después el Rey del Norte abrió mi celda y cayó de rodillas frente a mí

Mi Alpha me acusó de traición y me encerró para casarse con otra… meses después el Rey del Norte abrió mi celda y cayó de rodillas frente a mí

image

PARTE 1

Mi esposo no descubrió que yo era inocente después de encerrarme.

Lo sabía desde el principio.

Las cartas que me acusaban de traición eran falsas, él conocía a la persona que las había fabricado y aun así me quitó mi título de Luna frente a toda la corte.

Meses después, cuando escuché cómo alguien derribaba la puerta de mi celda, pensé que César finalmente había enviado a alguien para silenciarme.

Me equivoqué.

Me llamo Rosalía Montgomery.

Antes de todo aquello, mi apellido abría puertas en casi todos los territorios del sur.

Mi padre controlaba rutas comerciales, almacenes de grano y caravanas que atravesaban las montañas.

Yo estaba unida a César Valderrama, Alpha de la Manada Mano de Plata.

Éramos compañeros destinados.

Y durante mucho tiempo creí que también éramos una pareja de verdad.

La noche en que todo cambió estábamos celebrando el solsticio.

El gran salón estaba lleno de nobles cuando Beatriz Lancaster apareció cargando varios documentos.

Aseguró que eran cartas escritas por mí.

Según ellas, yo había negociado en secreto con grupos de la frontera para debilitar a César.

Me pareció absurdo.

Incluso sonreí al principio.

Esperaba que mi esposo hiciera lo mismo.

Él conocía mi letra.

Conocía mis cuentas.

Conocía dónde estaba cada día.

Sobre todo, conocía mi lealtad.

Pero César no me defendió.

Se apartó.

Después declaró públicamente que me rechazaba como compañera y como Luna.

La conexión entre nosotros se apagó de golpe.

No recuerdo mucho de los minutos siguientes.

Solo recuerdo a Beatriz acercándose a él.

Y a César permitiéndolo.

Me llevaron a las celdas inferiores de la fortaleza.

Pasaron días.

Luego semanas.

Las esposas estaban tratadas con una sustancia que mantenía débil a mi loba.

Recibía poca comida.

Nadie me explicaba qué iba a ocurrir conmigo.

Hasta que César bajó acompañado de Beatriz.

Pensé que venía a liberarme.

En lugar de eso pidió mi anillo familiar.

El sello Montgomery.

Ese anillo permitía autenticar órdenes comerciales de nuestra casa.

Mi padre había bloqueado las rutas del sur al enterarse de mi encarcelamiento.

César necesitaba el sello para fingir una autorización mía y volver a abrirlas.

Entonces lo miré directamente.

—Sabías que las cartas eran falsas.

No respondió inmediatamente.

No hacía falta.

Su silencio me dio la respuesta.

Al final admitió la verdad.

Necesitaba los soldados de Lancaster.

Beatriz podía proporcionárselos.

Mi familia tenía dinero, contactos y rutas comerciales, pero César consideraba que aquello no bastaba para mantener su poder.

Así que había elegido una alianza militar.

Y yo había sido el precio.

Beatriz no lo había engañado.

Los dos habían participado.

En ese momento algo cambió dentro de mí.

Hasta entonces una parte absurda de mi corazón esperaba una explicación capaz de devolverme al hombre con quien había compartido mi vida.

Después de aquella conversación dejé de esperar.

Se llevaron el anillo.

La puerta volvió a cerrarse.

No sé exactamente cuánto tiempo pasó.

En una celda sin ventanas, los días terminan mezclándose.

Hasta que una mañana el suelo comenzó a vibrar.

Primero pensé que era una tormenta.

Después escuché campanas.

Carreras.

Órdenes.

Los guardias dejaron de traer comida.

Horas más tarde comenzaron a escucharse fuertes golpes en los pisos superiores.

La fortaleza estaba siendo tomada.

Yo solo conocía un ejército capaz de avanzar tan rápido.

Frostbane.

Las manadas del norte.

Y al frente de ellas estaba Kalin.

El Rey Alfa del que todos hablaban como si fuera una tormenta convertida en hombre.

César llevaba años diciendo que Kalin era un salvaje.

Una amenaza.

Alguien que jamás debía cruzar las fronteras del sur.

Ahora estaba dentro de nuestro castillo.

Los pasos comenzaron a bajar por la escalera.

Mi loba, dormida durante meses, levantó la cabeza.

Sentí un aroma extraño.

Pino.

Nieve.

Aire frío.

Y algo dentro de mi pecho reaccionó.

No podía ser.

Mi vínculo con César había terminado.

Los compañeros destinados no aparecían dos veces.

Eso era lo que todos decían.

Entonces el cerrojo de mi celda cedió.

La puerta se abrió.

Un hombre enorme con armadura oscura apareció entre la luz del corredor.

Cabello negro.

Una vieja cicatriz sobre la ceja.

Ojos plateados.

El temido Rey Alfa Kalin Frostbane.

Me miró.

Se quedó completamente inmóvil.

Su expresión cambió.

Mi loba empujó contra mi pecho con una fuerza que no había sentido desde antes de mi encierro.

Kalin dio dos pasos hacia mí.

Y ante la mirada de sus propios guerreros, el hombre ante quien se inclinaban todas las manadas del norte cayó de rodillas frente a una prisionera olvidada.

PARTE 2

Yo retrocedí contra la pared.

Kalin levantó las manos, mostrándome que no pensaba acercarse más sin permiso.

Sus ojos bajaron hacia las esposas.

Después volvieron a mi rostro.

—¿Puedo ayudarte?

Aquella pregunta me desconcertó más que cualquier otra cosa.

César nunca preguntaba.

Ordenaba.

Asentí.

Kalin pidió herramientas a uno de sus hombres y retiraron las esposas con cuidado.

Cuando finalmente quedaron en el suelo, mis brazos parecían pesar menos que el aire.

Intenté levantarme.

Las piernas no respondieron.

Kalin me sostuvo antes de que cayera, pero inmediatamente aflojó los brazos.

Como si todavía esperara que yo decidiera si quería aquel contacto.

—César —alcancé a decir.

La expresión de Kalin se endureció.

—Está bajo custodia.

Me envolvió con su capa y me llevó hacia las escaleras.

Cuando entramos al gran salón, comprendí cuánto había cambiado todo.

Las banderas de Mano de Plata habían sido retiradas.

Los nobles permanecían agrupados bajo vigilancia.

En el centro estaban César y Beatriz.

Vivos.

Desarmados.

Esperando una audiencia.

César levantó la cabeza.

Cuando me vio en brazos de Kalin, su rostro perdió el color.

Después percibió el vínculo.

Todos los Lycans de aquella sala pudieron hacerlo.

La conexión entre Kalin y yo era débil todavía, pero inconfundible.

César intentó decir que yo seguía siendo su compañera.

Esta vez fui yo quien respondió.

—Tú mismo terminaste ese vínculo.

El silencio fue absoluto.

Beatriz empezó a hablar.

Aseguró que César la había obligado a falsificar las cartas.

César reaccionó inmediatamente.

La acusó de haber creado el plan.

Y allí ocurrió algo que jamás olvidaré.

Los dos comenzaron a revelar mutuamente sus secretos intentando salvarse.

Las cartas falsas.

El acuerdo militar.

El uso de mi encarcelamiento para presionar a mi padre.

El plan para utilizar mi sello familiar.

Cada frase confirmaba mi inocencia.

Kalin podría haber terminado aquello con una orden.

No lo hizo.

Me preguntó qué quería.

—Un juicio.

César me miró sorprendido.

Yo continué.

—Quiero que todo quede registrado. Quiero que mi padre conozca la verdad. Y quiero que nadie vuelva a decir que recuperé mi nombre porque un Rey Alfa decidió creerme.

Kalin inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces habrá un juicio.

Durante las siguientes semanas me recuperé lentamente.

Y Kalin hizo algo que tampoco esperaba.

Me dejó espacio.

Los curanderos atendían mi salud.

Él visitaba cada día, pero jamás entraba sin anunciarse.

Nunca habló de reclamarme.

Nunca dijo que yo le pertenecía.

El vínculo estaba allí.

Ambos lo sabíamos.

Pero después de César, necesitaba comprender que destino y elección no eran lo mismo.

Mientras tanto apareció un problema mucho mayor.

César había endeudado las tierras del sur intentando mantener un ejército que no podía pagar.

El Banco de Hierro poseía préstamos enormes respaldados por campos y graneros.

Si nadie renegociaba la deuda, miles de familias perderían sus tierras antes del siguiente invierno.

Los consejeros miraron a Kalin.

Esperaban que el temido Rey del Norte amenazara al banquero.

Yo pedí los libros contables.

Durante dos días los revisé.

Después solicité una reunión.

Mi padre había cerrado las rutas Montgomery por mí.

Aquellas rutas eran también la forma más barata que tenía el Banco de Hierro para trasladar mercancías entre norte y sur.

Kalin, por su parte, controlaba los caminos montañosos donde las caravanas necesitaban protección.

La respuesta estaba frente a nosotros.

El representante del banco llegó exigiendo el pago completo.

Le propuse algo diferente.

Cancelaría la deuda de las tierras agrícolas.

A cambio, Casa Montgomery reabriría rutas exclusivas para sus caravanas.

Frostbane proporcionaría escolta y seguridad durante varios años.

El banco perdería dinero en intereses inmediatos.

Pero ganaría mucho más en comercio.

El hombre permaneció mirando los números.

Después cerró lentamente su libro.

Aceptó.

Nadie levantó una espada.

Nadie necesitó hacerlo.

Cuando salimos de la reunión, Kalin estaba sonriendo.

—Todo el sur esperaba que yo los salvara.

—Y no lo hiciste.

—No. Lo hiciste tú.

Aquella fue la primera vez que entendí que estar al lado de un hombre poderoso no tenía por qué significar vivir detrás de él.

El juicio de César y Beatriz terminó poco después.

Ambos perdieron títulos y autoridad.

Los documentos demostraron la conspiración.

Fueron enviados a cumplir sentencia lejos de cualquier cargo de gobierno.

No pedí venganza.

Ya no la necesitaba.

Mi nombre había sido restaurado.

Mi padre regresó a la fortaleza semanas más tarde.

Cuando me vio caminando hacia él, envejeció diez años y rejuveneció veinte al mismo tiempo.

Me abrazó sin decir nada.

Después miró a Kalin.

Yo sabía qué estaba pensando.

También Kalin.

—Ella no me debe nada —le dijo antes de que mi padre pudiera hablar—. Ni por haber abierto aquella celda ni por lo que exista entre nuestros lobos.

Miré a Kalin.

En ese momento tomé mi decisión.

No esa misma noche.

Ni porque estuviera agradecida.

Esperé.

Trabajamos juntos durante meses.

Discutimos sobre impuestos.

Rutas.

Guardias.

Refugios para familias afectadas por la guerra.

Descubrí que el hombre al que todos llamaban salvaje escuchaba mucho más de lo que hablaba.

También descubrí que roncaba.

Eso destruyó bastante rápido su reputación aterradora.

Cuando finalmente acepté completar nuestro vínculo, lo hicimos en privado.

Sin obligación.

Sin espectáculo.

Antes de acercarse, Kalin preguntó una última vez:

—¿Rosalía Montgomery, esto es lo que tú quieres?

Sonreí.

—Sí.

Meses después fui reconocida oficialmente como Reina del Sur y compañera del Rey del Norte.

Pero el título que más me importaba seguía siendo otro.

Montgomery.

El apellido que César intentó utilizar después de encerrarme.

El apellido que terminó salvando económicamente las tierras que él había llevado a la ruina.

A veces camino por el corredor donde estaba la antigua entrada a las celdas.

La cerramos.

En su lugar construimos una pequeña clínica y una oficina donde cualquier miembro de la manada podía presentar una denuncia directamente al consejo.

Kalin quería derribar todo el lugar.

Yo preferí transformarlo.

Porque esa terminó siendo la diferencia entre la vida que César quiso imponerme y la que yo construí después.

César pensó que podía quitarme mi título, mi compañero y mi lugar, y que con eso desaparecería también mi valor.

Kalin jamás tuvo que devolvérmelo.

Simplemente fue el primer hombre que entendió que nunca había dejado de ser mío.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward