Mi Alpha dijo que mi rostro estaba maldito, me cubrió la cabeza y me vendió por unas monedas… el Rey del Norte retiró el saco y cayó de rodillas

Mi Alpha dijo que mi rostro estaba maldito, me cubrió la cabeza y me vendió por unas monedas… el Rey del Norte retiró el saco y cayó de rodillas

PARTE 1

El día que mi compañero destinado me vendió por unas monedas, también ordenó que nadie volviera a mirar mi rostro.

Dijo que estaba maldita.

Que una enfermedad extraña estaba deformándome y que cualquier manada que me aceptara terminaría pagando las consecuencias.

Yo le creí.

Hasta que el hombre más temido del norte compró mi libertad, quitó el saco que cubría mi cabeza… y cayó de rodillas frente a mí.

Me llamo Isabela.

Durante casi toda mi vida fui una Omega sin familia importante, sin fortuna y sin nadie que pudiera defenderme.

Por eso pensé que encontrar a mi compañero destinado cambiaría todo.

Se llamaba Tristán Calderón.

Era Alpha de las Tierras del Río.

Cuando nuestros lobos se reconocieron, creí que finalmente tendría un hogar.

Me equivoqué.

Tristán quería casarse con Renata Lancaster, hija de una familia capaz de aportar soldados, tierras y alianzas.

Yo no tenía nada parecido.

Poco antes de nuestra ceremonia empezó a ocurrirme algo extraño.

Mi piel se volvió muy pálida.

Aparecieron finas líneas violetas alrededor de mis sienes.

Mi cabello, que antes era rubio oscuro, comenzó a perder color.

Tristán me miraba cada día con más rechazo.

Luego anunció que yo sufría una antigua maldición.

Ante toda su manada me acusó de ser peligrosa.

Rompió nuestro vínculo.

Me cubrió la cabeza con un saco grueso para que nadie pudiera comprobar lo que decía.

Tres días después terminé en un mercado clandestino de Oak Haven.

Con las muñecas sujetas.

Sin poder ver.

Escuchando cómo varias personas discutían cuánto valía mi trabajo.

Yo ya no lloraba.

Había empezado a pensar que quizá Tristán tenía razón.

Tal vez mi rostro realmente era algo que nadie debía mirar.

Entonces escuché una voz.

Profunda.

Tranquila.

Y todo el mercado quedó en silencio.

Alguien había ofrecido una moneda de oro para sacarme de allí.

No sabía quién era.

Después escuché cómo se acercaba.

Las ataduras de mis manos desaparecieron.

Una capa pesada cayó sobre mis hombros.

—No tienes que mostrarme tu rostro hasta que quieras hacerlo.

Aquella frase fue la primera cosa amable que alguien me había dicho desde mi rechazo.

El hombre era César Ashford.

Rey Alpha de los Territorios del Norte.

Lo llamaban el Lobo de Hierro.

Había unido varias manadas que antes vivían enfrentadas y tenía fama de no tolerar abusos dentro de sus fronteras.

Yo no sabía nada de eso.

Solo sabía que me llevó lejos del mercado.

Durante tres días viajamos hacia su fortaleza.

César jamás intentó quitar el saco.

Cuando alguno de sus hombres se acercaba demasiado, él mismo los detenía.

Al llegar al Castillo Dunbarton me dejó al cuidado de Teresa, la responsable de la casa.

Me prepararon agua caliente.

Comida.

Ropa limpia.

Teresa intentó convencerme de retirar el saco.

Me negué.

—El Alpha que me rechazó dijo que mi rostro enfermaba a quienes lo miraban.

Teresa guardó silencio.

—¿Tú lo has visto?

Negué.

Tristán no me había permitido mirarme en un espejo durante semanas.

Finalmente acepté.

Teresa cortó la cuerda.

El saco cayó al suelo.

Ella soltó las tijeras.

El sonido metálico me hizo entrar en pánico.

Me cubrí la cara.

—Lo siento. Puedo volver a taparme.

Teresa tomó lentamente mis manos.

—Isabela… aquí no hay ninguna enfermedad.

Una hora después me llevó hasta el estudio del rey.

César estaba frente al fuego.

Cuando entré, se giró.

La copa que sostenía cayó de su mano.

Yo interpreté su silencio como horror.

—Tristán tenía razón, ¿verdad?

César no respondió.

Entonces me acerqué al espejo junto a la biblioteca.

Y vi mi rostro por primera vez en meses.

No estaba desfigurado.

No había heridas.

Mi piel era clara.

Mi cabello se había vuelto completamente plateado.

Y mis ojos…

Mis ojos eran de un violeta intenso que jamás había tenido de niña.

Detrás de mí, César pronunció una palabra que no comprendí.

—Valoria.

Se acercó muy despacio.

—¿Qué significa?

Su expresión ya no era la de un rey temido.

Parecía alguien que acababa de descubrir algo imposible.

—Solo existe una familia en nuestras historias con cabello de plata y ojos violetas.

Sentí frío.

—¿Qué familia?

César se arrodilló frente a mí.

—La sangre de los Soberanos Lunares.

Negué con la cabeza.

Yo era una Omega abandonada.

Una mujer que acababa de ser vendida por unas monedas.

César sostuvo mi mirada.

—Isabela, Tristán no rechazó a una Omega maldita.

Hizo algo mucho peor.

Rechazó sin saberlo a la última heredera de la línea más poderosa de nuestro mundo.

PARTE 2

Me quedé mirando mi propio reflejo.

—Eso no puede ser verdad.

César tampoco esperaba que lo creyera inmediatamente.

Mandó traer libros antiguos de los archivos.

Retratos.

Registros.

En todos aparecían mujeres con las mismas características que yo.

Cabello plateado.

Ojos violetas.

Una extraña energía que despertaba lentamente al alcanzar la edad adulta.

Los Soberanos Lunares habían desaparecido generaciones atrás.

O eso creían todos.

Según los textos, su poder podía permanecer dormido si la persona crecía lejos de su familia.

Entonces comprendí otra cosa.

Aquellas líneas violetas que Tristán había llamado enfermedad no eran una maldición.

Eran señales de que algo dentro de mí estaba despertando.

César podía haber usado aquella revelación para reclamarme.

No lo hizo.

Aunque nuestros lobos habían reaccionado el uno al otro desde el mercado, me dio una habitación separada.

Nunca habló de completar un vínculo.

Pasábamos las tardes junto al fuego.

Él leía informes.

Yo aprendía sobre mi propia historia.

Poco a poco dejé de cubrir mi rostro.

Después ocurrió algo todavía más extraño.

Una mañana encontré rosas secas en el jardín cubierto de nieve.

Toqué una.

Horas después había abierto nuevamente.

Días más tarde visité una aldea donde varios niños tenían fiebre.

No hice nada especial.

Solo ayudé a las curanderas.

A la mañana siguiente todos habían mejorado.

La prueba definitiva llegó durante un eclipse lunar.

Mi piel emitió durante unos segundos un brillo plateado.

Toda la fortaleza pudo sentirlo.

Ya no había duda.

Yo pertenecía a Valoria.

Pero lejos, en las Tierras del Río, también estaban ocurriendo cambios.

Después de que Tristán rompió nuestro vínculo, sus cosechas comenzaron a fallar.

El agua perdió calidad.

Varias familias abandonaron el territorio.

Renata tampoco resultó ser la gran alianza que él imaginaba.

Los soldados prometidos por su familia eran costosos y poco leales.

Desesperado, Tristán consultó a un historiador.

Fue entonces cuando descubrió la verdad sobre mí.

Un mensajero llegó a Dunbarton semanas después.

Tristán venía hacia el norte.

No venía solo.

Había reunido hombres suficientes para intentar presionar a César.

Según el mensaje, afirmaba que yo seguía perteneciendo a su manada.

César quería resolverlo sin permitirme acercarme.

Me negué.

—Él viene por mí. Yo voy a responderle.

César me miró durante varios segundos.

—Entonces iremos juntos.

Cuando las puertas de Dunbarton se abrieron, salimos hacia el valle.

Tristán estaba montado frente a sus hombres.

Al verme, quedó inmóvil.

Supongo que esperaba encontrar a la Omega temblorosa que había cubierto con un saco.

En cambio llevaba un abrigo azul oscuro.

Mi cabello plateado estaba descubierto.

No oculté mis ojos.

Tristán descendió del caballo.

—Isabela.

No respondí.

Se acercó.

—Cometí un error.

Aquellas cuatro palabras habrían significado todo para mí meses atrás.

Ahora solo parecían pequeñas.

—Me dijeron que eras una Soberana Lunar —continuó—. Podemos restaurar nuestro vínculo.

Ahí comprendí finalmente por qué había venido.

No porque supiera lo que me había hecho.

Porque sabía lo que yo era.

—¿Y si mis ojos siguieran siendo comunes?

Tristán guardó silencio.

—¿Y si no pudiera sanar la tierra?

Nada.

—¿Y si todavía fuera la Omega sin familia que vendiste?

Su rostro cambió.

—Yo estaba protegiendo a mi manada.

—No. Estabas buscando una alianza mejor.

Intentó utilizar su autoridad de Alpha para ordenarme regresar.

Una vez, aquel poder habría hecho temblar a mi loba.

Ahora no sentí prácticamente nada.

El vínculo anterior ya estaba roto.

Y yo ya no pertenecía a sus tierras.

César permaneció a mi lado.

No habló por mí.

Eso fue lo que más agradecí.

Tristán miró al Rey del Norte.

—¿La reclamaste?

Antes de que César contestara, respondí yo.

—Nadie me reclamó.

Tristán frunció el ceño.

—Entonces todavía puedo—

—No.

Una sola palabra.

La primera negativa verdaderamente libre que le había dicho.

Después levanté la mano.

No sabía exactamente qué ocurriría.

Solo sentí una corriente fría atravesar mis dedos.

Una luz plateada se extendió sobre el valle.

El último resto del antiguo vínculo desapareció.

No hubo dolor.

Solo silencio.

Y después una sensación que jamás había conocido.

Libertad.

Tristán cayó de rodillas, más sorprendido que herido.

Sus propios hombres comenzaron a bajar sus armas.

Muchos no sabían cómo habían terminado allí.

Habían seguido a un Alpha desesperado que les aseguró que el Rey del Norte me había secuestrado.

César permitió que regresaran a sus hogares.

Tristán perdió gran parte de su autoridad después de que su consejo conoció la historia completa de mi rechazo y de la venta clandestina.

No pedí que lo destruyeran.

Ya me había quitado suficientes años.

No pensaba regalarle también mi futuro.

Cuando todos se marcharon, César se acercó.

—¿Estás bien?

Miré hacia las montañas.

—Creo que sí.

—Entonces volvamos a casa.

Aquella palabra me detuvo.

Casa.

Hasta ese momento nunca había pensado en Dunbarton de esa forma.

Pasaron varios meses antes de que César volviera a mencionar nuestro vínculo.

Lo hizo una noche cualquiera.

Sin consejo.

Sin ceremonia.

Estábamos compartiendo una jarra de chocolate caliente mientras afuera nevaba.

—Mi lobo te reconoció en Oak Haven —dijo.

—Lo sé.

—Pero reconocer a alguien no significa tener derecho sobre esa persona.

Esperé.

—Si alguna vez decides que quieres esto, quiero que sea porque me conoces a mí. No porque una antigua ley diga que debemos estar juntos.

Sonreí.

—Eres bastante razonable para ser el temible Lobo de Hierro.

—No difundas ese rumor.

Me reí.

Fue quizás el momento exacto en que me enamoré de él.

No completamos el vínculo aquella noche.

Ni la siguiente.

Esperé hasta estar segura.

Cuando finalmente lo elegí, no había miedo.

No había deuda.

Y no había ningún saco cubriendo mi rostro.

Con los años descubrimos ramas perdidas de la antigua familia Valoria.

No estaba tan sola como creía.

Ayudamos también a prohibir los mercados clandestinos de personas en los territorios aliados.

Fue la primera ley que pedí cambiar.

Nunca olvidé aquel lugar.

Nunca quise que otra mujer tuviera que esperar a que apareciera un rey para recuperar su libertad.

Tiempo después regresé brevemente a las Tierras del Río.

No para ver a Tristán.

Fui porque la tierra seguía enferma.

Podría haber dejado que sufrieran las consecuencias de su antiguo Alpha.

Pero allí vivían niños, agricultores y familias que jamás me habían hecho nada.

Caminé hasta el río.

Toqué el agua.

La corriente empezó a aclararse lentamente.

Las primeras flores aparecieron días después.

Cuando terminé, no reclamé aquellas tierras.

Me fui.

Porque finalmente entendí qué significaba realmente el poder.

No era obligar a otros a inclinarse.

Era poder hacer daño… y elegir construir algo mejor.

Muchos años después alguien escribió que César Ashford había comprado a una Omega por una moneda y descubierto que había adquirido una reina.

Mandé corregir aquella frase en los archivos.

César nunca me compró.

Pagó para sacarme de unas cadenas.

La diferencia importa.

Tampoco convirtió a una Omega en reina.

Yo siempre había llevado aquella sangre dentro de mí.

Solo necesitaba salir de un lugar donde me habían convencido de que debía esconderla.

Tristán puso un saco sobre mi cabeza porque creyó que así nadie descubriría lo que había rechazado.

Al final tuvo razón en una sola cosa.

Había algo poderoso oculto debajo.

Pero nunca fue mi rostro.

Era la mujer que todavía no sabía que tenía derecho a levantar la cabeza.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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