Mi alfa pidió un rechazo fingido para proteger a su «viuda» embarazada… así que lo hice real.

Mi alfa pidió un rechazo fingido para proteger a su «viuda» embarazada… así que lo hice real.

PARTE 1

El día que mi compañero me pidió que lo rechazara frente al consejo, nuestra hija de cinco años estaba agarrada de mi mano.

Él juró que sería temporal.

Juró que solo era una maniobra para proteger a una viuda embarazada.

Y yo cometí el error de creer que después de dieciocho años juntos todavía conocía al hombre que tenía delante.

Me llamo Clara Cole.

Mason Hale había sido parte de mi vida desde que éramos adolescentes.

Antes de convertirse en Alpha, fue el muchacho que aparecía por mi ventana cuando mi casa se volvía insoportable.

Después fue mi compañero.

Mi esposo.

El padre de Sofía.

Durante años pensé que todo lo que habíamos sobrevivido nos hacía imposibles de romper.

Entonces apareció Rebeca Lane.

Su esposo, Daniel, había sido el Beta de Mason y había fallecido meses antes.

Rebeca estaba embarazada y, según una antigua norma de la manada, Mason podía ponerla temporalmente bajo la protección de su casa.

El problema comenzó cuando los encontraron juntos en una cabaña durante una patrulla de invierno.

Rebeca aseguró que había tenido miedo después de una alerta en el bosque y Mason se había quedado para acompañarla.

El consejo empezó a hablar.

Un Alpha casado pasando la noche con la viuda de su Beta podía convertirse en un escándalo capaz de provocar una disputa por el liderazgo.

Mason propuso una solución.

Yo lo rechazaría públicamente.

Él protegería formalmente a Rebeca.

Cuando todo se calmara, restauraríamos nuestro vínculo.

—Solo será en los papeles —me aseguró.

Acepté.

No por Rebeca.

Por él.

Tres días después salimos del consejo con los documentos firmados.

Sofía miró a su padre y me preguntó si ya no nos quería.

Le dije que aquello era solo una situación complicada de adultos.

Yo todavía lo creía.

Entonces vi a Rebeca esperando junto al vehículo de Mason.

Dijo que la calefacción de su casa se había averiado.

Había decenas de personas que podían ayudarla.

Aun así llamó a Mason.

Y él fue.

Regresó pasada la medianoche.

Cuando se inclinó para abrazarme, reconocí inmediatamente el perfume de Rebeca en su camisa.

No dije nada.

Al día siguiente Mason prometió asistir a una actividad familiar en la escuela de Sofía.

Rebeca apareció allí también.

Otra coincidencia.

Intentó llevarse a Sofía hacia uno de los juegos.

Mi hija se negó.

Rebeca la sujetó de la muñeca.

Cuando Sofía logró soltarse, Rebeca dio un paso atrás y empezó a decir que la niña la había empujado.

Mason corrió inmediatamente hacia ella.

Yo le mostré las marcas rojas en la muñeca de Sofía.

Le pregunté si alguien había visto a nuestra hija golpear a Rebeca.

Nadie respondió.

Durante un segundo vi la duda en los ojos de Mason.

Entonces Rebeca se llevó una mano al vientre.

Mason la cargó y se fue con ella.

Sofía se quedó llorando junto a mí.

Aquella noche mi hija enfermó y tuvimos que llevarla a la clínica.

Yo me quedé a su lado.

Mason también.

Hasta que Rebeca apareció en otra habitación del mismo piso.

Durante cuatro noches Mason aseguró que tenía asuntos de Alpha.

La quinta noche escuché a dos enfermeras comentar que él visitaba siempre la habitación 206.

Esperé hasta que Sofía se durmió.

Luego fui hasta allí.

La puerta estaba entreabierta.

Rebeca estaba recostada contra el pecho de Mason.

No entré.

Escuché.

Ella le preguntó cuándo tendría por fin un lugar verdadero a su lado.

Mason respondió que todavía necesitaba el apoyo político de mi familia para aprobar una expansión territorial.

Después, cuando ese acuerdo estuviera cerrado, se ocuparía de mí.

Entonces Rebeca preguntó por el bebé.

Su hijo.

Mason no la corrigió.

No preguntó de quién hablaba.

Solo dijo que siempre había querido un varón.

Sentí que se me helaban las manos.

Yo casi había perdido la vida al tener a Sofía.

Los médicos me habían dicho que otro embarazo sería demasiado peligroso.

Mason me había prometido que nuestra hija era suficiente.

Dentro de aquella habitación entendí la verdad.

Rebeca no llevaba al hijo de Daniel.

Llevaba al hijo de Mason.

Y nuestro “rechazo temporal” jamás había sido una estrategia para proteger a una viuda.

Había sido una estrategia para proteger su mentira.

Regresé junto a Sofía.

Esperé a que amaneciera.

Luego llamé a mi primo Ethan, uno de los representantes de la manada Silverpine.

—Quiero volver a casa.

Él no hizo preguntas inútiles.

Solo me preguntó qué necesitaba.

Miré a mi hija dormida.

—Retira el apoyo de nuestra familia al proyecto de expansión de Mason.

Hubo silencio.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Aquella tarde compré dos boletos de avión.

Uno para mí.

Uno para Sofía.

Mason seguía creyendo que nuestra separación era falsa.

Todavía no sabía que yo acababa de decidir convertirla en real.

PARTE 2

Durante los siguientes cuatro días no hice ninguna escena.

Eso desconcertó a Mason.

Yo sonreía.

Preparaba las cosas de Sofía.

Respondía únicamente lo necesario.

Entonces cometió el error definitivo.

Me propuso registrar temporalmente a nuestra hija bajo la casa de Rebeca para facilitar unos documentos del consejo.

Lo miré durante varios segundos.

—Sofía es mi hija. Su nombre no se toca.

Algo en mi voz hizo vibrar la lámpara.

Mason se quedó inmóvil.

Durante años había ocultado incluso mi propia autoridad para que él pudiera ser el Alpha visible de nuestra familia.

Aquella noche comprendí cuánto me había reducido para hacer espacio a su carrera.

Le pregunté si todavía quería un hijo varón.

Dijo que no.

Otra mentira perfecta.

A la mañana siguiente, mientras yo terminaba los preparativos para irnos, Sofía desapareció de una actividad escolar.

Sentí pánico.

La maestra pensaba que Rebeca había regresado con ella.

Encontré a Rebeca jugando con una hebilla del cabello de mi hija.

Se negó a decirme dónde estaba.

Mason entró minutos después.

Y entonces descubrí que él mismo había recogido a Sofía porque Rebeca le dijo que se sentía mal.

Nunca me avisó.

Peor aún, Rebeca había permitido deliberadamente que yo creyera que mi hija estaba desaparecida.

Mason quería que me disculpara con ella por haberla enfrentado.

Entonces dejé de fingir.

—Sé lo de la habitación 206.

Su rostro cambió.

Le repetí las palabras que había escuchado.

El hijo.

Mi familia.

Los votos del consejo.

La expansión del norte.

El rechazo falso.

Rebeca retrocedió.

Mason intentó acercarse.

No se lo permití.

—Convertiste mi confianza en una herramienta.

Por primera vez no tuvo una respuesta preparada.

Le dije que el rechazo temporal sería permanente.

Mason aseguró que estaba enfadada y que podía arreglarlo.

—Los papeles no terminaron nuestra relación —le dije—. Tus decisiones sí.

Tres días después él realizó una ceremonia pública con Rebeca.

Yo no estaba allí.

Sofía y yo ya volábamos hacia Colorado, donde vivía mi familia materna.

Al llegar sentí algo extraño.

No tristeza.

Espacio.

Volví a utilizar mi apellido Cole profesionalmente.

Antes de casarme había estudiado leyes territoriales y economía entre manadas.

Abandoné aquella carrera para ayudar a Mason a construir la suya.

Ahora regresé a ella.

Me contrataron en asuntos externos de Silverpine.

Dos meses después entendí algo casi humillante.

Era muy buena.

Mucho del éxito político que Mason consideraba producto de su liderazgo había sido construido silenciosamente por mí.

Cuando mi familia retiró su apoyo, su proyecto territorial empezó a caer.

Otros dos representantes hicieron lo mismo.

Después una auditoría encontró gastos de la manada utilizados para mantener la casa de Rebeca mientras públicamente aparecían registrados como ayuda a una viuda.

Mason conservó su título.

Pero perdió parte de su autoridad.

Rebeca tampoco salió bien.

Las cámaras de la escuela demostraron que había separado intencionalmente a Sofía de su grupo y pedido a una empleada que no me informara que Mason ya se la había llevado.

Perdió su trabajo.

Y poco después su relación con Mason comenzó a romperse.

Él me llamó muchas veces.

Solo respondía cuando Sofía quería hablar con su padre.

Un día me dijo que había terminado con Rebeca.

Me pidió recuperar nuestra familia.

—Tienes dos hijos —le respondí—. Puedes ser un buen padre para ambos.

—Te quiero a ti.

—No.

El silencio al otro lado de la línea duró mucho.

Le expliqué algo que yo misma había tardado años en comprender.

Mason sí me había amado alguna vez.

Pero también se había acostumbrado a tenerme.

Yo organizaba las alianzas.

Las reuniones.

Las cuentas.

La escuela de Sofía.

Las relaciones entre familias.

Su campaña para convertirse en Alpha.

Él confundió todo aquello con algo que simplemente le correspondía.

Rebeca le ofreció emoción y un hijo varón.

Yo le ofrecía estabilidad y poder.

Quiso conservar las dos cosas.

Un año después regresé a Moon Ridge como representante de Silverpine para negociar derechos de agua entre tres manadas.

Mason estaba en la reunión.

No intentó acercarse de forma inapropiada.

No utilizó nuestra historia.

Me trató como representante Cole.

Después me pidió hablar unos minutos.

Acepté.

Por primera vez se disculpó sin pedir nada a cambio.

Reconoció la relación con Rebeca.

Reconoció que había utilizado la muerte de Daniel como excusa.

Y finalmente admitió que sí había deseado un hijo varón.

Le dije que perdonaba parte de lo sucedido.

Vi esperanza en sus ojos.

La detuve.

—Perdonar no significa volver.

Bajó la mirada.

—Lo sé.

Esa vez le creí.

Dos años después Sofía cumplió siete.

Mason viajó a Colorado para su cumpleaños.

Se hospedó en un hotel.

Llegó puntual.

No apareció con regalos exagerados intentando comprar su cariño.

Había aprendido lentamente a ser padre sin esperar recuperar al esposo que había sido.

Su hijo Noah también formaba parte de la vida de Sofía.

Nunca culpé a aquel niño por las decisiones de sus padres.

Mi vida siguió creciendo.

Me ascendieron a directora de relaciones entre manadas.

Compré una casa cerca de las montañas.

Comencé incluso a tomar fotografías otra vez.

Una noche, después del cumpleaños de Sofía, Mason me encontró en el porche.

Me agradeció no haber enseñado a nuestra hija a odiarlo.

Después hizo una última pregunta.

—¿Alguna vez considerarías intentarlo de nuevo?

Años atrás esas palabras habrían destrozado toda mi voluntad.

Aquella noche solo eran una pregunta.

—No.

Mason cerró los ojos.

Después asintió.

Sin negociar.

Sin recordarme nuestros dieciocho años.

Sin decir que le debía otra oportunidad.

Solo aceptó mi respuesta.

Curiosamente, ese fue el momento en que comprendí que finalmente había aprendido algo sobre el amor.

Meses después salí a cenar con Adrián Ross, un abogado de otra manada.

No hubo conexión mágica.

Ni destino.

Ni promesas enormes.

Me preguntó si quería postre.

Dije que sí.

Fue maravillosamente normal.

En el aniversario del día en que Mason me pidió aquella separación falsa, llevé a Sofía a un lago congelado.

Jugamos con la nieve hasta quedarnos sin aire de tanto reír.

Entonces me preguntó:

—Mamá, ¿te da tristeza no ser la compañera de papá?

Pensé unos segundos.

—A veces me entristece cómo terminó todo.

—¿Lo quieres de regreso?

Miré las montañas.

—No.

Sofía sonrió.

—Qué bueno.

Me sorprendí.

—¿Por qué?

Salió corriendo antes de responder:

—Porque ahora sonríes mucho más.

Me quedé allí mirando a mi hija.

Durante años pensé que Mason me había salvado cuando éramos jóvenes.

Tal vez lo hizo.

Pero convertir aquella ayuda en una deuda eterna había sido mi error.

El amor no era una deuda.

Un vínculo no era propiedad.

Y haber sacrificado mucho por alguien no significaba que tuviera que seguir sacrificándome para siempre.

Mason me pidió un rechazo falso porque estaba convencido de que yo siempre estaría esperando.

Lo único que no calculó…

fue que, por primera vez en mi vida, yo aprendería a decir que no.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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