Mi alfa marcó a mi hermana en nuestra noche de bodas, así que abandoné la habitación nupcial con el Rey Alfa.

Mi alfa marcó a mi hermana en nuestra noche de bodas, así que abandoné la habitación nupcial con el Rey Alfa.

PARTE 1

La noche de mi boda encontré una mancha roja sobre el encaje blanco de mi vestido.

No era mía.

Venía de mi hermana.

Y cuando levanté la vista, entendí por qué mi nuevo esposo llevaba más de una hora sin entrar a nuestra habitación.

Me llamo Genoveva Salazar.

Mi familia controlaba desde hacía generaciones varias minas de plata en las montañas del norte de México.

La manada Nieve Alta dominaba los valles vecinos.

Durante años nuestras familias habían tenido problemas por caminos, agua y derechos de paso.

La solución fue un matrimonio.

El Alfa de Nieve Alta, Adrián Montenegro, se casaría conmigo.

Yo no estaba enamorada cuando comenzó el acuerdo.

Pero Adrián supo ganarse mi confianza.

Cruzaba las montañas para visitarme.

Llevaba flores.

Hablaba con respeto frente a mi padre.

Me prometió que nunca me trataría como una simple pieza de negociación entre familias.

Le creí.

Mi hermana menor, Eugenia, también parecía encantada con él.

Yo notaba cómo lo observaba durante las comidas.

A veces encontraba excusas para sentarse cerca.

No le di importancia.

Pensé que era admiración.

Eso fue un error.

La boda se celebró en el antiguo castillo de Nieve Alta, escondido entre montañas cubiertas de nieve.

Había cientos de invitados.

Alfas de otras regiones.

Comerciantes.

Mi familia.

Incluso estaba presente Sebastián Valderrama, el Rey Alfa que gobernaba las manadas más poderosas del norte y el oriente.

Yo apenas lo vi durante la ceremonia.

Todos decían lo mismo sobre Sebastián.

No era un hombre al que uno quisiera llamar la atención.

Después de los votos comenzaron los festejos.

Por tradición, poco antes de medianoche me llevaron a la habitación destinada a los recién casados.

Las mujeres me ayudaron a quitarme el velo.

Después cerraron la puerta.

Esperé.

Pasó media hora.

Después una hora.

Adrián no apareció.

Algo empezó a preocuparme.

Entre los lobos existe una conexión especial entre compañeros.

No esperaba una película romántica.

Pero tampoco era normal que un Alfa desapareciera durante su propia noche de bodas.

Tomé un chal y salí.

Los corredores estaban casi vacíos.

Seguí un olor que reconocí como suyo.

Pino.

Humo.

Y algo más.

Algo metálico.

Llegué hasta un pequeño despacho detrás de la biblioteca.

La puerta estaba entreabierta.

Escuché una respiración agitada.

Empujé.

Adrián estaba allí.

Con Eugenia.

No voy a describir exactamente lo que vi.

No hace falta.

Bastó con mirar la marca reciente que Adrián acababa de dejar cerca del cuello de mi hermana.

Entre los nuestros, aquel símbolo tenía un significado claro.

Había intentado formar con ella el vínculo que debía reservarse para una compañera.

El mismo hombre que unas horas antes me había jurado fidelidad.

Eugenia fue la primera en verme.

No parecía avergonzada.

Parecía satisfecha.

Adrián se separó de ella.

Comenzó a decir que había sentido una conexión imposible de controlar.

Que las cosas habían ocurrido demasiado rápido.

Que podíamos arreglarlo.

Yo no escuché el resto.

Según nuestras leyes, mi matrimonio todavía podía anularse porque Adrián no había completado conmigo el vínculo de pareja.

Pero eso no significaba que yo estuviera a salvo.

La unión había sido negociada para evitar conflictos entre dos territorios.

Si el escándalo se hacía público, Adrián podía intentar culparme para proteger su posición.

Salí corriendo.

Él me siguió.

Atravesé los corredores, bajé las escaleras y llegué al patio.

Nevaba.

No podía regresar caminando a las tierras de mi padre.

Así que fui hacia los establos.

Solo pensaba en robar un caballo y alcanzar territorio neutral.

Encontré una yegua.

Intenté colocarle la silla.

Mis manos temblaban tanto que la puse mal.

Entonces una voz surgió detrás de mí.

—Si la montas así, no llegarás ni al portón.

Me giré.

Un hombre enorme salió de la oscuridad.

Lo reconocí de inmediato.

Sebastián Valderrama.

El Rey Alfa.

Sus ojos recorrieron mi vestido, mi expresión y la mancha que todavía llevaba en la manga.

Me preguntó qué había ocurrido.

No tuve fuerzas para inventar una mentira.

Le conté todo.

Sebastián permaneció completamente inmóvil.

Después abrió el establo más grande y sacó un enorme caballo negro.

Su propio caballo.

Colocó sobre la silla una gruesa capa y me tendió la mano.

—No vas a escapar sola.

No entendí.

Entonces explicó que Adrián había roto un pacto que él mismo había autorizado.

Si yo desaparecía en medio de la tormenta, Adrián podría inventar cualquier historia.

Pero si salía del castillo bajo la protección directa del Rey Alfa, nadie podría silenciarme.

Antes de que pudiera responder, las puertas del establo se abrieron.

Adrián entró acompañado por tres guardias.

—Genoveva, vuelve conmigo.

Dio otro paso.

Sebastián salió de las sombras y se colocó a mi lado.

Los tres guardias se detuvieron de inmediato.

Adrián perdió el color del rostro.

Y entonces Sebastián pronunció la frase que cambiaría todo lo que ocurrió después:

—Desde este momento, Genoveva Salazar queda bajo mi protección personal. Si quieres discutirlo, tendrás que hacerlo delante de todo el Consejo de Alfas.

PARTE 2

Adrián entendió inmediatamente lo que aquello significaba.

Ya no podía encerrarme.

No podía obligarme a guardar silencio.

Y tampoco podía presentar mi desaparición como una decisión impulsiva de una novia asustada.

Había un testigo mucho más poderoso que él.

Sebastián me ayudó a subir al caballo.

Montó detrás.

Y salimos de Nieve Alta antes del amanecer.

El viaje a la capital tomó tres días.

Durante todo el trayecto Sebastián habló poco.

Nunca me preguntó por qué no había visto antes las señales.

Nunca dijo que debería sentir vergüenza.

Simplemente se aseguró de que comiera, descansara y tuviera suficiente abrigo.

Eso me afectó más de lo que esperaba.

Durante semanas viví en una de las habitaciones reservadas para invitados del palacio.

Mientras yo intentaba recuperar cierta normalidad, Adrián comenzó a contar su propia versión.

Dijo que yo había abandonado el matrimonio voluntariamente.

Que la presión de convertirme en Luna me había alterado.

Después utilizó mi supuesta huida para reclamar las minas de mi familia.

Aquello ya no tenía nada que ver con Eugenia.

Era dinero.

Con el control de nuestras minas de plata, Nieve Alta sería mucho más poderosa.

Mi padre no podía reaccionar sin provocar un conflicto.

Sebastián decidió investigar.

Una noche me llamó a su despacho.

Había otro hombre allí, un contador encargado de revisar los intercambios entre territorios.

Sobre la mesa había documentos.

Adrián había empezado a vender plata perteneciente a mi familia utilizando compañías intermediarias.

También había contratado hombres armados en las fronteras.

Estaba preparándose.

Sabía que, si yo declaraba públicamente lo ocurrido, podía perder su posición.

—Quiero hablar ante el Consejo —le dije a Sebastián.

Él me observó durante unos segundos.

—Hablarás.

Después hizo una pausa.

—Pero no como una mujer pidiendo que le crean.

Una semana después Adrián llegó a la capital.

Eugenia venía con él.

El Consejo se reunió en el gran salón.

Había representantes de casi todas las manadas importantes.

Adrián presentó su reclamación sobre las minas.

Volvió a decir que yo había escapado.

Que el matrimonio había terminado por mi culpa.

Entonces salí de la galería superior.

El silencio fue inmediato.

Adrián parecía haber visto un fantasma.

Eugenia bajó la mirada.

Yo llevaba el símbolo de mi familia sobre el vestido.

No necesitaba esconderme.

Conté exactamente lo ocurrido aquella noche.

Adrián intentó interrumpirme.

Sebastián no se lo permitió.

Después pidió que Eugenia mostrara la marca que llevaba escondida bajo el cuello alto de su vestido.

Ella se negó al principio.

Finalmente lo hizo.

Entonces ocurrió algo que incluso yo desconocía.

La marca estaba oscura.

Irregular.

No tenía el brillo suave característico de los vínculos aceptados.

Una curandera del Consejo se acercó a examinarla.

Su conclusión sorprendió a todos.

Aquello no era un vínculo auténtico.

Adrián había confundido deseo y obsesión con la conexión destinada a un verdadero compañero.

La antigua magia no había aceptado la unión.

Eugenia comenzó a llorar.

Y por primera vez supe que existía otra parte de la historia.

Adrián llevaba meses diciéndole en secreto que ella era su verdadera compañera.

Le prometió que cancelaría mi matrimonio después de asegurar la alianza con mi familia.

Es decir, también la había utilizado.

No justificaba lo que mi hermana había hecho.

Ella sabía que me estaba traicionando.

Pero Adrián había manipulado a las dos de maneras diferentes.

Después vinieron los documentos financieros.

Las ventas ilegales.

Las cuentas ocultas.

Los contratos con hombres de la frontera.

Ya no era una discusión sobre una noche de boda.

Era la prueba de que Adrián había utilizado un tratado para hacerse con las propiedades de mi familia.

El Consejo le retiró su autoridad sobre Nieve Alta.

Las minas regresaron legalmente a la familia Salazar.

Adrián fue enviado a una región alejada mientras se resolvían los procesos restantes.

Eugenia regresó con mi padre.

Nuestra relación nunca volvió a ser igual.

Tardé años en poder hablar con ella sin recordar aquella habitación.

Pero con el tiempo entendí que perdonar no significaba fingir que nada había ocurrido.

Significaba dejar de cargarlo todos los días.

Yo permanecí un tiempo más en la capital.

No porque Sebastián me lo pidiera.

De hecho, nunca lo hizo.

Entre nosotros existía algo extraño desde aquella noche en los establos.

La primera vez que tocó mi mano sentí una especie de corriente cálida.

Pensé que era miedo.

Después ocurrió nuevamente.

Y nuevamente.

Hasta que una anciana de la corte nos observó y sonrió.

Ella había entendido antes que nosotros.

Una tarde Sebastián me explicó que su lobo reaccionaba a mi presencia de una manera que nunca había experimentado.

Pero después de lo ocurrido con Adrián, no quería llamar destino a algo que yo todavía no había elegido.

Eso fue precisamente lo que hizo que comenzara a confiar en él.

No hubo marcas inmediatas.

No hubo ceremonias.

Pasaron meses.

Primero aprendimos a conocernos.

Discutíamos sobre leyes.

Cabalgábamos.

Yo participaba en la administración de las propiedades de mi familia.

Y él nunca volvió a hablar de mí como alguien que necesitaba ser rescatada.

Cuando finalmente decidí aceptar el vínculo, lo hice porque quería.

No porque una alianza lo exigiera.

Ni porque un Alfa hubiera decidido por mí.

La noche de mi primera boda huí con un vestido blanco manchado, convencida de que mi vida había quedado destruida.

Años después comprendí que aquella puerta que abrí detrás de la biblioteca no había terminado mi futuro.

Me había mostrado la verdad antes de que fuera demasiado tarde.

Y también aprendí algo que ninguna vieja ley de las manadas había conseguido enseñarme:

un vínculo verdadero nunca empieza cuando alguien te reclama.

Empieza cuando ambos pueden marcharse…

y aun así deciden quedarse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward