Me rechazó por ser una omega sin lobo… hasta que otro alfa me convirtió en su reina.
Me rechazó por ser una omega sin lobo… hasta que otro alfa me convirtió en su reina.

PARTE 1
El rey me humilló frente a cientos de personas y ordenó que me sacaran de su castillo. Seis meses después, cuando descubrió que otro alfa me había elegido como su reina, reunió a todo su ejército para recuperarme. Lo más absurdo era que jamás habíamos sido amantes. Apenas habíamos cruzado unas cuantas palabras aquella noche.
Pero había algo que nadie en el salón sabía.
La Diosa de la Luna nos había unido, y él había decidido rechazarme.
Me llamo Genevieve Ashford y nací en una de las familias más antiguas del reino de Ethgard.
En mi mundo, casi todos podían transformarse en lobos al alcanzar cierta edad. Yo nunca pude hacerlo.
Por eso, aunque llevaba el apellido de una familia noble, me trataban como si fuera una vergüenza.
Mi padre evitaba presentarme ante sus invitados. Mis hermanos se burlaban de mí y los sirvientes habían aprendido a darme órdenes.
Yo era una omega sin transformación.
Y en Ethgard, eso significaba que nadie esperaba nada de mí.
Todo cambió durante una celebración en el castillo de Ironwood.
El rey Rodric había convocado a los clanes más importantes para anunciar su unión con Arabella, la hija de un poderoso alfa del sur.
Era un matrimonio conveniente. Sus familias controlarían las rutas comerciales y asegurarían las fronteras del reino.
Yo estaba sirviendo vino cuando ocurrió algo extraño.
Una corriente helada atravesó el salón y apagó varias antorchas.
Al mismo tiempo, sentí una presión en el pecho.
Levanté la mirada.
Rodric estaba observándome.
Su copa cayó sobre la mesa y sus ojos adquirieron el brillo dorado que aparecía cuando su lobo estaba cerca de tomar el control.
Entonces lo comprendí.
Él era mi compañero destinado.
Y por la expresión de su rostro, también lo había descubierto.
Se levantó lentamente y caminó hacia mí.
Los invitados guardaron silencio.
Por primera vez en mi vida, alguien me miraba como si realmente pudiera verme.
Durante unos segundos creí que la Diosa de la Luna había decidido compensarme por todos aquellos años de desprecio.
Me equivoqué.
Arabella se acercó al rey y le preguntó por qué prestaba tanta atención a una sirvienta.
Uno de sus consejeros le recordó en voz baja que aquella noche debía asegurar el futuro del reino.
Rodric miró a los nobles, después a Arabella y finalmente a mí.
—Esta muchacha no tiene ninguna importancia para mí. Que alguien la retire del salón.
Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho.
No era solamente tristeza. El vínculo que acababa de formarse entre nosotros estaba desapareciendo.
Las piernas me temblaron.
Algunos invitados comenzaron a reír.
Yo incliné la cabeza y salí sin responder.
Esa misma noche recogí mis pocas pertenencias, conseguí un caballo y abandoné Ironwood.
No tenía un destino.
Solamente sabía que no volvería.
Durante semanas atravesé caminos cubiertos de nieve hasta llegar a Varagfiel, un territorio montañoso gobernado por el clan de la Luna de Sangre.
Una curandera anciana aceptó enseñarme su oficio a cambio de ayudarla en su pequeño dispensario.
Aprendí a preparar remedios, reconocer plantas y atender a los viajeros que llegaban agotados por el frío.
Allí nadie me preguntaba por qué no podía transformarme.
Por primera vez dormía sin miedo a despertar escuchando que era una vergüenza para mi familia.
Una primavera, varios guerreros regresaron heridos después de un enfrentamiento cerca de la frontera.
Pasé tres días ayudando a la curandera.
Cuando finalmente terminamos, un hombre enorme, de cabello oscuro y ojos plateados, apareció en la entrada.
Era Cassian, el alfa de Varagfiel.
Me agradeció personalmente por cuidar de sus hombres.
Después me hizo una pregunta inesperada.
—¿Por qué alguien con tu apellido terminó trabajando aquí?
No quise mentirle.
Le conté que había abandonado mi hogar después de ser rechazada por mi compañero destinado.
Cassian escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, pensé que también me pediría marcharme.
Pero hizo algo distinto.
Me ofreció quedarme.
Durante los meses siguientes comenzó a visitarme.
A veces traía plantas medicinales que encontraba durante sus recorridos por las montañas.
Otras veces simplemente se sentaba conmigo a conversar.
Nunca me preguntó cuándo conseguiría transformarme.
En cambio, quería conocer mis opiniones sobre los problemas del clan.
Poco a poco dejé de sentir que debía disculparme por existir.
Una noche, durante la celebración del equinoccio, Cassian me llevó frente a una enorme fogata.
Había cientos de personas alrededor.
Se arrodilló ante mí y me pidió que aceptara convertirme en su compañera y en la luna de Varagfiel.
Esta vez nadie me estaba eligiendo por una profecía.
Cassian conocía mi pasado.
Sabía que jamás había mostrado señales de transformación.
Y aun así quería compartir su vida conmigo.
Acepté.
Aquella noche sellamos voluntariamente nuestro vínculo mediante la antigua marca de los compañeros.
Por primera vez entendí que el destino podía señalar un camino, pero no obligarnos a recorrerlo.
Creí que mi historia con Rodric había terminado.
Tres semanas después, un explorador llegó desde la frontera sur.
Traía noticias de Ironwood.
El rey había descubierto mi unión con Cassian y, según los soldados que habían abandonado sus filas, había ordenado reunir un ejército para llevarme de regreso.
Cassian reforzó los pasos de montaña.
Yo preparé el dispensario para recibir a los habitantes de las aldeas cercanas.
Durante varios días esperamos noticias.
Hasta que una mañana subí a las murallas y vi una inmensa columna de hombres avanzando entre la nieve.
Miles de soldados.
En medio de ellos cabalgaba Rodric.
Se detuvo frente a nuestra fortaleza y levantó la mirada.
Sus ojos encontraron la marca que Cassian había dejado en mi cuello.
Entonces escuché su voz atravesar el valle.
—Genevieve, tienes hasta el amanecer para regresar conmigo. Si decides quedarte con él, haré caer estas murallas con todos ustedes adentro.
PARTE 2
Cassian se colocó junto a mí mientras las palabras de Rodric todavía resonaban entre las montañas.
—No tienes que responderle —me dijo.
Pero yo sabía que, si permanecía escondida, el rey interpretaría mi silencio como miedo.
Me acerqué al borde de la muralla.
—Ya tomaste una decisión por los dos aquella noche en Ironwood —le respondí—. Yo también he tomado la mía.
Rodric apretó las riendas de su caballo.
—La Diosa de la Luna te eligió para mí.
—Y tú me rechazaste. No puedes recuperar a una persona solamente porque ahora otro hombre la ama.
El rey permaneció inmóvil.
Por un instante pensé que comprendería.
Entonces levantó la mano.
Sus soldados comenzaron a avanzar.
El ejército de Rodric era mucho más numeroso que el nuestro.
Cassian contaba con tres mil guerreros, mientras que el rey había reunido cerca de doce mil hombres.
Sin embargo, conocíamos las montañas.
Durante las semanas anteriores habíamos reforzado los puentes, preparado rutas de evacuación y almacenado provisiones.
Yo había trabajado con los curanderos para elaborar mezclas de hierbas capaces de dificultar temporalmente la transformación de los lobos.
No eran suficientes para detener a un ejército entero, pero podían darnos tiempo.
La primera jornada fue desesperante.
Los soldados del sur intentaron atravesar el río congelado y quedaron atrapados cuando varios tramos debilitados cedieron bajo su peso.
Nuestros hombres les impidieron continuar y muchos tuvieron que retirarse hacia el valle.
Algunos fueron rescatados por sus propios compañeros.
Otros abandonaron las armas y pidieron refugio.
Cassian ordenó que nadie atacara a quienes se rindieran.
Eso provocó algo que Rodric no esperaba.
Cada vez más soldados del sur comenzaron a cuestionar por qué estaban arriesgando sus vidas.
No estaban defendiendo sus hogares.
Habían sido enviados a recuperar a una mujer que su propio rey había rechazado.
Durante tres días resistimos.
Pero nuestras provisiones disminuían y las puertas de la fortaleza empezaban a ceder.
La cuarta noche, un estruendo recorrió todo el castillo.
La entrada principal había sido derribada.
Los soldados comenzaron a entrar al patio.
Yo estaba ayudando a trasladar a los habitantes hacia los refugios interiores cuando escuché un rugido.
Corrí hacia una ventana.
Cassian se había transformado en un enorme lobo blanco y bloqueaba las escaleras que conducían al salón principal.
Frente a él estaba Rodric.
Su lobo era oscuro y mucho más grande que los demás.
Ambos se enfrentaron mientras sus guerreros trataban de mantener abiertas las rutas de evacuación.
Cassian consiguió hacerlo retroceder varias veces.
Pero Rodric no parecía dispuesto a detenerse.
Finalmente logró derribarlo junto a una columna.
Vi que recuperaba parcialmente su forma humana y sacaba una daga de su cinturón.
Cassian intentó levantarse.
No pudo.
Y entonces comprendí que esperar escondida significaría permitir que alguien más decidiera otra vez mi futuro.
Tomé el pequeño dispositivo que había preparado con la curandera y salí al patio.
—¡Rodric!
El rey se detuvo.
Tenía la daga levantada cuando me vio aparecer.
Sus ojos cambiaron de expresión.
—Sabía que vendrías conmigo.
Negué con la cabeza.
—No he venido por ti.
Bajé los escalones lentamente.
En mis manos llevaba un recipiente de vidrio protegido por una estructura de latón.
Contenía una mezcla que habíamos preparado para interrumpir temporalmente la transformación de un lobo.
Rodric miró el recipiente.
Después sonrió.
—¿De verdad crees que una omega sin lobo puede detenerme?
Aquellas palabras me recordaron todas las veces que mi familia había dicho que yo no servía para nada.
Pero esta vez no sentí vergüenza.
—Eso es precisamente lo que siempre has pensado de mí.
Activé el mecanismo.
El recipiente cayó sobre las piedras y liberó una nube de vapor color ámbar.
Cassian, que conocía el dispositivo, se cubrió el rostro y se apartó.
Rodric intentó transformarse por completo.
No lo consiguió.
Su lobo retrocedió.
El rey cayó de rodillas, incapaz de mantener la transformación.
Los soldados que estaban cerca comenzaron a alejarse.
Corrí hacia Cassian y lo ayudé a incorporarse.
Estaba lastimado, pero seguía consciente.
Entonces Rodric levantó la mirada hacia mí.
—Genevieve… ¿qué me hiciste?
—Lo necesario para que dejes de poner en peligro a todos.
Intentó levantarse nuevamente.
Sus fuerzas no respondieron.
La mezcla lo había dejado temporalmente inmovilizado.
Me miró durante varios segundos.
Después comenzó a llorar.
—Cometí un error. Debí elegirte aquella noche.
Me acerqué lo suficiente para que pudiera escucharme.
—No me perdiste cuando Cassian me eligió. Me perdiste cuando decidiste que mi valor dependía de lo que otros pensaran de mí.
Rodric bajó la cabeza.
—Te amo.
Sentí una tristeza inesperada.
Había pasado meses imaginando cómo sería escucharlo decir esas palabras.
Ahora no significaban lo mismo.
—Si me amaras, no habrías puesto en peligro a miles de personas para obligarme a regresar.
Me alejé.
Y por primera vez, el vínculo que alguna vez nos había unido no me hizo mirar atrás.
Lord Cedric, el consejero que había acompañado a Rodric desde Ironwood, salió de entre los soldados.
Observó al rey, después a Cassian y finalmente a los hombres que todavía permanecían con las armas levantadas.
Cedric dejó caer su espada.
—La campaña ha terminado —anunció.
Uno tras otro, los soldados del sur hicieron lo mismo.
Pensé que aquel sería el final.
Pero Cedric se acercó a nosotros con una noticia que nadie esperaba.
Arabella había tomado el control de Ironwood.
Mientras Rodric marchaba hacia el norte, ella había aprovechado su ausencia para hacerse con el castillo y asegurar el apoyo de varias familias nobles.
El rey lo había arriesgado todo para recuperarme.
Y ahora ni siquiera tenía un reino al cual regresar.
Rodric escuchó la noticia sin pronunciar palabra.
Durante años había elegido el poder por encima de cualquier otra cosa.
Ahora había perdido precisamente aquello que tanto había intentado proteger.
La guerra terminó con un acuerdo entre los clanes.
Rodric fue apartado del trono y enviado a las Islas Silenciosas, lejos de los territorios que había gobernado.
Nunca recuperó por completo sus antiguas capacidades.
Tiempo después supe que había escrito varias cartas dirigidas a mí.
No abrí ninguna.
No porque todavía lo odiara.
Simplemente, ya no necesitaba escuchar sus explicaciones.
El reino del sur atravesó años de disputas después de la caída de Ironwood.
Varagfiel, en cambio, comenzó a recibir a familias que huían de aquellos conflictos.
Cassian y yo impulsamos nuevos acuerdos comerciales, ampliamos los dispensarios y abrimos un refugio para quienes habían sido expulsados de otros clanes.
Entre ellos llegaron muchas personas como yo.
Omegas que nunca habían logrado transformarse.
Jóvenes rechazados por sus familias.
Lobos que habían perdido sus hogares.
Por primera vez, nadie tenía que demostrar su fuerza para recibir protección.
Años después nació nuestro primer hijo.
Cassian lloró cuando lo sostuvo por primera vez.
Recuerdo que lo observó durante varios minutos, maravillado por sus pequeñas manos.
Una tarde, mientras descansábamos junto a la chimenea, me contó que los viajeros del sur habían comenzado a llamarme la Reina de Ceniza y Hierro.
Me reí.
—¿De verdad necesitan inventarme un título?
Cassian me abrazó.
—Supongo que les cuesta creer que una mujer a la que nadie tomaba en serio haya cambiado la historia de dos reinos.
Miré a nuestro hijo, que dormía tranquilamente en su cuna.
No sabía si algún día podría transformarse.
Tampoco me importaba.
—Lo único que quiero es que nunca tenga que ganarse el derecho a ser amado.
Cassian me besó la frente.
Entonces comprendí algo que me habría parecido imposible aquella noche en Ironwood.
Había pasado gran parte de mi vida esperando que alguien me eligiera para sentir que valía la pena.
Pero mi verdadera libertad había comenzado mucho antes de conocer a Cassian.
Había comenzado cuando reuní el valor suficiente para abandonar un lugar donde no me querían.
La Diosa de la Luna me había destinado a un rey. Yo había elegido a un hombre que nunca necesitó una corona para reconocer mi valor.