Me entregaron como tributo al Rey Lobo… pero nadie sabía que yo pertenecía a una orden secreta entrenada para encontrarlo

Me entregaron como tributo al Rey Lobo… pero nadie sabía que yo pertenecía a una orden secreta entrenada para encontrarlo

PARTE 1

Cuando el carruaje cruzó las puertas de Blackthorne Keep, recordé la advertencia que había escuchado durante todo el viaje:

—Si el Rey Lobo te sonríe, reza. Si te acepta en silencio, corre.

Mi nombre es Evelyn Carter.

Para todos los presentes, yo era únicamente una joven Omega entregada como parte de un acuerdo político.

Esperaban verme llorar.

Esperaban que temblara.

No hice ninguna de las dos cosas.

Mientras el carruaje avanzaba, conté arqueros, memoricé torres y observé los puntos ciegos de las patrullas.

Era una costumbre que había aprendido mucho antes de que alguien empezara a llamarme Omega.

Entonces lo vi.

Damian Ashford.

El Rey Lobo estaba en lo alto de las escaleras del castillo, rodeado de guerreros.

Era enorme, silencioso y tenía unos ojos grises capaces de hacer sentir culpable incluso a alguien inocente.

Nuestros ojos se encontraron.

No me incliné inmediatamente.

Solo asentí con respeto.

Los nobles murmuraron.

Damian no dijo nada.

Pero vi algo extraño en su expresión.

Curiosidad.

Lo que nadie vio fue mi mano bajo la manga.

Allí escondía un viejo anillo de plata.

Sobre él estaba grabado un cuervo blanco.

El símbolo de una orden que había desaparecido de todos los registros reales años atrás.

Los Cazadores del Cuervo Blanco.

Yo había pertenecido a ellos.

Y Blackthorne no era un lugar al que hubiera llegado por casualidad.

Durante los días siguientes fingí ser exactamente lo que todos esperaban.

Una Omega tranquila.

Ayudaba en las cocinas.

Preparaba hierbas en la enfermería.

Conversaba con los sirvientes ancianos.

Pero Damian me observaba.

Notó que siempre escogía asientos desde donde pudiera ver las puertas.

Notó que reconocía pasos antes de que alguien entrara.

Notó también cuando atrapó accidentalmente mi atención un cuchillo que cayó en la armería.

Lo sujeté por el mango antes de que tocara el suelo.

Sin mirar.

—Buenos reflejos —comentó el capitán Rowan.

—Suerte.

Nadie pareció creerme.

Después llegó una noticia desde la frontera.

Una criatura enorme había aparecido cerca de los caminos comerciales.

Los testigos juraban que parecía un lobo, pero demasiado grande para ser natural.

Damian envió a sus mejores exploradores hacia el oeste.

Yo observé los pájaros.

Todos huían del bosque oriental.

Los soldados regresaron sin encontrar nada.

Más tarde descubrieron a la criatura muerta pacíficamente entre cedros del este.

Junto al cuerpo solo había unas huellas humanas alejándose bajo la lluvia.

Damian empezó a mirarme de otra manera.

No tenía pruebas.

Solo preguntas.

Entonces apareció un anciano viajero en el gran salón.

Yo estaba en la galería superior cuando levantó la mirada.

Su bastón cayó al suelo.

—El Cuervo Blanco…

Todo el salón quedó en silencio.

El hombre se arrodilló ante mí.

Damian descendió las escaleras.

—¿La conoces?

El anciano tragó saliva.

—Hace mucho tiempo.

Después habló de una orden que protegía aldeas olvidadas, cruzaba montañas que los ejércitos evitaban y desaparecía antes de recibir recompensas.

—Solo una persona recibió el anillo de plata del Cuervo Blanco.

Sentí el peso de aquel anillo bajo mi manga.

Damian lo notó.

Pero no me obligó a mostrarlo.

Días después me invitó a acompañar un convoy por los caminos del norte.

Durante el regreso, los pájaros dejaron de cantar.

Detuve mi caballo.

Sobre una cresta vi un reflejo metálico.

—Nos observan —susurré.

Varias figuras encapuchadas aparecieron en el camino.

Una levantó la mano.

En su manga había bordada un ala de cuervo con hilo plateado.

Por primera vez desde que llegué al castillo, perdí completamente la calma.

El extraño me miró.

Y pronunció las palabras que había temido escuchar durante años:

—Te hemos buscado durante demasiado tiempo.

PARTE 2

Bajé lentamente de mi caballo.

Damian y sus soldados permanecieron detrás de mí.

Los desconocidos no miraban al Rey Lobo.

Solo me miraban a mí.

—Deberían marcharse —dije.

El líder inclinó ligeramente la cabeza.

—Algunos caminos nunca terminan, Evelyn. Solo esperan.

Sentí un dolor antiguo abrirse dentro de mi pecho.

—Ese camino terminó para mí.

Durante unos segundos pensé que lucharían.

No lo hicieron.

El hombre se inclinó con respeto.

Después hizo una señal.

Todos desaparecieron entre los árboles.

El convoy continuó.

Nadie habló durante el resto del camino.

Pero cuando las torres de Blackthorne aparecieron frente a nosotros, supe que Damian ya no permitiría que mis secretos siguieran escondidos.

Esa misma noche recibí una invitación a la biblioteca occidental.

No había guardias dentro.

Solo Damian.

Cientos de libros antiguos nos rodeaban.

—El viajero te conocía —dijo.

No respondí.

—Los hombres del bosque también.

Su mirada descendió hacia mis mangas.

—Y sospecho que ese anillo que ocultas tiene algo que ver.

Podía continuar mintiendo.

Pero estaba cansada.

Saqué el anillo.

Lo puse sobre la mesa.

El pequeño cuervo plateado brilló bajo las velas.

—Perteneció al último comandante de los Cazadores del Cuervo Blanco.

Damian no lo tocó.

—Creía que habían desaparecido.

—Eso cree todo el mundo.

Le conté la verdad.

Nuestra orden nunca había conquistado territorios.

Protegíamos pueblos que no figuraban en los mapas.

Escoltábamos niños durante inviernos brutales.

Deteníamos conflictos antes de convertirse en guerras.

Nos enseñaban a leer bosques, seguir animales, detectar emboscadas y sobrevivir donde otros morían.

Entonces los poderosos comenzaron a temernos.

No porque quisiéramos gobernar.

Porque no podían controlarnos.

Los refugios fueron destruidos.

Los miembros de la orden se dispersaron.

Algunos adoptaron nuevos nombres.

Otros murieron.

Yo sobreviví porque abandoné el último santuario antes de su caída.

Damian escuchó todo en silencio.

—Pero eso todavía no explica por qué viniste aquí.

Miré el anillo.

Aquella era la parte que había deseado no contar jamás.

—Antes de marcharme recibí una última misión.

Damian esperó.

—Me dijeron que algún día el Rey Lobo se convertiría en la mayor amenaza para todos los reinos más allá de estas montañas.

Sus ojos se endurecieron ligeramente.

—¿Te enviaron para vigilarme?

Negué.

—Me entrenaron para encontrarte.

El silencio cambió.

—¿Y después?

Miré directamente a Damian.

—Decidir si debías seguir viviendo.

Cualquier otro rey habría llamado a sus guardias.

Damian únicamente preguntó:

—Entonces, ¿por qué nunca lo intentaste?

Mi respuesta salió sin esfuerzo.

—Porque las historias eran mentira.

Durante mi viaje hacia el norte había encontrado aldeas protegidas gratuitamente por sus soldados.

Había cruzado puentes que él ordenó reparar antes que ampliar su propio palacio.

Había conocido familias a las que su reino almacenaba alimentos durante los inviernos más duros.

Nada coincidía con el monstruo que me habían descrito.

—Cuando llegué a tus puertas —dije— ya sabía que no iba a cumplir aquella misión.

Damian observó el anillo.

—¿Por qué aceptaste venir entonces?

—Porque necesitaba ver la verdad con mis propios ojos.

—¿Y qué viste?

Pensé en el hombre que había enviado soldados para proteger comerciantes en lugar de cazar una criatura desconocida.

En el rey que me había observado durante semanas pero nunca había registrado mis habitaciones.

—Un hombre peligroso.

Una ceja se levantó.

—Eso no suena especialmente tranquilizador.

Casi sonreí.

—Peligroso para quienes amenazan a su gente. No para su gente.

Damian permaneció callado.

Después empujó el anillo nuevamente hacia mí.

—Entonces guárdalo.

No lo tomé inmediatamente.

—¿No vas a arrestarme?

—¿Por una misión que elegiste no cumplir?

—Entré en tu reino escondiendo mi identidad.

—Y desde entonces has protegido personas sin pedir nada.

Me sorprendió aquella respuesta.

Damian señaló el anillo.

—Tu pasado merece ser recordado. Pero no tiene derecho a convertirse en tu prisión.

Tomé lentamente la pieza de plata.

A la mañana siguiente, Damian convocó al consejo.

Nobles, capitanes, comerciantes y ancianos llenaron el gran salón.

Yo permanecí al fondo.

Esperaba que explicara mi verdadera identidad.

En cambio, descendió del trono y caminó directamente hacia mí.

—Cuando Evelyn Carter llegó aquí, algunos creyeron que era un tributo.

Varias personas bajaron la mirada.

—Otros creyeron que debían compadecerla.

Hizo una pausa.

—Y algunos comenzaron a temerla cuando descubrieron que no era quien esperaban.

Me miró.

—Todos estaban equivocados.

Sacó mi anillo.

Lo había limpiado cuidadosamente.

Pero no había borrado ninguna cicatriz del metal.

—La medida de una persona no es la historia que otros cuentan sobre ella.

Me ofreció el anillo.

—Es lo que decide hacer cuando nadie está mirando.

Lo acepté.

El capitán Rowan fue el primero en colocar el puño sobre su corazón.

Después los soldados.

Los ancianos.

Los comerciantes.

Incluso los sirvientes.

Nadie se inclinó porque yo hubiera pertenecido a una orden legendaria.

Lo hicieron por la mujer en que había decidido convertirme.

Por primera vez en años, dejé de sentir que estaba escondiéndome.

Más tarde, Damian y yo observábamos juntos las montañas cuando un lobo gris apareció frente a las puertas.

Llevaba una pequeña bolsa de cuero.

Dentro había una carta sellada con cera negra.

Damian la abrió.

Solo contenía dos frases:

“Las viejas mentiras han comenzado a derrumbarse.
Quienes las construyeron finalmente están moviéndose.”

Nos miramos.

Los hombres del bosque no habían venido simplemente para encontrarme.

Algo más estaba comenzando.

Pero esta vez yo ya no estaba sola.

La historia original termina con Evelyn públicamente reconocida por sus decisiones y con un nuevo mensaje que anuncia que las fuerzas responsables de las antiguas mentiras empiezan a moverse.

Apreté el viejo anillo del Cuervo Blanco.

Durante años había pensado que sobrevivir significaba huir de mi pasado.

Ahora entendía algo diferente.

No necesitaba destruirlo.

Tampoco debía obedecerlo.

Podía recordarlo…

y aun así escoger mi propio camino.

Damian miró hacia el horizonte.

—¿Crees que vendrán?

—Sí.

—¿Tienes miedo?

Pensé en todo lo que había dejado atrás.

Después miré al Rey Lobo.

—No.

Y por primera vez, aquella respuesta era completamente cierta.

Porque mi antigua orden me había entrenado para encontrar al hombre que supuestamente debía destruir.

Pero cuando finalmente lo encontré, descubrí que el verdadero enemigo nunca había sido el Rey Lobo.

Eran las mentiras que habían intentado convertirnos en enemigos antes siquiera de conocernos.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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