Me entregaron como esposa al Rey Alfa que todos llamaban monstruo… la primera noche hizo algo que cambió todo lo que yo creía sobre él

Me entregaron como esposa al Rey Alfa que todos llamaban monstruo… la primera noche hizo algo que cambió todo lo que yo creía sobre él

PARTE 1

La noche de mi boda con el Rey Alfa más temido del norte, cerré los ojos porque estaba segura de que iba a hacerme daño.

Él caminó hacia mí.

Yo retrocedí hasta tocar la pared.

Entonces ocurrió algo que ninguna de las historias que me habían contado había preparado para entender.

Rodrigo se detuvo.

Me miró durante varios segundos y dijo:

—No voy a tocarte si tú no quieres.

Me llamo Rosalía Ashford.

Llegué al Castillo Invierno como parte de un acuerdo que yo jamás había elegido.

Meses antes, varios señores del sur habían intentado enfrentarse a las manadas del norte.

Todo terminó mal.

Mi padre, Tristán, había participado en aquel conflicto y podía perderlo todo.

Mi hermano menor también estaba en riesgo.

Así que cuando apareció una propuesta para unir nuestras familias mediante matrimonio, mi padre aceptó.

Y yo fui enviada al norte.

Todo lo que sabía sobre Rodrigo Winterborn provenía de rumores.

Que era enorme.

Que podía transformarse en un lobo negro gigantesco.

Que sus enemigos preferían rendirse antes de verlo en el campo.

Que ninguna mujer humana podía sobrevivir mucho tiempo cerca de un hombre así.

Cuando lo vi por primera vez bajo la lluvia, entendí de dónde venían las historias.

Era alto, ancho de hombros y tenía viejas cicatrices en el rostro.

Sus ojos ámbar no parecían completamente humanos.

La ceremonia fue rápida.

Fría.

Sin alegría.

Después me condujeron a sus habitaciones.

Ahí fue cuando entré en pánico.

Pero Rodrigo cumplió su palabra.

Esa primera noche durmió junto al fuego.

Yo dormí sola en la cama.

La noche siguiente hizo lo mismo.

Y la siguiente también.

Pasaron semanas.

Cada mañana encontraba una taza caliente junto a mi mesa.

Nunca preguntaba quién la había dejado.

Sabía que era él.

Mi miedo comenzó a cambiar.

Primero en curiosidad.

Después en confianza.

El problema era que la manada no me quería.

Para muchos yo seguía siendo “la humana del sur”.

Una señal de debilidad.

Nadie lo decía con más claridad que Genoveva Arriaga.

Era una mujer Lykan de una familia importante.

Hermosa.

Fuerte.

Respetada.

Y todo el castillo sabía que antes de mi llegada ella esperaba terminar al lado de Rodrigo.

Una noche se burló de mí durante la cena.

Dijo que una mujer como yo jamás podría soportar un invierno del norte, mucho menos gobernar a una manada.

Rodrigo la obligó a detenerse.

Pero vi la mirada que Genoveva me lanzó después.

No era simple celos.

Era odio.

Tres días más tarde se celebró una antigua ceremonia de invierno.

Yo debía acercarme a una jaula donde mantenían a un enorme jabalí utilizado durante la tradición de caza.

Solo tenía que realizar un gesto simbólico frente a la manada.

Nada más.

Rodrigo quiso que yo no participara.

Me negué.

Estaba cansada de esconderme.

Caminé hacia la jaula.

Entonces escuché el sonido del seguro metálico.

La puerta se abrió.

El animal salió directamente hacia mí.

No tuve tiempo para reaccionar.

Vi una sombra negra pasar frente a mi rostro.

Rodrigo había cambiado de forma.

Su lobo se interpuso.

El choque fue rápido.

No quiero recordar los detalles.

Solo recuerdo que segundos después yo seguía intacta.

Rodrigo no.

Tenía una herida profunda en un costado.

Mientras los guardias corrían hacia nosotros, miré la puerta de la jaula.

El seguro no estaba roto.

Alguien lo había abierto.

Levanté la mirada.

Genoveva estaba entre los demás.

Muy pálida.

Rodrigo enfermó esa misma noche.

Los Lycans sanaban rápido.

Él no.

Tres días después, Baltasar, el médico más antiguo del castillo, me mostró algo extraño encontrado cerca de la herida.

Una sustancia verde.

Veneno para lobos.

El jabalí había sido preparado.

De pronto lo entendí.

Quien había abierto la jaula sabía que Rodrigo me protegería.

Si el animal me alcanzaba, el acuerdo entre norte y sur se rompería.

Si Rodrigo intervenía, el veneno lo debilitaría.

No había sido un accidente.

Era un plan para eliminar a ambos.

Le pedí a Baltasar que no dijera nada.

Luego llamé en secreto al capitán Gedeón.

Revisamos las habitaciones de Genoveva.

Durante casi una hora no encontramos nada.

Hasta que descubrí una piedra suelta junto a la chimenea.

Debajo había una pequeña caja.

Dentro había cartas.

Muchas.

Todas llevaban el sello de un noble del sur llamado Reginaldo de Oak Haven.

Leí la primera.

Después la segunda.

Mis manos comenzaron a temblar.

Genoveva había prometido provocar mi desaparición.

Reginaldo rompería el acuerdo y atacaría las fronteras.

Después, aprovechando que Rodrigo estaría débil o fuera del poder, ella reclamaría el liderazgo de Winterborn.

No quería simplemente quitarme a mi esposo.

Quería su corona.

En ese momento comenzaron a sonar las campanas del gran salón.

Un sirviente llegó corriendo.

—Mi reina… Lady Genoveva ha convocado al consejo. Dice que el rey está demasiado enfermo para gobernar y que esta noche pedirá ocupar su lugar.

Guardé las cartas bajo mi capa.

Respiré hondo.

Y por primera vez desde que había cruzado las puertas del Castillo Invierno, dejé de sentirme como la prisionera que habían enviado desde el sur.

Abrí las puertas del gran salón.

Doscientos lobos se volvieron hacia mí.

Genoveva estaba frente al trono.

Y yo llevaba en las manos la prueba capaz de destruir todo lo que había planeado.

PARTE 2

Caminé por el centro del salón sin apresurarme.

Genoveva me observó con una sonrisa.

Todavía creía que yo era la mujer asustada que había llegado semanas atrás.

—Este consejo es asunto de la manada —dijo—. Regresa con tu esposo.

Seguí caminando.

—Precisamente estoy aquí por mi esposo.

Llegué frente a los ancianos.

Saqué las cartas.

Las coloqué sobre la mesa.

—Antes de elegir un nuevo líder, quizá deberían saber quién envenenó al actual.

El salón quedó completamente en silencio.

La sonrisa de Genoveva desapareció.

El anciano Corino tomó la primera carta.

Reconoció el sello.

Leyó.

Luego otra.

Su rostro cambió.

Genoveva intentó interrumpirlo.

Ya era demasiado tarde.

Las cartas mostraban reuniones, fechas y pagos.

También describían el plan de la jaula.

Reginaldo había prometido soldados y apoyo político.

Genoveva había prometido acabar con el tratado, apartarme a mí y debilitar a Rodrigo.

El anciano levantó la vista.

—Esto es auténtico.

La sala explotó en murmullos.

Genoveva dio un paso atrás.

Después intentó una última mentira.

Dijo que yo había colocado las cartas en su habitación.

Que una humana del sur nunca debía ser creída por encima de una Lykan nacida en Winterborn.

Entonces Gedeón habló.

Había presenciado la búsqueda.

Baltasar confirmó el veneno.

Un herrero de la fortaleza reconoció además que alguien de la casa de Genoveva había solicitado una copia de la llave utilizada para asegurar la jaula.

La historia comenzó a derrumbarse alrededor de ella.

Genoveva miró hacia el trono vacío.

Y tomó una decisión desesperada.

Intentó salir.

Los guardias cerraron las puertas.

Antes de que alguien pudiera tocarla, una voz profunda resonó desde el fondo del salón.

—Déjenla.

Me giré.

Rodrigo estaba en la entrada.

Pálido.

Cansado.

Apoyado sobre Gedeón.

Pero de pie.

Todos inclinaron la cabeza.

Yo corrí hacia él.

—¿Qué haces aquí?

—Escuché que alguien estaba intentando robarme el trabajo.

A pesar de todo, casi me reí.

Rodrigo caminó lentamente hasta el centro.

No necesitó gritar.

Solo miró a Genoveva.

—¿Fue tuyo el plan?

Ella negó.

Luego culpó a Reginaldo.

Dijo que él la había manipulado.

Rodrigo miró las cartas.

—Tu firma aparece en demasiadas páginas.

Genoveva bajó la vista.

Finalmente dejó de negar.

Explicó que siempre había pensado que Winterborn terminaría siendo suyo.

Que una mujer humana había llegado y le había quitado el lugar que merecía.

Yo la observé.

—Nunca te quité nada.

Ella me miró con rabia.

—Te casaste con él.

—Porque mi familia necesitaba el acuerdo. Yo ni siquiera quería venir.

Aquella respuesta pareció desconcertarla.

Había construido todo su odio alrededor de una competencia que solo existía para ella.

El consejo tomó la decisión.

Genoveva perdió su rango y fue expulsada del círculo de liderazgo mientras se investigaba su conspiración con Reginaldo.

No hubo espectáculo.

No hubo castigo sangriento.

Solo consecuencias.

Rodrigo apenas llegó a sus habitaciones antes de volver a desplomarse por la fiebre.

Los días siguientes casi no dormí.

Baltasar consiguió controlar el veneno.

Yo permanecí junto a Rodrigo.

La primera vez que despertó completamente consciente, me encontró cambiándole una compresa fría.

—Podías haberte ido.

—¿A dónde?

—Al sur. Mientras yo estaba débil.

Dejé la tela a un lado.

—También podía haber dejado que Genoveva tomara el trono.

—Exactamente.

—No quise hacerlo.

Rodrigo me miró largo rato.

—¿Por el tratado?

Esa pregunta me hizo sonreír.

—No.

Algo cambió en sus ojos.

Pero no se acercó.

Incluso enfermo, siguió esperando.

Eso fue lo que finalmente rompió la última barrera entre nosotros.

Yo había pasado toda mi vida rodeada de hombres que tomaban decisiones por mí.

Mi padre decidió mi matrimonio.

Los nobles decidieron que yo era una garantía.

La manada decidió que yo era débil.

Rodrigo había sido el único hombre con suficiente poder para obligarme a casi cualquier cosa.

Y eligió no hacerlo.

Semanas más tarde caminamos juntos por el patio.

La nieve empezaba a derretirse.

Los miembros de la manada ya no apartaban la mirada cuando pasaba.

Algunos incluso me saludaban primero.

No porque Rodrigo lo hubiera ordenado.

Porque sabían quién había expuesto la conspiración mientras su rey estaba enfermo.

Una mañana llegó una carta desde el sur.

Reginaldo había sido detenido por su propia gente después de que se hicieron públicas las pruebas.

El acuerdo entre ambos territorios permanecería vigente.

La amenaza había terminado.

Por primera vez, yo podía regresar a casa si quería.

Se lo dije a Rodrigo esa noche.

Estábamos junto al fuego.

Exactamente donde él había dormido el día de nuestra boda.

—Ya no soy una rehén.

Rodrigo asintió.

—Nunca debiste serlo.

—Puedo volver al sur.

Su mandíbula se tensó.

Pero respondió:

—Sí.

—¿Y no vas a detenerme?

Me miró como si la pregunta le doliera.

—Si te quedas porque no te dejo salir, entonces nunca sabré si me elegiste.

Sentí un nudo en la garganta.

Me senté junto a él.

—Entonces ya lo sabes.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Que me quedo.

No habló.

Solo me miró.

—Pero quiero una condición.

—La que quieras.

—No quiero ser una reina decorativa.

Sus labios se movieron ligeramente.

—Eso ya quedó bastante claro.

A partir de entonces empecé a participar en el consejo.

No siempre estábamos de acuerdo.

Yo conocía el comercio del sur.

Rodrigo conocía a las manadas del norte.

Él pensaba en seguridad.

Yo pensaba en alimentos, rutas y familias.

Funcionábamos mejor juntos que separados.

Meses después, cuando el invierno terminó, el castillo celebró una segunda ceremonia.

No fue otra boda.

Fue mi reconocimiento oficial como reina por parte del consejo de Winterborn.

Esta vez no llegué temblando.

Caminé sola hasta el centro del salón.

Rodrigo estaba esperándome.

Al llegar frente a él, no extendió la mano.

Esperó.

Yo fui quien tomó la suya.

Esa noche regresamos a las mismas habitaciones donde todo había empezado.

Miré el lugar junto a la chimenea.

—Dormiste ahí durante casi un mes.

—Mi espalda todavía te culpa.

Me reí.

Rodrigo levantó una mano hacia mi rostro.

Se detuvo antes de tocarme.

Después de tantos meses seguía haciéndolo.

Esperando.

Preguntando sin palabras.

Yo cerré la distancia.

Fue la primera vez que lo besé porque quería hacerlo.

No porque hubiera un acuerdo.

No porque fuera mi esposo.

No porque alguien hubiera escrito nuestros nombres en un tratado.

Porque lo elegí.

Años después todavía escuché historias sobre aquel matrimonio.

Decían que una joven humana fue entregada al terrible Rey Lobo y consiguió convertirlo en un hombre.

Siempre odié esa versión.

Rodrigo nunca necesitó que yo le enseñara a ser humano.

Desde la primera noche demostró más humanidad que muchos de los hombres que me habían enviado hacia él.

La persona que realmente cambió fui yo.

Llegué al norte creyendo que ser valiente significaba no sentir miedo.

Estaba equivocada.

Valiente fue decir que no aquella primera noche.

Valiente fue confiar cuando tuve razones para hacerlo.

Valiente fue entrar sola a aquel gran salón con las cartas escondidas bajo mi capa.

Y valiente también fue quedarme cuando finalmente tuve libertad para marcharme.

Porque el amor que nace de una obligación sigue siendo una obligación.

Pero el amor que comienza después de que la puerta queda abierta…

ese sí es una elección.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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