Me deshice de aquel muñeco cuando tenía ocho años; décadas después un niño del hospital me lo devolvió
Me deshice de aquel muñeco cuando tenía ocho años; décadas después un niño del hospital me lo devolvió

PARTE 1
El día que David me entregó aquel muñeco en el hospital, casi lo dejé caer.
El niño estaba sonriendo porque finalmente podía regresar a casa.
Yo, en cambio, no podía dejar de mirar una pequeña marca en uno de los zapatos del juguete.
Ahí seguía escrito mi nombre.
Me llamo Sebastián y soy médico.
Para entender por qué aquel regalo me provocó tanto miedo, tengo que regresar a cuando yo tenía unos ocho años.
En una fiesta infantil vi por primera vez a un ventrílocuo.
El hombre hacía hablar a un muñeco de madera y yo quedé fascinado.
Durante meses les pedí a mis padres uno parecido.
No teníamos demasiado dinero, así que pensé que jamás me lo comprarían.
Pero aquella Navidad encontré una caja grande junto al árbol.
Dentro estaba el muñeco.
Tenía traje, zapatos negros, cabello pintado y una sonrisa demasiado perfecta.
Lo llamé Lalo.
Me convertí en un niño obsesionado con aprender ventriloquia.
Practicaba frente al espejo.
Lo sentaba conmigo para comer.
Lo llevaba a casa de amigos.
Incluso dormía con él junto a la almohada.
Una tarde regresé de la escuela y encontré a mi abuela paterna en la sala.
Nunca tuve una relación cercana con ella.
Era una mujer seria y, por alguna razón, mi mamá tampoco parecía sentirse cómoda cuando nos visitaba.
Ese día había otra señora con ella.
No la conocía.
Las dos tenían a Lalo entre las manos.
Cuando me vieron entrar, dejaron de hablar.
La desconocida me entregó el muñeco.
Me dijo que lo cuidara mucho y que nunca dejara de jugar con él.
Yo era un niño.
No vi nada extraño.
Tomé a Lalo y subí a mi habitación.
Después de aquella visita comenzaron las cosas que todavía hoy no puedo explicar del todo.
La primera ocurrió durante la madrugada.
Desperté, pero no podía moverme.
Años después aprendí que aquello tenía un nombre: parálisis del sueño.
En ese momento pensé que algo me estaba sujetando.
Solo podía mover los ojos.
Lalo estaba acostado a mi izquierda.
Lo miré.
Su boca comenzó a abrirse lentamente.
Yo sabía perfectamente cómo funcionaba aquel muñeco.
Sin una mano en su interior, la mandíbula no debía moverse.
Pero se abrió.
Después escuché un sonido bajo.
Como una respiración.
Quise gritar.
No pude.
En mi recuerdo, el muñeco llegó incluso a susurrarme algo relacionado con nuestra amistad.
De pronto recuperé el movimiento.
Salté de la cama y corrí hacia la habitación de mis padres.
Cuando volteé antes de salir, Lalo ya no estaba sobre la almohada.
Estaba en el piso.
Mis padres dijeron que había sido una pesadilla.
Yo también quise creerlo.
Empecé a dejar el muñeco lejos de mi cama.
Primero sobre una silla.
Luego en la sala.
Después dentro de un clóset.
Pero algunas mañanas aparecía nuevamente en mi habitación.
Mis padres pensaban que yo mismo lo movía mientras dormía.
Llegué a pensar que quizá tenían razón.
Hasta otra noche.
Volví a despertar sin poder moverme.
La puerta de mi habitación se abrió lentamente.
En medio de la oscuridad vi a Lalo en el suelo.
Parecía estar de pie.
Después comenzó a acercarse.
Sé que suena absurdo.
Era un muñeco que necesitaba una persona para caminar.
Pero en aquel momento lo vi avanzar hacia mi cama.
Escuché una risa pequeña.
Sentí miedo de verdad.
La sensación fue tan intensa que desperté de golpe.
Lalo estaba tirado junto a mi brazo.
Esa mañana rogué a mis padres que lo sacaran de la casa.
Mi papá finalmente aceptó.
Lo puso dentro de una bolsa oscura.
Nunca supe si lo regaló, lo vendió o simplemente lo tiró.
Lo importante era que Lalo había desaparecido.
O al menos eso pensé.
Durante varios años seguí soñando con él.
Siempre decía lo mismo de distintas maneras:
que no podía irse porque yo había sido su amigo.
Los sueños disminuyeron cuando crecí.
Al entrar a la universidad desaparecieron por completo.
Estudié medicina.
Formé una familia.
Tuve un hijo.
Y durante muchos años no volví a pronunciar el nombre de aquel muñeco.
Hasta que conocí a David.
Era un niño de 11 años que llevaba tiempo en tratamiento en el centro oncológico donde trabajo.
Todos nos encariñamos con él.
Después de meses de esfuerzo, sus estudios finalmente dieron buenas noticias.
Podía regresar a casa.
Antes de irse corrió hacia su mochila.
Me dijo que quería regalarme algo por haberlo acompañado durante todo el proceso.
Sacó un muñeco de ventrílocuo.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Era igual al juguete de mi infancia.
El niño me lo entregó.
Yo todavía intentaba convencerme de que solo era un modelo parecido.
Entonces lo giré.
Miré la suela de uno de sus zapatos.
Y debajo de años de desgaste todavía podía leerse una palabra escrita a mano:
Sebastián.
PARTE 2
Por unos segundos no escuché nada de lo que ocurría alrededor.
Una enfermera me preguntó si estaba bien.
Yo no podía responder.
Solo miraba aquel nombre.
Mi nombre.
Recordé perfectamente cuándo lo había escrito.
De niño había visto una película donde alguien marcaba sus juguetes para que siempre supieran a quién pertenecían.
Yo había hecho lo mismo con Lalo.
No existían dos marcas iguales.
No podía ser casualidad.
Miré a David.
—¿De dónde sacaste este muñeco?
El niño se encogió de hombros.
Me explicó que había llegado a sus manos tiempo atrás y que ya no lo quería.
No obtuve una respuesta clara.
Pregunté a su familia.
Tampoco sabían decirme con exactitud de dónde había salido.
Eso empeoró todo.
Habían pasado décadas desde que mi papá sacó aquel muñeco de nuestra casa.
Podía haber terminado en cualquier lugar.
¿Y ahora aparecía en el mismo hospital donde yo trabajaba?
En manos de uno de mis pacientes.
Intenté actuar con tranquilidad frente a David.
Le agradecí.
Cuando el niño se marchó, metí inmediatamente el muñeco en una bolsa.
No quería llevarlo a mi casa.
Ese mismo día me deshice de él.
No voy a decir dónde ni cómo, porque ni siquiera estoy seguro de que importe.
Solo quería volver a perderlo.
Esa noche llegué a casa más inquieto de lo que quería admitir.
Mi esposa notó que algo me pasaba.
Le conté una versión resumida.
Ella trató de tranquilizarme.
Dijo algo bastante lógico:
quizá era el mismo muñeco.
¿Y qué?
Los objetos pasan de una familia a otra.
Se venden.
Se regalan.
Terminan en mercados, bodegas y casas desconocidas.
México es enorme, sí.
Pero las coincidencias ocurren.
Yo quería aceptar esa explicación.
De hecho, como médico, era la explicación que necesitaba aceptar.
Siempre he sabido que la parálisis del sueño puede generar imágenes extremadamente reales.
Una persona puede escuchar voces.
Puede sentir una presencia.
Incluso puede creer que alguien está sentado junto a su cama.
Eso podía explicar mi infancia.
Pero no explicaba cómo aquel objeto había regresado.
Durante los siguientes días estuve esperando volver a soñar con Lalo.
No ocurrió.
Pasó una semana.
Después un mes.
Comencé a relajarme.
Pensé que quizá aquella historia finalmente había terminado.
Hasta que una tarde mi hijo de seis años estaba viendo televisión conmigo.
Sin dejar de mirar la pantalla me preguntó:
—Papá, ¿me compras un muñeco?
Pensé que hablaba de algún juguete que había visto en un comercial.
—¿Cuál?
Me explicó que quería uno de esos que tienen una boca grande y que puedes sentar sobre las piernas para hacerlo hablar.
Sentí nuevamente aquella presión en el pecho.
Nunca le había hablado de Lalo.
Mi esposa tampoco.
En nuestra casa no había muñecos de ventrílocuo.
Le pregunté dónde había visto uno.
Mi hijo respondió que no lo había visto en televisión.
Había soñado con él.
Intenté no mostrar miedo.
—¿Cómo era?
Comenzó a describirlo.
Traje oscuro.
Cabello pintado.
Zapatos negros.
Una sonrisa grande.
Podía tratarse de cualquier muñeco de ventrílocuo.
Hasta que dijo algo más.
En el sueño, el muñeco le había dicho que quería venir a nuestra casa.
No dormí bien esa noche.
Busqué explicaciones.
Tal vez mi hijo había escuchado una conversación entre mi esposa y yo.
Tal vez había visto algún muñeco parecido en internet.
Tal vez yo estaba relacionando cosas que no tenían relación porque el recuerdo de mi infancia seguía afectándome.
Todas son posibilidades razonables.
Y quiero dejar algo claro:
hasta hoy no puedo asegurar que aquel juguete tuviera nada sobrenatural.
Pudo existir una cadena improbable de coincidencias.
Los episodios de mi infancia pudieron ser parálisis del sueño.
Los sueños posteriores pudieron ser miedo infantil mal procesado.
Incluso el muñeco que recibió David pudo haber llegado casualmente hasta él después de pasar por muchas familias.
Pero existe una pregunta que sigo haciéndome.
¿Por qué tenía todavía mi nombre?
Mi hijo continúa creciendo.
Nunca le compré aquel muñeco.
Cuando me pide saber por qué, simplemente le digo que algunos juguetes no me gustan.
No necesito contarle todavía lo que ocurrió.
David siguió con su vida y esa es la parte buena de esta historia.
El niño salió adelante.
De vez en cuando recibo noticias de él.
Está bien.
Yo también sigo trabajando en el hospital.
Y durante el día casi nunca pienso en Lalo.
El problema son algunas noches.
Hace unos meses desperté porque escuché a mi hijo hablando desde su habitación.
Pensé que estaba despierto jugando.
Caminé hasta su puerta.
Seguía dormido.
Me quedé observándolo.
Entonces murmuró algo.
No entendí la primera frase.
La segunda sí.
—No te preocupes. Yo también quiero ser tu amigo.
Entré inmediatamente.
Encendí la luz.
No había nadie más.
Solo mi hijo.
Desde entonces reviso su habitación todas las noches antes de dormir.
Sé que probablemente no encontraré nada.
Pero hay una cosa que todavía no me atrevo a hacer:
mirar debajo de su cama.
Porque si alguna vez vuelvo a ver unos pequeños zapatos negros en la oscuridad, no sé cómo voy a explicarme que Lalo encontró el camino de regreso por tercera vez.