Me dejaron sola en una tormenta por ser “estéril”… semanas después regresé embarazada junto al Alfa más temido

Me dejaron sola en una tormenta por ser “estéril”… semanas después regresé embarazada junto al Alfa más temido

PARTE 1

La noche que mi propia manada me expulsó a la sierra, todos estaban convencidos de que yo no regresaría.

Lo peor no fue el frío.

Fue descubrir que el hombre con quien había compartido cinco años de mi vida llevaba meses preparando mi caída.

Y todavía no sabía que, mientras ellos me llamaban “inútil”, dentro de mí ya estaba creciendo la prueba de su mentira.

Me llamo Valeria Castañeda.

Durante años fui la compañera de Esteban Ríos, jefe de una antigua comunidad escondida entre los bosques de la Sierra Madre, al norte de Durango.

Para la gente de los pueblos cercanos éramos simplemente una familia rica dueña de grandes extensiones de tierra.

Pero entre nosotros existían reglas mucho más antiguas.

Éramos cambiaformas.

Manadas enteras habían vivido ocultas allí durante generaciones.

Cuando me uní a Esteban, pensé que había encontrado mi lugar.

Administraba los almacenes, ayudaba a las familias durante los inviernos difíciles y conocía prácticamente a todos por su nombre.

Pero pasaron los años y no quedé embarazada.

Al principio Esteban decía que no importaba.

Después llegaron los remedios.

Infusiones oscuras.

Raíces amargas.

Polvos que una curandera de confianza de su familia mezclaba cada mañana.

Me aseguraban que me ayudarían.

En realidad, cada vez me sentía peor.

Dormía demasiado.

Perdía fuerza.

Mi loba interior, que antes podía sentir con claridad, parecía alejarse un poco más cada semana.

Cuando intentaba explicar que algo no estaba bien, Esteban respondía que estaba obsesionada.

Hasta aquella tarde.

Entré al gran salón y encontré a toda la manada reunida.

Esteban estaba sentado al frente.

A su lado estaba Cecilia Aranda.

La mujer que durante meses me había dicho que tuviera paciencia.

La misma mujer cuya madre preparaba mis “tratamientos”.

Cecilia tenía una mano apoyada sobre el vientre.

No necesitaba preguntar nada.

Estaba embarazada.

Esteban anunció frente a todos que la culpa de nuestra falta de hijos era mía.

Dijo que Cecilia había demostrado que él podía tener descendencia.

Yo traté de explicar lo de las infusiones.

Nadie quiso escuchar.

Algunos bajaron la mirada.

Otros fingieron no conocerme.

Recuerdo especialmente a Teresa, una mujer a la que había acompañado durante una enfermedad meses antes.

No pudo mirarme a los ojos.

Esteban me quitó el collar que representaba mi posición dentro de la manada.

Después dijo que tenía hasta el anochecer para abandonar el territorio.

Afuera estaba comenzando una tormenta de nieve.

—No voy a sobrevivir allá afuera —le dije.

Su expresión ni siquiera cambió.

Entonces comprendí algo.

Eso era exactamente lo que esperaba.

Me echaron con el vestido que llevaba puesto, unas botas ligeras y nada más.

Caminé durante horas.

La nieve me llegaba casi a las rodillas.

Mis manos dejaron de doler después de un tiempo.

Eso me asustó más que el dolor.

Mientras avanzaba entre los pinos, empecé a pensar en algo ocurrido tres meses antes.

Habíamos asistido a una celebración en una propiedad neutral de la sierra.

Todos llevaban máscaras.

Esa noche yo me había sentido extraña.

Por primera vez en meses, mi loba había despertado.

No débil.

No enferma.

Desesperadamente alerta.

Salí al jardín para respirar y allí encontré a un hombre enorme usando una máscara plateada con forma de lobo.

Nunca vi su rostro.

Pero recuerdo sus ojos.

Dorados.

Y recuerdo algo todavía más extraño.

Su olor.

Pino húmedo y tierra después de una tormenta.

Sentí que lo conocía aunque jamás lo había visto.

Hablamos apenas unos minutos.

No ocurrió nada que entonces pudiera explicar con lógica.

Solo recuerdo sentir una conexión tan intensa que me asustó.

Antes de irme, aquel desconocido tomó mi mano.

Mi loba reaccionó por primera vez en años.

Después huí.

Nunca le conté a Esteban.

Pensé que había sido consecuencia de las medicinas.

Ahora, mientras avanzaba medio congelada entre los árboles, aquel recuerdo regresaba una y otra vez.

Finalmente mis piernas dejaron de responder.

Caí junto al tronco de un encino.

La nieve comenzó a cubrirme.

No sé cuánto tiempo pasó.

Entonces escuché pasos.

Después caballos.

Y finalmente un gruñido tan profundo que sentí la vibración en el suelo.

Abrí los ojos.

Varias figuras aparecieron entre la tormenta.

Hombres vestidos de negro avanzaban acompañados por enormes lobos.

En el centro venía un jinete que reconocí inmediatamente.

Rafael Montoro.

El hombre al que todas las manadas del norte llamaban el Rey Alfa.

Su reputación era suficiente para que incluso Esteban evitara pronunciar su nombre.

Rafael bajó del caballo y caminó hacia mí.

Pensé que iba a preguntarme qué hacía en sus tierras.

No lo hizo.

Se agachó.

Acercó el rostro al mío.

Respiró profundamente.

Y se quedó completamente inmóvil.

Sus ojos, normalmente grises, comenzaron a iluminarse de un tono dorado.

Me envolvió con su abrigo y ordenó llevarme de inmediato a su residencia.

Desperté horas después en una habitación caliente.

Un médico mayor estaba a mi lado.

Rafael permanecía de pie junto a la ventana.

El doctor me explicó que habían encontrado restos de plantas tóxicas en mi sangre.

No suficientes para acabar conmigo rápidamente.

Justo lo contrario.

Las cantidades eran pequeñas.

Habían sido administradas durante años.

Su función era debilitar a mi loba y evitar que pudiera concebir.

Sentí que me faltaba el aire.

—Entonces nunca fui estéril…

El médico negó lentamente.

Rafael se volvió hacia mí.

En ese momento volví a sentir aquel olor.

Pino.

Tierra mojada.

Tormenta.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

Miré sus ojos.

Dorados.

Exactamente como aquella noche.

—El hombre de la máscara… eras tú.

PARTE 2

Rafael no respondió de inmediato.

Simplemente se acercó a la cama y se sentó en la silla junto a mí.

—Sí.

Una sola palabra.

Pero fue suficiente para cambiar todo.

Le pregunté por qué nunca me había buscado.

Rafael explicó que aquella celebración se había realizado bajo una antigua regla de anonimato. Ningún invitado podía perseguir o investigar la identidad de otro participante después de abandonar la propiedad.

Él había respetado esa regla.

Hasta encontrarme inconsciente en la nieve.

—Te reconocí antes de ver bien tu rostro —me dijo—. Mi lobo recordó tu esencia.

Todavía intentaba procesarlo cuando el médico carraspeó suavemente.

Había algo más.

Lo miré.

Su expresión había cambiado.

Ya no parecía preocupado.

Parecía contener una sonrisa.

—Valeria, necesito que escuches esto con calma.

Sentí un nudo en el estómago.

El médico explicó que los venenos habían debilitado mi organismo, pero durante aproximadamente tres meses algo había comenzado a neutralizar parte de sus efectos.

Me quedé mirándolo.

Tres meses.

La fiesta.

El jardín.

Rafael.

Entonces comprendí antes de que terminara.

Instintivamente puse una mano sobre mi vientre.

—No puede ser.

El médico confirmó que sí.

Estaba embarazada.

Sentí que todo a mi alrededor desaparecía.

Cinco años escuchando que yo era el problema.

Cinco años soportando miradas de lástima.

Cinco años tomando sustancias que me estaban enfermando.

Y todo había sido una mentira.

Pero quedaba una pregunta.

—¿De quién?

El médico miró a Rafael.

Ya conocía la respuesta.

El hijo era suyo.

Rafael me explicó algo aún más extraño.

La sangre de las líneas alfa más antiguas tenía una fuerza difícil de neutralizar. El embarazo probablemente había sido la razón por la que mi cuerpo comenzó a resistir el veneno.

Quizá también había contribuido a que soportara tantas horas en el frío.

Me puse a llorar.

No de alegría.

Al menos no inmediatamente.

Lloré por todo el tiempo que me habían robado.

Rafael no intentó detenerme.

No prometió castigos.

No me dijo qué debía hacer.

Eso fue lo primero que me hizo confiar en él.

—Cuando estés recuperada —dijo— tú decidirás qué ocurre después.

Durante las semanas siguientes expulsaron lentamente las sustancias de mi organismo.

Cada día recuperaba un poco de fuerza.

Después ocurrió algo que había olvidado por completo.

Volví a sentir a mi loba.

La primera noche que despertó dentro de mí terminé sentada en la cama, temblando y riéndome al mismo tiempo.

No estaba rota.

Nunca lo había estado.

Mientras yo me recuperaba, comenzaron a llegar noticias de la antigua manada.

Sin mí controlando los almacenes, habían calculado mal las reservas del invierno.

La comida escaseaba.

Varias familias estaban abandonando las tierras.

Esteban, en lugar de reconocer sus errores, culpaba a todos los demás.

Rafael quería ir personalmente.

Cuando escuché que sus hombres preparaban una intervención, fui a buscarlo.

—No quiero una guerra.

Me observó en silencio.

—Entonces dime qué quieres.

La respuesta me sorprendió incluso a mí.

—Quiero regresar.

No para quedarme.

Para hablar.

Semanas después volvimos al valle.

No llegamos escondidos.

Docenas de representantes de las manadas del norte nos acompañaban.

Cuando atravesamos las puertas, cientos de personas salieron al patio.

Vi a Esteban.

También a Cecilia.

Por primera vez parecían asustados.

Yo había cambiado.

Ya no estaba pálida.

Mi loba estaba despierta.

Y debajo de mi abrigo comenzaba a notarse claramente mi embarazo.

Esteban me miró como si estuviera viendo a alguien que había regresado de otro mundo.

—Eso es imposible.

Caminé hasta quedar frente a él.

No grité.

No necesitaba hacerlo.

Expliqué lo que el médico había encontrado.

Las plantas utilizadas.

Las cantidades.

Los meses de intoxicación.

Rafael había llevado además a dos especialistas independientes que confirmaron el mismo resultado.

Entonces ocurrió algo inesperado.

La madre de Cecilia intentó escapar del salón.

Uno de los ancianos la detuvo.

Revisaron su habitación.

Encontraron bolsas con las mismas raíces y plantas que yo había consumido durante años.

Cecilia comenzó a llorar.

Finalmente confesó.

Ella y Esteban llevaban mucho tiempo juntos.

Necesitaban una razón para apartarme sin perder el apoyo de la manada.

Si simplemente me abandonaba, muchas familias habrían cuestionado a Esteban.

Pero si todos creían que yo no podía darle un heredero, podían convertirlo en una “necesidad”.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

La gente empezó a entender algo más.

Mientras ellos me culpaban, yo había sido quien llevaba las cuentas, organizaba los alimentos y mantenía funcionando buena parte de la comunidad.

Esteban no solo había traicionado a su compañera.

Había perjudicado a todos para proteger su mentira.

Entonces Rafael dio un paso al frente.

Pensé que anunciaría un castigo.

En cambio, hizo algo que nunca olvidaré.

Me miró.

—Esta decisión no me pertenece.

Por primera vez en muchos años, todos esperaron mi respuesta.

No pedí que Esteban sufriera.

Pedí que dejara el liderazgo.

Los ancianos estuvieron de acuerdo.

También ordené que las reservas traídas por Rafael fueran entregadas primero a las familias que habían pasado hambre durante el invierno.

Esteban y Cecilia abandonaron las tierras semanas después.

Nunca volví a verlos.

Yo tampoco me quedé allí.

Regresé con Rafael.

No porque estuviera esperando a su hijo.

Y tampoco porque él fuera el alfa más poderoso del norte.

Volví porque, después de años de vivir entre personas que decidían por mí, él había sido el primero que siempre preguntaba qué quería yo.

Meses después nació nuestra hija.

Una niña sana con ojos grises que se volvían dorados cuando se enojaba.

Rafael decía que había heredado eso de él.

Yo no estaba tan segura.

Años más tarde encontré entre los documentos de mi padre una carta antigua.

Estaba fechada décadas antes de mi nacimiento.

Mencionaba a una mujer de nuestra familia que había presentado exactamente los mismos ojos.

Según la carta, aquella mujer había desaparecido en la Sierra Madre después de enamorarse de un hombre perteneciente a la familia Montoro.

Nunca pude averiguar toda la verdad.

Quizá mi encuentro con Rafael no había sido una casualidad.

Quizá nuestras familias ya se habían encontrado antes.

Solo sé que el día que me echaron a la nieve, Esteban creyó que estaba cerrando para siempre la historia de una mujer que consideraba defectuosa.

En realidad, estaba empujándome directamente hacia la vida que siempre me habían impedido descubrir.

Y algunas noches, cuando nuestra hija mira hacia las montañas y sus ojos se vuelven completamente dorados, todavía me pregunto cuántos secretos de nuestra sangre siguen esperando allí afuera.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward