Los tres lobos guerreros reales hirieron a todos los entrenadores hasta que traje cuerdas y los traté como cachorros.

Los tres lobos guerreros reales hirieron a todos los entrenadores hasta que traje cuerdas y los traté como cachorros.

PARTE 1

La noche en que me ordenaron entrar al foso de los lobos reales, todos pensaron que estaba firmando mi propia sentencia.

Los mejores entrenadores del reino habían fallado antes que yo.

Algunos entraron con armaduras, otros con armas especiales y otros con años de experiencia domando criaturas peligrosas. Ninguno logró salir igual.

Pero yo bajé esas escaleras llevando solamente una cuerda vieja y un poco de carne seca en una bolsa.

Mi nombre es Genevieve, y durante muchos años fui conocida como “la hija del cuidador de perros”.

No pertenecía a la nobleza. No tenía un título importante. No había nacido en un castillo ni aprendido las reglas de la corte.

Mi lugar siempre había estado en las caballerizas, limpiando establos y cuidando animales que otros consideraban inferiores.

Mi padre fue el antiguo encargado de los perros reales. Desde pequeña aprendí algo que muchos nobles nunca entendieron:

Un animal peligroso no siempre es un animal malvado.

A veces solo es un ser asustado que ya no sabe cómo volver a confiar.

Por eso, cuando miré hacia el enorme foso de piedra debajo del palacio, no vi monstruos.

Vi tres criaturas perdidas.

El reino de Ethelgard tenía una antigua tradición. Algunos miembros de la familia real podían transformarse en enormes lobos guerreros durante las batallas.

Eran considerados la defensa más poderosa del reino.

Pero después de una guerra brutal en la frontera, tres de ellos quedaron atrapados en su forma animal.

Arthur, el más grande de los tres, tenía el pelaje negro como la noche y unos ojos dorados que parecían atravesarte.

Ronan era gris y veloz, famoso por su inteligencia.

Kyle tenía el pelaje rojizo y caminaba de un lado a otro sin detenerse, como si buscara una salida que nunca encontraba.

Durante semanas permanecieron encerrados.

Los consejeros del rey estaban desesperados.

Decían que ya no quedaba nada humano dentro de ellos.

Pero yo no estaba de acuerdo.

Había observado sus movimientos durante días.

Arthur protegía a los otros dos cuando dormían.

Ronan buscaba objetos para morder cuando estaba nervioso.

Kyle caminaba sin descanso porque necesitaba liberar toda la energía acumulada.

No estaban buscando destruir.

Estaban sufriendo.

Sin embargo, nadie quería escucharme.

—Son bestias —me dijo Lord Wyatt, el consejero del rey, mientras observaba el foso desde arriba—. Si no puedes controlarlos antes de la luna llena, serán eliminados.

Sentí un frío en el pecho.

No por miedo a los lobos.

Por miedo a lo que los humanos estaban a punto de hacer.

—Ellos no necesitan castigos —respondí—. Necesitan que alguien los entienda.

Wyatt soltó una pequeña risa.

—Entonces baja y demuéstralo.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Si fallaba, desaparecería el problema para siempre.

Yo sería culpada por no haber podido salvarlos.

Pero acepté.

Solo puse una condición:

Nadie entraría conmigo.

Sin armas.

Sin gritos.

Sin cadenas.

Cuando llegó el momento, caminé hacia la puerta de hierro del foso.

Mis manos temblaban un poco, pero seguí adelante.

No llevaba una espada.

No llevaba una armadura.

Solo una cuerda gruesa utilizada para transportar cargas pesadas y una bolsa llena de carne seca.

Cuando la puerta se abrió, el sonido del metal retumbó por toda la habitación.

Los tres lobos dejaron de moverse.

El silencio fue absoluto.

Arthur levantó la cabeza lentamente.

Sus ojos se clavaron en mí.

Después comenzó a avanzar.

Cada paso suyo hacía vibrar el suelo.

Los guardias arriba prepararon sus armas.

Yo levanté una mano para detenerlos.

Arthur llegó frente a mí.

Abrió sus enormes mandíbulas.

Esperaba que corriera.

Esperaba que gritara.

Pero hice algo que nadie había intentado antes.

Suspiré y lo miré directamente.

—Ya basta de actuar como un cachorro malhumorado.

Por un segundo, el enorme lobo pareció confundido.

Entonces lancé la cuerda hacia él.

No para golpearlo.

Para jugar.

Arthur la mordió por instinto.

Y cuando intentó tirar de ella, yo sujeté el otro extremo.

Durante treinta días había visto a todos tratarlo como una amenaza.

Yo hice algo diferente.

Lo traté como alguien que todavía podía elegir.

El gran lobo negro tiró con fuerza.

Yo casi caí al suelo.

Pero no solté la cuerda.

Entonces ocurrió algo extraño.

Por primera vez en semanas…

Arthur dejó de gruñir.

Y sus ojos cambiaron.

Como si, por un instante, recordara quién era realmente.

Pero justo cuando pensé que había encontrado la manera de romper la maldición, una luz azul comenzó a cubrir todo el foso…

Y los tres lobos empezaron a transformarse.

PARTE 2

La luz aumentó hasta que tuve que cerrar los ojos.

Escuché un sonido extraño, como si una fuerza invisible estuviera rompiendo una prisión que había estado cerrada durante demasiado tiempo.

Cuando finalmente pude mirar de nuevo, los tres lobos habían desaparecido.

En su lugar había tres hombres arrodillados sobre la arena.

Ronan fue el primero en reaccionar.

Miraba sus manos como si nunca las hubiera visto.

Kyle simplemente cayó de espaldas, agotado, con lágrimas en los ojos.

Pero mi atención se quedó en Arthur.

El enorme lobo negro ahora era un hombre.

Seguía teniendo esos mismos ojos dorados.

La misma presencia que hacía que todos retrocedieran.

Pero ya no había rabia.

Solo había alivio.

—Treinta y dos días… —susurró—. Treinta y dos días atrapado en la oscuridad.

Me miró como si no pudiera entender lo que había ocurrido.

—Y tú me devolviste mi mente con una cuerda.

No supe qué responder.

Yo solo había hecho lo que mi padre me enseñó desde niña.

Escuchar antes de intentar dominar.

La noticia recorrió todo el reino.

La joven cuidadora que nadie respetaba había logrado lo que los grandes maestros no pudieron.

El rey me nombró protectora de la guardia real.

Mi vida cambió completamente.

Pero no todos estaban felices.

Lord Wyatt observaba mi ascenso con una sonrisa falsa.

Él había perdido el control de la situación.

Y yo todavía no sabía que estaba escondiendo un secreto.

Una semana después, mientras cuidaba a los antiguos perros del palacio, escuché pasos detrás de mí.

Era Arthur.

Ya no era la criatura salvaje del foso.

Ahora era un duque respetado.

Pero todavía tenía esa mirada intensa que recordaba al lobo.

—Sigues pasando más tiempo con animales que con nobles —me dijo.

Sonreí.

—Los animales suelen ser más sinceros.

Arthur se acercó y me entregó un pequeño paquete.

Dentro había una pulsera de plata.

Pero no era una joya común.

El diseño imitaba exactamente la cuerda que había usado aquel día.

—¿Por qué una cuerda? —pregunté.

Arthur respondió:

—Porque esa cuerda no me atrapó.

Me encontró.

Pensé que ese sería el comienzo de una nueva vida.

Me equivoqué.

A la mañana siguiente desperté con soldados entrando en mi habitación.

Lord Wyatt estaba detrás de ellos.

Tenía una pequeña botella negra en la mano.

—Genevieve, estás acusada de traición y de haber creado la maldición que casi destruyó a la familia real.

No podía creerlo.

Debajo del suelo de mis antiguas habitaciones habían encontrado una sustancia relacionada con la magia que había afectado a Arthur y los otros.

Era una mentira.

Una trampa.

Pero Wyatt había elegido el momento perfecto.

El rey estaba fuera del castillo.

Arthur y los otros duques estaban lejos.

Nadie podía detenerlo.

Fui encerrada y llevada al patio de ejecución.

Mientras caminaba hacia el lugar donde pensaban acabar conmigo, entendí algo:

Wyatt nunca quiso salvar a los lobos.

Él había provocado todo.

Pero cuando yo rompí la maldición, arruiné sus planes.

Ahora necesitaba eliminarme.

Me obligaron a arrodillarme.

El cielo comenzaba a oscurecer.

El verdugo levantó su arma.

Cerré los ojos.

Y entonces escuché algo.

Un sonido que hizo detenerse a todos.

Un aullido.

No era un aullido común.

Era el sonido de alguien que había cruzado todo el reino porque sabía que yo estaba en peligro.

Las enormes puertas del castillo se abrieron de golpe.

Todos miraron hacia la entrada.

Arthur estaba allí.

Pero esta vez no había perdido el control.

No era una bestia confundida.

Era un guerrero consciente.

Detrás de él venían Ronan y Kyle.

Los tres habían regresado.

Arthur caminó hacia mí sin mirar a nadie más.

Y antes de que pudiera alcanzarme, volvió a transformarse.

No para atacar.

Sino para demostrar que ya no era esclavo de aquella maldición.

Cuando volvió a su forma humana, cayó frente a mí y rompió las cadenas de mis manos.

—Te encontré —susurró.

Por primera vez desde que entré al foso, dejé de ser fuerte.

Y lloré.

El engaño de Wyatt fue descubierto al día siguiente.

Había sido él quien había provocado la tragedia para debilitar al reino.

El rey limpió mi nombre y castigó al verdadero responsable.

Pero yo nunca olvidé aquel día.

Porque aprendí que incluso la criatura más temida puede esconder una historia que nadie se tomó el tiempo de escuchar.

Tiempo después, cuando caminé hacia el altar junto a Arthur, todavía llevaba aquella pulsera de plata.

La misma cuerda que había usado para salvarlo.

Porque algunos vínculos no nacen de la fuerza.

Nacen cuando alguien decide mirar más allá del miedo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward