Los SEAL Creían que Su Capitán Había Desaparecido para Siempre… Hasta que una Legendaria Francotiradora Regresó con Él

Los SEAL Creían que Su Capitán Había Desaparecido para Siempre… Hasta que una Legendaria Francotiradora Regresó con Él

La radio apenas se entendía entre la estática y los disparos.

—Flecha Rota, repito…

Después, solo quedó el silencio.

A cientos de metros, Naomi Concaid observaba cómo el humo cubría la posición del capitán John Hayes. Cuando llegó el helicóptero de extracción, todos esperaban que subiera. Ella tenía otra idea.

Las montañas Spin Ghar, entre Afganistán y Pakistán, no perdonaban errores. El frío atravesaba los uniformes y el aire escaseaba a esa altura. Para el equipo SEAL de Hayes, era una zona peligrosa más. Esa noche, se convirtió en una trampa.

La misión consistía en capturar a Fahud Alcazim, un traficante de armas escondido en un complejo de adobe junto a un barranco. La información aseguraba que encontrarían unos cuantos milicianos. Desde una ladera opuesta, Naomi vigilaba la entrada con su rifle de precisión.

Era la primera mujer que había superado la selección de francotiradores de su unidad y obtenido su tridente. Durante años tuvo que demostrar que merecía estar allí. Hayes nunca dudó de ella. Cuando alguien cuestionó su capacidad, él respondió que no necesitaba que cargara un camión: necesitaba que acertara a un blanco diminuto a gran distancia. Y Naomi lo hacía mejor que cualquiera.

—Viper Actual, aquí Ghost —susurró por la radio—. Tres centinelas en el muro este y uno junto al arma pesada. Tienen vía libre.

La entrada debía ser rápida y precisa. En cuanto derribaron las puertas, el complejo respondió con fuego desde posiciones ocultas. La inteligencia había sido falsa: decenas de hombres armados esperaban en túneles bajo el edificio.

—¡Emboscada! ¡Retirada! —ordenó el jefe Mitchell Donovan.

Naomi comenzó a cubrir al equipo desde la ladera. Cambiaba de posición, apuntaba y disparaba para abrirles un corredor mientras Hayes intentaba sacar a sus hombres del patio. Donovan estaba herido y Sanderson tenía una pierna lastimada. Los refuerzos no llegarían pronto y los helicópteros no podían aterrizar mientras el fuego enemigo cubriera la zona.

Hayes tomó una decisión. Ayudó a Donovan a avanzar hacia un desfiladero y luego volvió en dirección contraria para atraer a los atacantes. Si lograba alejarlos, sus compañeros podrían escapar.

—Capitán, retroceda —le pidió Naomi por radio.

—Sube al helicóptero, Ghost. Es una orden.

Su voz sonaba demasiado tranquila. Naomi conocía ese tono: Hayes ya había aceptado que quizá no regresaría.

Entonces un cohete golpeó la roca que lo protegía. La explosión levantó una nube de polvo que ocultó toda la posición. Cuando el humo se despejó, Hayes había desaparecido.

—Flecha Rota —alcanzó a decir él por la radio.

Se oyó un golpe sordo. Luego, nada.

Los helicópteros llegaron y dieron cobertura al equipo. Donovan, Sanderson y los demás alcanzaron la zona de extracción. Desde su posición, Naomi vio a varios hombres arrastrar un cuerpo inmóvil desde el lugar de la explosión hacia la entrada de una cueva.

El operador de radio la llamó:

—Ghost, responde. El helicóptero está esperando. Tienes un minuto.

Si subía, el mando daría por muerto a Hayes y atacaría la cuadrícula al amanecer. Si se quedaba, estaría sola, herida por el terreno y sin saber cuántos enemigos encontraría bajo la montaña.

Naomi se quitó el auricular. El helicóptero seguía esperándola.

Ella miró una vez más hacia la cueva y dejó caer el cable de radio sobre la piedra.

Parte 2

El helicóptero se fue sin ella. Naomi guardó el rifle y se internó en las sombras de la montaña.

Durante los siguientes tres días evitó entrar a ciegas en los túneles. Buscó respiraderos y salidas de aire caliente, observó los movimientos del enemigo y siguió el rastro de quienes habían llevado a Hayes. Sobrevivía con nieve derretida y unas cuantas raciones, mientras el frío le agrietaba los labios y le entumecía las manos.

En la base, el comandante Harrison ya preparaba las cartas de notificación. Donovan, con el brazo vendado, se negó a creer que Naomi hubiera muerto.

—Si dejó de responder, tuvo una razón —dijo.

Pero el mando decidió que había desobedecido la orden de regresar y que tanto ella como Hayes estaban perdidos.

Naomi encontró la salida de los túneles en un antiguo depósito de suministros soviético, construido dentro de un cañón. Desde una depresión cubierta con su traje de camuflaje, vigiló el campamento durante horas. Contó guardias, estudió los turnos y localizó a Hayes.

Lo tenían atado frente a un contenedor, herido y apenas capaz de mantenerse en pie. Alcazim preparaba una grabación para mostrarlo como prisionero. Naomi sabía que no podía pedir un ataque aéreo sin poner en peligro al capitán. Tampoco podía acercarse con tantos guardias alrededor.

Esperó el instante adecuado. Cuando el hombre que sostenía la cámara se colocó frente a Hayes, Naomi disparó. La cámara cayó y el campamento se desordenó. Desde su escondite, siguió haciendo disparos precisos contra los puestos de vigilancia y obligó a los hombres a cubrirse sin saber de dónde venía el ataque.

Alcazim sujetó a Hayes y lo arrastró hacia un contenedor. Naomi cambió de posición para no perderlo de vista, pero una tormenta de arena descendió sobre el cañón. La visibilidad se redujo a unos cuantos pasos.

El enemigo dejó de disparar. Naomi comprendió que Alcazim habría notado que la francotiradora ya no atacaba desde la ladera. Ahora debía decidir entre quedarse a salvo o avanzar hacia el campamento antes de que la tormenta terminara.

Guardó el rifle de precisión, tomó su carabina y bajó.

Usó el ruido del viento para acercarse sin ser vista. A mitad del campamento encontró el contenedor. Por una abertura alcanzó a distinguir a Hayes, atado a una silla, con un chaleco explosivo conectado a un detonador que Alcazim mantenía en la mano.

No bastaba con abrir la puerta. Si el comandante soltaba el dispositivo, Hayes podía morir.

Naomi necesitaba una distracción. Cerca del almacén vio un vehículo armado junto a bidones de combustible. Lanzó una granada hacia la pila de suministros y se apartó. La explosión iluminó el cañón y obligó a los guardias a dispersarse.

Naomi llegó hasta el contenedor mientras el enemigo buscaba refugio. Alcazim asomó la cabeza para ver qué había ocurrido. Ella lo sujetó antes de que pudiera accionar el detonador y lo inmovilizó contra una pared, manteniendo el dispositivo bajo control.

—Ghost —murmuró Hayes, apenas consciente—. Desobedeciste una orden directa.

—Me encargaré del castigo después, capitán.

Naomi revisó los cables del chaleco. Hayes le advirtió que el mecanismo estaba preparado para detonar si cortaba el cable equivocado. Afuera, los guardias empezaban a reorganizarse. Los disparos golpeaban las paredes metálicas.

Ella siguió el cableado hasta encontrar la conexión principal. Cortó el cable azul. El temporizador se apagó.

Naomi liberó a Hayes. Él tenía una pierna lastimada, pero podía sostener un arma. Juntos salieron del contenedor y avanzaron hasta un camión de transporte estacionado detrás de la cocina. Naomi condujo mientras Hayes cubría la retirada.

Cuando ya estaban en el camino de montaña, ella encontró una radio satelital en el equipo de Alcazim.

—Centro de operaciones, aquí Ghost. El paquete está asegurado. Repito: el paquete está asegurado. Necesitamos apoyo inmediato.

Al principio respondió solo la estática. Luego la voz del comandante Harrison atravesó la radio.

—Ghost, ¿eres tú, Concaid? ¿Cuál es tu situación?

—Conduzco un camión robado por el paso Spin Ghar. El capitán Hayes está conmigo. Está herido, pero vivo.

En la base, Donovan tomó el micrófono.

—Naomi, te escuchamos. Los helicópteros van en camino. Aguanten.

Minutos después, helicópteros de apoyo aparecieron sobre el valle y obligaron a los perseguidores a detenerse. Los equipos de rescate aterrizaron en una cresta despejada. Hayes subió apoyándose en Naomi, y ella fue detrás de él.

Durante el vuelo, él la miró con cansancio.

—Eres una terca, Concaid.

—Aprendí del mejor, capitán.

Cuando regresaron a la base, Naomi seguía agotada y cubierta de polvo, pero ya no era un fantasma. Había regresado con Hayes.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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