Los cachorros huérfanos seguían al Omega a todas partes… hasta que el Rey Alfa los siguió y descubrió por qué.

Los cachorros huérfanos seguían al Omega a todas partes… hasta que el Rey Alfa los siguió y descubrió por qué.

PARTE 1

Durante casi un año robé comida de la cocina del lugar donde trabajaba.

Nunca fue para mí.

Lo hacía para tres niños que vivían escondidos en el bosque.

Lo más extraño es que, según los registros oficiales, dos de ellos llevaban meses muertos.

Me llamo Saraphina Reyes, aunque casi todos me decían Sarah.

Tenía veintidós años y trabajaba limpiando pisos, cocinas y oficinas en la residencia principal de la Manada Cresta de Obsidiana, una comunidad aislada entre los bosques de la Sierra Madre.

Yo era Omega.

En nuestro mundo eso significaba estar hasta abajo de la jerarquía.

Si hacía bien mi trabajo, nadie me veía.

Y eso me convenía.

Cada martes, jueves y domingo esperaba hasta que terminara la cena de los rangos altos.

Cuando la cocina quedaba vacía, recogía pan, carne o fruta que de todas formas terminarían en la basura.

Sabía dónde estaban las cámaras.

También sabía dónde no alcanzaban a grabar.

Escondía la comida debajo del uniforme y salía por la puerta de servicio.

Después cruzaba una parte dañada de la cerca y caminaba unos veinte minutos dentro del bosque.

Esa noche llevaba pan y carne fría.

Llegué hasta un viejo roble y murmuré:

—Ya estoy aquí.

Tres pequeñas figuras aparecieron entre los árboles.

Miller tenía nueve años.

Toby, siete.

June apenas cuatro.

Estaban sucios, demasiado delgados y siempre atentos a cualquier ruido.

Miller nunca soltaba un palo que había afilado como si fuera una lanza.

June corrió hacia mí.

Le di primero un pedazo de pan.

Después repartí la carne.

Les dije que yo ya había cenado.

Era mentira.

Podía sentir mi propio estómago vacío mientras los veía comer.

Pero prefería pasar hambre a verlos así.

Los tres deberían haber vivido en el orfanato de la manada.

Ahí estaba el problema.

Habían escapado.

Y yo sabía por qué.

Había trabajado limpiando ese edificio durante unos meses.

Escuché cosas.

Vi puertas que nunca debían estar cerradas.

Vi a niños desaparecer de una habitación y aparecer después con versiones diferentes sobre dónde habían estado.

El encargado de todo era Silas Mercer.

Beta de la manada.

Segundo hombre más poderoso después del Alpha King.

Cuando Miller huyó, me encontró una noche mientras yo sacaba la basura.

Me contó suficiente para que entendiera que devolverlo podía ser peor.

Después encontramos a Toby.

Luego a June.

Así empezó todo.

Ellos vivían en una pequeña cueva.

Yo les llevaba comida, ropa vieja y medicamentos cuando podía.

Pensaba que nadie lo sabía.

Me equivocaba.

Aquella misma noche, mientras repartía la comida, escuché una voz detrás de mí.

—Saraphina Reyes.

Se me congeló el cuerpo.

Era Kalin Sterling.

El Alpha King.

El hombre que controlaba Cresta de Obsidiana.

Alto, serio, casi siempre silencioso.

Yo había limpiado su oficina muchas veces.

Jamás habíamos tenido una conversación.

Los niños reaccionaron como si hubieran ensayado ese momento.

Miller agarró a June.

Toby corrió hacia un túnel escondido bajo ramas.

Yo me puse frente a ellos.

Kalin ordenó que nadie se moviera.

Los niños se quedaron paralizados.

Yo caí de rodillas.

Confesé que había robado la comida.

Le dije que los niños no tenían culpa.

Estaba segura de que me expulsaría.

Pero Kalin no miraba la comida.

Miraba a Miller.

—Tú deberías estar muerto.

El niño palideció.

Kalin explicó que había visto su expediente.

Según Silas Mercer, Miller había muerto meses atrás por una enfermedad pulmonar.

Después miró a June.

Ella también aparecía como fallecida en los registros.

Kalin volvió los ojos hacia mí.

—¿Por qué están vivos?

No respondí.

—¿Y por qué viven aquí si yo destino dinero todos los meses para mantener ese orfanato?

Me salió una risa nerviosa.

—¿Orfanato?

Kalin frunció el ceño.

Yo levanté la mirada.

—¿De verdad cree que eso es un orfanato?

Por primera vez vi duda en su cara.

Entonces Toby habló desde su escondite.

Su voz era tan baja que casi se perdió entre los árboles.

—Por favor, Alpha… no nos mande de regreso con el señor Mercer.

Kalin se volvió hacia él.

—¿Por qué?

Toby comenzó a temblar.

Y dijo las palabras que hicieron cambiar por completo la expresión del hombre más poderoso de la manada.

—Porque no quiero volver al sótano.

PARTE 2

Kalin permaneció inmóvil.

—¿Qué sótano?

Ninguno de los niños respondió.

Me pidió que le enseñara dónde habían vivido todo ese tiempo.

Lo conduje hasta la cueva.

Cuando entró, dejó de parecer enojado conmigo.

Había camas hechas con cobijas rescatadas de la basura.

Botellas de agua reutilizadas.

Tres juguetes rotos.

Y en una pared, Miller había dibujado con carbón a una mujer tomada de la mano de tres niños.

Debajo había escrito:

“Mamá Sarah”.

Yo quise esconderlo.

Kalin lo vio.

Después se quitó el abrigo y me lo puso sobre los hombros.

—Regresamos todos.

Miller levantó su palo.

—Silas la va a castigar.

Kalin se agachó hasta quedar a su altura.

—Silas Mercer no volverá a tocar a ninguno de ustedes.

Aquella noche entramos por la puerta principal.

Yo jamás había utilizado esa entrada.

Los empleados se quedaron mirándonos.

El Alpha King caminaba acompañado por tres niños cubiertos de tierra y por la mujer que limpiaba sus pisos.

Nos llevó directamente a su departamento privado.

Mandó llamar a la doctora Emily Carter.

Mientras ella revisaba a los pequeños, confirmó lo que yo ya sospechaba.

Estaban desnutridos.

Miller tenía una lesión mal atendida.

June necesitaba tratamiento respiratorio.

Toby estaba anémico.

Pero estaban vivos.

Eso era lo importante.

Entonces Kalin hizo algo que nunca esperé.

Se sentó conmigo y preguntó qué había visto durante mis años limpiando.

Le conté sobre un médico llamado Pendergast que visitaba a Silas de madrugada.

Sobre cajas que llegaban al orfanato sin aparecer en inventarios normales.

Y sobre un libro viejo que Silas guardaba en su oficina.

Era un libro de genealogías.

Había nombres de familias marcados con tinta roja.

Entre ellos estaban los padres de Miller y June.

El especialista en seguridad de Kalin comenzó a investigar.

Encontraron expedientes falsificados.

Certificados de defunción.

Transferencias de dinero.

Listas de niños clasificadas por linaje y habilidades.

Ahí apareció la verdad.

Silas no administraba mal el orfanato.

Lo había convertido en una red clandestina.

Declaraba muertos a ciertos niños para borrarlos legalmente de la manada.

Después podía trasladarlos sin que nadie preguntara por ellos.

Por eso Miller, Toby y June habían escapado.

Y había algo peor.

Entre los archivos encontraron planes para desplazar al propio Kalin y colocar a alguien más fácil de controlar.

Silas llevaba años construyendo poder dentro de la misma casa que juraba servir.

Kalin me miró.

Creo que fue la primera vez que vi culpa real en sus ojos.

—Estaba frente a mí.

—Usted confió en él.

—Y ustedes pagaron por esa confianza.

Antes de que pudiera responder, sonó la alarma.

Silas había descubierto que alguien había entrado en sus archivos.

Las cámaras mostraban que venía hacia nosotros acompañado de varios hombres.

No intentaba escapar.

Venía por los niños.

Porque eran testigos.

Kalin ordenó cerrar el piso y me llevó nuevamente con ellos.

No voy a describir todo lo que ocurrió aquella madrugada.

Hubo un enfrentamiento en los pasillos.

Sirenas.

Puertas cerradas.

Gente corriendo.

Kalin resultó herido en un hombro mientras protegía el acceso al dormitorio.

Pero los guardias leales consiguieron llegar antes de que Silas pudiera sacar a los niños.

Silas fue detenido.

La documentación que habíamos encontrado sobrevivió porque el equipo de seguridad había realizado copias externas.

Los demás implicados fueron identificados durante las siguientes semanas.

Pendergast terminó bajo investigación junto con varias personas que colaboraban con la red.

Cuando todo terminó, me senté en el suelo junto a Kalin mientras llegaban los médicos.

Estaba pálido, pero consciente.

Lo primero que preguntó fue:

—¿Los niños?

—Están bien.

Cerró los ojos.

—Entonces hicimos algo bien esta noche.

Tres días después reunió a toda la manada.

Yo pensé que quería que declarara como testigo.

En cambio, hizo pasar a Miller, June y Toby frente a todos.

Anunció el cierre definitivo del antiguo sistema de orfanatos.

Desde ese momento, los niños que perdieran a sus padres serían colocados directamente con familias supervisadas y tendrían seguimiento independiente.

Los tres quedarían bajo protección de la casa Alpha.

Después Kalin me pidió acercarme.

Yo todavía esperaba algún tipo de reconocimiento formal.

Él hizo algo mucho más incómodo.

Contó delante de todos que mientras el resto de la manada ignoraba lo que ocurría, una Omega encargada de limpiar había alimentado, escondido y protegido a tres niños durante meses.

—Ella hizo el trabajo que nosotros debimos hacer.

Nunca olvidaré el silencio que siguió.

Porque durante años nadie había pronunciado mi nombre en ese salón.

Ahora todos lo conocían.

Kalin también habló del vínculo que había comenzado a sentir conmigo.

En nuestra cultura algunos lo llamarían vínculo de compañeros.

Yo le dije después que no aceptaría convertirme en nada simplemente porque una tradición dijera que debía hacerlo.

Sonrió.

—Entonces no lo hagas por la tradición.

Eso cambió las cosas.

No me convertí en su pareja esa tarde.

Lo conocí primero.

También aprendí que detrás de su fama de hombre frío había alguien que llevaba años creyendo que controlar números y presupuestos era suficiente para proteger a su gente.

Él tuvo que aprender a mirar.

Yo tuve que aprender a dejar de esconderme.

Seis meses después construyeron un centro nuevo para los niños junto al bosque.

Sin sótanos.

Sin puertas cerradas.

Con médicos externos y familias entrando y saliendo todos los días.

Miller volvió a jugar.

Toby dejó de esconder comida debajo de la cama.

June comenzó a dormir toda la noche.

Un día Kalin me entregó algo que los trabajadores habían encontrado cuando desmontaron la vieja cueva.

Era el dibujo de carbón.

Yo tomada de la mano de tres niños.

“Mamá Sarah”.

Quise guardarlo.

Kalin dijo que debía estar en el nuevo centro.

—Para que nadie olvide quién los cuidó cuando todos pensaban que ya no existían.

Hoy ese dibujo sigue ahí.

Y todavía pienso en lo absurdo que fue todo.

Una manada entera tenía sistemas, guardias, dinero y dirigentes.

Yo solo tenía restos de comida y un agujero en una cerca.

Pero a veces no hace falta ser la persona más poderosa para descubrir lo que está mal.

A veces basta con ser la única persona que se detiene a mirar a quienes todos los demás dejaron de ver.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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