Los alfas nobles llegaron para elegir a una omega; ella los rechazó y pasó de largo frente al rey.

Los alfas nobles llegaron para elegir a una omega; ella los rechazó y pasó de largo frente al rey.

PARTE 1

La primera vez que dije “no” delante de toda la nobleza, pensé que simplemente iba a arruinar mi reputación.

Cinco minutos después descubrí que nadie en aquel salón sabía qué hacer con una omega que rechazaba una oferta.

Una hora después, el Rey Alfa estaba revisando leyes escritas hacía generaciones.

Y antes de terminar la noche, encontramos documentos que demostraban que aquella ceremonia nunca había sido solamente sobre encontrar pareja.

Me llamo Emilia Carrillo.

Tenía veintisiete años y trabajaba en la Casa de Registros de Sierra de Plata, una comunidad cambiaformas ubicada entre Chihuahua y Durango.

Mi trabajo era bastante aburrido para casi todos.

Matrimonios.

Herencias.

Terrenos.

Cambios de apellido.

Derechos de paso.

Votos familiares.

Yo disfrutaba los archivos porque los documentos tenían una ventaja sobre las personas:

podían intentar ocultar algo, pero las fechas casi siempre terminaban hablando.

Aquella noche se celebraba la Selección de Luna.

Doce omegas solteras debíamos presentarnos ante varias familias alfa.

Según la tradición, un alfa hacía una oferta pública y la mujer elegida la aceptaba delante de testigos.

Las once mujeres antes que yo aceptaron.

Algunas parecían felices.

Otras parecían nerviosas.

No sabía qué sentían realmente.

Cuando llegó mi turno, Álvaro Salcedo, heredero de una de las casas más poderosas, caminó hacia mí.

Extendió la mano.

Toda su familia sonreía.

—Emilia Carrillo, deseo iniciar un vínculo formal contigo.

Respiré.

—Gracias.

Vi cómo su expresión se relajaba.

Entonces terminé:

—Pero no acepto.

El salón quedó completamente callado.

Un anciano del consejo intervino.

Dijo que Álvaro me estaba concediendo un gran honor.

—Lo entiendo.

—Entonces acepta.

—No.

Esta vez ya nadie fingió que aquello era normal.

Un segundo alfa, Mauro Reyes, se acercó como si creyera que mi rechazo a Álvaro era una oportunidad personal.

También hizo una oferta.

También dije que no.

—¿Por qué? —preguntó, visiblemente molesto.

—Porque me preguntaste.

Hubo murmullos.

El anciano aseguró que la ceremonia existía para fortalecer alianzas.

Yo miré alrededor.

—Entonces debería soportar una respuesta sincera.

En ese momento el Rey Alfa, Mateo Montenegro, se levantó.

Todos pensaron que yo había rechazado a dos hombres porque esperaba que él me eligiera.

Así que caminé hacia el estrado.

Mateo me observó acercarme.

Pasé directamente junto a él.

Seguí hasta la puerta que llevaba al ala de archivos.

—¿A dónde vas? —preguntó.

—A trabajar.

Algunos nobles parecían ofendidos solo de escucharme.

Mateo preguntó por qué había rechazado a dos de las familias más importantes.

—Porque no quiero casarme con ellos.

—¿Y conmigo?

Lo miré.

—Usted no me ha preguntado nada.

Mateo permaneció unos segundos en silencio.

Después sonrió apenas.

Pero el consejo quiso impedir que me marchara.

Ahí hice la pregunta que llevaba meses preparando:

—Si no puedo decir que no, ¿por qué llaman a esto una elección?

Mateo pidió el reglamento original.

No la copia ceremonial.

El original.

Llegó una sacerdotisa con documentos antiguos.

La cláusula era bastante sencilla.

Un alfa podía hacer una propuesta.

La omega podía aceptarla.

Nada decía que estuviera obligada.

El anciano aseguró que durante generaciones se había “interpretado” que aceptar era lo correcto.

—¿Interpretado por quién? —pregunté.

Nadie respondió.

Mateo entonces quiso saber por qué yo había estudiado aquella parte de la ley.

Ahí comenzó el verdadero problema.

Yo llevaba meses revisando matrimonios de selección por mi trabajo.

Mi madre me había dejado aproximadamente diez hectáreas junto al Río Plata.

Durante años nadie mostró interés.

Hasta que la nueva ruta comercial comenzó a pasar junto a ellas.

La familia de Álvaro controlaba la carretera cercana.

Si yo me casaba con él bajo un contrato tradicional, parte de la administración del terreno podía pasar a su casa.

Mateo miró a Álvaro.

—¿Sabías de esas tierras antes de elegirla?

Álvaro tardó demasiado en responder.

Sí.

Después miré a Mauro.

Su familia necesitaba un voto adicional dentro del consejo regional.

Mi tía materna era la última heredera con voto de otra línea familiar.

Un matrimonio conmigo podía hacer que ese derecho terminara unido a la casa Reyes en el futuro.

Mauro dejó de parecer enojado.

Ahora parecía preocupado.

Daniel, secretario real, comenzó a traer más expedientes.

Encontramos siete matrimonios de selección en diez años donde, poco después de la boda, habían cambiado terrenos, rutas comerciales, herencias o votos políticos.

Los alfas dijeron que los matrimonios nobles siempre producían alianzas.

Yo no discutí eso.

Solo pregunté:

—¿Las mujeres sabían todo lo que se estaba negociando cuando aceptaron?

Entonces Daniel encontró otro documento.

Un recibo de tesorería.

Cada matrimonio completado durante la Selección pagaba una cuota de alianza.

Mateo frunció el ceño.

—¿A qué casa iba ese dinero?

Daniel levantó lentamente la vista.

—A ninguna casa.

Colocó el documento frente al rey.

—Entraba directamente a la Tesorería de la Corona.

Y en ese momento entendimos que el problema no terminaba en las familias que utilizaban la ceremonia.

Llegaba hasta el mismo trono.

PARTE 2

Mateo leyó el recibo dos veces.

No intentó negar nada.

Eso fue lo primero que respeté de él aquella noche.

Preguntó cuánto dinero había recibido la Corona durante los últimos años.

La cifra era considerable.

Suficiente para financiar varias estaciones fronterizas durante meses.

—Yo aprobé presupuestos donde aparecía este ingreso —dijo.

Daniel asintió.

Mateo miró al anciano del consejo.

La tarifa existía desde antes de su reinado.

Su padre la había mantenido.

Gobernantes anteriores la habían normalizado.

El anciano pareció aliviado.

—Entonces usted no creó el sistema.

No sé por qué hablé.

Quizá porque llevaba demasiadas horas escuchando la misma excusa con diferentes palabras.

—Heredar algo explica cómo llegó a sus manos. No decide qué hace con ello después.

Varias personas me miraron como si acabara de perder toda prudencia.

Mateo también.

—¿Crees que soy responsable de algo que desconocía?

—No. Creo que eres responsable de lo que hagas ahora que ya lo sabes.

Esperé el enojo.

No llegó.

Mateo miró nuevamente los documentos.

—Eso es justo.

Suspendió inmediatamente la cuota de alianza.

También ordenó revisar veinte años de matrimonios de selección.

Tierras.

Herencias.

Votos.

Contratos.

Todo.

Las casas nobles reaccionaron.

Tres controlaban gran parte del grano utilizado durante el invierno.

Antes del amanecer habían enviado avisos diciendo que no renovarían sus contratos mientras la investigación continuara.

La amenaza era clara.

Si la Corona investigaba la Selección, podían dificultar el abastecimiento.

Yo también recibí consecuencias.

Cuando llegué a trabajar por la mañana encontré una carta sobre mi escritorio.

Suspensión temporal.

Me acusaban de utilizar archivos reales para intervenir en asuntos políticos.

En la audiencia pregunté:

—¿Qué documento consulté ilegalmente?

Nadie respondió.

Los terrenos eran públicos.

Los registros matrimoniales también.

Las sucesiones y transferencias de votos estaban disponibles para consulta administrativa.

Mi supervisor lo confirmó.

Así que levantaron mi suspensión.

Pero los contratos de grano seguían siendo un problema.

Entonces Daniel propuso una solución privada a Mateo.

Yo la escuché accidentalmente desde el corredor.

Si el Rey Alfa me elegía personalmente, ninguna casa podría reclamar mis tierras.

Mauro no podría obtener el voto.

Y las familias nobles probablemente dejarían de presionar.

Era la salida más rápida.

Mateo salió al corredor y me encontró.

—Si te eligiera ahora, ¿estarías protegida?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué siento que vas a negarte?

Casi me reí.

—Porque por fin entendiste.

Si aceptaba, todos dirían que yo había rechazado a los otros hombres porque esperaba al rey.

La Selección seguiría intacta.

Solo habría ganado el alfa más poderoso.

—No puedes salvarme de ser tratada como algo que alguien debe elegir… eligiéndome tú también.

Mateo permaneció callado.

—Entonces dime qué quieres.

—Que no me elijas.

—Eso quedó claro.

—Quiero que decidas si la palabra “elección” sigue significando algo cuando respetarla cuesta dinero.

Esa parte era más difícil.

Había familias comunes que necesitaban grano.

No podíamos convertir principios en discursos mientras los almacenes quedaban vacíos.

Así que Daniel buscó proveedores alternativos.

Costaban más.

Cooperativas del oeste.

Productores independientes del valle.

Transporte fluvial.

La Corona tendría que usar reservas.

Mateo aceptó.

Yo preparé otra cosa.

Una reforma.

El cortejo quedaría separado legalmente del matrimonio.

Nadie podría ser “elegido” públicamente antes de aceptar participar.

Una respuesta negativa no podría afectar empleo, vivienda ni posición dentro de la comunidad.

Casarse no transferiría automáticamente terrenos, herencias o votos.

Todo cambio patrimonial necesitaría un acuerdo distinto.

Y los derechos políticos no pasarían de una familia a otra mediante matrimonio.

Cuando presenté el proyecto al consejo, Lorenzo Salcedo me preguntó si esperaba que familias con siglos de privilegios renunciaran a ellos porque una empleada de archivos lo había escrito.

—No.

—Entonces esto es imposible.

—No es imposible. Es incómodo.

Álvaro protestó diciendo que los matrimonios habían mantenido estabilidad durante generaciones.

—Entonces negocien las alianzas abiertamente —respondí—. No las escondan dentro de una propuesta romántica.

Mauro preguntó qué ocurriría si las omegas comenzaban a rechazar demasiados matrimonios.

Lo miré.

—Tal vez los alfas tengan que convertirse en hombres que alguien quiera escoger.

Hasta Daniel tuvo que bajar la mirada para ocultar una sonrisa.

Mateo no me defendió durante cada discusión.

Eso también lo respeté.

Me dejó explicar mi propia propuesta.

Finalmente preguntó cuál era la verdadera objeción.

Los nobles mencionaron nuevamente el grano.

Daniel informó que ya habían asegurado contratos alternativos.

Eran más caros.

Pero suficientes.

La amenaza perdió fuerza.

Al día siguiente regresamos al mismo salón donde había comenzado todo.

Esta vez no había doce omegas formadas esperando ofertas.

Mateo habló primero.

—Hoy nadie viene aquí para ser escogido.

Hubo un silencio extraño.

—Hoy cada persona decide por sí misma.

Leí las nuevas reglas frente a todos.

Las ofertas podían rechazarse sin castigo.

Los contratos patrimoniales serían separados.

Los términos completos tendrían que entregarse antes de cualquier compromiso.

La antigua cuota real desaparecía.

Álvaro preguntó directamente:

—¿Entonces cualquier omega puede rechazar a un alfa?

Mateo contestó:

—Sí.

Hizo una pausa.

—Especialmente cuando el rango de ese alfa hace más difícil decirle que no.

La reforma fue aprobada para revisión permanente y comenzó a aplicarse inmediatamente.

Semanas después, tres mujeres rechazaron propuestas sin perder trabajo ni vivienda.

Dos familias alfas crearon alianzas comerciales sin utilizar matrimonios.

El reino no se derrumbó.

Solo tuvo que aprender a negociar de frente.

Mateo me ofreció dirigir la nueva Comisión Real de Registros.

—No.

Daniel tosió para ocultar una risa.

Mateo me miró unos segundos y después también se rio.

—Ni siquiera revisaste el salario.

—Me gusta mi trabajo.

—Entiendo.

Guardó la carta.

No insistió.

Seis semanas después yo seguía en la misma Casa de Registros.

Una tarde vi a Mateo aparecer sin séquito.

Se detuvo frente a mi escritorio.

Miró el libro que estaba leyendo.

—¿Ese es tu favorito?

Lo observé.

Durante la Selección había preguntado a Álvaro cuál era mi libro favorito.

No había sabido responder.

Mateo había recordado.

—Uno de ellos.

—¿De qué trata?

—De una mujer que pasa medio libro ignorando consejos de personas convencidas de saber qué le conviene.

Asintió muy serio.

—Comprendo la atracción.

Me reí.

Caminamos entre los archivos.

Me preguntó por mi madre.

Por mis tierras.

Por qué disfrutaba tanto los documentos.

Yo le pregunté cuál había sido la primera ley que cambió y qué decisión lamentaba más.

Al llegar al patio, se detuvo.

—¿Puedo acompañarte a caminar?

—¿Por qué?

—Porque quisiera conocerte cuando no estás poniendo en problemas a todo mi consejo.

—También pongo problemas fuera del trabajo.

—Acepto el riesgo.

Caminamos.

Más tarde preguntó si quería cenar con él.

Lo miré.

—¿Me estás eligiendo?

Negó con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿qué estás haciendo?

Esta vez su respuesta sí me gustó.

—Preguntando si algún día podrías elegirme tú también.

No había espectadores.

No había ceremonia.

Nadie esperaba mi respuesta.

Por primera vez, la palabra “sí” me pertenecía tanto como el “no”.

—Una cena.

Mateo sonrió.

—Una cena es suficiente.

Seguimos caminando.

Y pensé en aquella primera noche.

Todos habían creído que yo estaba destruyendo una tradición al negarme.

En realidad, solo había hecho una pregunta muy sencilla.

Una que nadie se había atrevido a hacer durante generaciones:

Si una persona no puede decir que no, ¿alguna vez significó algo su sí?

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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