Le susurró una advertencia al Rey Alfa… su aroma reveló al traidor antes del ataque

Le susurró una advertencia al Rey Alfa… su aroma reveló al traidor antes del ataque

PARTE 1

A Lyra le habían dicho tantas veces que no valía nada que había empezado a creerlo.

Tenía dieciocho años, era Omega, no tenía familia, manada ni dinero, y llevaba días sin comer cuando la subieron descalza a una plataforma de madera para venderla.

—Lote diecisiete —gritó el subastador—. Omega joven. Sin vínculo. Sin hogar.

Un hombre ofreció cuarenta monedas de plata.

Lyra levantó la vista hacia él y sintió náuseas.

Su don siempre había sido una maldición.

Podía oler las emociones.

La ira olía a madera quemada.

El dolor, a piedra mojada.

La mentira tenía un aroma agrio que nunca confundía.

Y aquel comprador olía a algo que le hizo desear escapar.

Entonces una voz atravesó la plaza.

—Quinientas monedas de oro.

Todo quedó en silencio.

El hombre que había hecho la oferta estaba sentado sobre un caballo negro.

Lyra lo reconoció inmediatamente.

Draven Core.

El Rey Alfa de las tierras del norte.

El hombre del que se decía que había construido un reino usando miedo, acero y cadáveres.

Nadie volvió a pujar.

Draven la compró.

Durante el viaje hacia Pico Helado apenas habló con ella.

Pero Lyra descubrió algo que nadie parecía conocer.

Debajo del olor a hierro, hielo y autoridad de Draven había dolor.

Un dolor antiguo.

Profundo.

Como una herida que llevaba años abierta.

Cuando llegaron a su fortaleza, Lyra comprendió de dónde venía aquel dolor.

Todos tenían miedo.

Los sirvientes caminaban con la cabeza baja.

Los guerreros escondían sus heridas.

Los niños aprendían que llorar era debilidad.

Incluso pedir ayuda podía convertirse en una sentencia.

Una noche Lyra encontró a un niño llamado Finn sentado en la nieve.

Tenía un brazo roto.

—Déjame ayudarte.

—No puedo —sollozó él—. Si saben que estoy herido, dirán que soy débil.

Aquello fue suficiente.

Lyra colocó las manos sobre su brazo.

El calor de su don fluyó.

El hueso volvió a su sitio.

Finn la miró maravillado.

Pero alguien había observado desde una torre.

Draven.

A la mañana siguiente la hizo llamar.

—Aquí la misericordia mata gente —dijo.

—No. El miedo está matando a tu gente.

Los ojos del Alfa se volvieron fríos.

—No entiendes este mundo.

—Entonces explícame por qué romper a las personas las hace más fuertes.

Draven ordenó que se fuera.

Lyra se negó.

—Primero dime por qué me compraste.

Durante unos segundos él permaneció inmóvil.

Después respondió algo que ella jamás esperaba.

—Porque estoy cansado.

Su voz apenas fue un susurro.

—Cansado de ver cómo todos se rompen. Cansado de ser yo quien los rompe.

Aquella confesión cambió algo entre ellos.

Lyra comenzó a observar.

Y pronto descubrió a alguien mucho más peligroso que Draven.

Barrick.

Tío del rey.

Consejero principal.

El hombre que había criado a Draven después de la muerte de su padre.

Barrick sonreía constantemente.

Pero olía a resentimiento.

Ambición.

Traición.

Lyra advirtió a Draven.

Para su sorpresa, él le creyó.

—Encuentra pruebas.

Lyra empezó a seguir discretamente a los hombres que visitaban a Barrick.

Hasta que una noche escuchó voces detrás de la puerta de un almacén.

—Cuando Draven salga para detener la incursión fronteriza —decía Barrick—, tomaremos la sala del trono.

Lyra dejó de respirar.

—Después yo gobernaré Pico Helado. Todos recibiréis lo que él os negó.

Poder.

Riqueza.

Posición.

Era un golpe de Estado.

Lyra retrocedió lentamente.

Solo necesitaba llegar hasta Draven.

Entonces su pie golpeó una piedra.

El ruido resonó por el pasillo.

Dentro del almacén todas las voces callaron.

—¿Qué ha sido eso?

La puerta comenzó a abrirse.

Lyra echó a correr.

Y detrás de ella escuchó el grito que confirmó que acababa de convertirse en el objetivo más importante de toda la conspiración:

—¡DETENED A LA OMEGA!

PARTE 2

Lyra corrió.

No miró atrás.

Las botas de los hombres de Barrick golpeaban la piedra detrás de ella mientras atravesaba los corredores de Pico Helado.

Llegó al estudio de Draven casi sin aire.

—Van a tomar tu trono.

Draven se puso de pie inmediatamente.

—¿Quién?

—Barrick.

Apenas terminó la palabra cuando varios hombres aparecieron en la puerta.

Uno intentó acusarla de mentir.

Draven hizo una sola pregunta:

—¿Qué hacías reunido con Barrick en un almacén a medianoche?

El hombre palideció.

Eso fue suficiente.

Entonces sonó una señal desde la torre.

El golpe ya había comenzado.

Pico Helado estalló en caos.

Guerreros leales luchaban contra hombres que durante años habían servido a su lado.

Lyra vio a Barrick atravesar el humo con una espada envenenada.

Su verdadero objetivo era Draven.

Los dos hombres chocaron.

Barrick había criado al rey.

Conocía su estilo.

Sus movimientos.

Sus debilidades.

Y cuando finalmente encontró una abertura, levantó la hoja directamente hacia el pecho de Draven.

—¡Draven!

Él se giró demasiado tarde.

Lyra no pensó.

Se interpuso.

La hoja atravesó su hombro.

El dolor fue inmediato.

Después llegó el fuego.

Draven la sostuvo antes de que tocara el suelo.

Y por primera vez Lyra olió algo en él más fuerte que el hierro.

Miedo.

Cuando recuperó brevemente la conciencia, escuchó a los sanadores decir que probablemente no sobreviviría.

Draven permaneció junto a su cama.

—Eres una idiota —murmuró.

Lyra intentó sonreír.

—Alguien tenía que hacerlo.

—Si mueres, quemaré esta fortaleza hasta los cimientos.

—Eso parece un poco dramático.

—Hablo en serio.

—Eso es lo preocupante.

Contra todos los pronósticos, la fiebre bajó.

Barrick había muerto a manos de Draven y la rebelión había sido derrotada.

Pero el precio había sido alto.

Draven se culpaba por no haber visto la traición.

—Era mi familia.

—Y también era un hombre ambicioso —respondió Lyra—. Una cosa no cancela la otra.

Draven admitió entonces aquello que más temía.

No sabía confiar.

Había pasado toda su vida construyendo muros.

Lyra no le pidió que los derribara todos.

Solo que dejara de expulsarla cada vez que ella se acercaba.

Poco a poco empezó a cambiar.

Los sanadores recibieron mejores suministros.

Los sirvientes dejaron de trabajar hasta caer exhaustos.

Los niños ya no eran enviados a puestos peligrosos para “hacerlos fuertes”.

Y la gente comenzó a ayudar porque quería hacerlo, no únicamente porque temía un castigo.

Pero el cambio trajo nuevos enemigos.

Un ejército del Clan Garra de Hierro empezó a marchar hacia Pico Helado.

Creían que Draven se había vuelto débil.

Que una Omega lo había ablandado.

El viejo Draven reapareció.

Ejecutó a los traidores restantes.

Volvió a hablar de miedo.

De obediencia.

De demostrar fuerza.

Lyra comprendió que estaba aterrorizado.

Su padre había confiado en una alianza y había sido envenenado en una reunión de paz.

Barrick había pasado años enseñándole una única lección:

Confía en alguien y terminarás muerto.

Cuando el ejército enemigo se acercó, Draven decidió luchar solo.

Lyra se negó a permitirlo.

Sin permiso, abandonó Pico Helado y cabalgó durante días hasta los clanes fronterizos.

Su líder tenía razones personales para odiar a Draven.

—Mató a mi hermano.

Lyra no intentó defenderlo.

—Entonces no luches por Draven.

El jefe la miró.

—¿Por quién?

—Por los niños. Los sirvientes. Las familias. La gente que morirá si Pico Helado cae.

Después hizo una oferta.

Rutas comerciales.

Protección.

Y algo que ningún gobernante de Pico Helado había ofrecido antes:

Una voz en el consejo.

El jefe aceptó enviar cincuenta guerreros.

Lyra regresó justo cuando el ejército enemigo aparecía en el horizonte.

Draven estaba furioso.

—Me desobedeciste.

—Sí.

—Hiciste un acuerdo en mi nombre.

—Sí.

El jefe fronterizo intervino.

—Tu Omega nos prometió un lugar en la mesa. ¿Tiene autoridad para hablar por ti?

Todos esperaron.

Lyra también.

Finalmente Draven respondió:

—La tiene.

Aquellas dos palabras cambiaron Pico Helado tanto como cualquier batalla.

Los clanes lucharon juntos.

Sobrevivieron.

Y Draven comprendió que pedir ayuda no había demostrado debilidad.

Había multiplicado su fuerza.

Su relación con Lyra dejó de ser la de un rey y una Omega que había comprado.

Se convirtieron en algo mucho más peligroso.

Dos personas que se decían la verdad incluso cuando dolía.

Entonces el veneno del antiguo ataque volvió.

Lyra nunca se había recuperado completamente.

La herida del hombro comenzó a arder otra vez.

Los sanadores probaron todo.

Nada funcionaba.

Maren fue quien recordó una vieja historia.

Décadas atrás, una Omega con habilidades similares había compartido su fuerza con su compañero mediante un vínculo completo.

Era peligroso.

Permanente.

Y podía matarlos a ambos.

Draven se negó.

—No.

—Estoy muriendo de todos modos.

—No puedo perderte.

Lyra tomó su mano.

—Entonces déjame elegir cómo luchar.

Para completar el vínculo tenían que aceptarse voluntariamente como compañeros.

Sin rey.

Sin esclava.

Sin deuda.

Solo ellos.

—Si hacemos esto —dijo Draven—, será para siempre.

Lyra sonrió débilmente.

—He sobrevivido a una subasta, una rebelión y a ti. Creo que puedo soportar el “para siempre”.

El vínculo se cerró entre ellos.

Y de repente Lyra sintió todo.

El miedo de Draven.

Su soledad.

Su amor.

Y su enorme fuerza.

Ella abrió su propio don hacia él.

Él le dio fuerza.

Ella le enseñó a dirigirla.

Juntos atacaron el veneno desde dentro.

Cuando Lyra despertó, la fiebre había desaparecido.

La herida estaba cerrada.

Y podía sentir a Draven dentro de su mente.

—Funcionó —susurró.

Él la abrazó.

—Estamos completamente locos.

—Probablemente.

—Vas a volverme loco el resto de mi vida.

—Ese es el plan.

Desde ese momento Draven hizo algo que nadie esperaba.

Declaró públicamente que Lyra no era una posesión.

Ni simplemente su Omega.

Era su compañera.

Su igual.

Y hablaba con su autoridad.

Cuando uno de los comandantes protestó:

—Los Omegas no gobiernan.

Draven respondió:

—Esta sí.

Uno tras otro, los líderes se arrodillaron.

Lyra lloró.

Draven tomó su mano.

—Tú empezaste todo esto.

—Nosotros.

—No. Tú empezaste. Yo finalmente aprendí a escuchar.

Pico Helado comenzó entonces su verdadera transformación.

Lyra negoció la paz con los clanes del norte en lugar de atacarlos.

Cuando una líder llamada Sura se burló de ella por parecer pequeña e inofensiva, Lyra respondió:

—Tú tampoco parecías una gran jefa antes de quitarle el poder a tu predecesor.

Sura se echó a reír.

Terminó firmando el acuerdo.

Draven observó a Lyra maravillado.

—Acabas de convertir enemigos en aliados usando palabras.

—A veces las palabras son mejores que las espadas.

Fue entonces cuando él finalmente lo dijo.

—Te amo.

Lyra sonrió.

—Yo también te amo. Incluso aunque seas terco, imposible y emocionalmente inútil.

—Especialmente por eso.

Meses después, Draven mandó construir un segundo trono.

Exactamente de la misma altura que el suyo.

—No quiero que estés detrás de mí —le dijo—. Ni debajo de mí.

Tomó su mano.

—A mi lado.

Pico Helado tuvo dos gobernantes.

Pero los problemas no terminaron.

Llegó una hambruna.

Lyra redujo los privilegios alimentarios de los guerreros y del consejo para enviar comida a las familias y aliados fronterizos.

Los soldados protestaron.

Algunos incluso la amenazaron.

Draven apareció dispuesto a destruirlos.

Lyra siguió defendiendo su decisión.

—Si nuestros aliados pasan hambre mientras nosotros comemos de sobra, no tendremos aliados cuando llegue la próxima guerra.

Draven confió en ella.

La decisión funcionó.

Luego los poderosos señores del sur amenazaron con bloquear el comercio y declarar la guerra si Pico Helado no deshacía sus alianzas.

Lyra volvió a hacer lo impensable.

Les explicó que una guerra no destruiría solo a Pico Helado.

También destruiría sus propias rutas comerciales.

Sus beneficios.

Sus mercados.

Los obligó a calcular el precio real de su amenaza.

Al final negociaron.

No hubo guerra.

Cuando Lyra regresó, Pico Helado celebró con música, comida y gente bailando.

La antigua fortaleza del miedo estaba empezando a parecer un hogar.

Draven la observó entre la multitud.

—Llegaste aquí hambrienta, vendida como si valieras menos que un animal. Sobreviviste al veneno, a una rebelión, a la guerra y a hombres que intentaron aplastarte.

Su voz se quebró.

—Y convertiste este lugar en algo que vale la pena proteger.

Lyra negó con la cabeza.

—Lo hicimos juntos.

Tiempo después descubrió que estaba embarazada.

Cuando nació su hija, Draven sostuvo a la pequeña entre sus enormes manos como si fuera la cosa más frágil del mundo.

—¿Cómo la llamaremos?

Lyra lo miró.

Draven respondió:

—Hope.

Esperanza.

Porque eso era exactamente lo que Lyra había llevado a Pico Helado.

Hope creció fuerte, curiosa y obstinada.

Heredó el don de su madre para sentir emociones y la voluntad imposible de su padre.

Finn se convirtió en guerrero, pero uno que enseñaba que la fuerza servía para proteger.

Cara, su hermana, abrió la panadería que siempre había soñado.

Incluso Maren terminó convertida en una abuela cariñosa que seguía fingiendo no tener corazón.

Los años pasaron.

Pico Helado creció.

Los mercados reemplazaron parte de los patios de entrenamiento.

Los niños crecieron sin aprender que llorar era una vergüenza.

Los clanes que antes se atacaban empezaron a comerciar.

Y una nueva generación llegó a creer que la fuerza no significaba controlar a quienes estaban debajo de ti.

Significaba protegerlos.

Muchos años después, Lyra estaba acostada junto a la ventana mientras Draven, ya viejo y lleno de canas, sostenía su mano.

Hope gobernaba ahora el reino que sus padres habían transformado.

—No estoy preparado —dijo Draven.

Lyra apretó débilmente sus dedos.

—Yo tampoco.

Miró hacia la fortaleza.

Escuchó niños jugando.

Comerciantes gritando precios.

Vida.

—¿Crees que lo que construimos sobrevivirá?

Draven asintió.

—Hope aprendió de los mejores.

Lyra sonrió.

—¿Lo hicimos bien?

Él besó su frente.

—Hicimos más que eso.

—¿Qué hicimos?

Draven miró hacia el mundo que una vez había gobernado mediante miedo.

—Cambiamos nuestro mundo.

Lyra cerró los ojos satisfecha.

Décadas antes había estado descalza en una plataforma esperando que alguien pagara cuarenta monedas de plata por ella.

La llamaron inútil.

Débil.

Rota.

Draven había pagado quinientas monedas de oro sin comprender realmente qué estaba comprando.

Y al final descubrió la verdad.

Nunca había comprado a Lyra.

Había comprado el instante que permitió que sus caminos se cruzaran.

Porque Lyra jamás le perteneció.

Fue ella quien eligió quedarse.

Y fue precisamente esa elección…

la que salvó a los dos.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward