Le hizo un “trabajo” a su mejor amiga para quedarse con su novio… lo consiguió, pero jamás imaginó el precio que terminaría pagando.
Le hizo un “trabajo” a su mejor amiga para quedarse con su novio… lo consiguió, pero jamás imaginó el precio que terminaría pagando.

PARTE 1
Lucía tenía veintidós años cuando cometió la decisión que, según ella, terminó cambiando su vida para siempre.
Su mejor amiga era prácticamente una hermana. Estudiaban juntas, salían juntas, se contaban secretos y pasaban noches enteras hablando de sus planes para el futuro.
Había solamente una cosa que Lucía nunca se atrevió a confesarle.
Estaba enamorada de su novio.
Al principio intentó ignorarlo. Se repetía que era una simple atracción y que desaparecería con el tiempo. Pero cada vez que veía a la pareja abrazándose o tomándose de la mano, algo dentro de ella ardía.
Incluso comenzó a pensar cosas de las que después se avergonzaría.
“Yo soy más bonita.”
“Soy más inteligente.”
“No entiendo qué vio en ella.”
Lucía sabía que aquellos pensamientos eran injustos, pero poco a poco dejaron de ser pensamientos pasajeros y se convirtieron en una obsesión.
Una tarde se lo confesó a otra compañera.
—Estoy enamorada del novio de mi mejor amiga.
Esperaba que la regañara.
Pero ocurrió lo contrario.
—No puedes controlar lo que sientes —respondió la chica—. Si realmente lo quieres, quizá deberías luchar por él.
Después le habló de una mujer del pueblo a quien muchos buscaban cuando querían resolver asuntos sentimentales.
Lucía rechazó la idea inmediatamente.
Le parecía absurdo.
Durante varios días intentó convencerse de olvidarlo.
Pero finalmente fue.
La mujer la recibió en una pequeña casa y escuchó su historia sin mostrar sorpresa.
—Quiero que él se aleje de mi amiga —admitió Lucía—. Quiero una oportunidad con él.
La mujer la observó durante unos segundos.
—¿Estás segura de lo que estás pidiendo?
Lucía dudó.
Pero respondió que sí.
La mujer le pidió información sobre su amiga y algunos objetos personales relacionados con ella.
Lucía consiguió lo necesario aprovechando la confianza que existía entre ambas. Mientras lo hacía, la culpa comenzó a perseguirla.
Más de una vez pensó en detenerlo todo.
Pero ya había comenzado.
Pasaron algunos días.
Entonces su mejor amiga llegó emocionadísima a verla.
—¡Me pidió matrimonio!
Lucía sintió que el corazón se le hundía.
—¿Qué?
—Nos vamos a casar.
La abrazó y fingió felicidad.
Pero esa misma tarde regresó desesperada con la mujer.
—Me dijiste que iban a separarse. ¡Ahora están comprometidos!
La mujer permaneció tranquila.
—Espera.
—¿Esperar qué?
—Las cosas ya empezaron a moverse.
Lucía salió de allí convencida de que había desperdiciado su tiempo.
Hasta tres días después.
El novio de su amiga comenzó a mirarla diferente.
Antes apenas le prestaba atención.
Ahora buscaba conversaciones con ella, mantenía la mirada durante demasiado tiempo y encontraba cualquier excusa para acercarse.
Lucía empezó a emocionarse.
“Está funcionando.”
Pero al mismo tiempo algo dentro de ella le decía que aquello no estaba bien.
Poco después, por su cumpleaños, la familia de su amiga le regaló una motoneta.
Ella estaba fascinada.
Lucía intentó alegrarse por ella, pero volvió a sentir aquella vieja envidia.
Tenía todo.
Belleza.
Una familia que la consentía.
Y ahora también iba a casarse con el hombre que Lucía deseaba.
Una tarde ambas salieron de la universidad.
Lucía caminaba unos metros detrás mientras su amiga se alejaba en la motoneta.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Un automóvil apareció en la avenida.
Se escuchó un golpe.
La gente comenzó a gritar.
Lucía corrió hacia la calle.
Cuando logró acercarse y comprendió quién estaba tendida sobre el pavimento, sintió que el cuerpo entero se le paralizaba.
Era su mejor amiga.
Y mientras alguien llamaba a una ambulancia, una sola frase comenzó a repetirse en la cabeza de Lucía:
“Las cosas ya empezaron a moverse.”
PARTE 2
Su amiga sobrevivió.
Pero el accidente dejó consecuencias graves y cambió por completo la manera en que se veía a sí misma.
Durante meses estuvo sometida a tratamientos y cayó en una profunda tristeza.
Lucía comenzó a sentirse culpable.
Una parte racional de ella sabía que un accidente podía ocurrirle a cualquiera.
Pero otra parte recordaba demasiado bien las palabras de aquella mujer.
Y había algo todavía peor.
En algún momento, mientras veía sufrir a su amiga, Lucía descubrió dentro de sí una emoción horrible.
Satisfacción.
La misma belleza que durante años había envidiado ahora ya no estaba intacta.
Ese pensamiento la hizo sentirse miserable.
La relación de su amiga tampoco sobrevivió.
Con el paso del tiempo, el compromiso terminó.
Y cuando Lucía volvió a encontrarse a solas con aquel hombre, ocurrió exactamente lo que durante tanto tiempo había deseado.
Él la abrazó.
—Ahora sí podemos estar juntos tú y yo.
Lucía debería haber sido feliz.
Sin embargo, por primera vez sintió miedo.
No sabía si aquel hombre realmente se había enamorado de ella o si todo estaba relacionado con aquello que había iniciado meses atrás.
Pero eligió no pensar demasiado.
Comenzaron una relación.
Pasaron los años.
Se casaron.
Durante los primeros meses, Lucía creyó que finalmente había conseguido la vida perfecta.
Hasta que aparecieron los celos.
Al principio eran pequeñas preguntas.
—¿Quién te escribió?
—¿Por qué hablaste con ese hombre?
—¿Quién estaba contigo?
Después comenzaron las discusiones.
Su esposo quería saber dónde estaba, con quién hablaba y cuánto tiempo tardaba en regresar.
Lucía empezó a sentirse atrapada.
El hombre que durante años había deseado se estaba convirtiendo en alguien completamente diferente.
Las discusiones se hicieron más frecuentes y la convivencia cada vez más difícil.
Cuando Lucía descubrió que estaba embarazada, creyó que aquello podía salvar el matrimonio.
El bebé se convirtió en su esperanza.
Pero la relación continuó deteriorándose.
Durante una discusión especialmente grave, la situación se salió de control. Lucía terminó necesitando atención médica y perdió el embarazo.
Aquello destruyó lo poco que quedaba de la relación.
Las autoridades intervinieron y su esposo terminó enfrentando consecuencias legales.
Lucía regresó a vivir con su madre.
Estaba sola, enferma emocionalmente y cargaba con una culpa que no podía explicar a nadie.
Entonces recordó a la mujer que años atrás había iniciado todo.
La buscó.
Pero había pasado demasiado tiempo.
Lucía comprendió algo que la perseguiría durante años:
ella había conseguido exactamente aquello que había deseado.
Su amiga perdió al hombre.
Él terminó con Lucía.
Lucía se casó con él.
Pero nada de aquello produjo felicidad.
Por el contrario, cada paso parecía haber llevado a una pérdida nueva.
Con los años comenzó a preguntarse si realmente había existido algo sobrenatural detrás de todo o si simplemente sus propias decisiones habían construido aquella tragedia.
Quizá la supuesta brujería nunca hizo nada.
Quizá los celos, la obsesión y la culpa fueron suficientes.
Pero había una pregunta que nunca pudo responder.
¿Por qué aquella mujer, antes de comenzar, le había preguntado:
—¿Estás segura de lo que estás pidiendo?
Lucía había respondido que sí.
Hoy asegura que, si pudiera regresar a aquella habitación y encontrarse nuevamente frente a ella, respondería algo completamente diferente.
Porque aprendió demasiado tarde que conseguir lo que deseas no significa conseguir lo que necesitas.
Y algunas decisiones pueden perseguirte mucho después de que aquello que tanto querías haya dejado de importarte.