La vendieron para servir al rey alfa… pero una sola palabra suya hizo que toda la manada cayera de rodillas

La vendieron para servir al rey alfa… pero una sola palabra suya hizo que toda la manada cayera de rodillas

La vendieron para pagar una deuda, y en el castillo del rey lobo le dieron un cepillo para limpiar la sangre del patio.

Meline pensó que, si no llamaba la atención, quizá lograría sobrevivir al invierno.

Pero la primera vez que el rey ordenó a sus lobos arrodillarse, ella fue la única que no pudo obedecer.

Y cuando un guerrero fuera de control se lanzó sobre ella, descubrió por qué.

En el invierno de 1342, las aldeas del norte apenas tenían leña para calentarse. Nathaniel Hayes, el padre de Meline, había entrado a cazar en tierras prohibidas para conseguir comida. Lo atraparon los guardias del clan Ironhold. La pena por cruzar sus fronteras era la muerte.

Nathaniel consiguió salvarse ofreciendo lo único que todavía podía entregar: a su hija de diecinueve años.

Meline llegó al castillo en un carro, con una bolsa de tela, el peine de madera de su madre y una muda de ropa. La recibió Agatha, la encargada de las sirvientas, quien le explicó que debía limpiar las fosas de entrenamiento y las perreras. Tenía prohibido hablar con los guardias, mirar a los señores a los ojos o acercarse a los pasillos privados.

El castillo estaba hecho de piedra oscura y se alzaba sobre un valle helado. Ahí mandaba Gideon Hastings, el rey alfa. Meline lo veía de lejos: un hombre enorme, con una cicatriz junto al ojo y una presencia tan pesada que hasta los guerreros parecían medir cada respiración cuando él pasaba.

Durante el primer mes, Meline trabajó hasta que se le abrieron las manos. Aprendió a pasar desapercibida y a distinguir cuándo un lobo estaba fanfarroneando y cuándo estaba a punto de perder el control.

Entonces anunciaron una ejecución pública. Un intruso de otro territorio había sido capturado y Gideon salió al patio para imponer su autoridad. Sus ojos brillaban bajo la luz gris. Cuando dejó escapar un gruñido, todos los licántropos cayeron de rodillas.

Meline sintió que algo le ardía por dentro. Su cuerpo quería mantenerse erguido. Tuvo que apretar los dientes y obligarse a bajar al suelo, convencida de que el miedo la estaba haciendo reaccionar de forma extraña.

Se guardó la pregunta. Una sirvienta humana no podía permitirse hacer preguntas al rey.

Dos meses después, el castillo se preparó para el banquete de la Luna de Sangre. Meline fue asignada a servir vino en el gran salón. En la mesa principal se sentaba Isabella Mercer, hija de un poderoso señor y favorita de muchos como futura compañera de Gideon.

Un guerrero de la familia Mercer, borracho y de mal humor, le exigió más vino. Cuando Meline se acercó, él le apretó la muñeca y la jarra cayó sobre la mesa. El hombre se levantó, furioso, y empezó a transformarse.

Gideon le ordenó detenerse, pero el guerrero ya no parecía escucharlo. En vez de atacar al rey, se lanzó contra Meline. Ella quedó atrapada entre él y el muro. Gideon saltó sobre la mesa, pero estaba demasiado lejos.

Entonces, el mismo fuego que Meline había sentido en el patio le subió desde el pecho hasta la garganta. No le salió un grito de miedo. Le salió una orden.

—¡Sométete!

El guerrero se estrelló contra el suelo. En el gran salón, los demás lobos comenzaron a caer de rodillas también. Solo Gideon permaneció de pie, mirándola como si acabara de reconocer algo que llevaba siglos perdido.

PARTE 2

El silencio del salón se volvió insoportable. Meline bajó la mano, pero los licántropos seguían en el suelo, incapaces de levantarse. El propio beta del rey, un hombre conocido por su disciplina, apenas podía apoyarse en las piernas.

Gideon se aferró al borde de la mesa para no caer. La madera crujió bajo sus dedos mientras luchaba contra una fuerza que no entendía.

—Despejen el salón —ordenó al fin.

Cuando los guardias se llevaron a los invitados, el rey condujo a Meline a sus habitaciones privadas y cerró la puerta. No la amenazó. Tampoco intentó darle órdenes. Solo le preguntó quién había sido su madre.

Meline respondió que su madre, Catherine, era hija de una panadera y que había muerto cuando ella era pequeña. De su padre, dijo, solo sabía que era un hombre endeudado y desesperado.

Gideon sacó un pergamino antiguo de su escritorio. Le explicó que, antes de que existieran los clanes y sus jerarquías, hubo una estirpe a la que llamaban los Primeros. No eran licántropos ni simples mortales. Según los textos, su voz podía alcanzar la parte más profunda del instinto de los lobos.

Los clanes de sangre pura los habían perseguido hasta hacer creer que ya no quedaba ninguno.

—Lo que hiciste no fue magia común —le dijo—. Los obligaste a obedecerte desde el fondo de su naturaleza.

Meline apenas podía procesar esas palabras. Toda su vida se había considerado una muchacha sin importancia. ¿Cómo podía ser descendiente de esa estirpe?

La respuesta llegó desde una puerta oculta. Lord Frederick Mercer entró con Isabella a su lado y una ballesta cargada con un virote de plata.

Frederick reveló que sabía quién era Meline. Su madre había pertenecido a la estirpe de los Primeros. Los Mercer habían perseguido a su familia décadas atrás, pero Catherine logró ocultarse entre los habitantes de una aldea. Frederick había manipulado a Nathaniel para que cruzara la frontera; sabía que el rey exigiría un castigo y que Meline acabaría dentro del castillo.

El ataque del banquete tampoco había sido un accidente. El plan era eliminarla antes de que alguien descubriera su origen.

Gideon se transformó parcialmente y se lanzó contra ellos. Pero la entrada se llenó de mercenarios armados con espadas cubiertas de una sustancia que debilitaba a los lobos. Frederick disparó. Gideon ya tenía una herida en el hombro y no alcanzó a esquivar el virote.

Meline vio la ballesta apuntando al pecho del rey. La misma fuerza que había obligado a todo un salón a arrodillarse se encendió dentro de ella, más intensa que antes. Alzó la mano.

El virote se desvió en el aire y se hizo pedazos contra la chimenea.

Los mercenarios soltaron sus armas. Uno por uno, cayeron de rodillas. Isabella quiso atacar a Meline, pero quedó inmovilizada a mitad de su transformación cuando la joven le ordenó detenerse.

Frederick intentó escapar. Gideon, herido pero aún en pie, lo detuvo antes de que cruzara la puerta y lo entregó a los guardias junto con Isabella y los mercenarios.

Cuando la fuerza abandonó el cuerpo de Meline, las piernas le fallaron. Gideon la sostuvo antes de que cayera. Él también necesitaba atención, pero se quedó a su lado hasta que los sanadores llegaron.

Para el amanecer, los aliados de los Mercer habían sido arrestados e Isabella había perdido su título y su lugar en el clan. Meline ya no volvió a las perreras ni a los patios de entrenamiento. El consejo reconoció en ella a una descendiente de los Primeros y, por primera vez, escuchó lo que tenía que decir.

Desde el balcón del castillo, Meline contempló el patio cubierto de nieve junto a Gideon. Los lobos levantaron la cabeza y lanzaron un aullido que recorrió el valle. No era una señal de sumisión.

Era la bienvenida de una manada que, hasta esa noche, había creído que la única voz capaz de gobernarla era la del rey.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward