La Vendieron al Rey Alfa Más Cruel… Pero Cuando Él Vio la Cicatriz en Su Cuerpo, Reconoció a la Niña que Nunca Pudo Olvidar

La Vendieron al Rey Alfa Más Cruel… Pero Cuando Él Vio la Cicatriz en Su Cuerpo, Reconoció a la Niña que Nunca Pudo Olvidar

Por unas pocas monedas de cobre, Percival Harrington puso a su propia hija en venta. Isolda permanecía descalza sobre el tablado, con las muñecas atadas y la lluvia pegándole el cabello oscuro a la cara. En medio de la plaza, buscó a su padre entre la multitud. Él sostenía un libro de cuentas contra el pecho y apartaba la mirada.

Antaño había sido un comerciante respetado. Después llegaron las apuestas, las deudas y los prestamistas de la manada. Perdió sus tierras y sus caballos; ahora pretendía saldar lo que debía entregando a Isolda, una joven humana de veinte años. El subastador la describió como dócil y apta para cualquier trabajo. Algunos lobos ofrecieron unas cuantas monedas más. Isolda apretó los ojos, deseando que quien la comprara solo quisiera una criada.

Entonces la plaza quedó en silencio. Los presentes se apartaron para abrir paso a una comitiva encabezada por Kalin Croft, rey alfa de la manada Ironwood. Vestía pieles oscuras sobre una armadura marcada por batallas, y una cicatriz le cruzaba la mandíbula. Su nombre bastaba para infundir miedo incluso lejos de sus dominios.

Kalin desmontó y miró a Isolda con unos ojos ambarinos que parecían atravesarla.

—¿Cuánto piden por ella?

El subastador apenas consiguió responder. Kalin ofreció quinientas monedas de oro. El padre de Isolda dejó caer su libro de cuentas. Nadie se atrevió a discutir el precio.

Cuando los guardias subieron al tablado, a ella le fallaron las piernas. No entendía por qué el rey más temido del norte había pagado una fortuna por una humana sin fortuna ni poder. Solo supo que su vida acababa de cambiar de dueño.

La llevaron al norte en una caravana. Kalin no volvió a dirigirle la palabra y permitió que viajara entre sacos y barriles, como si fuera una carga más. El frío se colaba por las tablas del carro, y la ropa ligera de Isolda no bastaba para protegerla. Cuando una tormenta azotó el paso de montaña y el eje del vehículo se quebró, ella ya apenas podía moverse. Tenía los labios azulados y el cuerpo sacudido por temblores.

Kalin apartó de golpe la lona. Al verla, soltó una maldición y la levantó en brazos. La llevó a su tienda, donde ardía un brasero, y ordenó a Mora, la curandera, que la atendiera. Isolda estaba demasiado débil para protestar cuando Mora cortó la tela empapada y la cubrió con toallas secas.

Fue entonces cuando quedó al descubierto la cicatriz de su omóplato derecho: una marca pálida, profunda y dentada, como la mordida de un lobo joven.

Kalin se quedó inmóvil. Su expresión cambió de pronto, y la autoridad feroz que llevaba en el rostro se quebró. Se acercó despacio, con la mano temblándole a pocos centímetros de la piel de Isolda. Ella creyó que la despreciaba por estar marcada y trató de cubrirse, pero él se quitó la capa de pieles y la envolvió con ella.

—Estás a salvo —murmuró.

Cuando Isolda despertó, estaba en una habitación cálida de Ironwood Keep, vestida con un camisón de seda. Mora le explicó que no era una esclava, aunque no pudo aclarar por qué el rey la protegía. Lady Beatrice, una noble de la manada, irrumpió poco después para llamarla mascota y amenazarla. Kalin apareció antes de que pudiera continuar y la echó con una advertencia helada.

A solas con Isolda, el rey confesó que la había comprado para saldar una deuda antigua, una deuda de sangre e hierro. Luego miró, apenas un instante, hacia su hombro.

Isolda no entendió. Pero cuando él volvió a ver la cicatriz, sus ojos se llenaron de algo parecido al dolor. Y pronunció, con la voz rota:

—Esa marca… la dejé yo.

Parte 2

Isolda dejó de respirar por un instante. Kalin se arrodilló junto a ella, sin atreverse a tocarla.

Le contó que, cuando era un cachorro, había quedado atrapado en una trampa cubierta de plata. Estaba herido, solo y a punto de morir. Una niña humana lo encontró y, pese a sus gruñidos, abrió las mandíbulas metálicas con una barra de hierro. En su pánico, él la mordió en el hombro y huyó. Después pasó años buscándola, pero creyó que había muerto cuando unos saqueadores destruyeron el campamento donde vivía.

La niña era Isolda.

—No sabía quién eras cuando subí al tablado —dijo Kalin—. Reconocí tu olor y luego vi la cicatriz. Pensé que los dioses me habían concedido la oportunidad de reparar lo que hice.

Isolda recordó la lluvia, la trampa y al cachorro de ojos dorados. El monstruo que había temido desde la subasta había sido aquel animal herido al que ella salvó.

—Me encontraste —susurró—. Y ahora me has salvado tú.

Kalin inclinó la cabeza, vencido por la culpa. Isolda le apoyó una mano en el cabello. No borraba lo ocurrido, pero podía aceptar que aquel niño asustado no había querido hacerle daño.

En la fortaleza, Kalin cumplió su palabra: Isolda tuvo libertad para recorrer las estancias y recibió comida, ropa y una habitación propia. Él la visitaba junto al fuego y escuchaba sus historias, sin exigirle afecto ni obediencia. Sin embargo, Lady Beatrice y su hermano Cedric veían en la protección del rey una debilidad que podían aprovechar.

Una noche, un joven sirviente le dijo a Isolda que Kalin quería enseñarle las rosas de invierno en las bodegas. Ella lo siguió por una escalera de piedra. Al entrar en el sótano, oyó cerrarse la puerta a sus espaldas. Cedric salió de entre las sombras con una daga oxidada. Beatrice apareció junto a unos barriles.

Cedric arrojó al suelo una bolsa de polvo plateado. Planeaban acusar a Isolda de contaminar las reservas de agua y ejecutarla como espía. Cuando él se abalanzó sobre ella, Isolda esquivó el golpe y tomó un atizador. Logró herirle la pierna, pero el lobo la lanzó contra el muro. La tela de su vestido se rasgó y la cicatriz quedó expuesta.

Cedric levantó la daga.

La puerta reforzada estalló hacia dentro. Kalin llenó el umbral, transformado por el olor de la sangre de Isolda. Cruzó la estancia en un instante, sujetó a Cedric por el cuello y lo arrojó contra la pared. Beatrice cayó de rodillas e intentó culpar a Isolda, llamándola espía y criatura defectuosa.

Kalin se volvió hacia ella.

—Mira bien esa cicatriz —rugió—. Es la marca de mis colmillos. Ella salvó mi vida cuando todos los de mi especie me abandonaron. Es la razón por la que hoy existe un rey en Ironwood.

Isolda comprendió al fin por qué Kalin había pagado aquella suma y por qué nunca apartaba los ojos de su hombro. Él no la había comprado por capricho: intentaba devolverle una vida que creía deberle.

Kalin se arrodilló ante ella y le pidió perdón. Isolda le tomó la mano. La deuda del pasado no podía cambiarse, pero juntos podían decidir qué hacer con el futuro.

La corte presenció cómo el temido alfa ayudaba a Isolda a ponerse en pie. Ya nadie volvió a llamarla mercancía. Con el tiempo, ella dejó de ser la muchacha entregada para saldar una cuenta y se convirtió en una figura respetada de Ironwood, no por la cicatriz ni por el precio que alguien pagó por ella, sino por su valentía.

Y Kalin, que había pasado la vida creyendo que solo sabía luchar, aprendió a proteger sin encadenar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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