La Vampiresa Que Debía Matar al Ángel Caído… Hasta Que Descubrió Que Él Llevaba Meses Esperándola y Que el Cielo Ya Había Decidido Cómo Castigarlos
La Vampiresa Que Debía Matar al Ángel Caído… Hasta Que Descubrió Que Él Llevaba Meses Esperándola y Que el Cielo Ya Había Decidido Cómo Castigarlos

PARTE 1
Morra llevaba tantos siglos viva que había olvidado la última vez que algo consiguió sorprenderla.
Conocía el miedo.
Conocía el hambre.
Conocía a los hombres que mentían, a los vampiros que traicionaban y a las criaturas del plano oscuro que se arrastraban por los callejones de Beltmore buscando algo más débil que ellas.
Lo que no conocía era aquella sensación.
Sus colmillos reaccionando sin que ella quisiera.
Todo comenzó una noche en el barrio del río.
Morra había salido de su mansión después de recibir información sobre extraños movimientos en la ciudad. Durante varias noches, pequeñas criaturas se habían concentrado en el sector sur como si algo invisible las estuviera llamando.
Morra siguió aquella presencia.
No olía a humano.
No olía a vampiro.
Tampoco pertenecía al plano oscuro.
Era algo más antiguo.
Cuando llegó a un callejón estrecho encontró tres carroñeros rodeando a un hombre apoyado contra una pared.
Morra tardó apenas unos segundos en comprender qué era.
Un ángel caído.
Pero no uno reciente.
El brillo de su piel estaba casi extinguido, señal de que llevaba muchos años lejos del cielo.
Los carroñeros atacaron.
Morra los eliminó antes de pensar por qué estaba interviniendo.
Cuando terminó, el desconocido ni siquiera parecía agradecido.
—No necesitaba ayuda.
Morra miró los cuerpos.
—Claro. Se nota.
El hombre sostuvo su mirada.
Eso ya era extraño.
La mayoría de las criaturas retrocedían cuando Morra las observaba de aquella manera.
Él no.
Y entonces ocurrió otra vez.
Sus colmillos descendieron ligeramente.
Morra los ocultó.
Aquello la irritaba.
Había controlado su cuerpo durante siglos. Ningún olor, ninguna sangre, ninguna presencia podía obligarla a reaccionar así.
Hasta él.
—¿Cómo te llamas? —preguntó finalmente.
—Erion.
—Morra.
Él miró unas extrañas marcas grabadas en la pared.
Morra también las había notado.
Eran símbolos parecidos a los utilizados por el Consejo del Alba para controlar las fronteras entre planos.
—Mañana puedo explicártelo —dijo Erion.
—¿Estás suponiendo que vendré?
—Estoy suponiendo que si no quisieras saberlo, ya te habrías ido.
Morra casi sonrió.
—¿Dónde?
—El monasterio abandonado del barrio sur.
Ella dio media vuelta.
Entonces Erion dijo algo que la hizo detenerse.
—Cambias de ruta cada cuatro noches.
Morra giró lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Nunca cazas dos noches seguidas en el mismo barrio. Los martes pasas por el mercado. Los jueves prefieres el puerto. Esta noche las marcas hicieron que cambiaras el recorrido.
La mano de Morra se movió hacia el interior de su capa.
—¿Me has estado siguiendo?
Erion no mostró miedo.
—He estado observando algo que reacciona a esas marcas.
—¿Durante cuánto tiempo?
Él guardó silencio un instante.
—Desde que llegué a Beltmore.
—¿Cuánto hace?
—Tres meses.
Morra sintió un impulso inmediato de arrancarle la garganta.
—Tres meses observándome y nunca pensaste en presentarte.
—Pensé en hacerlo.
—¿Y?
Erion se acercó un paso.
—Primero necesitaba saber qué eras realmente.
Morra mostró apenas los colmillos.
—Ten cuidado con la siguiente frase.
Erion no retrocedió.
—Los libros dicen que las vampiresas antiguas solo funcionan por hambre e instinto.
—¿Y tú qué descubriste?
—Que los libros están equivocados.
El silencio cambió entre ellos.
Morra volvió a mirar las marcas.
—Entonces explícame por qué estaban allí.
Erion señaló la piedra.
—Porque alguien está intentando abrir algo entre los planos.
Morra frunció el ceño.
—¿Y tú cómo sabías que yo aparecería?
Él la miró directamente.
Esta vez no hubo evasivas.
—No lo sabía al principio.
Una pausa.
—Pero esta noche…
Erion dio otro paso.
—yo me aseguré de que estuvieras allí.
PARTE 2
Morra llegó al monasterio cuatro noches después.
No porque confiara en Erion.
Eso se repetía a sí misma.
La puerta estaba abierta.
En el piso superior encontró una biblioteca iluminada por tres velas y una mesa cubierta por mapas de Beltmore.
Erion estaba frente a una ventana.
No se sorprendió cuando ella entró.
—Tardaste.
—Tengo una vida.
Morra se acercó al mapa.
Entonces dejó de hablar.
Sus rutas estaban dibujadas.
Calles.
Horarios.
Cambios de dirección.
Incluso pequeñas decisiones que ella creía que nadie había notado.
—Esto es inquietante —dijo.
—Es información.
—Eso es exactamente lo que diría alguien inquietante.
Erion casi sonrió.
Morra señaló varios símbolos rojos.
—Explícame esto.
Erion le mostró que alguien estaba reproduciendo antiguos sistemas de demarcación utilizados por el Consejo del Alba.
No eran originales.
Eran copias.
Pero lo bastante buenas para funcionar.
—¿Para qué sirven?
—Para adelgazar la separación entre planos.
Morra lo miró.
—¿Abrir una puerta?
—Crear una grieta.
—¿Para dejar entrar qué?
Erion tardó demasiado en contestar.
Aquella respuesta quedó pendiente porque ambos comprendieron algo peor.
Quien estaba construyendo el sistema necesitaba conocimiento celestial.
Y Erion poseía ese conocimiento.
Durante las noches siguientes trabajaron juntos.
Morra conocía Beltmore como alguien que había vivido décadas en cada calle.
Erion conocía las reglas del cielo.
Ella sabía cómo se comportaban las criaturas oscuras.
Él sabía qué símbolos podían alterar las fronteras entre mundos.
La cercanía produjo otro problema.
Cada vez que Erion se acercaba demasiado, los colmillos de Morra reaccionaban.
Una noche él finalmente preguntó:
—Cuando estoy cerca… ¿te cuesta controlarlos?
Morra lo miró fríamente.
—Si alguna vez ves que mis ojos cambian, aléjate.
—¿Y si no quiero?
—Erion.
—¿Y si confío en ti?
Aquello fue peor que cualquier provocación.
—No deberías.
—Pero lo hago.
Morra no respondió.
Continuaron investigando.
Hasta que encontraron un detalle oculto en un antiguo libro de Praga.
Los sistemas celestiales registraban automáticamente quién había autorizado su apertura.
Morra puso el libro delante de Erion.
—Dime el nombre.
La mandíbula de él se tensó.
—Sariel.
Morra lo conocía solo por reputación.
Uno de los miembros más antiguos del Consejo del Alba.
—¿Por qué haría esto?
Erion miró el mapa.
—Por mí.
La construcción en el sector sur era una trampa.
Sariel sabía que Erion estaba en Beltmore.
Sabía que investigaría.
Y probablemente sabía también que Morra terminaría involucrándose.
Entonces Erion confesó por qué había caído del cielo.
Años atrás había ocurrido una muerte que el Consejo consideraba aceptable.
Una joven humana debía morir como parte de un reajuste entre planos.
Erion vio lo que sucedería.
Y se negó a permitirlo.
—¿La conocías?
—No.
Morra quedó inmóvil.
—¿Perdiste el cielo por alguien que ni siquiera sabía tu nombre?
—Sí.
—¿Lo harías otra vez?
Erion la miró.
—Sí.
Entonces Morra entendió algo fundamental.
Erion no había caído por corrupción.
Había caído por desobedecer una ley que consideraba injusta.
Y Sariel había sido quien había cerrado aquel caso.
Más aún: Sariel había visto algo en el futuro de aquella línea humana que deseaba impedir.
Morra comenzó a sospechar que el problema era mucho mayor que una simple grieta en Beltmore.
Juntos localizaron el punto central del sistema.
Bajo el sector sur encontraron un ancla de piedra negra rodeada de símbolos.
Erion comenzó a desactivarla.
Morra protegió la entrada.
La respuesta llegó rápido.
Criaturas coordinadas aparecieron para detenerlos.
No eran carroñeros.
Alguien las controlaba.
Morra luchó mientras Erion interfería con el ancla.
El sistema comenzó a colapsar.
Finalmente la energía de los símbolos se apagó.
La grieta quedó cerrada.
—¿Funcionó? —preguntó Morra.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Erion la miró.
—Hasta que Sariel responda.
Y Sariel respondió.
Pero no aquella noche.
Antes ocurrió algo que ninguno de los dos había planeado.
Después de semanas trabajando juntos, evitando lo evidente y acercándose un poco más cada noche, Morra dejó de fingir.
Besó a Erion.
Él respondió sin miedo.
Aquella noche Morra permitió por primera vez en siglos que alguien estuviera cerca sin calcular cuánto peligro representaba.
Erion prometió estar allí al día siguiente.
—Promesa —dijo ella.
—Promesa.
Morra no sabía que aquella sería la última noche tranquila de esa vida.
Al anochecer siguiente salió hacia el barrio del río.
Cuatro hombres la esperaban.
No eran asesinos normales.
Habían estudiado sus movimientos.
Sabían cómo luchaba.
La atacaron desde cuatro direcciones.
Morra derribó al primero.
Evitó al segundo.
El tercero consiguió desequilibrarla.
El cuarto hundió una daga en su costado.
Morra miró el arma.
Plata.
Pero no era plata común.
Los mismos símbolos de anclaje estaban grabados sobre la hoja.
Sintió el frío extenderse por su cuerpo.
Los atacantes se marcharon sin apresurarse.
Sabían que no necesitaban terminar el trabajo.
La daga lo haría.
Morra se deslizó contra la pared.
Miró las estrellas.
Pensó en Erion.
—No tardes…
Erion la sintió desde el monasterio.
Algo en la presencia de Morra cambió bruscamente.
Corrió.
Cuando llegó al callejón la encontró todavía consciente.
—No saques la daga —susurró ella—. No puedo curarme.
Erion observó la plata.
Después hizo algo inesperado.
Se mordió su propia muñeca.
Sangre dorada apareció.
—Bebe.
Morra abrió mucho los ojos.
—No.
—Bebe de mí.
—Sabes lo que hará el cielo si mezclas tu sangre con la mía.
—No me importa.
—Erion…
Él la sostuvo.
Por primera vez Morra vio miedo verdadero en sus ojos.
No miedo de morir.
Miedo de perderla.
—No voy a verte morir cuando puedo impedirlo.
—Vas a pagar por mí.
Erion acercó su muñeca.
—No estoy pagando.
La miró.
—Te estoy eligiendo.
Morra bebió.
La sangre celestial fue diferente a cualquier cosa que hubiera probado.
Calor.
Luz.
Vida.
El veneno de la plata comenzó a retroceder.
Su cuerpo expulsó lentamente la daga.
La herida empezó a cerrarse.
Morra respiró.
Estaba viva.
Y entonces apareció la luz.
No procedía de la luna.
No procedía de Beltmore.
Una claridad blanca llenó el callejón.
Erion levantó la cabeza.
Su rostro cambió.
Una voz formada por muchas voces habló desde ninguna parte.
—No es la primera vez que interfieres.
El cuerpo de Erion comenzó a temblar.
El cielo lo había encontrado.
—Te alejamos de nosotros —continuó la voz— y todavía no has aprendido.
Erion abrazó a Morra.
—La salvé.
—Has puesto tus deseos sobre las leyes.
—No iba a dejarla morir.
Entonces llegó la sentencia.
Erion había querido darle vida.
Su castigo sería verla morir.
Una y otra vez.
Morra despertaría después sin recuerdos.
Sin saber quién había sido.
Sin recordar Beltmore.
Sin recordar a Erion.
Volverían a encontrarse.
Ella sentiría que lo conocía aunque no pudiera explicar por qué.
Y cuando él consiguiera recuperarla…
volvería a perderla.
Vida tras vida.
—¿Y si la encuentro antes? —preguntó Erion desesperado—. ¿Y si la salvo?
La respuesta fue despiadada.
—La verás morir otra vez.
La luz desapareció.
Erion tenía lágrimas en el rostro.
Morra sintió su cuerpo debilitarse.
—¿Qué pasó?
Él intentó ocultarlo.
No pudo.
—Nos han condenado.
Le explicó.
Morra cerró los ojos durante un instante.
Después apretó su mano.
—Entonces encuéntrame.
—Siempre.
—No tardes.
Erion lloraba.
—Te encontraré en cada vida.
Morra intentó sonreír.
—Recuerda que me debes una cena.
Sus dedos comenzaron a perder fuerza.
Su última mirada encontró la de él.
Después se apagó.
Erion permaneció abrazándola en el callejón.
No sabía cuánto tiempo pasó.
Entonces encontró algo entre sus manos.
Una pluma negra.
No era de ave.
Era un resto de las alas que había perdido cuando cayó.
La sostuvo contra el pecho.
Y sintió algo.
Una posibilidad.
Tal vez la maldición podía romperse.
No sabía cómo.
No sabía cuándo.
Pero tenía algo que Sariel no había previsto.
Tiempo.
—Tengo toda la eternidad —susurró.
Erion se levantó con Morra en brazos.
Y caminó hacia la oscuridad.
No hacia el monasterio.
Hacia la próxima vida.
Detrás de ellos, Aldrick y Seren habían visto todo.
Aldrick incluso había proporcionado información a los hombres que atacaron a Morra, siguiendo órdenes cuya verdadera procedencia desconocía.
Miró el cuerpo de Morra.
Miró a Erion alejándose.
Por primera vez cuestionó aquello que había obedecido.
—¿Qué hemos hecho? —preguntó Seren.
Aldrick cerró su cuaderno.
—Ahora voy a averiguar quién dio esas órdenes.
Muy por encima de Beltmore, Sariel añadió una frase a su registro:
La línea se ha roto. El ciclo comienza.
Cerró el libro.
Pero en ese mismo instante, la pluma negra que Erion llevaba contra el pecho emitió un débil resplandor.
Solo durante un segundo.
Como si algo en el universo hubiera respondido.
Como si la condena que el cielo consideraba eterna acabara de encontrar su primera grieta.
Y Erion siguió caminando.
Porque había hecho una promesa.
Encontraría a Morra.
Aunque ella tuviera otro nombre.
Aunque otro rostro cubriera sus ojos.
Aunque no recordara Beltmore.
Aunque tuviera que perderla cien veces.
La encontraría ciento una.
Porque el cielo le había dado una maldición eterna.
Pero también había cometido un error.
Erion tenía toda la eternidad para aprender a romperla.