La traicionó con su hermana y creyó haberla perdido… hasta que volvió y encontró a sus gemelos junto al rey licano
La traicionó con su hermana y creyó haberla perdido… hasta que volvió y encontró a sus gemelos junto al rey licano

Rosalind encontró a su esposo en la cama con su propia hermana.
Esa misma noche se marchó del castillo, embarazada de gemelos y sin decirle a nadie que los esperaba.
Creyó que solo tenía que sobrevivir al camino hacia el norte.
No sabía que, años después, el rey volvería por ella… y por los hijos que nunca conoció.
En 1243, Rosalind era la Luna del rey Cedric, líder de los clanes del sur. Su matrimonio había unido a familias rivales, pero últimamente Cedric pasaba las noches en reuniones y regresaba con el olor a alcohol y perfumes ajenos.
La hermana menor de Rosalind, Genevieve, también había empezado a faltar a las cenas. Rosalind trataba de no sospechar. Tenía una sorpresa para su esposo: esperaba gemelos y planeaba contárselo antes de que él partiera a sofocar una rebelión.
La noche de la despedida de Cedric, Rosalind fue a buscarlo a sus habitaciones con un amuleto de plata que quería entregarle. Al abrir la puerta, lo encontró en la cama con Genevieve. El amuleto cayó al suelo.
Cedric intentó justificarse, pero Rosalind no quiso escucharlo. Genevieve, en cambio, la miró sin vergüenza y le dijo que Cedric necesitaba una mujer más fuerte, capaz de darle herederos.
Rosalind sintió que su vínculo con el rey se volvía frío y quebradizo. Cedric incluso le propuso que los tres siguieran viviendo en el castillo, como si ella pudiera aceptar ser reina de día y una esposa traicionada de noche.
Ella rechazó la propuesta. Esa madrugada, con ayuda de Thomas, su leal administrador, salió del castillo con una bolsa de comida, ropa abrigada y un cuchillo. No se llevó joyas ni vestidos de la corte. No pensaba volver.
Se dirigió al norte, una región de montañas y nieve donde pocos lobos se aventuraban. Su caballo no resistió el frío. Rosalind siguió a pie, agotada y con el embarazo cada vez más difícil de ocultar.
Tras varias semanas, cayó junto a un río congelado. Apenas alcanzó a cubrirse el vientre antes de que la venciera el cansancio. Una figura enorme apareció entre la tormenta: un licano de pelaje oscuro y ojos violetas.
Cuando despertó, estaba en Winterborn, una fortaleza construida en la montaña. A su lado se encontraba Roderick, soberano de los licanos del norte. Él le aseguró que ella y sus bebés estaban a salvo y que, bajo las antiguas leyes de refugio, nadie podía reclamarla allí.
Rosalind se recuperó con el tiempo. Los licanos la trataron con respeto y Roderick admiró su inteligencia y su fortaleza. No intentó reemplazar al hombre que la había traicionado; simplemente le ofreció un lugar donde sanar y una oportunidad para dirigir su propia vida.
Cuando llegó el momento del parto, Rosalind estuvo a punto de morir. Roderick usó su propia sangre para ayudarla a sobrevivir. Los gemelos nacieron sanos: un niño, Arturo, y una niña, Matilda.
Roderick los aceptó como hijos de la casa del norte y le propuso a Rosalind que gobernara a su lado. Ella aceptó, esta vez sin sentirse obligada por una alianza política.
Tres años después, Cedric volvió de la guerra y encontró un reino dividido, una corte que ya no confiaba en él y ninguna noticia de Rosalind. Entonces un explorador le informó que la había visto en Winterborn, convertida en reina y acompañada por dos niños.
Cedric convocó a sus soldados y marchó hacia el norte para reclamarla. Cuando llegó a la fortaleza, exigió que Roderick le devolviera a su esposa y a sus herederos. Rosalind se acercó con sus hijos, envueltos en capas de piel.
Cedric esperaba ver en sus rostros una señal de su propia sangre. Los niños bajaron las capuchas y lo miraron. Pero sus ojos no eran dorados como los de Cedric: brillaban con el mismo violeta intenso que los de Roderick.
PARTE 2
Cedric se quedó inmóvil sobre su caballo. Afirmó que aquellos niños eran suyos y que Rosalind seguía unida a él por las antiguas leyes. Ella respondió que el vínculo se había roto la noche en que la encontró en la cama con Genevieve.
Roderick explicó que los gemelos estuvieron en peligro durante el parto. Su sangre licana había ayudado a Rosalind a sobrevivir, y la antigua magia del norte había pasado a los niños antes de que nacieran. No eran simples herederos del sur: pertenecían al linaje del norte.
Cedric, furioso, retó a Roderick a un combate para reclamar a los niños. El rey del norte aceptó. La lucha terminó rápido: Roderick desarmó a Cedric y lo dejó en la nieve, vencido.
Pudo haber acabado con él, pero Rosalind le pidió que se detuviera. No quería convertirlo en mártir ni iniciar otra guerra. Quería que regresara al sur sabiendo que había perdido a la familia y al reino que creyó poder conservar a cualquier precio.
Roderick respetó su decisión. Cedric volvió a su castillo con el orgullo herido y el ejército derrotado. Pero allí le esperaba otra noticia: los exploradores del norte habían capturado a un asesino enviado por Genevieve para atacar a los gemelos.
El hombre confesó que ella había pagado por el encargo. La corte, que ya desconfiaba de Genevieve, se volvió contra ella. Cuando Cedric regresó, los señores del sur ya la habían arrestado. Ella le pidió ayuda, pero él no movió un dedo.
El reinado de Cedric no se recuperó. Los clanes se separaron y las disputas dejaron a muchas aldeas sin protección. Años más tarde, los líderes del sur viajaron al norte para pedir ayuda a Rosalind.
Ella aceptó unir los territorios, pero no mediante otro matrimonio ni bajo las condiciones de una corte. Lo hizo como reina, junto a Roderick, con acuerdos que reconocían la independencia de los clanes.
Arturo y Matilda crecieron entre las dos tradiciones. Heredaron la sabiduría de su madre y los ojos violetas del linaje que les dio refugio. Cedric había marchado al norte creyendo que podía reclamar a la familia que perdió. En cambio, encontró un reino que ya no le pertenecía y dos hijos que nunca lo llamarían padre.