La sirvienta que el rey Alfa eligió como su reina

La sirvienta que el rey Alfa eligió como su reina

PARTE 1

Todos en Blackwood creían saber cómo terminaría el Festival de la Luna: el rey Alfa elegiría a la hermosa Genevieve Smith y su madre, Beatrix, se convertiría en la mujer más influyente del norte.

Nadie imaginaba que, cuando sonaran los tambores de medianoche, el rey ignoraría a la debutante vestida de seda y buscaría a una sirvienta escondida detrás de las cortinas.

Kaia Smith nunca debió trabajar como criada en su propia casa. Era la única hija de Adrian Smith, respetado Beta de Blackwood y propietario de una extensa finca maderera. Su padre le había prometido que algún día dirigiría aquellas tierras con justicia.

Todo cambió cuando Adrian fue encontrado sin vida cerca de la frontera. El informe habló de un ataque de renegados, pero Kaia nunca creyó esa versión.

Antes de que terminara el duelo, Beatrix, su madrastra, presentó un supuesto testamento. Según aquel documento, Adrian había perdido su fortuna en apuestas y dejaba a su esposa el control de todos sus bienes. Gregory, el Alfa local, aprobó los papeles sin hacer preguntas.

Kaia perdió su herencia, su dormitorio y hasta su apellido dentro de la manada. Beatrix la encerró en el desván y la obligó a cocinar, fregar y servir a los invitados. Mientras tanto, Genevieve, la hija de Beatrix, gastaba el dinero de Adrian en vestidos y joyas.

La llegada del rey Alfa Silas Vanderbilt convirtió el Festival de la Luna en el acontecimiento más importante de la década. Silas gobernaba trece manadas y había anunciado que elegiría compañera durante el baile ceremonial.

Beatrix vio la oportunidad de asegurar su poder.

Antes de la celebración encontró el único recuerdo que Kaia conservaba de su madre: un collar de plata con una luna de zafiro.

—Genevieve necesita algo especial —dijo, arrebatándoselo—. Considéralo tu aportación a esta familia.

Kaia tuvo que guardar silencio.

Durante el festival la mantuvieron en las cocinas, vestida con un uniforme gris y cubierta de hollín. Desde allí escuchó cómo la música se detenía cuando Silas entró en el pabellón. Incluso a distancia, su presencia despertó a la loba plateada de Kaia, dormida desde la muerte de su padre.

Beatrix había preparado un encuentro aparentemente accidental. Genevieve tropezó delante del rey, derramando vino sobre el mármol. Después mostró el escote y el collar robado mientras ofrecía una disculpa perfectamente ensayada.

Silas apenas la miró.

—Que alguien limpie esto.

Beatrix ordenó que llamaran a Kaia. Ella salió con la cabeza baja y se arrodilló para limpiar el vino. Entonces percibió el aroma del rey: cedro, lluvia y electricidad.

Su loba rugió dentro de ella una sola palabra:

«Compañero».

Silas también se quedó inmóvil.

Genevieve, irritada porque la atención del rey se había desviado, hundió deliberadamente el tacón sobre la mano de Kaia. Ella contuvo un grito, pero Silas soltó un gruñido tan poderoso que varios cristales temblaron.

Beatrix comprendió el peligro y arrastró a Kaia hasta una alcoba oculta. Le ordenó que no saliera mientras llegaba el momento de la selección.

Cuando sonaron los tambores, Genevieve extendió la mano hacia Silas delante de todos. Él pasó junto a ella sin detenerse.

Cruzó el salón siguiendo un aroma que nadie más podía percibir. Al llegar a la alcoba, arrancó las cortinas y encontró a Kaia sentada en el suelo, con el uniforme manchado y la mano herida.

El rey más poderoso del continente cayó de rodillas ante la sirvienta.

Tomó con cuidado sus dedos lastimados y preguntó:

—¿Quién te hizo esto?

Beatrix intentó acercarse, pero Silas levantó la mirada. Sus ojos ya no parecían humanos.

—Nadie toca a la mujer destinada a ser mi reina.

PARTE 2

—¡Es una impostora! —gritó Beatrix—. Esa muchacha es una renegada inestable a la que acogimos por compasión. ¡Guardias, sáquenla de aquí!

Dos ejecutores de Blackwood avanzaron, pero un gruñido de Silas los obligó a detenerse.

El rey se puso de pie sin soltar la mano de Kaia.

—Harrison —ordenó.

Su Beta real salió de entre los escoltas con una tableta.

—Identifica a esa mujer.

—Beatrix Smith, viuda de Adrian Smith y actual administradora de la finca familiar.

Silas observó a Genevieve y señaló el collar de zafiro.

—Quítatelo.

—Es mío —protestó ella—. Mi madre lo compró en París.

—Esa joya fue creada exclusivamente para la esposa del linaje Smith. Además, conserva el aroma de mi compañera.

Genevieve palideció. Bajo la presión de la mirada del rey, se arrancó el collar y lo dejó caer. Silas lo recogió, pero no se lo colocó inmediatamente a Kaia.

—¿Te pertenece? —preguntó.

Kaia asintió.

Solo entonces él lo abrochó alrededor de su cuello.

Beatrix intentó abandonar el pabellón, pero los guardias reales bloquearon las salidas.

—Ahora hablaremos de por qué la heredera legítima de esta casa vive como sirvienta —declaró Silas.

Gregory corrió hacia ellos.

—Todo es legal, majestad. Adrian dejó enormes deudas de juego. Beatrix aceptó administrar la finca para evitar la ruina de la manada.

Silas soltó una risa fría.

—Harrison, muéstrales lo que encontramos.

Las pantallas destinadas al programa del festival se encendieron. Aparecieron transferencias bancarias, documentos corporativos y cuentas registradas en el extranjero.

Harrison explicó que los auditores reales llevaban meses investigando la desaparición de dinero en Blackwood. Los supuestos acreedores de Adrian no existían. Eran empresas fantasma controladas por Beatrix.

Después mostró el testamento.

—La firma fue falsificada. Adrian nunca autorizó este documento.

La expresión de Gregory se derrumbó, pero Harrison aún no había terminado.

En la pantalla apareció un pago realizado poco antes de la emboscada contra Adrian. El dinero salió de una cuenta perteneciente a Beatrix y terminó en manos de los mismos mercenarios que lo atacaron.

Kaia sintió que el salón desaparecía a su alrededor.

Durante años había soportado rumores que presentaban a su padre como un jugador irresponsable. Ahora sabía que él jamás la había abandonado ni había destruido su herencia.

Había descubierto el robo y, por eso, Beatrix decidió silenciarlo.

—Tú lo hiciste —dijo Kaia.

Su voz fue apenas un susurro, pero toda la sala la escuchó.

Beatrix cayó de rodillas.

—Adrian iba a dejarte todo. Genevieve y yo merecíamos una parte. Solo quería asegurar nuestro futuro.

La loba de Kaia, reprimida durante cuatro años, despertó por completo. Sus ojos brillaron con un resplandor plateado y su espalda se enderezó. Ya no parecía la sirvienta que había salido de las cocinas, sino la hija del Beta que todos recordaban.

Silas miró al Alfa local.

—Gregory, aprobaste documentos falsos, permitiste el saqueo de la manada y convertiste en esclava a la heredera que tenías la obligación de proteger.

—Yo no sabía nada del ataque —balbuceó Gregory—. Beatrix me pagó para no investigar las cuentas, pero jamás…

—Eso es suficiente.

Los guardias le retiraron la insignia de Alfa y lo detuvieron para que respondiera ante el tribunal de las trece manadas.

Silas se volvió hacia Beatrix y Genevieve.

—Sus delitos podrían costarles la vida. Sin embargo, esta casa no me pertenece y tampoco me corresponde decidir en nombre de Kaia.

El rey dio un paso atrás.

Por primera vez, Beatrix tuvo que mirar a la muchacha que había humillado como a la verdadera dueña de la finca.

Kaia podría haber pedido el castigo más severo. Recordó el desván helado, las comidas que le negaban, el collar robado y los años durante los cuales creyó que su padre había muerto avergonzado.

También recordó quién deseaba ser antes de que le arrebataran su vida.

—No quiero convertirme en ustedes —dijo—. Beatrix, quedas despojada del apellido Smith y de todo lo adquirido con dinero robado. Tus cuentas serán congeladas y utilizadas para reparar el daño causado a los trabajadores de la finca. Tú y Genevieve abandonarán Blackwood bajo vigilancia y nunca podrán reclamar estas tierras.

Genevieve comenzó a llorar.

—¡Yo no sabía nada de las cuentas ni de Adrian!

Kaia la observó con serenidad.

—Quizá no conocías todos los crímenes de tu madre, pero sí sabías que ese collar era mío. También sabías que yo dormía en un desván mientras tú ocupabas mi habitación. Tu silencio te hizo cómplice de mi sufrimiento.

Los guardias escoltaron a ambas mujeres fuera del pabellón. Esta vez ningún invitado se inclinó ante ellas.

Cuando las puertas se cerraron, Silas se acercó a Kaia y limpió con el pulgar una mancha de hollín de su mejilla.

—Todos esperan que te lleve conmigo y te corone esta misma noche —murmuró—. Pero después de tantos años sin poder decidir sobre tu propia vida, no permitiré que el vínculo decida por ti.

Kaia lo miró sorprendida.

—¿No vas a reclamarme?

—Quiero que seas mi compañera, pero más que eso quiero que vuelvas a ser libre. Recupera primero tu nombre, tu casa y tu manada. Cuando sepas qué vida deseas, ven a buscarme… si todavía me eliges.

Silas besó suavemente su mano herida y abandonó el centro del salón.

Kaia pasó los meses siguientes reconstruyendo Blackwood. Devolvió salarios robados, abrió las cuentas de la finca a una auditoría pública y prohibió que cualquier miembro de la manada fuera degradado a sirviente como castigo. También limpió el nombre de su padre y levantó un monumento en su honor junto al bosque que él amaba.

Silas no intentó presionarla. Le escribió, la visitó cuando ella lo invitaba y la trató siempre como una igual.

Cuando Kaia sintió que la finca volvía a ser un hogar, viajó al palacio del norte llevando el collar de su madre.

Silas la esperaba solo en el patio.

—¿Has venido como heredera de Blackwood? —preguntó.

—Sí.

—¿Y como mi compañera destinada?

Kaia sonrió y colocó voluntariamente su mano sobre la de él.

—No he venido porque la luna me obligue. He venido porque, cuando todos intentaron decidir por mí, tú fuiste el único que me devolvió la elección.

La loba plateada de Kaia respondió al rugido del lobo de Silas. Ante las trece manadas, ambos completaron el vínculo y fueron coronados como iguales.

El Festival de la Luna no convirtió a una sirvienta en reina.

Simplemente reveló que la verdadera reina había estado allí todo el tiempo, oculta bajo un uniforme gris, esperando recuperar su voz.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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