La sirvienta pobre descubrió que el hijo del rey vampiro no estaba enfermo… alguien dentro del castillo le estaba robando su fuerza

La sirvienta pobre descubrió que el hijo del rey vampiro no estaba enfermo… alguien dentro del castillo le estaba robando su fuerza

PARTE 1

Todos en el castillo sabían que el pequeño príncipe estaba desapareciendo poco a poco.

Pero nadie imaginaba que la persona que descubriría la verdad sería una simple sirvienta que limpiaba los pasillos cuando todos dormían.

Durante meses, los mejores médicos del reino habían intentado salvar al heredero de Velmoria.

Nada funcionaba.

Los hechiceros más poderosos habían utilizado antiguos rituales.

Los alquimistas habían preparado pociones que valían más que una fortuna.

Pero cada amanecer, el príncipe Lucian parecía estar más débil que el día anterior.

Yo me llamaba Allara y, en aquel entonces, nadie en el castillo sabía siquiera mi nombre.

Era una huérfana que había crecido trabajando en la cocina del palacio.

Mi vida consistía en preparar bandejas, limpiar habitaciones y caminar por pasillos donde los nobles pasaban junto a mí sin mirarme.

Para ellos, yo era invisible.

Pero ser invisible tenía una ventaja.

La gente habla cuando cree que nadie está escuchando.

El castillo Blackthornne era enorme, antiguo y lleno de secretos.

Todos respetaban al rey Draven Nightshade.

Algunos le tenían miedo.

Durante siglos había sido conocido como un gobernante implacable que había sobrevivido a guerras y enemigos que intentaron destruirlo.

Pero había algo que nadie veía.

Cuando estaba frente a su hijo enfermo, no parecía un rey.

Parecía solamente un padre desesperado.

Cada noche lo observaba sentado junto a la cama del pequeño Lucian.

No se movía durante horas.

Como si apartarse un solo momento pudiera hacer que perdiera a su hijo.

Los médicos repetían siempre la misma explicación.

Una extraña enfermedad de sangre.

Una condición antigua imposible de curar.

Todos aceptaban esa respuesta.

Todos menos yo.

Porque había algo que no encajaba.

Después de cada tratamiento, Lucian mejoraba.

Sus manos dejaban de temblar.

Su rostro recuperaba color.

Incluso lograba abrir los ojos y mirar a su padre.

Pero siempre ocurría lo mismo.

Cuando llegaba la mañana, toda esa mejoría desaparecía.

Al principio pensé que era una coincidencia.

Después ocurrió otra vez.

Y otra.

Hasta que dejé de preguntarme cuándo empeoraba el príncipe.

Empecé a preguntarme quién se beneficiaba de que siguiera enfermo.

Una noche llevaba una bandeja de comida hacia la habitación del príncipe cuando vi algo extraño en el suelo.

Era un polvo brillante cerca de la puerta.

Me agaché pensando que era suciedad.

Pero cuando lo toqué, sentí un escalofrío.

Era plata.

Y en el castillo todos sabían que la plata no debía estar cerca del heredero vampiro.

Mucho menos cerca de un niño cuya salud ya era tan delicada.

Miré alrededor.

Los guardias estaban tranquilos.

Los médicos caminaban como si nada hubiera ocurrido.

Era como si nadie quisiera ver aquello.

Decidí preguntar.

Uno de los guardias simplemente me dijo que seguramente era un resto viejo del castillo.

Pero yo conocía esos pasillos.

Había trabajado allí durante años.

Ese polvo no estaba ahí por accidente.

Esa misma noche regresé al lugar.

Seguí el rastro lentamente.

Pasé por corredores oscuros, habitaciones abandonadas y pinturas antiguas donde los ojos de los antiguos reyes parecían seguirme.

El rastro terminaba frente a una pared donde no había ninguna puerta.

Pero algo era extraño.

La llama de mi vela se inclinaba hacia la piedra.

Como si detrás hubiera una corriente de aire.

O como si algo estuviera respirando al otro lado.

Recordé algo que mi madre adoptiva siempre decía:

“Los castillos viejos guardan más habitaciones de las que muestran.”

Presioné algunas piedras hasta encontrar un pequeño mecanismo oculto.

Entonces escuché un sonido.

Un clic.

La pared comenzó a abrirse lentamente.

Del otro lado había un pasadizo antiguo.

No parecía parte del castillo.

Parecía mucho más viejo.

Entré sin saber si estaba cometiendo el mayor error de mi vida.

Después de caminar durante varios minutos, llegué a una habitación escondida.

Y ahí entendí que todo lo que habían contado sobre la enfermedad del príncipe era una mentira.

Había un altar oscuro en el centro.

Sobre él flotaba una piedra roja que parecía tener luz propia.

Un hilo de energía salía de aquella piedra y atravesaba la pared en dirección a la habitación de Lucian.

Me quedé paralizada.

El príncipe no estaba perdiendo su fuerza.

Alguien se la estaba robando.

Entonces escuché voces.

Me escondí detrás de una columna.

Varias personas entraron.

Llevaban túnicas oscuras.

Eran hechiceros del palacio.

Pero no eran los mismos que atendían al príncipe frente a todos.

Estos parecían estar realizando un ritual secreto.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza cuando escuché una voz conocida.

Una voz que jamás esperaba escuchar allí.

Era Lord Malrich Nightshade.

El hermano del rey.

El hombre que todos consideraban el protector más fiel del príncipe.

El hombre que consolaba a la familia mientras Lucian se debilitaba.

Se acercó al altar y observó la piedra roja.

Después preguntó cuánto tiempo faltaba.

Uno de los hechiceros respondió que el proceso estaba funcionando.

Que el príncipe todavía tenía algunas semanas.

Malrich no mostró tristeza.

No mostró preocupación.

Solo sonrió.

En ese momento comprendí la verdad más aterradora.

El enemigo del rey no estaba fuera de las murallas.

Había estado viviendo dentro del castillo todo este tiempo.

Pero justo cuando intentaba escapar para avisar al rey Draven, una voz detrás de mí susurró mi nombre…

Y una mano apareció sobre mi hombro.

PARTE 2

Me quedé inmóvil.

Durante unos segundos pensé que todo había terminado.

No podía moverme.

No podía gritar.

La persona detrás de mí se acercó lentamente.

Pero no era uno de los hechiceros.

Era un guardia del rey.

Y en lugar de detenerme, bajó la voz.

—Si quieres seguir viva, tienes que escucharme.

No entendía nada.

¿Cómo sabía quién era yo?

¿Cómo sabía lo que había encontrado?

Entonces me dijo algo que cambió todo.

Él también sospechaba desde hacía tiempo.

Había visto movimientos extraños alrededor del antiguo sector del castillo, pero nadie con poder se atrevía a investigar.

Porque todos temían acusar al hermano del rey.

Juntos salimos de aquella habitación secreta.

Pero antes de irnos, tomé algo importante.

Una pequeña pieza de cristal con símbolos antiguos.

Sabía que necesitaba una prueba.

Porque nadie creería que una sirvienta estaba acusando al hombre más cercano al rey.

A la mañana siguiente esperé al rey Draven frente a la habitación de Lucian.

Cuando me vio, su expresión cambió.

Me reconoció.

Era la sirvienta que había encontrado la plata.

La que había hecho preguntas incómodas.

—Habla —dijo.

Le conté todo.

La habitación escondida.

El altar.

La piedra.

La presencia de Malrich.

Por un momento pensé que no me creería.

Después de todo, yo no era una noble.

No tenía apellido.

No tenía autoridad.

Pero coloqué la pieza de cristal frente a él.

Y vi cómo su rostro cambiaba.

Porque él conocía esos símbolos.

Eran parte de una antigua práctica prohibida.

Una forma de transferir fuerza de una persona a otra.

Lucian no estaba enfermo.

Estaba siendo utilizado.

Draven entró en silencio a la habitación de su hijo.

Miró al pequeño príncipe dormido.

Y por primera vez vi algo diferente en sus ojos.

No era ira.

Era dolor.

Porque finalmente entendía que alguien de su propia familia había intentado destruir lo que más amaba.

Esa misma noche prepararon una trampa.

El rey permitió que Malrich creyera que nadie había descubierto nada.

Mientras tanto, soldados ocultos rodearon la habitación secreta.

Cuando Malrich llegó para continuar el ritual, encontró al rey esperándolo.

Durante unos segundos nadie habló.

Después Draven preguntó por qué.

¿Por qué hacerle eso a su propio sobrino?

Malrich respondió que el reino necesitaba un gobernante diferente.

Que Draven había sido demasiado débil por amar a su hijo.

Según él, un rey no debía tener sentimientos que pudieran hacerlo vulnerable.

Pero se equivocó.

Porque precisamente ese amor fue lo que salvó a Lucian.

El ritual fue detenido.

Los hechiceros fueron capturados.

Y durante los siguientes días, todos en el castillo esperaron con miedo.

Nadie sabía si Lucian se recuperaría.

Pero esta vez ocurrió algo distinto.

Cuando llegó la mañana, el príncipe no perdió su fuerza.

Por primera vez en mucho tiempo, permaneció estable.

El castillo entero comenzó a cambiar.

Los pasillos que antes estaban llenos de miedo empezaron a llenarse de esperanza.

Y algo cambió también para mí.

Ya no era la sirvienta invisible que caminaba entre sombras.

El rey Draven me ofreció una recompensa.

Pero yo solo pedí algo sencillo.

Seguir trabajando en el castillo.

Porque ese lugar, con todos sus secretos y peligros, también era mi hogar.

Años después, cuando la gente contaba la historia del príncipe Lucian, muchos hablaban del poderoso rey que derrotó una conspiración.

Pero quienes conocían la verdad recordaban algo diferente.

Recordaban a una joven sin título ni poder.

Una muchacha que solo tenía una vela, curiosidad y el valor de seguir un pequeño rastro de polvo plateado por un pasillo oscuro.

Porque a veces, los secretos más grandes de un reino no son descubiertos por quienes tienen una corona…

sino por quienes nadie se molesta en mirar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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