La sirvienta Omega que encontró la maldición bajo la piel del príncipe
La sirvienta Omega que encontró la maldición bajo la piel del príncipe

PARTE 1
Durante tres años, el rey Alfa Cael Blackwood creyó que su único hijo había nacido maldito.
El pequeño Leo gritaba cada vez que alguien lo tocaba, atacaba a quienes intentaban acercarse y apenas podía sostenerse sobre sus patas. Los médicos aseguraban que padecía una extraña enfermedad hereditaria. Sin embargo, en el castillo todos repetían algo más cruel: el heredero era débil y la Diosa de la Luna lo había rechazado.
Por eso lo ocultaron en el ala oeste, detrás de una puerta siempre cerrada.
Carla conocía aquellos rumores cuando llegó a Silverwood buscando trabajo. Era una Omega sin manada, llevaba un vestido gastado y no había comido nada desde el día anterior. No podía darse el lujo de temerle al rey ni a su supuesto hijo salvaje.
La señora Hallow, el ama de llaves, la recibió con una mirada helada.
—Cinco criadas renunciaron este mes. Deja la comida, cambia las sábanas y no lo toques. Si te muerde, será culpa tuya. Y jamás hagas ruido cerca de Lady Sarafina.
Sarafina era la prometida del rey, una loba de belleza deslumbrante que pronto sería coronada Luna de Silverwood.
Cuando Carla abrió la guardería, el olor la hizo detenerse. No era solo suciedad. Había fiebre, miedo y un extraño rastro metálico en el aire.
En un rincón, sobre mantas destrozadas, temblaba un cachorro gris. Tenía cuatro años, pero estaba tan delgado que se le marcaban las costillas. Su pelaje estaba enredado y sus ojos dorados parecían cubiertos por una niebla lechosa.
Leo gruñó al verla.
Carla no retrocedió.
—No voy a hacerte daño, pequeño.
Durante horas limpió la habitación sin acercarse. Observó que Leo mantenía el cuello rígido y que sus patas traseras se sacudían cada vez que cambiaba de posición. Aquello no parecía una maldición. Parecía dolor.
Al anochecer, Carla humedeció un paño con agua tibia y se sentó a pocos pasos de él.
—Puedes morderme si lo necesitas —susurró—, pero no voy a dejarte solo así.
Leo mostró los dientes, aunque estaba demasiado agotado para huir. Cuando el paño cálido tocó su rostro, cerró los ojos. Por primera vez en años, alguien no trataba de dominarlo, sino de aliviarlo.
Carla limpió su cuello y sus dedos rozaron algo duro entre el pelaje.
Leo lanzó un chillido y le clavó los dientes en la muñeca. Ella soportó el dolor, esperó a que la soltara y separó con cuidado el pelo enmarañado. Debajo encontró una herida inflamada. En el centro sobresalía un diminuto punto negro.
No era una espina.
Era metal.
Con unas pinzas, Carla sujetó la punta y tiró lentamente. El cachorro aulló mientras una aguja de plata, larga como un dedo, salía de la base de su columna. Estaba cubierta por una sustancia oscura que burbujeó al caer sobre la bandeja.
Acónito concentrado.
Aquello no era una enfermedad. Alguien llevaba años envenenando al heredero para mantenerlo débil, aterrorizado y aparentemente demente.
—¿Quién te hizo esto? —murmuró Carla, abrazándolo mientras él jadeaba.
Las puertas se abrieron de golpe.
Lady Sarafina apareció junto al rey Cael. Al ver la sangre en las manos de Carla, señaló hacia ella.
—¡Está atacando al príncipe!
Carla intentó mostrarles la aguja, pero Sarafina golpeó la bandeja con la manga. El metal rodó bajo un pesado armario. Los guardias buscaron y dijeron no encontrar nada.
—Revisa la herida —suplicó Carla—. Su hijo no está maldito. Lo han estado envenenando.
Cael miró al cachorro tembloroso y después la muñeca ensangrentada de la Omega. Dominado por la furia, ordenó que la llevaran al calabozo.
Mientras los guardias la arrastraban, Carla vio algo que el rey no alcanzó a notar: Sarafina se agachó, recogió la aguja escondida entre los pliegues de su vestido y sonrió.
Luego se acercó al oído de Carla y susurró:
—Al amanecer te ejecutarán. Después volveré a colocarle otra… y esta vez tu querido príncipe no despertará.
PARTE 2
Las puertas del calabozo se cerraron detrás de Carla antes de que pudiera responder.
No temía morir. Temía que Sarafina cumpliera su promesa.
Pensó en los ojos de Leo, claros por primera vez después de sacar la aguja, y sintió una fuerza desconocida recorrerle los brazos. Las mujeres de su antiguo linaje eran llamadas Vinculadoras: Omegas capaces de percibir cuándo la familia Alfa estaba en peligro. Carla siempre había creído que aquello era una leyenda, pero el miedo de Leo palpitaba dentro de su propio pecho.
Empujó una piedra húmeda de la pared hasta que el mortero cedió. Se lastimó el hombro, se abrió las manos y, aun así, consiguió deslizarse hasta la bodega del castillo.
En vez de huir, siguió el olor del acónito hasta el consultorio del doctor Aris.
La puerta estaba entreabierta. Sobre el escritorio había varios expedientes y una radiografía antigua de la columna de Leo. Una delgada sombra metálica aparecía exactamente donde Carla había encontrado la aguja.
El médico siempre la había visto.
Carla tomó la placa y, al oír pasos, se escondió detrás de una cortina. Sarafina entró con el doctor Aris.
—Quema todas las radiografías —ordenó ella—. Si Cael descubre que falsificaste los informes durante tres años, ocuparás el lugar de la criada al amanecer.
—Tú me obligaste —balbuceó el médico.
—Y volverás a obedecerme. Esta noche el rey beberá suficiente acónito para perder el juicio. Mañana culparemos a Carla de su enfermedad y de la del niño. Cuando ambos desaparezcan, Silverwood necesitará una nueva sangre gobernante.
Carla esperó a que se marcharan y corrió hacia las habitaciones privadas del rey.
Cael estaba sentado frente al fuego cuando Sarafina le ofreció una copa de vino. Él ya la llevaba a los labios cuando Carla irrumpió en el estudio.
—¡No bebas!
Los guardias fueron tras ella, pero el rey levantó una mano. Carla extendió la radiografía sobre el escritorio y señaló la sombra plateada.
—La aguja estaba allí desde hace años. Aris falsificó los informes y Sarafina acaba de ordenarle que los queme. También puso acónito en tu copa.
Cael olió el vino. Bajo el aroma dulce distinguió por fin el rastro metálico.
Sarafina intentó arrebatarle la copa, pero él le sujetó la muñeca. Entonces su hermosa máscara se deshizo. Se transformó en una enorme loba blanca y se lanzó contra el rey.
El impacto derribó el escritorio. Cael adoptó su forma de lobo negro y ambos chocaron con una fuerza que hizo temblar los muros. Carla no podía vencer a Sarafina, pero sí podía usar el vínculo que sentía con la sangre real. Puso una mano sobre el hombro de Cael y le transmitió todo lo que había oído.
El rey vio la aguja, los informes falsos y el plan para eliminar a Leo. Con la mente despejada, sometió a Sarafina y ordenó a los guardias que la encadenaran con hierro lunar.
El doctor Aris confesó esa misma noche. Sarafina pertenecía a la manada Frostfang y pretendía hacer pasar al príncipe por un heredero incapaz. Cuando Cael lo apartara de la sucesión y se casara con ella, su familia reclamaría el trono. Aris había recibido oro para ocultar la aguja en cada radiografía y llamar enfermedad a los síntomas del veneno.
Al amanecer, no hubo una ejecución, sino un juicio. Sarafina y el médico fueron despojados de sus rangos y encerrados para responder ante el Consejo de las Manadas. Cael pidió disculpas a Carla delante de todo Silverwood y la nombró guardiana real de Leo.
Sin el veneno, el niño mejoró con rapidez. La niebla desapareció de sus ojos, volvió a caminar y, pocos días después, recuperó su forma humana. Era un pequeño de cabello oscuro y mirada dorada que se aferraba a Carla cada vez que alguien intentaba separarlos.
Cael observaba esa cercanía con una mezcla de gratitud y desconcierto. El aroma de Carla —vainilla y lluvia— también calmaba a su propio lobo, pero ninguno comprendía por qué.
La respuesta apareció en el diario secreto de Lyra, la difunta esposa del rey.
Antes de morir, Lyra había descubierto la conspiración de Sarafina. También había dejado escrita una verdad que jamás se atrevió a revelar en vida: no podía darle a Cael un heredero. Con su consentimiento, había recurrido a un antiguo rito de la Luna y pedido ayuda a una joven Omega de sangre Alfa pura para gestar al niño del rey.
Aquella joven se llamaba Ana.
Después del nacimiento, Sarafina intentó encontrarla. Para proteger a la madre y al bebé, Lyra selló los recuerdos de Ana, le dio una nueva identidad y la envió lejos. El hechizo solo se rompería si la vida del niño quedaba en peligro y ambos volvían a tocarse.
Carla dejó caer el diario.
Un recuerdo tras otro regresó a su mente: una habitación iluminada por velas, Lyra sosteniéndole la mano, el primer llanto de un recién nacido y una promesa pronunciada entre lágrimas.
«Aunque olvides su rostro, tu sangre siempre encontrará el camino de vuelta».
Carla miró al rey, pálida.
—Ana era el nombre que me dieron al nacer —susurró—. Leo es mi hijo.
Cael quedó inmóvil. De pronto comprendió por qué el cachorro había permitido que ella lo tocara, por qué su presencia calmaba el dolor y por qué Carla había arriesgado la vida en vez de escapar.
Unos pasos pequeños resonaron en el pasillo. Leo entró con su pijama azul, se acercó directamente a Carla y la abrazó por la cintura.
—Mamá —dijo, como si siempre lo hubiera sabido.
Carla cayó de rodillas y lo estrechó contra su pecho. Cael se arrodilló junto a ellos, avergonzado por los años en los que había confundido el sufrimiento con debilidad.
—Casi destruí a las dos personas que debía proteger —admitió.
—Entonces empieza a protegerlas ahora —respondió Carla.
El rey no la coronó de inmediato ni le exigió ocupar el lugar de Lyra. Le dio tiempo, respeto y una voz en el Consejo. Fue la propia manada la que comenzó a llamarla Luna, no por su sangre ni por un destino escrito, sino porque había hecho lo que nadie más se atrevió a hacer: mirar de frente el dolor que todos preferían ocultar.
Meses después, Carla aceptó gobernar al lado de Cael. La antigua guardería dejó de ser una prisión y se llenó de luz, juguetes y risas. Leo volvió a correr en forma de cachorro por los jardines de Silverwood, fuerte y libre.
La aguja que debía destruir el linaje Blackwood quedó guardada en una caja de cristal en la sala del Consejo. Debajo, Carla mandó grabar una sola frase:
«La verdad puede quedar enterrada durante años, pero siempre habrá alguien lo bastante valiente para tocar la herida».