LA SANADORA OMEGA FUE ASIGNADA AL REY ALFA — ERA EL PEOR PACIENTE QUE HABÍA TENIDO
LA SANADORA OMEGA FUE ASIGNADA AL REY ALFA — ERA EL PEOR PACIENTE QUE HABÍA TENIDO

PARTE 1
El Rey Alfa Ragnar había sobrevivido a guerras, rebeliones y enemigos que querían arrancarle la corona.
Lo que jamás imaginó fue terminar obedeciendo a una sanadora de poco más de metro y medio… armada con una cuchara de madera.
Lark no quería atenderlo. Se especializaba en remedios herbales, no en soportar reyes arrogantes. Pero tres sanadores habían abandonado ya los aposentos reales: uno salió temblando, otro casi perdió una mano y el tercero terminó con la muñeca amoratada.
Ragnar había resultado herido mientras investigaba en secreto una serie de ataques en los asentamientos del norte. Para evitar alarmar al reino, había dicho que simplemente había luchado contra un oso por conseguir miel.
Cuando Lark entró en sus aposentos, encontró al poderoso Rey Alfa sentado sin camisa, con profundas heridas cubiertas por vendas.
—¿Tú eres la nueva? —gruñó Ragnar—. Cada vez las mandan más pequeñas.
Lark levantó una ceja.
—Y cada vez los pacientes parecen más difíciles.
Ragnar le informó que no necesitaba medicinas.
Lark respondió que a una infección no le importaba su corona.
Entonces Ragnar gruñó.
Era el mismo sonido que hacía retroceder a guerreros experimentados.
Lark ni siquiera parpadeó.
—¿Ya terminaste? Acuéstate.
Ragnar quedó atónito.
Nadie le hablaba así.
Lo peor era que su propio lobo parecía fascinado.
Lark cambió las vendas, aplicó sus remedios y le ordenó descansar. Pero Ragnar consideraba aceptar ayuda una forma de debilidad.
Cuando ella salió para buscar vendas limpias, le advirtió:
—No te levantes. No camines. Y ni siquiera pienses en transformarte.
Naturalmente, Ragnar hizo exactamente lo contrario.
Intentó convertirse en lobo.
El dolor detuvo la transformación a mitad del proceso.
Humillado, decidió escapar por una ventana.
Cayó directamente sobre el rosal más preciado del jardín real.
Cubierto de arañazos y todavía decidido a demostrar que podía curarse solo, encontró el jardín medicinal de Lark. Allí arrancó varias plantas y se las comió sin leer el cartel que advertía que una de ellas, el pétalo de luna, no debía ingerirse.
Cuando Lark lo encontró, Ragnar tenía labios, dientes y lengua de un brillante color azul.
Ella lo miró.
Él la miró.
Y algo dentro de Lark finalmente se rompió.
Entró en la cocina, tomó una enorme cuchara de madera y regresó apuntándola contra el pecho del hombre más poderoso del continente.
—Vas a volver a tu habitación.
La cocina entera quedó en silencio.
—No me hablarás así —gruñó Ragnar.
Lark le dio un golpe seco en el pecho con la punta de la cuchara.
—Saltaste por una ventana, caíste sobre un rosal, reabriste tus heridas y después te envenenaste porque aparentemente tienes menos autocontrol que un cachorro.
Los sirvientes contenían la respiración.
—Ahora vas a subir, acostarte y beber todo lo que te prepare. Y si vuelves a discutir conmigo, usaré esta cuchara para hacer que tu trasero real combine con tu lengua azul.
Ragnar estaba demasiado sorprendido para responder.
Pero su lobo prácticamente aullaba de felicidad.
Nuestra compañera.
Ragnar se quedó helado.
Miró a aquella pequeña sanadora furiosa.
Su loba no se sometía a él.
No le temía.
Y por primera vez, Ragnar comprendió por qué su propio lobo había reaccionado de aquella manera desde que Lark cruzó la puerta.
No era simple atracción.
No era curiosidad.
Era reconocimiento.
El Rey Alfa acababa de descubrir que la mujer que lo amenazaba con una cuchara de madera podía ser su compañera destinada.
PARTE 2
Ragnar no dijo nada.
Por una vez, obedeció.
Regresó a sus aposentos con Lark detrás de él, todavía sosteniendo aquella cuchara como si fuera un arma ceremonial.
La historia recorrió el palacio antes de que terminaran de subir las escaleras.
El temible Rey Alfa había sido derrotado.
No por un ejército.
Por una sanadora.
Durante los días siguientes, algo cambió entre ellos.
Ragnar comenzó a permitir que Lark limpiara sus heridas sin discutir. Ella le preparaba caldo y remedios. Él preguntaba sobre plantas medicinales. Lark empezó a descubrir al hombre escondido detrás del título.
Ragnar también terminó confesando la verdadera razón por la que había ido solo al bosque.
Los renegados estaban atacando poblados del norte. Habían herido guerreros y matado a uno. Ragnar no quería arriesgar más vidas, así que había enviado deliberadamente a Hudson lejos y había investigado solo.
—Proteger a todos excepto a ti mismo no es valentía —le dijo Lark—. Es autocastigo.
La frase lo golpeó más fuerte que cualquier garra.
Ragnar había perdido a su padre siendo joven y cargaba desde entonces con la obsesión de ser suficientemente fuerte para salvar a todos.
Lark estaba comenzando a comprenderlo.
Y también estaba empezando a quererlo.
Entonces Ragnar cometió otra imprudencia y sus heridas se infectaron.
La fiebre llegó con violencia.
Cuando Lark entró en sus aposentos, encontró al Rey Alfa delirando, atrapado entre recuerdos de batallas y muertos que todavía lo perseguían.
Trabajó junto a Hudson durante horas.
Ragnar empeoró.
En medio del delirio llamó a su padre.
—Lo siento… no fui suficientemente fuerte.
Lark sintió que su corazón se quebraba.
Tomó su mano.
—No tienes que ser fuerte ahora. Déjame ayudarte.
Por primera vez, Ragnar dejó de luchar.
Sobrevivió.
Cuando abrió los ojos y encontró a Lark dormida junto a su cama, comprendió que ya no podía seguir fingiendo que aquello era solamente el vínculo entre paciente y sanadora.
Pero otro problema apareció.
Lady Emma, una noble que esperaba convertirse en Luna de Ragnar, llegó al palacio.
Al descubrir la cercanía entre ellos, trató a Lark como una simple sirvienta.
Ragnar la detuvo inmediatamente.
—Ella es la mujer que me salvó la vida. Está bajo mi protección y la tratarás con respeto.
Humillada, Emma comenzó a difundir rumores.
Después fue más lejos.
Una medicina preparada por Lark para un guerrero herido desapareció y apareció estropeada cerca de su casillero.
El joven casi murió.
Hudson investigó y encontró pruebas que conectaban el sabotaje con una acompañante de Emma. Ragnar ordenó proteger discretamente a Lark.
Aquella noche la encontró sola en el jardín.
Lark había salvado al guerrero, pero estaba agotada.
Ragnar se sentó junto a ella.
No intentó resolver sus problemas.
No dio órdenes.
Simplemente permaneció allí.
Y por primera vez, la loba de Lark dejó de resistirse a la presencia del lobo de Ragnar.
Estoy cansada de sostenerlo todo, admitió.
La respuesta del lobo de Ragnar fue sencilla:
Entonces déjame sostener una parte.
Ni siquiera se habían besado, pero para Lark aquello resultó más íntimo que cualquier beso.
La investigación finalmente obligó a Emma a abandonar la corte y recibió una censura formal por sus acciones.
Sin embargo, Ragnar sabía que todavía quedaba una decisión mucho más importante.
Cuando estuvo recuperado, reunió a su corte.
Frente a nobles, guerreros y miembros del Consejo, hizo que Lark se colocara junto a él.
No detrás.
Junto a él.
Había personas que esperaban que eligiera a una mujer noble.
Ragnar miró a Lark.
—Durante años confundí fuerza con cargar solo todo lo que podía destruirme.
Tomó su mano.
—Esta mujer me enseñó algo diferente.
Lark sintió que su loba avanzaba dentro de ella.
—Lark no se inclina ante mí. No me teme. Me contradice cuando estoy equivocado y, por razones que jamás comprenderé, todavía decidió quedarse.
Algunos miembros de la corte sonrieron.
Hudson estaba haciendo un esfuerzo terrible para no reír.
—No necesito una Luna que obedezca al Rey Alfa —continuó Ragnar—. Necesito una compañera capaz de recordarle al hombre debajo de la corona quién es.
Lark lo miró emocionada.
—Eso ha sonado bastante bien.
—Lo practiqué.
—Se nota.
Ragnar rio.
Tiempo después, completamente recuperado, paseaba con Lark por los mismos jardines donde había realizado su desastrosa fuga.
Frente al famoso rosal había aparecido una pequeña placa:
“Aquí Su Majestad aprendió la importancia de usar las escaleras.”
Hudson añadió debajo:
“Y de leer los carteles.”
Lark soltó una carcajada.
Ragnar fingió indignación.
—Ordenaré retirar eso.
—Y yo ordenaré colocarlo nuevamente.
—Soy el Rey Alfa.
Lark levantó lentamente una ceja.
Ragnar guardó silencio.
—Eso pensé —respondió ella.
Su lobo suspiró feliz.
Había conquistado enemigos, defendido fronteras y gobernado a miles de lobos.
Pero la mayor victoria de Ragnar no había ocurrido en un campo de batalla.
Había ocurrido cuando finalmente comprendió que aceptar amor no lo hacía débil.
Y Lark tampoco necesitó convertirse en otra persona para permanecer a su lado.
Seguía siendo sanadora.
Seguía cultivando sus hierbas.
Seguía diciéndole al rey cuándo estaba actuando como un idiota.
Y, según una historia que los sirvientes del palacio continuarían contando durante generaciones, Lark conservó aquella enorme cuchara de madera.
No porque todavía necesitara usarla.
Sino porque incluso el hombre más poderoso del reino necesitaba recordar de vez en cuando cómo había comenzado todo:
con un Rey Alfa demasiado orgulloso para aceptar ayuda… y una pequeña sanadora que fue la primera mujer suficientemente valiente para ponerlo de rodillas.