LA SANADORA OMEGA FUE ASIGNADA AL REY ALFA — ERA EL PEOR PACIENTE QUE HABÍA TENIDO

PARTE 1

Había guerreros capaces de conquistar reinos.

Y después estaba el rey Alfa Ragnar, un hombre tan orgulloso que había intentado ordenarle a sus propios puntos de sutura que se cerraran.

Lark supo desde el instante en que la enviaron a sus aposentos que aquello sería un desastre.

Era una sanadora especializada en hierbas, no una domadora de reyes temperamentales.

—Los otros tres sanadores no duraron —le advirtió Ara, la sanadora principal—. Tú eres la única cuya loba no se somete cuando alguien intenta intimidarla.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

Ragnar había regresado herido del Bosque Negro después de enfrentarse solo a un enorme oso.

La versión oficial decía que había ido en busca de miel para el festival.

Lark sospechó inmediatamente que ningún hombre se dejaba destrozar las costillas por un frasco de miel.

Cuando entró en la habitación, Ragnar estaba sentado al borde de una enorme cama, con el torso cubierto de vendajes.

Incluso herido, su presencia parecía llenar todo el cuarto.

Sus ojos grises recorrieron la sencilla túnica de Lark.

—¿Tú eres la nueva sanadora? Cada vez las envían más pequeñas.

Lark levantó una ceja.

—Y cada vez los pacientes parecen más insoportables.

Ragnar la miró, incrédulo.

Nadie le hablaba así.

—No necesito medicina.

—Magnífico. Entonces seguramente tu corona también evitará una infección.

Un gruñido profundo surgió del pecho del Alfa.

Había hecho retroceder a generales con ese sonido.

Lark ni siquiera pestañeó.

Su loba comentó tranquilamente dentro de ella:

Hace demasiado ruido.

—¿Terminaste? —preguntó Lark—. Tengo otros pacientes que sí quieren seguir vivos.

Ragnar debería haberla echado.

En cambio, su propio lobo parecía fascinado.

No tiene miedo. Me gusta.

Durante los días siguientes comenzó una batalla absurda.

Lark llegaba con vendajes, infusiones y emplastos.

Ragnar encontraba una razón para rechazar cada uno.

Hasta que ella salió unos minutos para buscar vendas limpias y cometió el error de decir:

—No te levantes. No camines. Y, sobre todo, no intentes transformarte.

Naturalmente, Ragnar hizo exactamente eso.

Intentó cambiar a su forma de lobo.

El dolor interrumpió la transformación a mitad de camino.

Humillado y con una oreja todavía parcialmente cubierta de pelo, decidió que la opción más digna era escapar por una ventana.

Cayó directamente dentro del rosal más preciado del jardín real.

Después, convencido de que podía curarse solo, entró al jardín medicinal de Lark y arrancó varias plantas.

No leyó el cartel que decía:

PÉTALO DE LUNA. SOLO USO EXTERNO. NO INGERIR.

Se lo comió.

Cuando Lark lo encontró, Ragnar estaba de pie entre las plantas con los brazos arañados, los vendajes abiertos…

y la boca completamente azul.

Labios azules.

Dientes azules.

Lengua azul.

Durante varios segundos, Lark no encontró palabras.

Luego caminó hasta la cocina.

Tomó la cuchara de madera más grande que pudo encontrar.

Regresó.

La cocina entera quedó en silencio cuando una sanadora de poco más de metro sesenta apuntó con aquella cuchara al pecho del rey Alfa.

—Tú. A tu habitación. Ahora.

Ragnar se irguió.

—No me hablarás en ese tono.

Lark le golpeó suavemente el pecho con la punta de la cuchara.

—Saltaste por una ventana. Caíste en un rosal. Entraste en mi jardín restringido y te envenenaste porque no pudiste leer un cartel. Tu lengua es azul, majestad. ¡Azul!

Los cocineros bajaron la mirada para ocultar sus sonrisas.

—Subirás esas escaleras, te acostarás y dejarás que cure tus heridas. Y si vuelves a discutir conmigo…

Lark levantó la cuchara.

—…te juro que usaré esto hasta que tu trasero real combine con tu lengua.

Ragnar quedó completamente inmóvil.

Su mente humana gritaba indignada.

Pero dentro de él, su lobo estaba absolutamente encantado.

Es magnífica.

Ragnar tragó saliva.

Silencio.

Es feroz.

—Cállate.

Lark frunció el ceño.

—¿Perdón?

—No hablaba contigo.

Su lobo soltó un aullido de felicidad dentro de su cabeza.

Y entonces dijo las palabras que hicieron que Ragnar dejara de respirar:

Nuestra compañera.

PARTE 2

Ragnar se quedó mirando a Lark mientras ella seguía apuntándolo con la cuchara.

No podía ser.

No tenía sentido.

Una compañera destinada debía provocar poesía, luz de luna, reconocimiento instantáneo.

No debería aparecer amenazándolo con utensilios de cocina mientras él tenía la lengua azul.

Sin embargo, su lobo no tenía ninguna duda.

Ella.

La loba de Lark también comenzaba a comportarse de forma extraña.

Normalmente analizaba cada situación con fría disciplina.

Ahora observaba al enorme Alfa herido y humillado con algo peligrosamente parecido a aprobación.

Al menos obedeció finalmente.

Ragnar bajó la cabeza.

—Bien.

Lark parpadeó.

—¿Bien?

—He dicho que iré a la habitación.

Desde la puerta, Hudson, beta del reino y mejor amigo de Ragnar, contempló al hombre más poderoso del continente marchando obedientemente detrás de una pequeña sanadora armada con una cuchara.

Tuvo que retirarse antes de empezar a reír.

Aquella historia recorrió el castillo antes del anochecer.

Pero algo cambió después.

Ragnar comenzó a escuchar.

Permitió que Lark cambiara sus vendajes.

Bebió las infusiones.

Comió el caldo que ella preparaba.

Y, poco a poco, dejaron de hablar únicamente de heridas.

Lark descubrió por qué había ido realmente al Bosque Negro.

Varios asentamientos del norte habían sido atacados por renegados.

Ragnar había utilizado la historia de la miel como excusa para investigar sin provocar pánico.

Había ido solo porque no quería arriesgar a sus guerreros.

—Proteges a todos excepto a ti mismo —le dijo Lark—. Eso no es fuerza. Es autocastigo.

La frase atravesó algo dentro de él.

Ragnar había perdido a su padre siendo joven y llevaba años convencido de que un verdadero rey debía cargar solo con todo.

Lark tampoco estaba libre de heridas.

Una noche confesó que había tenido un hermano pequeño llamado Rowan.

Cuando ella tenía dieciséis años, él enfermó gravemente.

Lark intentó ayudarlo con los pocos conocimientos de hierbas que poseía.

Rowan no logró sobrevivir.

Desde entonces, Lark había vivido convencida de que nunca debía llegar tarde otra vez.

—Por eso me convertí en sanadora —dijo—. Porque una vez no pude salvar a alguien.

Ragnar no intentó corregir su dolor.

Simplemente tomó su mano.

Por primera vez, sus lobos dejaron de luchar contra aquella conexión.

Pero la paz no duró.

Lady Emma, una noble que durante años había esperado convertirse en la compañera política del rey, llegó al castillo.

Al encontrar a Lark cuidando a Ragnar, la despreciò inmediatamente.

—La servidumbre debería conocer su lugar.

Ragnar levantó la mirada.

Toda la calidez desapareció de sus ojos.

—Ella no es servidumbre.

Emma palideció.

—Ragnar…

—Es la mujer que me salvó la vida. Está bajo mi protección. Y la respetarás.

Emma salió furiosa.

Después comenzaron los rumores.

Luego ocurrió algo mucho más peligroso.

Una medicina preparada por Lark para un joven guerrero herido fue saboteada.

El muchacho estuvo a punto de perder la vida.

Hudson descubrió que una dama cercana a Emma había estado en la enfermería.

Ragnar ordenó una investigación.

—Justicia —le dijo a su lobo, que exigía venganza—. No violencia.

Las pruebas terminaron señalando a Emma.

Fue expulsada de la corte y censurada formalmente.

Por primera vez, Ragnar no solucionó una amenaza mediante fuerza bruta.

Había aprendido algo de Lark.

Y ella había aprendido algo de él.

Que aceptar ayuda no era debilidad.

Que amar a alguien no significaba necesariamente perderlo.

Cuando Ragnar finalmente estuvo recuperado, volvió al gran salón.

Lark permanecía al fondo observando una sesión de la corte cuando un pequeño cachorro blanco, regalo de los clanes del norte, consiguió meter el hocico dentro de su bolsa medicinal.

Sacó una planta.

Pétalo de luna.

Antes de que alguien pudiera detenerlo, la mordió.

Segundos después corría por el salón dejando huellas azules por el mármol, con la lengua completamente teñida.

Todos recordaron inmediatamente el incidente de Ragnar.

Lark comenzó a reír.

Una risa verdadera.

Ragnar la contempló.

Y en ese momento comprendió que llevaba semanas intentando encontrar una ocasión perfecta para decir algo que su lobo ya sabía desde aquella amenaza con la cuchara.

Se levantó del trono.

Todo el salón quedó en silencio.

Caminó directamente hacia Lark.

Tomó su mano.

—Mi lobo te reconoció mucho antes que yo.

Ella lo miró fijamente.

—¿Cuándo?

Ragnar suspiró.

—Probablemente cuando amenazaste con golpearme con una cuchara.

Algunas personas en la corte ocultaron sonrisas.

—Antes de conocerte, mi vida era deber, guerra y sombras. Tú trajiste luz.

Miró al cachorro azul corriendo entre los nobles.

—Y aparentemente una cantidad considerable de caos.

Lark sonrió.

Ragnar acarició su palma con el pulgar.

—Sé mi compañera. Gobierna conmigo. Y ayúdame a enfrentar renegados, nobles insoportables, osos ocasionales… y cualquier cachorro que decida comerse tu jardín.

La loba de Lark, siempre racional, intentó protestar.

Deberíamos analizar las implicaciones políticas.

Guardó silencio.

Luego añadió:

¿A quién engaño? Di que sí.

Lark miró al hombre frente a ella.

Ya no veía únicamente al temido rey Alfa.

Veía al paciente imposible que había aprendido a aceptar una mano tendida.

Al hombre que había sostenido la suya cuando habló de Rowan.

Al rey que había defendido su dignidad delante de toda la corte.

—De acuerdo.

El rostro de Ragnar se iluminó.

Lark levantó un dedo.

—Con una condición.

—Cualquier cosa.

—Me quedo con la cuchara.

Ragnar comenzó a reír.

—Aceptado.

El salón estalló en aplausos.

El pequeño cachorro fue bautizado oficialmente como Cuchara.

Semanas después, Ragnar estaba completamente recuperado.

Seguía siendo un Alfa formidable, pero algo había cambiado en su forma de gobernar.

Escuchaba más.

Sonreía más.

Y dejó de confundir sufrimiento silencioso con fortaleza.

Una tarde caminaba con Lark por el mismo jardín donde había protagonizado su desastrosa fuga.

Frente al viejo rosal alguien había colocado una placa:

“Aquí Su Majestad aprendió la importancia de utilizar las escaleras.”

Hudson había añadido debajo:

“Y de leer los carteles.”

Ragnar fingía odiarla.

Lark sabía que secretamente le encantaba.

Él tomó sus manos.

—Corre conmigo bajo la luna.

Intentó retroceder con dramatismo.

Tropezó inmediatamente con Cuchara y terminó sobre el césped.

El cachorro saltó encima de él y comenzó a lamerle la cara.

Lark trató de contenerse.

Fue imposible.

Se rio hasta que le dolió el estómago.

Ragnar se levantó cubierto de hierba y la atrajo hacia él.

—Tenías razón.

—¿Sobre qué? Tengo razón con bastante frecuencia.

—Trajiste caos a mi vida.

Lark rodeó su cuello con los brazos.

—Y no lo cambiarías.

—Jamás.

La besó.

Dentro de ellos, sus lobos se acercaron sin órdenes, sin resistencia y sin miedo.

La loba de Lark, que había protegido su corazón como una fortaleza durante doce años, finalmente dejó de vigilar cada puerta.

Y por primera vez permitió una sola certeza sencilla:

Estamos en casa.

Sobre la cabecera de sus aposentos quedó para siempre una gran cuchara de madera, gastada por el uso.

Un recordatorio de que algunas grandes historias de amor no comienzan con un baile, una corona o una profecía.

A veces empiezan con un rey demasiado orgulloso para aceptar ayuda…

y una mujer suficientemente valiente para obligarlo a hacerlo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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