¡LA SACRIFICARON POR CONSIDERARLA UNA OMEGA DEFECTUOSA Y SIETE LOBOS LA ARRASTRARON HASTA EL TEMIDO REY ALFA… PERO CUANDO ÉL LA VIO, SU REACCIÓN DEJÓ A TODA LA MANADA PARALIZADA! ¡NADIE IMAGINABA EL INCREÍBLE SECRETO QUE ESCONDÍA AQUELLA JOVEN RECHAZADA!

¡LA SACRIFICARON POR CONSIDERARLA UNA OMEGA DEFECTUOSA Y SIETE LOBOS LA ARRASTRARON HASTA EL TEMIDO REY ALFA… PERO CUANDO ÉL LA VIO, SU REACCIÓN DEJÓ A TODA LA MANADA PARALIZADA! ¡NADIE IMAGINABA EL INCREÍBLE SECRETO QUE ESCONDÍA AQUELLA JOVEN RECHAZADA!

«Eres débil, defectuosa. No cargaremos con peso muerto».

Esas fueron las últimas palabras de mi alfa antes de expulsarme de la manada y dejarme sola en la sierra, con una tormenta encima y el invierno cerrándome todas las salidas.

Tres días después encontré una cabaña abandonada. Y, al amanecer, siete lobos heridos aparecieron frente a mi puerta.

Me llamo Renata Salgado. A los doce años perdí a mis padres y la manada Agua Clara me recibió. Durante años hice todo lo que se esperaba de una omega: cociné, cuidé a los cachorros, limpié y trabajé sin quejarme. Cuando cumplí veintiuno, los curanderos confirmaron que mi cuerpo no seguía el ciclo que las otras omegas tenían. No podían explicar por qué. El alfa Gerardo sí creyó tener una respuesta: para él, yo ya no servía.

—Puedes buscar otra manada —me dijo, mientras me devolvía mis pocas pertenencias—. Aquí no vamos a gastar recursos en ti.

Ninguna manada aceptaría a una omega que, según ellos, no podía cumplir con su función. Así que me fui con una mochila, algo de comida y la vergüenza de seguir oyendo su voz incluso cuando ya no estaba cerca.

Sobreviví dos semanas. Después llegó la tormenta.

Tropecé entre los pinos y caí de bruces en la nieve. Por un momento pensé en quedarme allí. Entonces, una voz que no reconocí susurró dentro de mí: Levántate.

Mi loba llevaba días en silencio. Aquella voz era distinta, antigua, cálida. No supe de dónde venía, pero obedecí. Al otro lado de los árboles apareció una cabaña medio sepultada. La puerta estaba atorada y tuve que abrirla con el hombro. Dentro encontré leña seca, cerillos, una estufa de hierro y unas mantas viejas.

Encendí el fuego. Cuando por fin sentí calor en las manos, me eché a llorar. Lloré por mis padres, por la manada que me había rechazado y por todos los años que pasé intentando demostrar que merecía un lugar.

A la mañana siguiente salí a buscar comida. En una loma vi siete lobos entre los árboles. No eran animales comunes: sus miradas tenían demasiada inteligencia. El más grande, gris y marcado de plata, sangraba por el costado. Cuando me miró, sentí que algo en mi pecho respondía.

El lobo soltó un sonido entre aullido y súplica. Luego se desplomó.

Todo en mí gritaba que corriera. Pero pensé en Gerardo diciendo que yo no servía para nada, y me pregunté si seguir obedeciendo a quienes me habían abandonado era la única manera de sobrevivir.

—Está bien —dije, apretando el cuchillo que llevaba—. Voy a ayudarlos.

Regresar a la cabaña fue una lucha. El lobo gris no podía caminar solo y los otros seis lo sostuvieron mientras yo lo ayudaba como podía. Una vez bajo techo, limpié su herida con nieve derretida y le hice un vendaje con una de mis blusas. Al terminar, el enorme animal cambió frente a mí: el pelaje desapareció, los huesos se acomodaron y en su lugar quedó un hombre de ojos dorados, fuerte pese a la sangre y el cansancio.

—Me salvaste la vida —dijo.

Se llamaba Rus Mercer. Los otros eran cambiaformas, como él. Habían sobrevivido a un golpe de poder en su manada: su hermano Julián había intentado imponer una jerarquía más brutal y, cuando Rus se opuso, decenas de sus compañeros murieron. Los siete que tenía enfrente eran todo lo que quedaba de su gente.

Rus me miró.

—Tú también eres una omega. ¿Estás sola?

—Por elección —mentí.

La mujer pelirroja del grupo, Denise, miró el vendaje improvisado y luego la leña junto a la estufa.

—Ninguno de nosotros va a sobrevivir mucho tiempo aquí —dijo—. Sin manada, hasta las heridas tardan más en cerrar.

Entonces tuve una idea. Les ofrecí compartir la cabaña si todos trabajábamos: ellos cazarían y traerían leña; yo cocinaría y atendería las heridas. Las decisiones las tomaríamos juntos. Nadie tendría autoridad automática solo por ser alfa.

Rus miró mi mano y la tomó.

—Socios —dijo.

Al tocarlo, sentí un pulso cálido recorrerme el pecho. Mi loba, muda durante días, se movió por primera vez. Rus también lo sintió, pero ninguno dijo nada.

Esa noche soñé con un círculo de piedras cubiertas de nieve. Una mujer de ojos plateados me llamó guardiana de refugio y dijo que no había llegado a esa cabaña por casualidad.

Desperté creyendo que solo había sido un sueño… hasta que, dos semanas después, tres desconocidos entraron en el claro. El hombre de en medio miró a Rus con desprecio y luego a mí.

—Julián sabe que sigues vivo —dijo—. Viene por su hermano… y por la omega que está despertando una magia que no le pertenece.

PARTE 2 

Rus se puso de pie, aunque todavía se le notaba el cansancio en los hombros.

—Renata no le pertenece a nadie —dijo.

El desconocido se presentó como Emiliano. Había sido explorador de otra manada y, aunque no venía a atacarnos, traía malas noticias: Julián sabía dónde estábamos. Había empezado a reunir guerreros. Decía que Rus había secuestrado a una omega y que el refugio era una amenaza para todas las manadas.

—¿Por qué habría de importarle esta cabaña? —pregunté.

Emiliano miró hacia el bosque, como si temiera que alguien pudiera escuchar.

—Porque no es solo una cabaña. Es un antiguo refugio. Algunos creen que las guardianas podían despertar la magia de estos lugares. Si Julián entiende lo que eres, querrá controlarte.

Sentí que se me helaban las manos. Yo no era una guardiana. No tenía magia. Apenas sabía mantener vivo un fuego.

—No pienso dejar que nadie me reclame como si fuera una propiedad —dije.

—No tendrás que hacerlo sola —respondió Rus.

Emiliano explicó que Julián llegaría en pocos días. Después se marchó con sus dos acompañantes, no sin antes advertirnos que el ataque podía ser mucho más grande de lo que imaginábamos.

Esa noche volví a soñar con el círculo de piedras. La mujer de ojos plateados me esperaba bajo una luna enorme.

—No eres débil —me dijo—. La magia del refugio te encontró porque supiste reconocer a quienes necesitaban un hogar.

—No sé cómo usarla.

—No necesitas dominarla. Necesitas elegir qué estás dispuesta a proteger.

Desperté antes del amanecer y salí al claro. Encontré siete piedras cubiertas de símbolos que apenas se veían bajo la escarcha. Cuando puse una mano sobre la primera, algo se movió bajo la tierra. No fue un ruido: fue una sensación, como si el bosque respirara conmigo.

El refugio me mostró sus límites, los árboles que lo rodeaban y las antiguas protecciones enterradas en la nieve. También me hizo entender el precio: si aceptaba el vínculo, mi fuerza quedaría unida a ese lugar. La cabaña sería un hogar para quienes llegaran buscando ayuda, pero yo tendría que defenderlo.

Pensé en la puerta que Gerardo me había cerrado en la cara. Pensé en los siete heridos que dormían junto al fuego, en Rus, que había perdido a casi toda su gente por negarse a gobernar con miedo.

—Acepto —dije—. Me uno a este refugio. Que encuentren aquí descanso los cansados, curación los heridos y un lugar quienes no tienen otro.

Una luz plateada se encendió entre las piedras. El calor subió desde la tierra hasta mis manos. No me convirtió en alguien distinta. Solo hizo imposible seguir creyendo que yo no era nadie.

Cuando regresé, Rus esperaba en el porche.

—Lo sentí —dijo—. El refugio te eligió.

—Yo también lo elegí.

Por primera vez, me abrazó. No como un alfa que reclamaba a una omega, sino como alguien que agradecía que yo siguiera allí.

Los días siguientes fueron una carrera contra el tiempo. Denise organizó las provisiones. Drew salió a cazar. Wallas y Craig reforzaron puertas y ventanas. Rus se encargó de dirigir los turnos, pero cada decisión importante se discutía entre todos. No teníamos una manada perfecta; teníamos un grupo de personas que se negaban a dejar que alguien decidiera que otra vida valía menos.

La noche antes del ataque, Rus y yo nos quedamos despiertos junto al fuego.

—Julián era mi hermano antes de convertirse en mi enemigo —dijo—. Cuando nuestro padre murió, creyó que la única manera de mantener unida a la manada era obligar a todos a obedecer. Yo intenté cambiar las reglas. Él dijo que mi compasión nos haría débiles.

—¿Y qué pasó?

—Cuarenta y tres personas murieron. Él culpa a mis ideas. Yo lo culpo a él.

—No tienes que volver a pelear como su alfa —le dije—. Solo tienes que defender lo que elegimos construir.

Rus me miró como si esas palabras le hubieran devuelto algo que llevaba tiempo perdido. Luego me besó. Fue un beso breve, tembloroso, lleno de miedo y de una esperanza que ninguno se atrevía a nombrar.

Al amanecer, sentí a Julián cruzar el límite del refugio.

No venía con veinte guerreros, como había dicho Emiliano. Venía con treinta.

Salimos al claro. Rus se quedó a mi lado. Julián tenía el mismo cabello oscuro y los mismos ojos dorados que su hermano, pero no había en su rostro nada que se pareciera a la compasión.

—Sigues jugando al alfa —se burló—. ¿Y ahora proteges a una omega defectuosa?

Di un paso al frente.

—Me llamo Renata. Y no soy defectuosa.

Julián se rio.

—¿De verdad crees que mi hermano te eligió por ti? Eres una omega sola, desesperada por sentirte útil. Él te dio un propósito para usar tu magia.

La duda me atravesó antes de que pudiera detenerla. Rus la sintió. También sentí cómo se obligaba a quedarse quieto, sin intentar decidir por mí.

Miré a Julián.

—No sabes nada de lo que elegimos.

—Entrégate —ordenó—. Rus será juzgado y tus nuevos amigos podrán marcharse con vida.

—No somos tuyos para entregarnos —respondió Denise.

Los guerreros avanzaron. Las protecciones se levantaron bajo la nieve y los detuvieron como si hubieran chocado contra un muro invisible. El refugio vibró; sostener la barrera me costaba más de lo que esperaba.

Rus salió al claro.

—Tú y yo —dijo a su hermano—. Sin involucrar a los demás.

Julián aceptó con una sonrisa. Rus sabía que el otro era más rápido y que aún no estaba del todo recuperado. Pero también sabía que Julián nunca rechazaría la oportunidad de demostrar su fuerza frente a sus guerreros.

La pelea fue brutal. Rus logró esquivar los primeros golpes, pero Julián estaba entero y peleaba sin contenerse. Cuando sacó una daga y se lanzó hacia el pecho de su hermano, sentí el miedo de Rus como si fuera mío.

El vínculo entre nosotros, hasta entonces incompleto, ardió.

Comprendí que no bastaba con quererlo. Tenía que elegirlo sin que nadie me obligara, ni siquiera la magia.

—Rus —dije, extendiéndome hacia él—. Te elijo. No porque seas alfa. Porque eres tú.

El vínculo se cerró como un hilo que por fin encontraba su lugar. Sentí su dolor, su fuerza y su confianza. Y él sintió la mía.

La daga de Julián iba directo al corazón de Rus cuando la magia estalló bajo nuestros pies. Una barrera plateada apareció entre los dos y lanzó a Julián varios metros sobre la nieve.

—¿Qué hiciste? —gritó.

—Defendí a mi compañero —contesté.

Antes de que sus guerreros volvieran a avanzar, una veintena de lobos surgió de los árboles. Emiliano iba al frente. Había regresado con miembros de su propia manada, cansados de que Julián llamara “debilidad” a la compasión.

Julián miró alrededor y entendió que ya no tenía la ventaja. Aun así, intentó levantarse y atacar otra vez. Rus lo detuvo. No lo mató. Le quitó el arma y exigió que respondiera por las cuarenta y tres vidas perdidas y por el intento de destruir a los sobrevivientes.

Los guerreros de Julián bajaron la cabeza. Algunos se quedaron en el refugio. Otros se marcharon con él, pero nadie volvió a llamar a Rus traidor delante de ellos.

Durante las semanas siguientes, la cabaña dejó de ser suficiente. Llegaron familias, omegas expulsadas, betas que habían desobedecido órdenes injustas y cambiaformas que solo querían vivir sin miedo. Construimos más casas, una enfermería y un salón donde las decisiones se tomaban entre todos.

No levantamos un trono. Formamos un consejo.

Rus y yo nunca dejamos de discutir cuando algo nos parecía injusto. A veces la magia del refugio me agotaba; otras, las heridas de Rus le recordaban todo lo que había perdido. Pero aprendimos a pedir ayuda y a repartir el peso.

Seis meses después, desde una colina vi las luces de un pequeño pueblo extendiéndose alrededor de la cabaña. Ya no era un sitio donde solo intentábamos sobrevivir. Era un hogar para noventa y siete personas.

A veces todavía escucho la voz de Gerardo en mi memoria: No cargaremos con peso muerto.

Entonces miro a quienes comen juntos, trabajan juntos y pueden dormir bajo un techo sin tener que demostrar que merecen estar allí. Y recuerdo que la misma omega que él dejó morir fue capaz de abrirle la puerta a un refugio entero.

No me salvó una corona ni una manada poderosa.

Me salvó haberme levantado de la nieve. Y, después, haber elegido no cerrar la puerta cuando otros llegaron heridos.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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