La pobre camarera se arrojó sobre el hijo del Rey Vampiro y el vaso se hizo añicos contra su espalda

La Mesera Se Lanzó Sobre el Vampiro Más Peligroso de México para Salvarlo de una Bala… Pero Cuando Despertó en Su Mansión, Descubrió que Su Prometida Sabía Demasiado Sobre el Tirador

PARTE 1

Sofía Solís vio el punto rojo sobre la espalda del hombre y dejó caer la bandeja.

No pensó en su trabajo.

No pensó en el alquiler atrasado.

Ni siquiera pensó en Toño, su hermano diabético de catorce años, que necesitaba una insulina que ella apenas podía pagar.

Solo gritó:

—¡Agáchate!

Y corrió.

Julián de la Cruz estaba sentado en la mesa más importante de la gala del Hotel Presidente InterContinental, rodeado de empresarios, senadores y hombres tan poderosos que nunca miraban directamente al personal.

Todos conocían los rumores sobre los De la Cruz.

Que nunca envejecían.

Que sus negocios comenzaban cuando el resto de la ciudad dormía.

Que la familia poseía cosas que no aparecían en ningún registro público.

Sofía nunca había creído aquellas historias.

Hasta esa noche.

Julián era demasiado pálido, demasiado perfecto y demasiado inmóvil para resultar completamente humano.

Pero nada de eso importó cuando Sofía vio el rifle escondido detrás de las cortinas del balcón.

Se lanzó sobre él.

La bala pasó a centímetros de Julián y golpeó una enorme escultura de cristal situada detrás de la mesa.

La explosión de vidrio cayó sobre ellos como lluvia de cuchillas.

Julián quedó protegido debajo del cuerpo de Sofía.

Ella recibió todo.

Cuando intentó incorporarse, tenía la espalda cubierta de heridas.

Julián se volvió lentamente.

Sus ojos, antes azules como hielo, se tornaron de un rojo profundo.

—¿Por qué hiciste eso?

Sofía apenas podía respirar.

—Vi… el punto rojo.

Julián miró la sangre que empapaba su uniforme.

A su alrededor, otras personas también comenzaron a observarla.

Pero ya no parecían personas normales.

Sus ojos brillaban.

Sus narices se dilataban.

Y Sofía comprendió, demasiado tarde, que todos olían su sangre.

Julián dejó escapar un gruñido que silenció el salón.

Después la levantó en brazos.

—Te tengo.

—Me van a despedir —balbuceó ella.

—No.

Él caminó hacia la salida privada.

—Acabas de recibir un ascenso.

Sofía perdió el conocimiento dentro de un automóvil negro.

Cuando despertó brevemente, sintió algo caliente contra sus labios.

Era la muñeca de Julián.

—Bebe.

—¿Qué…?

—Si no lo haces, morirás.

Sofía tragó.

El efecto fue inmediato.

Los fragmentos de cristal comenzaron a salir de su propia piel.

Las heridas se cerraron.

El dolor desapareció.

Julián observó el proceso con una expresión que por primera vez parecía sorprendida.

—¿Qué me hiciste? —susurró Sofía.

—Mi sangre te está curando.

—¿Eres…?

—Sí.

La respuesta fue suficiente.

Vampiro.

Y no cualquiera.

Julián era heredero de una de las familias vampíricas más poderosas de México.

La llevó a una hacienda fortificada, donde conoció a Lucio de la Cruz, padre de Julián y verdadero rey del dominio.

Lucio la trató como basura.

—Una mesera sin apellido importante, llena de deudas.

Sofía apartó violentamente su mano cuando intentó tocarle la cara.

—No me toque.

Los guardias quedaron horrorizados.

Lucio sonrió.

—Tiene agallas.

Después ordenó encerrarla.

Pero el verdadero problema apareció al día siguiente.

Una mujer rubia, elegante y de ojos violetas entró en su habitación.

—Soy Cecilia Vargas.

Sofía frunció el ceño.

—¿Quién?

La sonrisa de Cecilia fue venenosa.

—La prometida de Julián.

Sofía sintió una incomodidad que no quiso analizar.

Cecilia sabía todo sobre ella.

Su dirección.

Sus deudas.

La diabetes de Toño.

Incluso la escuela del muchacho.

—Julián ya envió seis meses de insulina a tu hermano —explicó—. Está bien.

Sofía sintió alivio.

Hasta que Cecilia se acercó.

—Pero necesito que entiendas algo. Si recuerdas cualquier detalle del tirador… lo olvidarás.

—¿Por qué?

—Porque en esta familia ocurren accidentes.

Sofía sostuvo su mirada.

Entonces lo entendió.

—Tú sabes quién intentó matar a Julián.

El rostro de Cecilia cambió.

La agarró de la muñeca con fuerza sobrenatural.

—Eres una humana pequeña dentro de un mundo de monstruos. Aprende cuándo cerrar la boca.

Después la dejó encerrada.

Pero Sofía no pensaba obedecer.

Escapó por la ventana y descendió por una enredadera.

Mientras cruzaba el jardín, escuchó a dos guardias hablando.

Uno de ellos había visto las grabaciones antes de que fueran borradas.

—El tirador llevaba un anillo —dijo—. El emblema de una familia vampírica.

Sofía contuvo la respiración.

—¿Cuál?

El guardia bajó la voz.

Y las palabras que siguieron hicieron que la sangre se le congelara:

—El mismo blasón de la familia que está a punto de casarse con Julián.

PARTE 2

La mano de Sofía resbaló de la enredadera.

Las hojas crujieron.

Los guardias levantaron la cabeza.

—¡Ahí está!

Sofía se soltó.

Cayó sobre el césped, rodó y echó a correr hacia el bosque.

Su cuerpo era diferente.

Más rápido.

Más resistente.

La sangre de Julián seguía dentro de ella.

Pero no llegó lejos.

Una sombra cayó desde los árboles.

Julián aterrizó frente a ella.

—¿A dónde vas?

—Tu prometida me amenazó.

La expresión de Julián cambió.

—¿Qué?

—Y tus propios guardias dicen que el tirador llevaba el emblema de su familia.

Sofía respiraba con dificultad.

—Esto fue un trabajo interno.

Julián quedó completamente inmóvil.

—¿Qué viste exactamente?

Sofía cerró los ojos.

Recordó el rifle.

El retroceso.

La mano.

Un destello plateado.

—Había un pájaro grabado en el anillo.

Julián palideció aún más.

—El blasón Vargas.

Aquello ya no era un intento de asesinato.

Era una declaración de guerra.

Julián llevó a Sofía a una bodega secreta que no estaba cubierta por las cámaras de Lucio.

Allí confesó la verdad.

Su compromiso con Cecilia no era por amor.

Era un acuerdo político entre dos linajes vampíricos.

Si los Vargas estaban detrás del ataque, significaba que pretendían eliminarlo y tomar el poder desde dentro.

Entonces una explosión sacudió la hacienda.

Las luces se apagaron.

La puerta de hierro de la bodega fue arrancada.

Un vampiro enorme apareció con un arma.

—El rey envía sus saludos.

Julián enseñó los colmillos.

—Mentiroso. Trabajas para los Vargas.

Todo ocurrió en segundos.

Julián destruyó al atacante.

Después tomó a Sofía del brazo.

—Tenemos que salir.

—¿Y tu padre?

—Si los Vargas ya están dentro, mi padre está luchando… o ya cayó.

Escaparon por un garaje oculto.

Sofía condujo un Impala negro mientras Julián se enfrentaba a los vehículos que bloqueaban la salida.

Cuando consiguieron abandonar la hacienda, el edificio ardía detrás de ellos.

Sofía pensó que finalmente podrían respirar.

Entonces llegó un mensaje.

Tengo al chico.

Si quieres que siga vivo, trae a la mesera al muelle 54.

Sofía sintió que todo el mundo desaparecía a su alrededor.

—Toño.

Julián leyó el mensaje.

La pantalla crujió bajo sus dedos.

—Cecilia.

—Tenemos que ir.

—Es una trampa.

Sofía lo miró.

—Es mi hermano.

Julián sostuvo su mirada durante varios segundos.

—Entonces vamos a buscarlo.

Llegaron al muelle de Veracruz antes del amanecer.

Dentro del almacén encontraron a Toño atado a una silla.

Cecilia los esperaba rodeada por vampiros de élite.

—Qué romántico —dijo—. El príncipe abandonando su reino por una mesera.

Julián avanzó.

—Devuélveme al chico.

Cecilia sonrió.

—No vine por él.

Sacó un pequeño vial.

Dentro había sangre de Sofía.

La habían recogido del cristal ensangrentado de la gala.

—Analizamos esto.

Sofía sintió un escalofrío.

Cecilia explicó que la sangre de Julián no había provocado en Sofía la reacción esperada.

Su organismo no la rechazó.

Tampoco la convirtió completamente.

Se fusionó con ella.

—Tu cuerpo estabiliza la sangre De la Cruz.

Cecilia levantó el vial.

—Eres una catalizadora.

Julián entendió antes que Sofía.

—No.

—Sí.

Cecilia sonrió.

—Con su sangre podríamos eliminar nuestras limitaciones. Tal vez incluso caminar bajo el sol.

Miró a Julián.

—Podríamos dejar de ser reyes escondidos en la oscuridad y convertirnos en dioses.

—No quiero ser un dios.

—Entonces dame a Sofía.

Cecilia señaló a Toño.

—Y el chico se va.

—No —respondió Julián.

Sofía lo interrumpió.

—Espera.

Miró a su hermano.

Tenía catorce años.

Merecía crecer.

Envejecer.

Tener una vida normal.

Entonces Sofía caminó hacia Cecilia.

—Déjalo ir y me quedaré contigo.

—¡Sofía! —rugió Julián.

Ella se acercó a él como si fuera a despedirse.

Pero le susurró:

—El cristal se rompió sobre mi espalda para salvarte. Ahora confía en mí.

Julián quedó inmóvil.

—Cuando diga “ahora”, toma a Toño y salta.

Comprendió.

Cecilia ordenó acercar al muchacho al borde del muelle.

Después extendió una mano hacia Sofía.

—Ven, querida.

Sofía se acercó.

Cecilia llevaba un detonador en una mano.

El vial con la sangre en la otra.

Cuando agarró la muñeca de Sofía, esta atacó.

No buscó el detonador.

Buscó el vial.

—¡Ahora!

Sofía golpeó a Cecilia con la cabeza.

Julián desapareció en una ráfaga de velocidad.

Un instante después tenía a Toño en brazos.

Cecilia cayó buscando desesperadamente el detonador.

Sofía tomó el vial.

Y entonces vio las cargas de termita colocadas alrededor del almacén.

No podía permitir que aquella sangre sobreviviera.

Arrojó el vial contra una lámpara industrial.

El vidrio explotó.

La sangre vampírica tocó el calor.

Una llamarada estalló.

La termita se encendió.

El almacén se convirtió en un infierno.

El suelo se rompió bajo Sofía.

Cayó hacia el río.

Pero nunca llegó sola al agua.

Julián saltó detrás de ella.

Llevaba a Toño bajo un brazo.

Con el otro atrapó a Sofía en pleno aire.

Los tres cayeron al Pánuco.

La corriente intentó arrastrarlos bajo el muelle.

Julián nadó contra ella hasta alcanzar una escalera oxidada.

Cuando finalmente llegaron a tierra, el almacén ardía detrás.

El destino de Cecilia quedó perdido entre las llamas.

Toño abrazó a su hermana.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

Sofía apenas podía respirar.

Julián la miraba desde unos pasos de distancia.

Sus manos temblaban.

El vampiro que había sobrevivido siglos de violencia estaba temblando.

Se arrodilló frente a ella.

—Pudiste huir.

—Te dije que no lo haría.

—Te quedaste.

Sofía sonrió cansada.

—Soy de Iztapalapa. Tenemos la mala costumbre de no huir de las peleas.

Julián apoyó la frente contra la de ella.

—Destruiste la única muestra de tu sangre.

—Bien.

Sofía cerró los ojos.

—No quiero ser un milagro. Solo quiero ser Sofía.

—Eres ambas cosas.

El horizonte comenzaba a aclararse.

Toño los miró.

—¿Ahora qué hacemos?

Julián se puso de pie.

—Desaparecemos.

Tenía propiedades que su padre desconocía.

Dinero que el consejo no podía rastrear.

Lugares donde podían esconder a Toño.

—¿Y después? —preguntó Sofía.

Los ojos de Julián volvieron lentamente a su azul profundo.

—Después recuperaremos lo que nos pertenece.

Tomó la mano de Sofía.

—Me salvaste dos veces. Desde ahora mi casa, mi protección y mi sangre están contigo.

Sofía observó a su hermano.

Después miró el almacén incendiado.

Horas antes solo era una mesera preocupada por pagar la insulina.

Ahora una de las familias vampíricas más poderosas quería su sangre.

El consejo probablemente la consideraría una amenaza.

Y el hombre más peligroso que había conocido acababa de prometer protegerla incluso contra su propia especie.

Sofía entrelazó sus dedos con los de Julián.

—Entonces vámonos.

Él arqueó una ceja.

—¿Eso significa que confías en mí?

—No exageres.

Julián sonrió.

Sofía miró hacia el camino.

—Tenemos trabajo que hacer.

Caminaron hacia el automóvil mientras los primeros rayos del amanecer aparecían sobre la ciudad.

Nada estaba realmente resuelto.

Los Vargas aún tenían aliados.

Cecilia podría haber sobrevivido.

Lucio y el consejo irían tras ellos.

Y nadie sabía exactamente hasta dónde llegaban los cambios que la sangre de Julián había provocado en Sofía.

Pero algo sí había cambiado para siempre.

La muchacha que había entrado en una gala esperando una buena propina ya no era invisible.

Había sobrevivido a vampiros.

Había destruido aquello que podía convertirla en un experimento.

Había recuperado a su hermano.

Y, quizá lo más peligroso de todo, había conseguido que un príncipe que durante tres siglos había vivido rodeado de personas interesadas en su dinero, su apellido y su poder encontrara a alguien que había derramado sangre por él sin pedir absolutamente nada.

Julián la miró antes de entrar al automóvil.

—¿Sabes qué eres ahora?

Sofía suspiró.

—Si vuelves a decir “catalizadora”, te atropello con tu propio coche.

Él soltó una risa.

—No.

Su expresión se suavizó.

—Eres la mujer que cambió todo.

Sofía abrió la puerta del conductor.

—Yo solo vi un punto rojo y salté.

—Exactamente.

Y mientras abandonaban el muelle con Toño a salvo en el asiento trasero, Sofía comprendió que quizá algunas decisiones no necesitaban ser racionales para cambiar una vida.

A veces bastaba un segundo.

Un disparo.

Un cuerpo lanzándose delante de otro.

El cristal se había roto aquella noche sobre su espalda.

Pero lo que nació de aquellas piezas era mucho más peligroso que cualquier arma: una humana que ya no pertenecía por completo al mundo de los humanos… y un príncipe vampiro dispuesto a enfrentarse a todo su reino para mantenerla viva.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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