La pasajera sabía mi nombre completo, pero yo jamás se lo había dicho
La pasajera sabía mi nombre completo, pero yo jamás se lo había dicho

PARTE 1
La tercera vez que aquella mujer subió a mi taxi, me dio las gracias llamándome por mi nombre completo.
El problema era que yo nunca se lo había dicho.
Ni estaba escrito dentro del carro.
Y para entonces ya empezaba a sospechar que quizá ella no era una pasajera como las demás.
Me llamo Sinforiano Osuna, aunque en la base de taxis de Ciudad Juárez todos me conocen como don Chinto. He pasado buena parte de mi vida trabajando de noche.
Nunca fui creyente de fantasmas.
Mi madre sí. Ella tenía historias para todo: aparecidos en las carreteras, ánimas que regresaban, ruidos que no debían contestarse después de medianoche.
Yo siempre me reía.
Después de tantos años manejando de madrugada, uno aprende que casi todo tiene una explicación.
O eso creía.
Una noche de octubre, cerca de las tres de la mañana, circulaba por el centro cuando vi a una mujer esperando bajo un poste de luz.
Llevaba un suéter gris cerrado hasta el cuello, una falda oscura y una bolsa sencilla colgada del brazo.
Me hizo la parada.
Subió atrás.
—Por Urueta, cerca del panteón.
Eso fue todo.
Mientras manejaba intenté hacer conversación. Le pregunté si venía del trabajo.
Ella miró por la ventana.
—Voy a mi casa.
Su voz tenía algo extraño. No era ronca ni débil. Sonaba lejana, como si hablara desde un pasillo vacío.
Por el espejo pude verla mejor.
Tendría unos cuarenta años. Cabello recogido, rostro muy pálido y unos ojos tan tristes que me hicieron dejar de preguntar.
Llegamos cerca del panteón municipal.
Me pidió bajar en una esquina.
Pagó con un billete viejo, muy gastado, y me dijo que me quedara con el cambio.
Después caminó hacia la zona del cementerio.
Pensé que viviría en alguna de las casas cercanas.
Seguí trabajando.
Dos semanas después volví a verla.
Misma esquina.
Mismo suéter gris.
Misma bolsa.
Cuando subió, incluso creí que llevaba exactamente la misma ropa.
Esta vez le pregunté su nombre.
—Remedios.
Me dijo también que había trabajado en una fábrica de costura y que vivía por Urueta.
Cuando pregunté si alguien la esperaba en casa, tardó mucho en contestar.
—Ya no.
No insistí.
La dejé en el mismo lugar.
La tercera ocasión ocurrió en noviembre.
Hacía un frío seco de esos que se meten por cualquier rendija del carro.
Yo escuchaba rancheras en la radio cuando Remedios subió.
En cuanto cerró la puerta, el aparato comenzó a llenarse de estática.
Le bajé el volumen.
El ruido desapareció.
Me disculpé por el radio viejo.
Ella no contestó.
Durante todo el camino sentí que me observaba desde el asiento trasero.
Al llegar, pagó otra vez con un billete antiguo.
Ya iba a cerrar la puerta cuando se inclinó hacia mí.
—Gracias por llevarme con cuidado, Sinforiano.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con diciembre.
Muy pocas personas me llaman Sinforiano.
En la base soy Chinto. Mis pasajeros me dicen don Chinto, jefe o simplemente taxista.
Ella no tenía forma de saberlo.
Quise preguntarle.
Pero ya caminaba hacia la entrada del panteón.
La seguí con la mirada.
La reja estaba cerrada.
Remedios avanzó hasta un mezquite grande, pasó detrás del árbol…
y no volvió a aparecer.
Esa madrugada regresé a mi casa antes de terminar el turno.
Mi esposa me dijo que dejara de recogerla.
Le hice caso.
Durante varios días cambié de ruta.
Pero semanas después vi a Remedios en otra calle, lejos del lugar donde siempre la encontraba.
Estaba parada bajo una lámpara.
No levantó la mano.
Solo me miró pasar.
Aceleré.
Al día siguiente se lo conté a un compañero veterano de la base al que todos llamábamos el Rana.
Pensé que se iba a burlar.
No lo hizo.
Me preguntó exactamente dónde la había visto.
Cuando mencioné la esquina del centro y la calle Urueta, dejó el café sobre la mesa.
Entonces me contó una historia que los taxistas viejos repetían desde antes de que yo empezara a manejar.
Décadas atrás, una mujer que trabajaba de noche en una fábrica de costura esperaba transporte siempre en esa misma zona.
Una madrugada aceptó que un desconocido en un carro particular la acercara a su casa.
Nunca llegó.
Tiempo después su historia quedó prácticamente olvidada, salvo entre algunos choferes que la usaban como advertencia para los nuevos: nunca dejar sola a una pasajera de madrugada y nunca permitir que subiera con alguien que no fuera un taxi identificado.
Yo ya tenía las manos frías.
Le pregunté cómo se llamaba aquella mujer.
El Rana me miró muy serio.
—Remedios.
PARTE 2
Sentí que el ruido de la base desaparecía a mi alrededor.
Le pedí que repitiera el nombre.
Lo hizo.
Remedios.
Según la historia, aquella mujer trabajaba en una pequeña fábrica del centro muchos años antes. Su casa quedaba por la zona de Urueta, cuando el barrio era muy distinto y el panteón todavía no había ocupado tanto terreno.
Los viejos taxistas decían que, algunas madrugadas, una mujer con ropa pasada de moda aparecía esperando transporte.
Siempre pedía ir hacia su casa.
Nunca terminaba de llegar.
Me quedé pensando en los billetes antiguos.
En su voz.
En la manera en que sabía mi nombre.
Y por primera vez en mi vida acepté una posibilidad que me parecía absurda:
quizá mi esposa tenía razón.
Pasaron meses sin que volviera a verla.
Yo continué trabajando.
Seguía llevando enfermeras, empleadas de maquila, meseras y mujeres que salían tarde de sus trabajos.
Una madrugada llevé a una enfermera joven llamada Yolanda.
Durante el camino me contó que llevaba días preocupada porque un automóvil desconocido aparecía con frecuencia cerca de su trabajo.
La dejé frente a su casa y esperé hasta verla cerrar la puerta.
Mientras regresaba solo pensé en Remedios.
Pensé en lo fácil que puede cambiar una vida por aceptar el viaje equivocado.
Y entendí algo.
Si esa mujer llevaba tantos años intentando volver a casa, tal vez no necesitaba que yo huyera de ella.
Tal vez necesitaba exactamente lo contrario.
Dejé de evitar la esquina.
Una noche de abril, Remedios estaba ahí.
Me detuve.
Subió.
Esta vez fui yo quien habló primero.
—Buenas noches, doña Remedios. ¿Vamos a Urueta?
Por el espejo vi algo que nunca había visto.
Sonrió.
Muy poquito.
Le dije que sabía su historia.
Durante varios minutos no respondió.
Después miró hacia las calles iluminadas y me explicó que aquella madrugada había esperado durante mucho tiempo un taxi.
Tenía frío.
Quería volver con su familia.
Cuando un automóvil se detuvo y el conductor se ofreció a llevarla, pensó que había tenido suerte.
No fue así.
Lo dijo sin dar detalles.
Tampoco hacían falta.
Después añadió algo que me dolió más.
Cada cierto tiempo volvía a encontrarse esperando en aquella esquina.
Subía a taxis.
Pedía ir a su casa.
Pero siempre ocurría lo mismo.
Cuando llegaba cerca de Urueta, su memoria se volvía confusa.
Terminaba bajando en la esquina y caminando sola.
Luego todo se borraba hasta que nuevamente aparecía esperando transporte.
Le pregunté si recordaba el número de su casa.
Tardó mucho.
Finalmente dijo:
Recordaba una casa sencilla con portón azul, una bugambilia en la entrada y macetas que cuidaba su madre.
Le prometí llevarla hasta ahí.
Pero cuando llegamos descubrimos algo que ella parecía haberse negado a entender durante años.
Ese tramo de la calle ya no existía.
La ampliación del panteón había cambiado completamente la zona.
El lugar donde alguna vez estuvo su casa ahora quedaba detrás de una barda.
Remedios miró por la ventana durante mucho tiempo.
—Entonces ya no está mi casa.
No supe qué decirle.
Apagué el taxi.
Me bajé y le abrí la puerta.
Caminamos hasta la barda.
Del otro lado había un viejo mezquite.
Cuando Remedios lo vio, se quedó inmóvil.
Puso una mano contra los ladrillos.
Me contó que de niña jugaba por ahí. Que su mamá tenía plantas en las ventanas. Que aquella había sido la última casa de la que salió pensando que volvería pocas horas después.
Nos quedamos en silencio.
No sé cuánto tiempo.
Hasta que finalmente volteó hacia mí.
Su cara ya no se veía tan triste.
Me agradeció por haberla llevado.
Esta vez, dijo, sí había llegado.
Entonces ocurrió algo que todavía me cuesta contar sin sentir escalofríos.
Su figura empezó a volverse transparente.
No desapareció de golpe.
Fue como ver niebla deshacerse lentamente con el viento.
Primero sus manos.
Después el suéter gris.
Luego su rostro.
En pocos segundos ya no había nadie junto a mí.
Solo la barda, el mezquite y el ruido lejano de la ciudad.
Desde aquella noche no volví a verla.
Pregunté durante años a otros taxistas.
Nadie volvió a recoger a una mujer llamada Remedios en aquella esquina.
Sigo manejando de noche.
Y desde entonces tengo una costumbre.
Cuando llevo a una mujer sola de madrugada, no arranco hasta verla entrar a su casa.
Puedo perder cinco minutos.
Puedo perder otra carrera.
No me importa.
Después de conocer a Remedios entendí que llevar a alguien a su destino no siempre significa simplemente cobrar y seguir trabajando.
A veces significa asegurarse de que realmente llegó.
Todavía paso ocasionalmente por aquella esquina.
El poste de luz sigue parpadeando.
Y aunque han pasado años, reduzco un poco la velocidad cada vez.
Miro hacia la banqueta.
Hasta ahora nunca he vuelto a ver aquel suéter gris.
Pero cada vez que paso por ahí recuerdo algo que Remedios tardó décadas en conseguir:
un viaje en el que alguien se preocupara por llevarla hasta casa.