La omega más torpe bañó a un lobo negro gigante sin saber quién era… hasta que despertó convertido en el rey alfa, decidido a no abandonar su cabaña

La omega más torpe bañó a un lobo negro gigante sin saber quién era… hasta que despertó convertido en el rey alfa, decidido a no abandonar su cabaña

En mi pueblo decían que las omegas debíamos mantener la cabeza baja y no llamar la atención.

Yo ya era bastante buena en eso… hasta que el rey alfa apareció herido en mi puerta.

No sabía quién era. Solo vi a un lobo enorme, cubierto de lodo y sangre, y decidí que no iba a dejarlo morir bajo la lluvia.

Me llamo Gabriela Salcedo. Vivía en San Jacinto de los Pinos, un pueblo pequeño escondido en la Sierra de Durango, donde el invierno llegaba temprano y las noticias corrían más rápido que los caballos. Mi madre había muerto cuando yo era niña, y mi padre, un tintorero, me enseñó a preparar pigmentos con grana, corteza y flores silvestres.

También me enseñó a no confiar demasiado en los señores alfa. En nuestro reino, muchas familias trataban a las omegas como monedas de cambio: las comprometían para obtener tierras, alianzas o protección. Por eso ocultaba mi aroma con capas gruesas y ceniza. Si los demás creían que yo era una muchacha distraída que tropezaba hasta con sus propias trenzas, nadie pensaría que valía la pena reclamarme.

La noche en que todo cambió, yo iba cargando leña hacia la casa. Resbalé en el lodo y los troncos rodaron por el patio. Mientras los recogía, oí una respiración quebrada junto al cobertizo.

Levanté la lámpara.

Había un lobo negro, del tamaño de un caballo pequeño, con dos flechas de plata clavadas en el costado. Una herida le cruzaba el hombro. Sus ojos dorados me siguieron cuando me acerqué.

Cualquier persona sensata habría corrido por los guardias. Yo pensé en la fiebre, en la sangre que seguía saliendo y en que aquel animal no llegaría vivo al amanecer.

Lo cubrí con una lona y, a fuerza de resbalones y jalones, lo arrastré hasta mi casa. Me tomó casi una hora. Cuando por fin logré meterlo, me quedé tendida en el suelo junto a él, empapada y sin aliento.

La casa olía a lavanda seca, humo y pan duro. Llené con agua caliente la gran tina de cobre que usaba para teñir telas. Luego, con las manos más firmes que mis piernas, corté los restos de las flechas y limpié las heridas.

El lobo gruñó cuando saqué la primera punta. Sus dientes pasaron tan cerca de mi cara que sentí el aire de su respiración. Cerré los ojos, esperando el mordisco. Nunca llegó.

Solo apoyó el hocico ensangrentado sobre el piso y dejó que siguiera.

Fue un baño desastroso. Le tiré una toalla sobre la nariz, me resbalé y terminé encima de su lomo, y casi me quemé al acercar otra cubeta al fogón. Él no me atacó. Me miraba como si no supiera si yo era valiente o simplemente no entendía el peligro.

Cuando terminé de vendarlo, yo estaba empapada y él respiraba con más calma. Le puse una cobija junto a la chimenea y me quedé dormida en una silla.

Al amanecer, el lobo había desaparecido.

En su lugar había un hombre desnudo, enorme y cubierto de cicatrices, con mis vendas alrededor del torso. Grité, tropecé con la rueca y terminé sentada en el suelo, debajo de una canasta de estambre.

Él abrió los ojos. Eran los mismos ojos dorados.

Lo reconocí de inmediato. Todo el reino lo conocía: Emiliano Montemayor, el rey alfa de las tierras occidentales. El pregonero había anunciado su muerte después de una emboscada en el desfiladero.

—El consejo decidió celebrar demasiado pronto —dijo, envolviéndose en una manta—. Esteban Landa cree que ya se quedó con mi trono.

Le pedí que se fuera antes de que alguien nos viera juntos. Yo era una omega soltera; si el pueblo encontraba al rey herido en mi casa, mi vida quedaría en manos de quienes lo perseguían.

—No voy a dejar que te hagan daño —respondió.

Entonces escuché ladridos afuera.

Por la ventana vi al magistrado Jacinto Ríos, cuatro soldados y varios perros siguiendo las manchas de sangre hasta mi puerta. Le ordené al rey que se escondiera debajo de la alfombra, justo sobre una trampilla que daba al sótano.

Abrí la puerta fingiendo sorpresa. Dije que me había cortado mientras preparaba carne y señalé unos trapos ensangrentados. El magistrado entró, olfateó el aire y desenvainó un poco la espada.

—Aquí hay un alfa —dijo—. Y no pienso irme sin encontrarlo.

Entonces Emiliano salió de la cocina, vestido con la ropa vieja de mi padre, que le quedaba tan estrecha que las costuras parecían a punto de rendirse.

—Soy su primo —dijo, rodeándome la cintura con un brazo—. ¿Hay algún problema, magistrado?

Jacinto se fue, pero antes de cruzar la puerta me miró como si ya hubiera decidido mi castigo.

Esa noche el rey me confesó que sus aliados marchaban hacia la capital y que pronto volvería por su trono. Yo creía que, con eso, dejaría mi casa.

Me equivoqué.

Dos semanas después, mientras intentaba preparar un baño de tinte rojo para una manta, alguien disparó una flecha por la ventana y la clavó en la mesa. La puerta salió de sus goznes. Cinco soldados armados entraron detrás de un caballero con una cicatriz en la cara.

—¡Agarren a la omega! —ordenó—. Si la usamos como rehén, el rey caerá de rodillas.

PARTE 2 

El primer soldado se lanzó hacia mí. Emiliano se interpuso, y en ese instante su cuerpo cambió. Sus huesos crujieron bajo la piel; la ropa se desgarró y el lobo negro ocupó casi toda mi pequeña sala.

Los hombres retrocedieron, pero el caballero, sir Reginaldo, no se movió.

—Lo dije, majestad —se burló—. Nadie puede esconderse para siempre.

El lobo rugió y se abalanzó sobre ellos. La casa no estaba hecha para una pelea así. Un soldado chocó contra la mesa; otro golpeó la pared con el hombro. La lámpara cayó, pero el fuego no alcanzó las cortinas.

Yo me pegué a la tina de cobre, sin saber si debía correr o ayudar. Uno de los hombres logró pasar junto al rey y vino directo hacia mí.

—¡La omega! —gritó Reginaldo—. ¡Tómenla!

Intenté apartarme, pero mi falda se atoró bajo mi bota. Caí hacia atrás y, al buscar dónde sujetarme, agarré el asa de la tina que había dejado junto al fogón.

La tina se inclinó.

El tinte hirviendo, rojo oscuro por la grana, cayó sobre el soldado que me perseguía. El hombre gritó y soltó la espada. No vi qué tanto lo había lastimado; solo vi que ya no podía avanzar. El golpe de la tina contra el suelo hizo temblar la casa.

Ese segundo de distracción fue suficiente para que Reginaldo alcanzara a Emiliano con una espada de plata. El rey soltó un rugido y cayó de rodillas.

—¡Emiliano!

El lobo levantó la cabeza. Aun herido, seguía buscando dónde estaba yo. Me arrastré por el piso hasta llegar a su costado y puse una mano sobre su cuello.

—Aquí estoy —le dije—. No te voy a dejar solo.

Reginaldo levantó la espada otra vez. Antes de que pudiera descargarla, Emiliano se incorporó y lo derribó de un empujón. El caballero soltó su arma. Los otros hombres, al ver a su jefe en el suelo y al rey de pie, abandonaron la lucha y corrieron por la puerta rota.

La casa quedó en silencio, salvo por el crepitar del fogón y la respiración agitada de los heridos. Emiliano se acercó a mí con cuidado. Tenía sangre en el costado y cojeaba, pero bajó la cabeza para tocar mi hombro con el hocico.

—Estoy bien —murmuré, hundiendo los dedos en su pelaje—. Solo… creo que arruiné el piso.

El lobo dejó escapar un sonido que parecía una risa.

Afuera se oyeron cascos. Por un instante pensé que llegaban más soldados de Landa. Luego vi las banderas de la casa Montemayor y, junto a ellas, el estandarte de don Ricardo Falcón, uno de los aliados más antiguos del rey.

Don Ricardo desmontó y se quedó inmóvil al ver al enorme lobo negro parado sobre los restos de mi casa. Después hincó una rodilla en el lodo.

—Majestad —dijo, con la voz quebrada por el alivio—. Lo buscamos por toda la sierra. Las fuerzas de Landa están rodeadas en la capital.

Emiliano volvió a su forma humana. Un guardia le tendió una capa y él se la puso antes de acercarse a mí.

—Tu reino te espera —le dije.

—Mi reino puede esperar un momento —contestó—. Tú no tienes que venir conmigo, Gabriela. No tienes que aceptar nada por haberme salvado.

Me sorprendió que lo dijera delante de sus hombres. En mi vida había oído a un alfa poderoso dejar una decisión en manos de una omega.

—¿Y si quiero acompañarte? —pregunté.

—Entonces iremos juntos. Pero no como rey y propiedad suya.

Don Ricardo escuchó en silencio. Luego hizo una reverencia hacia mí, sin cuestionar la respuesta del rey.

El camino a la capital tomó dos días. Yo viajé en una carreta detrás de los caballeros, con una manta sobre los hombros y las manos todavía manchadas de tinte. Emiliano cabalgó a mi lado todo el trayecto. No intentó acercarse más de lo que yo quería.

Al llegar, la gente llenó las calles. Algunos lloraban al verlo; otros gritaban su nombre. La noticia de que el rey había sobrevivido a la emboscada corrió por la capital antes de que entráramos al palacio.

Esteban Landa esperaba en el salón del consejo, rodeado de sus guardias. Cuando vio a Emiliano, se le borró la sonrisa.

—Creí que la plata había terminado contigo —dijo.

—Creíste muchas cosas —respondió el rey.

Don Ricardo presentó las cartas que probaban la conspiración: Landa había sobornado magistrados, contratado cazadores y planeado asesinar a Emiliano para tomar el trono. Jacinto Ríos también había recibido dinero. Por eso había seguido el rastro de sangre hasta mi casa: no buscaba justicia, sino terminar el trabajo.

Landa negó todo. Pero uno de los soldados capturados confesó que el caballero Reginaldo había recibido órdenes de matar al rey y llevarme como rehén. Jacinto fue despojado de su cargo. Landa perdió sus tierras y fue juzgado por traición.

Mientras los guardias se lo llevaban, me miró con desprecio.

—Una omega como tú no debería tener voz en un palacio.

—Y un traidor como tú no debería decidir quién merece hablar —le contesté.

No levanté la voz. No hizo falta.

Los días siguientes fueron difíciles. El rey tuvo que recuperar el control de las provincias y revisar los nombramientos que Landa había manipulado. Yo ayudé a identificar a las familias del pueblo que habían perdido sus casas o sus animales durante las redadas. Algunas personas de la corte se burlaban de mi ropa sencilla y de mis tropiezos. Otras esperaban que aceptara de inmediato una corona.

Emiliano no permitió que nadie me presionara. Tampoco usó el vínculo entre nosotros para reclamarme.

Una tarde, mientras yo intentaba colgar una manta en el patio del palacio y terminé enredada entre las telas, él me ayudó a ponerme de pie.

—Podrías vivir aquí —dijo—. O regresar a San Jacinto. No tienes que elegir hoy.

—¿Y si no quiero ser reina?

—Entonces no lo serás.

Me quedé pensando en su respuesta. El hombre que había llegado a mi casa herido y cubierto de barro era un rey. Pero nunca me había pedido que me convirtiera en algo para merecer su respeto.

Volví a San Jacinto durante un tiempo. Reconstruí mi casa y reabrí el taller de tintes de mi padre. Emiliano me visitó varias veces, siempre preguntando antes de quedarse. La gente del pueblo dejó de llamarme “la torpe”, aunque yo seguí tropezando con las canastas y tirando una que otra cubeta.

Meses después, acepté regresar a la capital. No porque una ley me obligara, ni porque el vínculo me arrastrara. Regresé porque quería estar con él y ayudar a gobernar de una manera distinta: abriendo espacio para que las omegas pudieran elegir su vida sin ser tratadas como alianzas.

El día de nuestra unión, llevé una cinta roja teñida con la misma grana que había cubierto el piso de mi casa. Emiliano la reconoció y sonrió.

—¿Crees que deberíamos reemplazarla por algo menos peligroso? —preguntó.

—No. Es parte de la historia.

Cuando me ofreció la mano, la tomé por decisión propia.

Años después, todavía cuentan que el rey sobrevivió gracias a una omega distraída que lo arrastró por el lodo, le sacó flechas de plata y derramó una tina de tinte sobre el hombre que quería capturarla.

Lo cuentan como una historia de suerte.

Yo sé que no fue suerte. Fue el momento en que dejé de creer que mi torpeza me hacía débil y el rey dejó de creer que su poder le daba derecho a decidir por mí.

Mi casa quedó dañada aquella noche, pero no perdí mi libertad. Y cuando finalmente acepté la corona, no fue porque alguien me hubiera reclamado.

Fue porque yo elegí dónde quería estar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward