La Omega marcada por la luna y el rey Alfa que desafió al reino por ella

La Omega marcada por la luna y el rey Alfa que desafió al reino por ella

PARTE 1

La nieve había borrado el sendero cuando Eira cayó de rodillas. Siete mercenarios la rodearon, celebrando que por fin habían capturado a la extraña Omega de ojos plateados.

Uno de ellos la sujetó del brazo.

—En el mercado pagarán una fortuna por ti.

Antes de que pudiera arrastrarla, un rugido sacudió el bosque. De la tormenta emergió un hombre enorme, cubierto por una capa negra. Sus ojos dorados ardían con una furia que hizo retroceder incluso a los cazadores.

Eira no sabía quién era. Ellos sí.

—El rey Alfa… —murmuró uno.

La vida de Eira había estado marcada por el rechazo. Nació con el cabello blanco, los ojos semejantes a mercurio y una media luna luminosa sobre el hombro. Los ancianos de su aldea la llamaron mal augurio y la expulsaron cuando apenas era una niña.

Desde entonces sobrevivió escondiéndose, aceptando comida a cambio de trabajo y huyendo de quienes deseaban venderla por su rareza. Además, guardaba un secreto: algunas noches veía fragmentos del futuro. Eran imágenes breves y dolorosas que jamás podía controlar.

Durante su huida había visto un gigantesco lobo negro rodeado de enemigos. También había visto una espada atravesándole la espalda.

Ahora comprendió que aquel lobo y el desconocido eran el mismo ser.

Los mercenarios atacaron. El rey los desarmó con una rapidez aterradora, pero uno consiguió aproximarse por detrás con una hoja curva. La visión golpeó a Eira como un relámpago.

—¡Detrás de ti! —gritó.

El Alfa se giró a tiempo, atrapó la muñeca del atacante y lo lanzó contra la nieve. Los demás huyeron, dejando atrás sus armas.

El rey se acercó a Eira. Cuando ella intentó levantarse, las piernas dejaron de responderle. Él la sostuvo antes de que golpeara el suelo.

En cuanto sus pieles se tocaron, una descarga cálida recorrió a ambos.

Los ojos dorados del Alfa se abrieron con desconcierto. Durante un instante, el rey más temido de las trece manadas pareció haber olvidado cómo respirar.

—No me abandones —susurró Eira antes de perder el conocimiento.

—No lo haré —prometió él.

Eira despertó en una caverna protegida por antiguas runas. El hombre había curado sus heridas y la había cubierto con su propia capa. Se llamaba Kael y llevaba más de un siglo gobernando sin haber encontrado nunca a su compañera destinada.

Cuando descubrió la marca del hombro de Eira, su expresión cambió.

—Las videntes lunares desaparecieron hace generaciones —explicó—. Podían anticipar batallas, sanar heridas imposibles y alterar el destino de los reinos. La corte las temía porque nadie podía controlar su poder.

Eira bajó la mirada.

—Entonces también me temerán a mí.

Kael se arrodilló frente a ella, sin tocarla.

—Lo único peligroso será lo que intenten hacerte cuando sepan que existes.

Eira levantó una mano y rozó la cicatriz del cuello de Kael, justo donde había visto entrar la espada. Un latido brutal resonó entre los dos. Las runas de la cueva se iluminaron y la media luna de Eira respondió con un resplandor plateado.

Kael retrocedió, atónito.

—Es el comienzo de un vínculo.

Antes de que pudiera explicarlo, varios miembros de la guardia real irrumpieron en el refugio. Habían visto la luz desde la montaña.

Kael se interpuso delante de Eira y les prohibió revelar su existencia. Los soldados dudaron. Proteger a una Omega marcada significaba desafiar directamente al Consejo.

Entonces uno de ellos regresó corriendo desde la entrada.

—Mi rey, es demasiado tarde. La corte ha encontrado rastros de sangre lunar y ha ordenado una cacería oficial.

Miró a Eira con verdadero horror antes de terminar:

—Quieren capturarla antes de que usted complete el vínculo. Y algunos miembros del Consejo no desean controlarla… Han ordenado que la eliminen.

PARTE 2

Kael no le permitió quedarse paralizada por el miedo.

—Podemos escondernos en las tierras del este —dijo—. Allí la autoridad del Consejo no tiene poder. Pero debes decidir tú. No convertiré este vínculo en otra prisión.

Eira pensó en todos los que habían decidido por ella: los ancianos que la expulsaron, los hombres que la persiguieron y la corte que acababa de condenarla sin escucharla.

—Me iré contigo.

Kael cerró los ojos, aliviado, y extendió la mano. Esta vez fue Eira quien decidió tomarla.

Abandonaron el refugio acompañados por Orin, el capitán de la guardia. La luna negra se elevaba sobre las montañas mientras los tres avanzaban hacia el Paso Norte. Si cruzaban antes del amanecer, podrían alcanzar el territorio neutral.

Estaban a pocos metros de los caballos cuando un aullido estalló detrás de ellos.

—Nos encontraron —gruñó Kael.

Decenas de lobos salieron de entre los árboles. Al frente caminaba Lord Varek, consejero principal del reino. Llevaba una armadura ceremonial y un medallón de obsidiana sobre el pecho.

—Entréguenos a la Omega —exigió—. Su magia amenaza la sucesión y la estabilidad de las manadas.

Kael se colocó delante de Eira.

—La única amenaza que veo es un Consejo dispuesto a perseguir a una mujer inocente.

Varek sonrió.

—Entonces la marca ya te ha hechizado. Sabíamos que perderías el juicio cuando encontraras a tu destinada.

Los soldados cerraron el paso. Algunos parecían avergonzados; otros miraban a Eira como si fuera una criatura capaz de destruirlos con solo respirar.

Kael se preparó para transformarse, pero Eira sintió que su marca ardía. Una visión la arrancó del bosque.

Vio a Varek alimentando con sangre el medallón de obsidiana. Vio lobos enloquecidos atacando las fronteras. Vio al consejero enviando rumores para obligar al rey a salir solo del palacio. Finalmente, se vio a sí misma arrodillada junto al cuerpo de Kael mientras Varek anunciaba que la Omega lunar había asesinado al monarca.

Eira regresó al presente con un grito.

—¡Él controla a los lobos corrompidos! Todo esto fue preparado para matar al rey y culparme.

Varek perdió la sonrisa.

—Una visión no es una prueba.

—Entonces permite que todos la vean.

Eira no sabía si aquello era posible, pero la marca pareció comprender su intención. Apoyó la mano sobre la tierra y una luz plateada se extendió bajo la nieve, alcanzando a cada lobo del paso.

Las imágenes invadieron la mente de los soldados: Varek realizando el ritual, pagando a los mercenarios y firmando la orden para eliminar a Eira. El bosque se llenó de jadeos y gruñidos de indignación.

Varek arrancó el medallón de su cuello.

Una oscuridad espesa salió de la piedra y penetró en varios guerreros. Sus ojos se volvieron rojos. Perdieron el control y se lanzaron contra el rey.

Kael adoptó la forma de un inmenso lobo negro. Derribó a los atacantes sin herirlos de muerte, mientras Orin protegía a Eira. Sin embargo, Varek sacó una espada curva y desapareció entre el caos.

Eira reconoció la escena de su primera visión.

—¡Kael!

Llegó demasiado tarde.

La hoja entró bajo el hombro del lobo y Kael cayó sobre la nieve. Eira corrió hacia él mientras Orin detenía a Varek. La sangre oscura se extendió alrededor del cuerpo del rey exactamente como ella había visto.

—No —susurró Eira—. El futuro todavía puede cambiar.

Kael recuperó su forma humana. Apenas podía respirar.

—Huye —le pidió—. El paso está abierto.

—No pienso dejarte.

Eira colocó ambas manos sobre la herida. La marca lunar brilló, pero el poder no fue suficiente. En su interior sintió la presencia del vínculo incompleto, esperando una elección.

Kael también lo comprendió.

—No tienes que hacerlo —dijo con dificultad—. Ni siquiera para salvarme. Tu libertad sigue siendo tuya.

Aquellas palabras disiparon la última sombra de miedo. Él estaba dispuesto a desaparecer antes que reclamarla contra su voluntad.

Eira se inclinó hasta apoyar la frente contra la suya.

—No te elijo porque el destino lo ordene. Te elijo porque fuiste el primero en verme como una persona, porque me diste una elección cuando todos los demás quisieron convertirme en una herramienta.

Besó suavemente su frente.

—Acepto el vínculo, Kael.

La luz estalló como un amanecer.

El resplandor envolvió al rey, cerró su herida y se extendió por los árboles. Los lobos sometidos por el medallón recuperaron la conciencia. La piedra de obsidiana se partió en las manos de Varek y todas las criaturas corrompidas del bosque quedaron libres de su influencia.

Cuando Kael abrió los ojos, ya no había dolor en ellos. Solo una calma profunda.

Los soldados se arrodillaron, no ante la magia de Eira, sino ante la verdad que les había mostrado. Orin arrestó a Varek y recogió los documentos que el consejero llevaba consigo. Contenían los nombres de todos los miembros de la corte implicados en la conspiración.

Kael y Eira regresaron al palacio juntos.

El antiguo Consejo fue disuelto y sus integrantes respondieron por sus actos ante las trece manadas. Kael creó una asamblea en la que Betas y Omegas también podían hablar. Además, prohibió la expulsión de niños por marcas, diferencias físicas o supersticiones.

A Eira le ofrecieron una corona, pero ella no la aceptó inmediatamente.

Primero recorrió las aldeas donde otras Omegas vivían escondidas. Fundó refugios y utilizó sus visiones para evitar conflictos, nunca para imponer decisiones. Con el tiempo dejó de esconder sus ojos plateados y llevó la marca descubierta, como prueba de que aquello que el mundo llamaba maldición podía convertirse en esperanza.

Kael nunca volvió a pedirle que completara una ceremonia por obligación. Esperó hasta que Eira estuvo preparada.

Cuando finalmente regresó al palacio, lo encontró solo en el jardín de invierno.

—¿Has venido para quedarte? —preguntó él.

Eira tomó la corona que él había guardado y la dejó sobre un banco.

—He venido porque este lugar puede ser mi hogar, no porque necesite un trono.

Después entrelazó sus dedos con los de Kael.

—Y me quedo porque te elijo.

Bajo la luz de la luna, la marca volvió a brillar. Esta vez nadie huyó, nadie dio una orden y ningún destino habló por ellos.

La niña rechazada por ser diferente y el rey condenado a la soledad comenzaron una nueva historia construida sobre algo mucho más poderoso que la profecía: la libertad de escogerse cada día.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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