La Omega albina ayudó a un misterioso lobo sin saber quién era — Hasta que el Rey Alfa regresó por ella
La Omega albina ayudó a un misterioso lobo sin saber quién era — Hasta que el Rey Alfa regresó por ella

La noche en que me ataron al poste, el señor del pueblo dijo que mi sangre salvaría a todos.
Yo sabía que era mentira.
Me llamo Mara Salcedo. Nací Omega, con la piel muy clara, el cabello blanco como la nieve y los ojos violetas. En Valle de los Encinos, en la sierra de Durango, eso bastó para que me llamaran maldición. Decían que la luna me había marcado para traer enfermedad y malas cosechas.
Por eso vivía lejos de las demás casas, en una choza húmeda junto al río. Nadie me invitaba a la mesa, pero cuando un cazador volvía herido, sí golpeaban mi puerta. Yo conocía las plantas de la sierra y sabía limpiar heridas. Los mismos que me escupían al verme buscaban mis remedios cuando el dolor los doblaba. Yo aprendí de mi abuela, antes de que muriera, a distinguir las plantas útiles de las que podían enfermar a una persona. Cargaba un cuaderno viejo y llenaba sus márgenes con dibujos de hojas, raíces y cortezas. Si dejaba una venda en la puerta de una familia, al día siguiente la encontraba limpia, pero nunca recibía un gracias. Aun así, no podía ver a alguien sufrir y fingir que no sabía ayudar.
Una tarde, mientras recogía hierbas en la orilla, percibí un olor metálico que me revolvió el estómago. Seguí el rastro hasta un remanso. Allí, medio sumergido en el agua helada, yacía un lobo negro gigantesco. Tres virotes le atravesaban el cuello y el hombro. Las puntas eran de plata; la carne alrededor estaba quemada y la corriente se teñía de rojo.
Todo instinto me ordenaba huir. Si el señor Evaristo Montalvo encontraba aquella bestia, la despellejaría. Si el lobo despertaba, podía destrozarme antes de entender quién era yo.
Pero el animal abrió los ojos. Eran dorados, nublados por el dolor. Gruñó, y el agua vibró alrededor de su hocico.
Me arrodillé en el río.
—No voy a lastimarte. Déjame ayudarte.
Dejé que mi voz tomara el tono bajo que usaba con los lobos asustados. Poco a poco, su cabeza cayó sobre el barro. Lo arrastré hasta una cueva oculta bajo unos sauces y pasé tres días cuidándolo.
La primera noche fue la peor. Tuve que retirar los virotes mientras él se retorcía y chasqueaba los dientes a centímetros de mi cara. Nunca me mordió. Le limpié las heridas, le di agua entre las manos y me quedé junto a su cuerpo cuando la fiebre lo hacía temblar. Mi canto bajo parecía calmarlo. A ratos, apoyaba el hocico en mi muñeca como si quisiera recordar mi olor.
Al cuarto día, volví con hierbas frescas y encontré la cueva vacía. Solo quedaba una huella enorme en el barro y un mechón de pelo negro enganchado en una zarza.
Creí que nunca volvería a verlo.
Un mes después, empezaron a llegar noticias desde el norte. El Rey Alfa Gael Montemayor, señor de la Sierra Obsidiana, había sobrevivido a una emboscada. La alianza que intentó matarlo con virotes de plata estaba siendo perseguida. Valle de los Encinos había ayudado a los conspiradores: Evaristo les proporcionó las armas. Algunos viajeros aseguraban que el rey avanzaba hacia el sur acompañado por guerreros capaces de cruzar la sierra en plena helada. Otros decían que no pensaba negociar con quienes lo habían traicionado.
El pueblo entró en pánico. Evaristo, que había enviado hombres a atacar al rey, necesitaba un culpable. Sabía que el ejército podía descubrir su participación y que los vecinos estaban demasiado asustados para defenderlo. Señaló mi cabello blanco y dijo que yo había atraído la desgracia hasta nuestras puertas. Aseguró que la luna exigía una ofrenda para que el ejército del norte no arrasara el valle.
La noche de luna roja, sus guardias derribaron la puerta de mi choza. Me arrastraron por el barro mientras algunos vecinos me lanzaban piedras. No pedí ayuda. Ya sabía que nadie iba a ofrecerla.
En la plaza, Evaristo me ató a un poste de madera. Levantó una hoja de plata y anunció que mi muerte limpiaría la maldición del pueblo.
Cerré los ojos. Estaba cansada de correr, de esconderme y de que mi vida valiera menos que la superstición de los demás.
La hoja descendió.
Pero no llegó a tocarme.
Un aullido retumbó en el valle con tanta fuerza que hizo temblar los techos y apagó varias antorchas. La gente se quedó inmóvil. Evaristo bajó la mirada hacia el bosque.
Y entre los árboles apareció una fila de lobos enormes, con armaduras oscuras y ojos encendidos como brasas.
PARTE 2
El ejército salió del bosque como una tormenta. Los guardias de Evaristo apenas tuvieron tiempo de levantar sus armas. En medio del estruendo, un hombre avanzó hacia la plaza. Era alto, llevaba cicatrices frescas en el cuello y el hombro y caminaba como si el miedo de los demás no pudiera tocarlo.
Reconocí sus ojos.
El lobo que había curado en la cueva era el Rey Alfa Gael Montemayor.
Evaristo cayó de rodillas y empezó a suplicar. Gael no lo miró. Sus hombres lo apartaron mientras el rey se detenía frente a mí. Alzó una mano ensangrentada y me quitó con cuidado el pelo pegado a la mejilla.
Yo me encogí, esperando un golpe.
—Eres tú —dijo él.
Con un tirón rompió las cuerdas. Mis piernas cedieron, pero Gael me sostuvo antes de que tocara el suelo. Se volvió hacia sus soldados.
—Que el reino sepa que encontré a mi compañera. Y que nadie vuelva a ponerle una mano encima.
No entendí qué significaba aquello, ni si tenía derecho a decidirlo por mí. Solo supe que el hombre a quien había salvado estaba dispuesto a llevarme lejos de la plaza donde todos habían celebrado mi muerte.
El camino hacia la Fortaleza de Piedra Negra fue largo y frío. Gael caminó a mi lado y, cuando la nieve cubrió el paso, me envolvió en su capa. Cada vez que su lobo aparecía, me rodeaba con su enorme cuerpo para apartarme del viento. No me obligó a hablar. Yo tampoco sabía qué preguntarle: por qué me buscó, cómo supo que estaba en peligro o qué significaba para él que yo fuera su compañera. Al llegar, un salón lleno de guerreros y consejeros se quedó en silencio al verme.
Los murmullos empezaron enseguida: “la bruja blanca”, “la Omega débil”, “un mal presagio”. Gael los oyó.
—Mara es mi compañera destinada y será reina de la Sierra Obsidiana —declaró—. Su autoridad será respetada.
—No soy una corona que puedas colocar sobre una mesa —le dije cuando estuvimos solos.
Por primera vez, el Rey Alfa pareció sorprendido.
—No te pediré que finjas ser alguien que no eres —respondió—. Pero quiero que estés aquí porque me salvaste cuando nadie más se habría acercado.
—¿Y si no quiero ser tu reina?
—Entonces no lo serás. No eres una deuda que puedas pagarme.
Fue la primera respuesta suya que me hizo pensar que quizá mi vida no volvería a estar en manos de otra persona.
Le pedí una condición: no volvería a ser encerrada ni apartada. Si iba a quedarme, atendería a quien necesitara ayuda, sin importar su rango. Gael aceptó.
En la enfermería encontré a los curanderos desbordados por las heridas de la guerra. Un joven guerrero llamado Mateo tenía una infección grave en la pierna y los médicos daban por hecho que tendrían que amputársela. Revisé la herida y preparé un tratamiento con las plantas que conocía. Trabajé a su lado día y noche. A los pocos días, la fiebre cedió.
Mateo conservó la pierna. Cuando abrió los ojos y preguntó si podría volver a caminar, los médicos no supieron qué contestar. Yo sí: le dije que tendría que luchar y tener paciencia, pero que no lo dejaríamos solo. Su madre me tomó las manos, llorando. Fue la primera vez que alguien de la fortaleza me miró sin miedo ni superstición.
Los mismos guerreros que me habían llamado presagio empezaron a agachar la cabeza cuando pasaba. No porque Gael los obligara, sino porque habían visto lo que mis manos podían hacer.
Pero en la corte había personas que no querían una reina como yo. Lord Ramiro Castañeda, consejero militar, pensaba que el linaje real necesitaba una mujer de sangre Alfa. Lady Viviana Ríos llevaba años esperando ocupar mi lugar. Ninguno podía desafiar a Gael de frente, así que eligieron un camino más discreto.
El veneno empezó con cansancio y náuseas. Los curanderos aseguraban que mi cuerpo de Omega no soportaba el frío del norte. Gael permanecía junto a mi cama cada noche, pero yo le pedía que no enfrentara a todos sin pruebas. No quería que mi enfermedad se convirtiera en una guerra. Yo reconocí un sabor metálico que se quedaba en mi lengua. Alguien estaba mezclando acónito de lobo en mis comidas, en cantidades pequeñas, para hacerme enfermar sin levantar sospechas.
Entonces comprendí por qué mi cuerpo resistía. No era solo la costumbre de sobrevivir. Estaba embarazada.
No se lo dije a Gael de inmediato. Si acusaba a miembros de su círculo sin pruebas, podía comenzar una guerra dentro de la fortaleza. Fingí empeorar y empecé a observar quién llevaba personalmente mis alimentos. Lady Viviana aparecía cada noche con una taza de caldo que decía preparar para ayudarme a recuperar fuerzas.
Guardé una muestra de la última bebida y pedí consejo a una sanadora de confianza. No necesitaba acusar a nadie a ciegas. Bastaba con que Viviana probara su propio remedio.
La oportunidad llegó durante la fiesta del solsticio. Bajé las escaleras con un vestido rojo y la mano de Gael sosteniendo la mía. Los nobles creyeron que apenas podía mantenerme en pie. Viviana se acercó con una copa humeante.
—La preparé especialmente para ti, reina. Te hará bien.
Gael iba a tomarla, pero puse una mano sobre su brazo.
—Qué atenta. Como no conozco la mezcla, quizá deberías probarla primero.
La sonrisa de Viviana se borró.
—No puedo beber de la copa real.
—Entonces no puede ser tan buena como dices —respondí.
Saqué de la manga el resultado del análisis. La sustancia era la misma que había encontrado en mis comidas. El salón entero lo entendió a la vez. Ramiro intentó arrebatarme el documento, pero Gael lo detuvo. Sus guardias sujetaron a ambos.
—Intentaron envenenarme —dije— porque querían que mi lugar quedara libre.
Gael miró mi vientre, todavía oculto bajo el vestido. En su rostro apareció algo que nunca le había visto: miedo de perderme y una alegría que no se atrevía a creer.
—¿Es verdad? —preguntó en voz baja.
—Sí. Vamos a tener un hijo.
La corte dejó de respirar. Ramiro y Viviana fueron condenados por traición. No hubo celebración para mí esa noche; hubo descanso, cuidado y una promesa de que nadie volvería a decidir mi destino sin escucharme.
Siete meses después, en la fortaleza, nació un niño sano. Tenía el cabello oscuro de Gael y unos ojos violetas que parecían guardar un pedacito de la montaña. Cuando lloró por primera vez, el sonido recorrió los pasillos de piedra y varias personas que antes me llamaban maldición comenzaron a celebrar. Los guerreros se inclinaron ante él, pero Gael no levantó al bebé para mostrarlo como un trofeo. Se sentó a mi lado, me besó la frente y me preguntó primero si quería que lo cargara.
Yo había pasado la vida creyendo que mi cabello me condenaba a estar sola. En cambio, el conocimiento que aprendí para sobrevivir en una choza terminó salvando al hombre más poderoso del norte, a un joven guerrero y, al final, a mi propia familia.
El pueblo que quiso sacrificarme quedó atrás. En la Sierra Obsidiana encontré un hogar que no dependía de mi sangre ni de mi aspecto, sino de lo que elegía hacer con mis manos y con mi corazón.
A veces todavía recuerdo aquella plaza y el filo de plata que casi me alcanzó. Entonces escucho el primer llanto de mi hijo y comprendo que la noche que debía terminar conmigo fue también la noche en que dejé de ser la maldición de alguien más y empecé a escribir mi propia historia.