La Omega aceptó su muerte, hasta que el lobo del Rey Alfa la reconoció

PARTE 1

La cuerda alrededor de mis muñecas olía a sangre vieja y a aceite quemado. Cada fibra áspera presionaba exactamente sobre la cicatriz que había dejado una quemadura años atrás, como si alguien hubiera elegido ese lugar a propósito para recordarme cuánto dolor podía soportar antes de romperme.

Estaba arrodillada en el centro de la plaza de ejecuciones de Grey Haven.

El hielo cubría la piedra bajo mis rodillas desnudas, pero ya casi no sentía el frío. Después de pasar días encerrada en una celda oscura, esperando la muerte, había aprendido que el cuerpo termina acostumbrándose incluso a lo imposible.

Lo que no podía aceptar era la injusticia.

Durante once años había servido como asistente del antiguo boticario de la manada. No tenía un título importante. No era una loba poderosa. Para ellos solo era una Omega sin apellido y sin valor.

Pero yo era quien conocía cada raíz, cada planta medicinal y cada mezcla capaz de salvar una vida.

Yo era quien preparaba los remedios que curaban heridas después de las batallas.

Yo era quien sabía qué hierba podía detener una hemorragia o aliviar el dolor de una madre durante un parto complicado.

La vieja Miren recibía el reconocimiento, el dinero y el respeto.

Yo recibía silencio.

Porque en Grey Haven una Omega que sabía demasiado era una amenaza.

Y ahora estaba a punto de morir por algo que nunca hice.

La multitud llenaba la plaza. Cientos de lobos observaban mientras el líder de la manada permanecía frente a mí con los brazos cruzados.

Declan.

El alfa que había decidido mi destino.

Sus ojos no mostraban rabia. Eso habría sido más fácil de entender.

Solo mostraban indiferencia.

Como si mi vida fuera un simple documento que debía firmar.

El acusador leyó los cargos:

Me culpaban de envenenar el pozo oeste de la manada.

Decían que había usado sicuta para enfermar a tres cachorros.

Decían que habían encontrado restos del veneno en mis manos.

Lo que nadie quiso escuchar fue la verdad.

La sicuta no era solo un veneno. En cantidades exactas y mezclada correctamente podía utilizarse como medicina para salvar a una loba embarazada que sufría contracciones demasiado pronto.

Pero para ellos yo no era una sanadora.

Era una Omega.

Y una Omega encontrada con una planta peligrosa solo podía ser una criminal.

El verdugo terminó de leer la sentencia y levantó la mirada.

Todos esperaban que suplicara.

Que llorara.

Que pidiera perdón por algo que nunca hice.

Pero no les daría ese último triunfo.

Porque cuando alguien está a punto de morir, hay una libertad que nadie puede quitarle:

La libertad de elegir cómo enfrentar el final.

Abrí la boca y comencé a cantar.

Era una canción antigua. Una melodía que no había estudiado, que nadie me había enseñado, pero que parecía existir dentro de mis huesos.

El himno de los condenados.

Una canción que los lobos solo cantaban cuando aceptaban la muerte con dignidad.

Al principio mi voz era débil. Mi garganta estaba seca y rota.

Pero poco a poco la melodía encontró fuerza.

La plaza quedó en silencio.

No era un silencio tranquilo.

Era un silencio pesado.

Como si todos hubieran dejado de respirar.

Incluso Declan levantó ligeramente la cabeza.

Había algo extraño en esa canción.

Algo que ni siquiera yo entendía.

Mientras cantaba, sentí una vibración bajo la piedra.

Primero pensé que era mi imaginación.

Luego la sintieron todos.

El suelo comenzó a temblar.

Los lobos de la multitud empezaron a mirarse confundidos.

Y entonces llegó un sonido desde el bosque.

Un aullido.

Pero no era un simple aullido.

Era una respuesta.

Una voz salvaje que parecía ocupar toda la plaza y que seguía exactamente mi melodía, como si alguien hubiera esperado durante años escucharme cantar.

Mi voz se detuvo por un instante.

Nunca había oído algo parecido.

Ni en los libros.

Ni en las historias antiguas.

Un lobo no estaba llamando.

Un lobo estaba respondiéndome.

Los árboles del norte comenzaron a moverse.

Algo enorme avanzaba entre ellos.

Los pinos se doblaban como si fueran ramas pequeñas.

Y entonces apareció.

Era un lobo negro gigantesco.

No como los lobos alfa que yo conocía.

No como Declan, cuya forma animal ya era considerada impresionante.

Esta criatura hacía que todos parecieran pequeños.

Su pelaje brillaba bajo la nieve con tonos oscuros, como si escondiera colores que no pertenecían a este mundo.

Sus ojos eran plateados.

Y estaban clavados directamente en mí.

Sentí algo dentro de mi pecho despertar.

Algo que había estado dormido durante toda mi vida.

Porque yo tenía un secreto.

Un secreto que había escondido durante veintitrés años.

Mi loba interior nunca había despertado.

Todos pensaban que estaba rota.

Que era una Omega incompleta.

Pero cuando aquel enorme lobo se acercó, sentí cómo algo dentro de mí finalmente respondía.

Como una puerta cerrándose después de años abierta.

Como una parte perdida de mí regresando a casa.

El lobo se detuvo frente a la plataforma.

Me miró.

Y entonces ocurrió algo que hizo que toda la plaza contuviera la respiración.

El enorme animal comenzó a transformarse.

La criatura que había hecho temblar a cientos de lobos tomó forma humana frente a todos.

Un hombre alto apareció donde había estado el lobo.

Sus ojos seguían siendo plateados.

Su presencia era imposible de ignorar.

Se acercó a mí y colocó una mano sobre mi rostro herido.

Su voz fue baja, pero hizo que todo mi cuerpo se estremeciera.

—Estabas cantando la canción de mi madre.

Lo miré sin comprender.

—No conozco a tu madre.

Sus ojos cambiaron.

Como si acabara de confirmar algo que había buscado durante toda su vida.

Entonces preguntó:

—¿Quién hizo esto?

No entendí la pregunta.

Hasta que vi su mirada dirigirse hacia mis heridas.

Hacia las marcas de la cuerda.

Hacia la cicatriz de mi muñeca.

Y en ese momento su expresión cambió.

No era ira.

Era algo mucho más peligroso.

Era la furia de alguien que acababa de encontrar aquello que había perdido.

El hombre se giró hacia Declan.

La presión de su presencia cayó sobre la plaza como una tormenta.

Muchos lobos comenzaron a arrodillarse sin siquiera darse cuenta.

Entonces habló:

—Mi nombre es Kyle Ravencrest.

El aire desapareció de la plaza.

Porque ese nombre no pertenecía a un simple alfa.

Pertenecía al rey alfa de la Soberanía del Norte.

Un hombre cuyo linaje era considerado una leyenda.

Kyle volvió a mirarme.

Y pronunció las palabras que cambiarían mi vida para siempre:

—Esta mujer es mi compañera.

La plaza explotó en murmullos.

Declan dio un paso adelante.

—Ella es una criminal de Grey Haven.

Kyle ni siquiera lo miró.

Su atención seguía sobre mí.

—He cruzado tres territorios para encontrarla.

Su voz era tranquila.

Pero todos entendieron la amenaza.

—No he venido a negociar.

Luego tomó la cuerda que ataba mis muñecas.

Y con una sola mano la rompió.

Como si fuera un simple hilo.

Por primera vez en mi vida, alguien no me estaba mirando como una Omega inútil.

Me estaba mirando como si yo fuera alguien que había estado esperando encontrar.

Pero todavía no sabía la verdad.

Todavía no sabía por qué mi loba había despertado.

Todavía no sabía quién era realmente.

Y cuando Kyle me reveló mi verdadero origen, comprendí que mi ejecución no había sido el final de mi historia.

Había sido el comienzo de una guerra.

PARTE 2

Después de sacarme de la plaza, Kyle me llevó lejos de Grey Haven.

No como una prisionera.

No como una posesión.

Sino como alguien cuya elección importaba.

Durante toda mi vida nadie me había preguntado qué quería.

Ni Miren.

Ni la manada.

Ni Declan.

Todos habían decidido por mí.

Pero Kyle fue diferente.

Cuando me dijo que era su compañera, pensé que sería igual que las historias que había escuchado.

Un hombre poderoso reclamando algo que consideraba suyo.

Pero no lo hizo.

Me dio una capa para protegerme del frío y me dijo algo que nunca olvidaré:

—No voy a tocarte sin tu permiso.

Aquellas palabras fueron más extrañas que cualquier magia.

Porque yo había pasado toda mi vida aprendiendo que los fuertes tomaban lo que querían.

Y él acababa de demostrarme que el verdadero poder también podía significar contenerse.

Viajamos durante horas hasta llegar a una pequeña estación escondida en las montañas de la Soberanía Ravencrest.

Allí, mientras recuperaba fuerzas, Kyle finalmente me contó la verdad.

La canción que había cantado en la plaza no era un simple himno de muerte.

Era una llamada antigua.

Un símbolo de una familia desaparecida.

La familia Nightsong.

Un linaje que había sido eliminado durante una guerra porque existía una antigua profecía:

Los lobos Nightsong tenían un poder capaz de desafiar la autoridad de cualquier alfa.

Podían comunicarse con los lobos a través de la voz.

A través de una conexión más profunda que el dominio.

Kyle me miró fijamente.

—Elara, tú no eres una Omega.

Sentí que el mundo se detenía.

Toda mi vida había pensado que era menos.

Que había algo roto dentro de mí.

Pero él continuó:

—Eres la última loba Nightsong.

No quería creerlo.

Mi madre había muerto cuando nací.

Mi padre había desaparecido.

No tenía apellido.

No tenía linaje.

Pero Kyle explicó que alguien había borrado mi nombre de los registros.

Alguien había intentado esconderme.

Porque si la familia Nightsong seguía viva, muchas personas perderían su poder.

Y entonces comprendí algo aterrador.

Mi ejecución no había sido solo un castigo.

Alguien quería que desapareciera antes de que descubriera quién era.

La pregunta ya no era quién me había condenado.

La pregunta era:

¿Quién había tenido miedo de una simple Omega durante veintitrés años?

Cuando llegamos al territorio Ravencrest, fui recibida por guerreros que me observaban como si estuvieran frente a una leyenda.

Pero yo no me sentía una leyenda.

Me sentía una mujer que acababa de escapar de la muerte y que todavía intentaba entender su propia existencia.

Kyle tampoco parecía un rey en esos momentos.

Parecía un hombre cansado.

Un hombre que había pasado años esperando algo que nunca creyó encontrar.

Y poco a poco entendí que él también tenía heridas.

No físicas.

Heridas de alguien que siempre había sido visto como un símbolo y nunca como una persona.

Por primera vez, dos personas rotas estaban aprendiendo a confiar.

Pero nuestra tranquilidad duró poco.

Porque la noticia de mi supervivencia comenzó a extenderse.

Los antiguos enemigos del linaje Nightsong descubrieron que la última heredera seguía viva.

Y ahora todos querían encontrarme.

Algunos para usar mi poder.

Otros para destruirlo.

Kyle me había salvado de una ejecución.

Pero ahora tendría que protegerme de una guerra.

Y esta vez no pensaba esconderme.

Porque durante toda mi vida había bajado la cabeza para sobrevivir.

Había aceptado que otros decidieran mi valor.

Pero ya no.

Si realmente era la última Nightsong, entonces descubriría por qué mi familia había sido perseguida.

Descubriría quién intentó borrarme.

Y haría que todos aquellos que me llamaron débil recordaran mi nombre.

Porque la mujer que Grey Haven intentó matar no era una Omega sin valor.

Era la última heredera de un poder que el mundo había intentado olvidar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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