La nueva novia de mi papá empezó a copiar los gestos de mi mamá fallecida… luego encontré una foto suya de 1931
La nueva novia de mi papá empezó a copiar los gestos de mi mamá fallecida… luego encontré una foto suya de 1931

PARTE 1
La primera vez que vi a Ruth imitar la sonrisa de mi mamá frente a una ventana oscura, pensé que estaba perdiendo la cabeza.
La segunda vez ya no pude encontrar una explicación.
Y cuando una vecina me mostró una fotografía tomada en 1989, entendí algo mucho peor:
Ruth tenía exactamente la misma cara.
Me llamo Camila Ortega.
Todo empezó cuando yo tenía trece años y vivíamos en una colonia tranquila de Guanajuato.
Mi mamá, Verónica, falleció de forma repentina una tarde mientras tendía ropa en el patio.
Mi hermano Tomás tenía cinco años.
Durante meses dormía conmigo porque decía que escuchaba respirar a alguien en su habitación.
Yo le decía que era el ventilador.
Hoy no estoy tan segura.
Mi papá, Raúl, quedó destruido.
Trabajaba todo el día, regresaba tarde, comía poco y casi no hablaba.
Un año después conoció a Ruth.
La primera vez que llegó a casa hizo algo que entonces me pareció insignificante.
Se quedó parada en la entrada observando cada rincón.
No a nosotros.
La escalera.
La cocina.
El techo.
Las puertas.
Como si estuviera memorizando el lugar.
Era alta, delgada, de cabello negro muy liso y siempre olía a violetas.
Un perfume antiguo, demasiado dulce.
Pero si te acercabas mucho había otro olor debajo.
Tierra mojada.
Ruth se mudó con nosotros pocas semanas después.
Llegó con una sola maleta vieja de cuero café.
Mi papá quiso ayudarla.
Ella se negó.
La cargaba como si pesara muchísimo.
Pero cuando la dejó sobre el piso del segundo nivel, no produjo ningún sonido.
Eso fue lo primero que nunca pude explicar.
Al principio, debo admitirlo, nuestra vida mejoró.
Mi papá volvió a comer.
Tomás reía otra vez.
La casa estaba limpia.
Ruth era amable conmigo.
Nunca me gritó.
Nunca me castigó.
Lo que hacía era más extraño.
Nos estudiaba.
En agosto la escuché tarareando una canción vieja mientras lavaba platos.
Era la canción favorita de mi mamá.
No solo la misma canción.
El mismo fragmento.
Incluso omitía exactamente una palabra que mi mamá nunca recordaba.
Le pregunté quién se la había enseñado.
Ruth permaneció inmóvil unos segundos.
Después dijo que Tomás la cantaba mientras dormía.
Poco tiempo después empezó a tocarse la oreja izquierda cuando pensaba.
Dos veces.
Exactamente como mamá.
Luego cambió su letra.
La forma de escribir la G.
La raya cruzando el número siete.
Después comenzó a llamarme:
—Flaquita.
Solo mi mamá me había llamado así.
Una noche escuché a Ruth hablando con Tomás detrás de la pared.
Le preguntaba cosas.
Cómo lo peinaba mamá.
Qué decía cuando él se portaba mal.
Cómo se reía.
Qué palabras usaba con papá.
Tomás contestaba todo.
Tenía siete años.
Extrañaba a su madre.
No entendía que estaba entregándole recuerdos a alguien que parecía aprenderlos como una estudiante.
Después comenzaron las cosas imposibles.
Ruth evitaba los espejos.
Cubrió el del baño.
Quitó otro del pasillo.
Una madrugada la encontré frente a la ventana de la sala.
El vidrio negro reflejaba su cara.
Estaba practicando sonrisas.
Una.
Otra.
Otra.
Movía la boca unos milímetros cada vez.
Hasta encontrar la correcta.
En cierto momento sonrió demasiado.
La boca se abrió más de lo que debería.
Luego volvió a acomodarla.
Sin girarse dijo:
—Vete a dormir, Camila. Mañana tienes escuela.
Era enero.
No había clases.
Aquella madrugada escuché sus pasos detenerse frente a mi habitación durante casi veinte minutos.
Antes de marcharse contó muy bajito:
—Dos.
Nuestro perro Rómulo tampoco la soportaba.
Gruñía cada vez que ella entraba.
Un día desapareció.
Regresó tres días después.
Estaba limpio.
Sano.
Pero nunca volvió a responder a su nombre.
Pasaba horas mirando la puerta del cuarto de Ruth.
Meses después dejó de estar con nosotros.
Mi papá también empezó a cambiar.
Adelgazó.
Olvidaba nombres.
Repetía respuestas con exactamente la misma entonación.
Una tarde lo encontré frente al refrigerador intentando recordar cómo se llamaba mi madre.
Detrás de su cuello tenía una mancha oscura que yo jamás había visto.
Ruth apareció, colocó la mano sobre esa zona y mi papá cerró los ojos.
Aquella noche decidí hablar con doña Elsa, una vecina de casi ochenta años.
Esperaba que me dijera que eran celos.
Que yo seguía sufriendo por mi mamá.
En cambio entró a su casa y regresó con una caja llena de recortes viejos.
Sacó un periódico de 1989.
La noticia hablaba de una familia que había abandonado su casa de un día para otro.
El padre y dos hijos desaparecieron.
La mujer permaneció allí.
Había una fotografía familiar.
Sentí que las manos me temblaban.
Detrás del padre aparecía una mujer alta.
Cabello negro.
Raya en medio.
Aretes de perla.
Manos juntas frente al cuerpo.
Era Ruth.
La misma cara.
La misma edad.
Ni una sola diferencia.
Doña Elsa me miró.
—Yo ya la había visto antes de que tú nacieras.
PARTE 2
—Yo ya la había visto antes de que tú nacieras.
Doña Elsa señaló la fotografía.
Me contó que aquella no había sido la única familia.
Cuando una casa perdía a la madre, a veces aparecía una mujer nueva.
Siempre amable.
Siempre útil.
Primero aprendía las costumbres de la mujer ausente.
Después la manera de hablar.
Luego los gestos.
Con el tiempo, desde afuera, parecía una familia normal otra vez.
—¿Qué es? —pregunté.
Elsa negó con la cabeza.
—No sé qué es. Solo sé lo que hace.
Según ella, Ruth entraba en hogares donde faltaba una mujer.
Aprendía a convertirse en quien faltaba.
Pero mientras aprendía, las demás personas comenzaban a apagarse.
Mi papá.
Tomás.
Incluso Rómulo.
Entonces Elsa me dijo lo único que realmente me ayudó:
—A ti no puede engañarte fácilmente porque recuerdas demasiado bien a tu mamá.
Me sujetó la muñeca.
—Por eso tú eres el problema.
Regresé a casa.
Ruth estaba en el patio.
Sostenía una sábana blanca.
Tenía una pinza entre los dedos.
Estaba parada exactamente donde mi mamá había sufrido aquel episodio años atrás.
Incluso inclinaba la cabeza del mismo modo.
Cuando me vio…
sonrió.
Era la sonrisa de mamá.
Perfecta.
Esperé hasta el martes, cuando Ruth acostumbraba salir.
Subí al ático.
Encontré su maleta debajo de una manta.
La abrí.
Había ropa.
Pero no era suya.
Vestidos de distintas décadas.
Uniformes.
Delantales.
Ropa de embarazo.
Todo usado por mujeres diferentes.
Todo olía a violetas y tierra húmeda.
También encontré fotografías.
Treinta y una familias.
En todas aparecía Ruth en algún rincón.
Algunas imágenes eran recientes.
Otras antiguas.
La más vieja tenía escrito detrás:
1931.
Ruth estaba igual.
Después encontré varios mechones de cabello cuidadosamente guardados y etiquetados.
Uno tenía el color exacto del cabello de mi madre.
La etiqueta decía:
VERÓNICA — MARZO.
Sentí náuseas.
Lo último era un cuaderno escolar.
Lo abrí.
Ruth había practicado la firma de mamá cientos de veces.
En las primeras páginas era torpe.
Después perfecta.
También practicaba frases.
Apodos.
Formas de despedirse.
Gestos.
En los márgenes había observaciones.
“Se toca dos veces la oreja izquierda.”
“Camila observa demasiado.”
“Tomás responde mejor cuando se habla de mamá.”
Llegué a la última página.
Había una lista.
Papá: terminado.
Tomás: casi.
Camila:
no sirve.
Cerré la maleta.
Tomé documentos, algo de dinero y fui a buscar a Tomás a la escuela.
Mi plan era llevarlo con mi tía en Querétaro.
Cuando llegué, Ruth ya estaba esperando afuera.
No parecía furiosa.
Sonreía como una madre esperando a su hijo.
Salieron los niños.
Grité:
—¡Tomás!
Mi hermano me vio.
Pero siguió caminando.
Llegó hasta Ruth.
Tomó su mano.
Y dijo:
—Mamá, ¿qué vamos a cenar?
Sentí algo romperse dentro de mí.
Ruth me miró.
Se tocó la oreja izquierda.
Dos veces.
La imitación era perfecta.
Corrí.
Me fui sola.
Durante años me culpé por aquello.
Mi tía llamó a mi papá.
La policía visitó nuestra casa.
Encontraron exactamente lo que cualquiera habría esperado encontrar.
Un hombre trabajador.
Un niño sano.
Una madrastra amable.
Una adolescente que no había superado la pérdida de su madre.
Eso escribieron.
Me quedé con mi tía.
Nunca regresé.
Años después mi papá falleció con apenas cincuenta y un años.
En el funeral vi a Ruth de lejos.
No había cambiado.
Ni una arruga.
Ni una cana.
Tomás permanecía junto a ella.
Ruth levantó la cabeza hacia donde yo estaba escondida.
Y sonrió con la sonrisa de mamá.
Yo crecí.
Estudié enfermería.
Me mudé lejos.
Fui a terapia.
Intenté convencerme de que mi memoria había deformado todo.
Busqué a Tomás durante años.
Finalmente dejó de responderme.
El último mensaje que recibí decía:
“Estoy bien. Mamá cree que es mejor que no nos veamos.”
Pero había algo en la escritura.
La G cerrada.
El siete cruzado.
La letra de mi madre.
La letra que Ruth había practicado en aquel cuaderno.
Pasaron más años.
Hace tres semanas recibí una solicitud de amistad de una cuenta desconocida.
La fotografía mostraba el bautizo de un bebé.
Reconocí a Tomás.
Era su hijo.
Mi sobrino.
Junto a él estaba su esposa.
Y al fondo, medio cortada por la fotografía…
Ruth.
Igual.
Décadas después.
Aquella noche casi no dormí.
A la mañana siguiente encontré algo frente a la puerta de mi departamento.
Una maleta.
Cuero café.
Dos correas.
Hebilla oxidada.
La misma.
Llamé al encargado del edificio.
Subió.
—¿Qué maleta?
Estaba frente a él.
Pero no podía verla.
Me fui durante diez días.
Cuando regresé, había desaparecido.
Comencé a pensar que quizá finalmente me había quebrado.
Esta mañana, mientras me lavaba los dientes, el espejo del baño se cubrió de vapor.
Entonces aparecieron letras.
Alguien había escrito sobre el vidrio desde el otro lado.
No era una amenaza.
Habría preferido una amenaza.
Decía:
Flaquita, ven a comer. Se va a enfriar.
Con la G exactamente como la escribía mamá.
Cerré el baño con llave.
Ahora son poco más de las cuatro de la mañana.
Estoy escribiendo esto desde la cocina.
Hace varios minutos escuché pasos en el pasillo exterior.
Se detuvieron frente a mi puerta.
No tocaron.
No sonó el timbre.
Solo permanecieron ahí.
Miré por debajo.
Dos sombras.
Quietas.
Después se alejaron.
Antes de desaparecer escuché la voz de una mujer contando muy despacio.
No dijo “dos”, como cuando yo tenía catorce años.
Esta vez dijo:
—Uno.
No sé qué ocurrirá cuando llegue a cero.
Pero después de once años comprendí finalmente lo que Ruth estaba contando aquella noche frente a mi habitación.
No eran minutos.
Éramos nosotros.