La novia número 14 sobrevivió al beso del príncipe… y entonces descubrió que las otras trece todavía respiraban
La novia número 14 sobrevivió al beso del príncipe… y entonces descubrió que las otras trece todavía respiraban

PARTE 1
Cuando acepté convertirme en la novia número catorce del príncipe Adrián, todos pensaron que estaba desesperada por entrar a la familia real.
La verdad era mucho peor.
Yo no quería casarme con él.
Quería entrar al palacio porque mi hermana estaba ahí dentro… convertida en piedra.
Durante casi tres años, trece jóvenes habían llegado al castillo para participar en una antigua ceremonia real.
La historia oficial decía que el príncipe Adrián cargaba una maldición.
Cada mujer elegida para casarse con él terminaba inmóvil después del beso ceremonial.
Su piel perdía el color.
Sus brazos se endurecían.
Y en pocas horas parecían estatuas perfectas.
Después eran llevadas a una galería privada.
Las familias recibían una compensación y una explicación sencilla:
“La maldición volvió a actuar”.
La última víctima había sido Beatriz.
Pero yo no estaba allí por ella.
Mi hermana Teresa había sido la novia número trece.
Las dos trabajábamos reparando joyería fina en un pequeño taller de la ciudad. Teresa podía arreglar prácticamente cualquier cosa: relojes, broches, collares antiguos.
Un día llegaron funcionarios del palacio.
Necesitaban una joven para trabajar temporalmente con los joyeros reales.
Teresa aceptó.
Tres semanas después recibimos una carta diciendo que había sido elegida para conocer al príncipe.
Nunca regresó.
Cuando pregunté por ella, nadie quiso responder.
Después escuché rumores sobre la galería.
Así que cuando el palacio anunció que buscaban otra candidata, me ofrecí.
La tarde antes de la ceremonia examiné el collar que todas las novias debían llevar.
Era una pieza antigua con una gran piedra azul en el centro.
Un zafiro.
Algo me inquietó inmediatamente.
En nuestro taller habíamos reparado joyas durante años y nunca había visto una piedra cortada de aquella manera.
No era simple decoración.
Dentro del zafiro existía una especie de canal diminuto.
Como si algo pudiera atravesarlo.
Tomé una decisión absurda.
Reemplacé el zafiro por un trozo de vidrio azul con exactamente la misma forma.
Si estaba equivocada, nadie lo notaría.
Si tenía razón…
esperaba sobrevivir lo suficiente para descubrirlo.
A la mañana siguiente me vistieron de blanco.
Adrián parecía más nervioso que yo.
Aquello me sorprendió.
Esperaba encontrar a un príncipe arrogante.
En cambio vi a un hombre agotado.
—Todavía puedes negarte —me dijo antes de la ceremonia.
Aquella frase cambió mi impresión sobre él.
No parecía alguien ansioso por ver cómo otra mujer sufría una supuesta maldición.
Parecía aterrorizado de que volviera a ocurrir.
Llegó el momento.
Me colocaron el collar.
La reina Isolda observaba desde el trono.
Adrián se acercó.
Me besó.
El salón quedó en silencio.
Esperé.
Cinco segundos.
Diez.
Treinta.
Nada ocurrió.
Yo seguía de pie.
Alguien empezó a llorar de emoción.
Los consejeros se arrodillaron.
La reina anunció que la maldición finalmente había terminado.
Adrián me miraba como si acabara de presenciar un milagro.
Pero yo solo podía pensar en una cosa.
El zafiro.
Aquella noche pedí conocer la galería donde habían llevado a las otras novias.
Adrián aceptó acompañarme.
Había trece figuras.
Mujeres jóvenes convertidas en una especie de piedra blanca.
Reconocí a Teresa inmediatamente.
Tenía el mismo cabello recogido que el día que salió de casa.
La misma pequeña cicatriz en un dedo que nunca había sanado correctamente.
Me acerqué.
—Te encontré.
Adrián escuchó.
—¿La conoces?
—Es mi hermana.
El rostro del príncipe cambió.
Fue entonces cuando comprendió que yo jamás había entrado al palacio buscando una corona.
Había entrado buscando respuestas.
Adrián bajó la mirada.
Confesó que después de la primera novia había querido detener las ceremonias.
Pero su madre aseguraba que la siguiente podría sobrevivir y despertar a las anteriores.
También decía que abandonar el ritual condenaría al reino.
Durante años él había creído que su propio beso provocaba aquello.
Yo observé las estatuas.
No me convencía.
Si Adrián fuera realmente la causa, yo también debería estar convertida en piedra.
Entonces escuché algo.
Muy débil.
—Silencio.
Apoyé la oreja contra el brazo de Teresa.
Adrián se acercó.
—¿Qué pasa?
Le hice una seña para que no hablara.
Ahí estaba otra vez.
Un sonido pequeño.
Regular.
Tum.
Tum.
Tum.
Miré al príncipe.
—Esto no es piedra.
Él palideció.
Probó con Beatriz.
Luego con otra mujer.
Y otra.
En todas encontró lo mismo.
Un pulso.
Lento.
Débil.
Pero real.
Las trece mujeres no estaban muertas.
Seguían vivas dentro de aquellas figuras.
Y alguien en el palacio llevaba años asegurándose de que nadie lo descubriera.
PARTE 2
Adrián retrocedió como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.
Durante años había vivido creyendo que trece mujeres habían perdido la vida por culpa de una maldición ligada a él.
Ahora todas respiraban.
Débilmente.
Pero respiraban.
—Tenemos que sacarlas de aquí.
—Todavía no —le dije.
Algo las mantenía así.
Si actuábamos sin entenderlo, podíamos empeorar la situación.
Regresé al collar.
Comparé el zafiro verdadero con el vidrio que había usado durante mi ceremonia.
Entonces entendí la diferencia.
El zafiro tenía un canal interno.
El vidrio no.
Aquello no era una joya.
Era una pieza de algún mecanismo.
Con la ayuda de Adrián seguimos una débil línea de energía que aparecía cuando acercábamos el zafiro a una de las mujeres.
La señal avanzaba por los corredores.
Terminaba en los aposentos de la reina.
Adrián no quiso aceptarlo.
—Debe haber otra explicación.
Pero encontramos algo peor.
Después de la muerte del padre de Adrián, la reina Isolda había sellado varios documentos médicos.
Los abrimos.
Entre fórmulas antiguas apareció el diseño completo.
El beso nunca había sido la maldición.
Era solamente el momento que activaba el mecanismo.
El collar extraía lentamente la fuerza vital de la novia.
El zafiro actuaba como conducto.
Y la energía terminaba almacenada en una piedra mucho mayor.
La piedra central de la corona de Isolda.
Por eso las mujeres no desaparecían completamente.
Sus cuerpos permanecían atrapados entre la vida y aquella extraña petrificación.
Adrián miró los documentos durante mucho tiempo.
—Mi madre hizo esto.
Había una explicación.
No una justificación.
Años atrás Isolda había enfermado gravemente.
Los médicos creían que no viviría mucho.
Alguien de la antigua corte descubrió un método para transferir fuerza vital utilizando determinadas gemas.
Primero debía ser temporal.
Luego se convirtió en necesidad.
Cada vez que la energía se agotaba, otra novia era elegida.
Adrián quiso destruir la corona inmediatamente.
Lo detuve.
Si rompíamos la piedra principal, podíamos liberar la energía de golpe y perder a las trece mujeres para siempre.
Había que invertir el mecanismo.
Yo sabía trabajar con piezas delicadas.
Durante horas estudié la montura.
Descubrí una pequeña pestaña escondida bajo una decoración azul.
Al moverla, el canal podía invertirse.
Probamos con Teresa.
Giré lentamente el centro.
Por unos segundos, el color regresó a uno de sus dedos.
Luego desapareció.
Funcionaba.
Pero la corona estaba demasiado lejos.
Necesitábamos intervenir directamente sobre ella.
Y la reina nunca se la quitaba.
Entonces Isolda descubrió que yo había sustituido el zafiro.
Me llevaron ante ella.
Ya no fingió.
Me explicó que el reino necesitaba una reina fuerte.
Que miles de personas dependían de su estabilidad.
Que trece vidas eran un precio pequeño comparado con todo un territorio.
—No son números —le respondí—. Son hijas. Hermanas. Personas.
Fue entonces cuando mencionó a Teresa.
Si yo reparaba la corona y guardaba silencio, prometió liberar a mi hermana.
Solo a ella.
Las otras doce continuarían atrapadas.
Me negué.
La reina sonrió.
Había previsto esa respuesta.
Al amanecer organizaría una nueva ceremonia pública.
Esta vez usarían el zafiro verdadero.
Delante de toda la corte demostraría que mi supervivencia había sido un fraude.
Adrián tendría que besarme otra vez.
Y todos me verían convertirme en la novia número catorce.
Esa noche el capitán de la guardia, Marcos, nos ayudó.
Él había transportado personalmente a cada mujer hasta la galería.
Siempre creyó que cargaba simples estatuas.
Cuando escuchó los latidos, decidió ayudarnos.
El plan era sencillo y peligrosamente preciso.
La reina quería llevar a las trece mujeres al gran salón para mostrar el supuesto poder de la maldición.
Perfecto.
Así estarían todas cerca de la corona.
Durante la ceremonia, Adrián fingiría obedecer.
Sus esposas parecerían cerradas, pero Marcos dejaría flojos los seguros.
En cuanto el collar comenzara a funcionar, Adrián tomaría la corona.
Yo le indicaría cómo invertir el mecanismo.
El salón estaba lleno cuando amaneció.
Las trece figuras fueron colocadas en fila.
Algunas familias estaban presentes.
Por primera vez podían ver de cerca a las jóvenes que habían perdido años atrás.
La reina levantó la mano.
Me colocaron el zafiro auténtico.
Adrián se acercó.
—Tengo miedo —susurró.
—Yo también.
—Si algo sale mal…
—Entonces escucha mi voz.
Me besó.
El frío apareció inmediatamente.
Primero en mis manos.
Después en mis brazos.
Mis dedos empezaron a ponerse rígidos.
La reina sonrió.
Creía haber demostrado su verdad.
—Ahora —dije apenas.
Adrián liberó las manos.
Tomó la corona.
Los guardias de Isolda avanzaron, pero Marcos se interpuso.
—Escucha —les dijo.
Todos guardaron silencio.
Desde las trece figuras comenzaron a oírse pequeños latidos.
Adrián encontró la pestaña.
—No la fuerces —le dije.
Apenas podía mover los labios.
—Gírala hacia ti.
Lo hizo.
—Solo hasta la mitad.
El zafiro emitió una luz.
Durante un segundo pensé que habíamos fallado.
Entonces respiré profundamente.
El frío comenzó a abandonar mis brazos.
Al mismo tiempo, una grieta fina apareció sobre la mano de Teresa.
No una ruptura.
Era la capa mineral desprendiéndose.
Después se movió un dedo.
Una mujer cayó de rodillas respirando con fuerza.
Otra abrió los ojos.
Luego otra.
El salón entero quedó paralizado.
Una a una, las trece novias regresaron.
Teresa fue de las últimas.
Cuando abrió los ojos, parecía confundida.
—Lucía…
Corrí hacia ella.
La abracé.
Habían pasado casi dos años para mí.
Para ella parecía haber pasado apenas un instante.
La reina Isolda ya no tenía la misma apariencia.
Sin la energía almacenada en la corona, parecía mucho más frágil y cansada.
Adrián la miró.
—¿Por qué me hiciste creer que era yo?
Isolda no respondió inmediatamente.
Finalmente dijo la verdad.
Necesitaba que su hijo sintiera culpa.
Un príncipe convencido de llevar una maldición no haría demasiadas preguntas.
No se casaría por decisión propia.
No abandonaría a su madre.
Era más fácil gobernar a un hijo asustado que a uno dispuesto a desafiarla.
Adrián ordenó que fuera detenida y juzgada.
Pero también hizo algo más difícil.
Llamó personalmente a las familias de las trece mujeres.
No escondió su propia responsabilidad.
Les contó que durante años había aceptado explicaciones que debería haber cuestionado mucho antes.
Algunas familias lo perdonaron.
Otras no.
Él aceptó ambas cosas.
Teresa regresó conmigo al taller.
Varias de las otras mujeres también eligieron abandonar el palacio.
Yo pensaba hacer lo mismo.
Antes de irme, Adrián me entregó una llave.
—Es de la puerta de servicio.
Lo miré confundida.
—¿Para qué?
—Para que puedas marcharte cuando quieras.
No me pidió matrimonio.
No habló del destino.
Ni de obligaciones.
Durante meses simplemente vino al taller.
A veces con una joya dañada.
Otras veces con una taza rota que claramente había dejado caer a propósito.
Teresa se dio cuenta antes que yo.
—Ese hombre está rompiendo cosas para verte.
Tenía razón.
Un día Adrián llegó con la misma taza por tercera vez.
La miré.
—¿Otra vez?
—Es una taza muy problemática.
—Podrías simplemente decir que quieres verme.
Se quedó callado.
Después sonrió.
—¿Puedo verte mañana?
Esa vez fui yo quien sonrió.
—Mañana.
Y así comenzó algo mucho más extraño que cualquier cuento de príncipes.
Sin maldiciones.
Sin collares.
Sin pruebas.
Solo dos personas intentando conocerse después de descubrir que el verdadero peligro nunca había sido un beso.
Había sido creer una mentira durante demasiado tiempo.