La manada la llamaba «sin lobo»… hasta que se interpuso entre el Rey Alfa y una hoja de plata.

La manada la llamaba «sin lobo»… hasta que se interpuso entre el Rey Alfa y una hoja de plata.

PARTE 1

Grité antes de ver lo que aquel hombre llevaba escondido.

No fue porque tuviera mejores reflejos que los guardias del Rey Alfa.

Fue por el olor.

Un aroma amargo y metálico que me devolvió de golpe a mi infancia, a una botella café que mi madre me hacía beber cada noche… y a los años en que todos terminaron convencidos de que yo había nacido sin loba.

Me llamo Elena Ríos.

Tenía veintisiete años y trabajaba en el herbolario del Palacio de Sierra Luna, en Chihuahua.

Para casi todos yo era simplemente “la omega sin loba”.

Había escuchado ese apodo desde niña.

Al principio lloraba.

Después aprendí a fingir que no me importaba.

Aquella noche se celebraba la Asamblea Lunar.

El Rey Alfa, Santiago Montenegro, acababa de bajar de la plataforma cuando vi a un asistente moverse entre los funcionarios.

Entonces llegó aquel olor.

Raíz lunar.

Hoja de plata.

Una pequeña cantidad de acónito.

Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente entendiera por qué.

—¡Muévase!

Santiago giró.

El hombre sacó una pequeña hoja ceremonial plateada.

Yo me metí entre ambos.

El comandante Julián Ortega alcanzó su brazo antes de que pudiera acercarse más.

El objeto cayó contra el mármol.

Nadie resultó herido.

Pero el salón quedó completamente callado.

Santiago me miró.

—¿Cómo lo supiste?

Observé la hoja.

—No la vi.

Aquello provocó murmullos.

—La olí.

Don Mauricio Salcedo, miembro del consejo, soltó una pregunta que conocía demasiado bien.

¿Cómo podía una omega sin loba detectar algo antes que guardias entrenados?

No respondí.

La médica real y una especialista en plantas examinaron cuidadosamente los residuos.

Confirmaron lo que yo temía.

No era una mezcla destinada principalmente a causar daño físico.

Era un supresor de lobo.

Podía ralentizar los sentidos cambiaformas, disminuir el instinto y debilitar temporalmente la autoridad alfa.

Santiago entendió inmediatamente.

—Querían que pareciera débil delante de toda la comunidad.

Entonces todos volvieron a mirarme.

Porque yo conocía aquel olor.

Santiago preguntó dónde lo había sentido antes.

Durante unos segundos volví a tener siete años.

Mi madre calentando agua.

Una pequeña botella de vidrio café.

Mi mano temblando porque el líquido siempre dejaba un sabor frío en la garganta.

—En el tónico que tomaba cuando era niña.

Nadie dijo nada.

Les expliqué que antes de empezar aquel tratamiento había presentado señales claras de transformación.

Podía escuchar conversaciones desde habitaciones lejanas.

Sabía cuándo llovería por el olor.

Mis ojos cambiaban cuando me asustaba.

Una vez desperté con tierra en los pies porque había salido de casa mientras dormía.

Después comenzaron los tónicos.

A los ocho años, todo desapareció.

Nunca llegó mi transformación.

Mi madre me dijo que el programa ayudaría a estabilizar mi desarrollo.

Durante años pensé que simplemente no había funcionado.

La sacerdotisa Teresa negó lentamente.

—Una loba que ya comenzó a manifestarse no suele desaparecer de esa forma.

Eso hizo que algo dentro de mí se hundiera.

Recordé entonces la etiqueta.

Programa Familiar de Bienestar del Consejo.

Había terminado casi veinte años atrás.

Santiago ordenó traer los archivos.

Encontraron mi familia.

Edad siete.

“Intervención herbal para desarrollo inestable.”

Al pie estaba la firma de mi madre.

Sentí rabia.

—Ella aceptó.

Teresa siguió leyendo.

Después me mostró el documento entregado a los padres.

Prometía disminuir dolores y evitar transformaciones prematuras.

No decía nada sobre eliminar permanentemente la loba.

Mi madre había creído que me estaba ayudando.

Entonces apareció un memorando interno.

No era para las familias.

Ni siquiera para los médicos.

El texto hablaba de otros resultados.

Mayor respuesta ante autoridad alfa.

Menor resistencia a órdenes de rango superior.

Me quedé mirando las palabras.

Habían convertido obediencia en un término médico.

Doce niños participaron en aquella prueba regional.

Diez eran omegas.

Dos betas.

Ningún alfa.

Y el nombre de Mauricio Salcedo aparecía en la autorización administrativa.

Él aseguró que solo había firmado un programa médico.

Pero encontramos algo peor.

Los ingredientes de aquella antigua fórmula coincidían con los residuos del objeto encontrado esa noche.

La versión actual era más concentrada.

Más rápida.

Diseñada para afectar a un alfa adulto durante unas horas.

Entonces comprendí algo que hizo que todo el salón pareciera quedarse sin aire.

Durante veinte años habían dicho que yo no tenía loba.

Pero el consejo jamás creyó realmente que hubiera nacido así.

Teresa me miró.

Y confirmó la verdad que nadie se había atrevido a decir:

No estaban intentando curarme cuando era niña. Habían estado intentando hacerme más fácil de controlar.

PARTE 2

Santiago ordenó revisar todo lo relacionado con aquel antiguo programa.

El objeto plateado utilizado durante la Asamblea había salido del propio almacén ceremonial.

La autorización llevaba el sello del comandante Julián.

Por un momento incluso Santiago dudó.

Julián no se defendió.

Sacó su sello actual y lo estampó junto al documento.

Había una pequeña diferencia.

El suyo tenía una grieta en la media luna inferior.

El documento no.

Era un sello antiguo retirado casi un año antes.

¿Dónde se guardaban los sellos retirados antes de destruirlos?

En los archivos del consejo.

La siguiente pista parecía señalar a Daniel Vargas, secretario real.

Otra persona cercana al rey.

Algo empezó a incomodarme.

—Las pruebas están demasiado bien colocadas.

Mauricio me observó.

Le expliqué a Santiago lo que veía.

La mezcla pretendía debilitar a su loba.

Los documentos falsos pretendían debilitar su confianza en las personas cercanas.

No querían solamente que Santiago perdiera fuerza.

Querían aislarlo.

Daniel sacó el documento de la cadena normal de archivos y revisó copias independientes.

Encontró que el antiguo programa de supresión no había terminado cuando las familias creían.

Una división había continuado investigando durante otros seis años.

El responsable administrativo había sido Mauricio.

Entonces apareció el documento que cambió completamente la investigación.

Una solicitud de regencia de emergencia.

Había sido presentada dos días antes de la Asamblea.

Establecía que, si el Rey Alfa mostraba una pérdida pública de autoridad o incapacidad temporal para controlar a su lobo, el consejo podía asumir parte de sus funciones.

Leí los síntomas descritos.

Disminución de respuesta.

Debilitamiento de dominancia.

Inestabilidad temporal en el mando.

Eran casi las mismas palabras utilizadas veinte años antes para describir los efectos de los supresores.

Miré la fecha otra vez.

—Esto fue escrito antes de que intentaran usar la mezcla.

Santiago levantó los ojos.

Ahí apareció el verdadero plan.

Primero preparaban la solución política.

Después provocarían exactamente el problema que permitiría utilizarla.

El ataque no pretendía eliminar al rey.

Pretendía debilitarlo públicamente durante unas horas.

Suficiente para activar la regencia.

Mauricio aseguró que era una simple medida preventiva.

Pero todavía faltaba demostrar quién había preparado la mezcla actual.

Entonces propuse hacer algo arriesgado.

Informar discretamente que Santiago sí había estado expuesto.

Hacer creer a quien estuviera detrás que la primera dosis había funcionado parcialmente.

Si necesitaban demostrar su debilidad esa misma noche, probablemente intentarían completar el efecto.

Santiago aceptó.

Durante la reunión de emergencia fingió cansancio.

Yo permanecí cerca del corredor de servicio revisando infusiones.

Un joven mensajero apareció con una copa plateada cubierta.

Olí la mezcla antes de que llegara a la puerta.

El mismo frío regresó a mi garganta.

—Detente.

El muchacho se quedó paralizado.

Aseguró que la copa ya estaba preparada cuando entró al cuarto.

Preguntamos quién había pasado por allí.

Dos asistentes.

Un funcionario.

Y Mauricio Salcedo.

Los análisis confirmaron el mismo supresor.

Ahora teníamos una segunda dosis.

Pero Santiago decidió continuar con la reunión.

Mauricio solicitó inmediatamente una prueba formal de autoridad debido a los rumores sobre el estado del rey.

Eso era exactamente lo que esperábamos.

Santiago se puso de pie.

Emitió una orden alfa sencilla.

Todos los cambiaformas presentes la sintieron.

Incluso Mauricio reaccionó por instinto.

No había debilitamiento.

Daniel colocó entonces sobre la mesa la petición presentada dos días antes.

Teresa añadió los documentos del programa infantil.

Julián mostró el sello falsificado.

La médica presentó el análisis químico.

Y finalmente apareció el registro del cuarto de preparación.

El código privado de Mauricio había abierto la puerta poco antes de que apareciera la segunda copa.

Intentó decir que yo, una omega resentida, estaba construyendo una historia con coincidencias.

Durante años esa frase habría bastado para hacerme dudar.

Esta vez no.

—No necesitan creerme porque sea omega.

Señalé los documentos.

—Solo necesitan leer.

La petición predijo los síntomas.

La fórmula provocaba exactamente esos síntomas.

El primer intento falló.

La segunda dosis apareció justo antes de la prueba que podía entregarle poder al consejo.

Y los documentos falsos intentaban incriminar a las personas más cercanas al rey.

No había una sola prueba espectacular.

Había una secuencia completa.

Santiago suspendió inmediatamente la autoridad de Mauricio y ordenó trasladar todos los archivos a investigadores independientes.

No hubo una escena violenta.

Ni una humillación pública.

Simplemente perdió acceso al sistema que había utilizado durante años.

Cuando la sala quedó casi vacía, Santiago me preguntó algo.

—¿Por qué te interpusiste aquella noche? Aquí mucha gente te trató como si valieras menos durante años.

La respuesta me salió sin pensarlo.

—Que otros hayan sido crueles conmigo no significa que yo tenga que convertirme en una persona cruel.

Seis semanas después, el antiguo programa fue cerrado oficialmente.

Todos los participantes sobrevivientes recibieron derecho a una evaluación médica independiente.

Ninguna sustancia capaz de afectar la loba podría administrarse sin consentimiento informado, excepto en una emergencia real.

Los productos utilizados en ceremonias reales comenzaron a verificarse por dos oficinas distintas.

Los sellos retirados serían destruidos bajo supervisión doble.

Y ningún informe médico podría activar por sí solo una regencia.

También me ofrecieron un nuevo puesto.

Analista Independiente de Seguridad Botánica.

Leí el documento.

Decía que debía responder ante el Consejo de Cumplimiento.

Tomé una pluma.

Lo taché.

Escribí:

Supervisión médica y botánica independiente, con informes disponibles tanto para la Corona como para el consejo.

Santiago firmó mi modificación sin cambiar una palabra.

Teresa continuó evaluándome.

El efecto de tantos años de supresión estaba desapareciendo lentamente.

Me dijo que tal vez algún día volvería a sentir a mi loba.

Quizá incluso podría transformarme.

Quizá no.

Sorprendentemente, ya no me importó como antes.

—Si regresa, la conoceré.

—¿Y si nunca regresa?

Miré por la ventana.

—Entonces sigo siendo yo.

Una tarde trabajaba en el jardín medicinal cuando Santiago apareció con dos tazas de té.

Las miré con desconfianza.

—Después de todo lo ocurrido, traerme una bebida sin análisis previo es bastante valiente.

Sonrió.

—Daniel recomendó revisarlas dos veces.

Las olí exageradamente.

Manzanilla.

Romero.

Nada extraño.

Tomé una.

Caminamos entre las plantas.

Al llegar al viejo encino se detuvo.

—¿Puedo preguntarte algo sin utilizar absolutamente nada de autoridad real?

—Puedes preguntar.

—¿Cenarías conmigo?

Lo miré.

No había consejo.

No había ceremonia.

No estaba agradeciéndome por haberlo ayudado.

Era simplemente un hombre haciendo una pregunta.

—¿El té está incluido?

—Podemos negociarlo.

Sonreí.

—Entonces sí.

Cuando llegamos a la puerta del jardín, quiso abrirla.

Llegué primero.

—Puedo abrir mi propia puerta.

Retrocedió inmediatamente.

—Lo sé.

Abrí.

Después lo miré.

—Pero puedes sostenerla.

Él rio y lo hizo.

Durante veinte años había esperado que apareciera una loba para demostrarles a todos que yo estaba completa.

Ahora entendía algo mucho más importante.

Tal vez mi loba regresaría.

Tal vez no.

Pero nunca había necesitado un aullido, un rango o una transformación para merecer respeto.

Quienes me habían llamado incompleta simplemente habían confundido obediencia con valor.

Y esa era una enfermedad que jamás había estado dentro de mí.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward