La huérfana que nadie valoraba entró al castillo del Rey Alfa… y descubrió el secreto que podía salvarlo

La huérfana que nadie valoraba entró al castillo del Rey Alfa… y descubrió el secreto que podía salvarlo

PARTE 1

La primera vez que escuché el nombre del Rey Alfa Raiden, todos me dijeron lo mismo: “Aléjate de ese castillo”.

Decían que quienes entraban a sus muros nunca volvían siendo los mismos.

Algunos hablaban de una antigua maldición. Otros aseguraban que el rey escondía un secreto tan peligroso que incluso sus propios sirvientes evitaban mirarlo a los ojos.

Yo no creía en esas historias.

La verdad era mucho más sencilla.

Yo no tenía otra opción.

Mi nombre es Nora.

Durante 22 años viví dentro del orfanato de Santa Miriam, un lugar donde aprendí a cocinar, limpiar y trabajar desde antes de ser una adulta.

Nunca conocí a mis padres.

Nunca tuve una familia.

Nunca tuve un apellido que pudiera decir con orgullo.

El único recuerdo que tenía de mi pasado era un pequeño pañuelo bordado que llevaba unas letras antiguas. La madre superiora decía que había llegado conmigo cuando era bebé, pero nunca supo quién lo había dejado.

Cuando cumplí la edad límite para permanecer allí, la puerta del orfanato se cerró detrás de mí.

No hubo despedida.

No hubo promesas.

Solo una bolsa con poca ropa y unas monedas que apenas alcanzaban para sobrevivir unos días.

Caminé sin rumbo hasta llegar al centro del pueblo.

Estaba cansada y tenía hambre cuando escuché a dos mujeres hablando cerca de un pozo.

—El castillo está buscando trabajadores —dijo una de ellas—. Pagan en plata y ofrecen comida.

La otra soltó una risa nerviosa.

—¿Trabajar para el Rey Alfa? Nadie sabe qué ocurre realmente ahí dentro.

Me quedé quieta.

Un castillo.

Un trabajo.

Una oportunidad.

No sabía nada sobre los Alfas ni sobre sus reglas, pero sabía algo más importante.

Si no hacía algo, no tendría dónde dormir.

Así que al día siguiente fui a la taberna donde estaban entrevistando nuevas sirvientas.

Había varias mujeres esperando.

Algunas parecían nerviosas.

Otras tenían miedo.

Cuando llegó mi turno, una mujer llamada Lady Adrian Greymark me observó como si pudiera descubrir todos mis secretos con una sola mirada.

—Nombre.

—Nora.

—Apellido.

Bajé la mirada.

—No tengo.

Ella guardó silencio unos segundos.

—Experiencia.

Le expliqué que había trabajado en la cocina del orfanato durante años. Que sabía limpiar, coser y aprender rápido.

Esperaba que me rechazara.

Pero después de observarme, dijo algo inesperado.

—Estás contratada.

Al día siguiente vi por primera vez el castillo de Baleward.

Era enorme.

Sus torres oscuras parecían tocar las nubes.

Los guardias caminaban por los muros y todos llevaban el símbolo del lobo del rey.

Desde el primer momento entendí algo.

Ese lugar no era como el mundo que yo conocía.

Durante las primeras semanas trabajé sin descanso.

Lavaba platos, preparaba comida y limpiaba habitaciones hasta que mis manos estaban agotadas.

Pero poco a poco comencé a notar cosas extrañas.

A veces veía llevar plantas medicinales hacia las habitaciones del rey.

Hierbas que no se usaban para cocinar.

Remedios antiguos.

También escuchaba susurros entre los trabajadores.

Decían que muchos curanderos habían intentado ayudar al rey.

Que nadie había conseguido solucionar su problema.

Que la maldición era demasiado antigua.

Yo intentaba ignorarlo.

Hasta que llegó la noche del cumpleaños del Rey Alfa.

El castillo estaba lleno de movimiento.

Pero algo era diferente.

Los guardias estaban tensos.

Algunos hablaban en voz baja.

Después de terminar mi trabajo pasada la medianoche, caminé por los pasillos vacíos.

Fue entonces cuando escuché un sonido.

Un rugido.

No era un ruido normal.

Era algo profundo, lleno de dolor.

Después llegó un golpe fuerte desde los pisos superiores.

Mi primera reacción fue alejarme.

Sabía que no debía estar allí.

Sabía que podía meterme en problemas.

Pero había algo en ese sonido que no me dejaba marcharme.

Parecía que alguien necesitaba ayuda.

Subí lentamente las escaleras.

Cada paso hacía que mi corazón latiera más rápido.

Los pasillos superiores estaban completamente vacíos.

Al final encontré una gran puerta cerrada.

Detrás de ella estaba el origen de aquel ruido.

Entonces escuché otro rugido.

Más fuerte.

Más cercano.

Mi mano tembló cuando acerqué los dedos a la puerta.

Y justo cuando iba a tocarla, escuché cómo algo dentro rompía las cadenas que lo mantenían encerrado…

PARTE 2

La puerta se abrió antes de que pudiera decidir si debía escapar.

Retrocedí un paso.

Y entonces lo vi.

El hombre frente a mí no parecía el rey frío que todos describían.

Parecía alguien luchando contra algo dentro de él.

Sus ojos tenían un brillo dorado extraño.

Sus manos cambiaban entre una apariencia humana y una más salvaje.

Pero lo que más me sorprendió no fue el miedo.

Fue la tristeza que vi en su mirada.

Era como si llevara años peleando una batalla completamente solo.

Intenté alejarme.

Pero él se detuvo.

No me atacó.

Solo me miró como si estuviera viendo algo imposible.

—¿Quién eres? —preguntó con dificultad.

No sabía qué responder.

Solo era Nora.

Una huérfana sin apellido.

Una sirvienta que nadie recordaría.

Pero algo extraño ocurrió.

Mientras estaba cerca de mí, aquella transformación comenzó a detenerse.

Su respiración se calmó.

Sus ojos recuperaron su forma normal.

El silencio llenó la habitación.

El Rey Alfa estaba sorprendido.

Yo también.

Después descubrí la verdad.

Raiden no era un monstruo.

Desde joven cargaba una maldición que aparecía cada año en su cumpleaños.

Su propio poder se volvía contra él y perdía el control de su naturaleza Alfa.

Durante años buscó una solución.

Pero nadie había podido ayudarlo.

Hasta esa noche.

Porque había algo diferente en mí.

Algo que yo desconocía.

Mi sangre tenía una antigua conexión con los sanadores del pasado.

Yo no era una simple sirvienta.

Aunque nunca lo había sabido, llevaba dentro una habilidad que podía calmar la maldición del rey.

Por primera vez en muchos años, Raiden había tenido una noche tranquila.

Pero yo no podía creerlo.

Toda mi vida me habían hecho sentir que no era importante.

¿Cómo podía alguien como él necesitar a alguien como yo?

Al amanecer decidí marcharme.

No porque no quisiera quedarme.

Sino porque tenía miedo.

Pensé que cuando despertara recordaría quién era yo realmente.

Una sirvienta sin nombre.

Una chica sin familia.

Pero antes de salir del castillo, Lady Adrian me encontró.

Su mirada era fría.

Me dijo que estaba cometiendo un error.

Que no pertenecía a ese lugar.

Que el mundo del rey no era para alguien como yo.

Sus palabras dolieron porque eran las mismas dudas que yo había tenido durante años.

Así que me fui.

Caminé lejos del castillo con solo una cosa conmigo: mi viejo pañuelo.

Pero no sabía que lo había perdido.

Y ese pequeño objeto cambiaría todo.

Cuando Raiden despertó y descubrió que yo ya no estaba, encontró el pañuelo cerca de la cama.

Lo sostuvo entre sus manos.

Entonces entendió algo.

No era solo un recuerdo.

Era una pista.

El aroma del pañuelo confirmaba lo que él había sentido.

Yo era la persona que había estado buscando durante toda su vida.

La única capaz de ayudarlo.

La única que podía romper la maldición.

El Rey Alfa reunió a sus guardias.

No buscaba a una sirvienta perdida.

Buscaba a la mujer que había cambiado su destino.

Mientras yo caminaba sola por el camino, sin saber qué ocurriría después, escuché caballos acercándose detrás de mí.

Me giré lentamente.

Y allí estaba él.

Raiden.

Pero esta vez no venía como un rey.

Venía como alguien que había encontrado aquello que pensó que nunca tendría.

Una familia.

Un hogar.

Y una persona que no lo veía como un monstruo.

Años después, cuando me preguntaban cómo una simple huérfana terminó cambiando la vida del Alfa más poderoso del reino, siempre respondía lo mismo:

“Nunca fui débil. Solo pasé demasiado tiempo rodeada de personas que no podían ver mi verdadero valor”.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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