La enviaron como espía al castillo del rey vampiro esperando que muriera… pero cuando él descubrió quién era realmente, en lugar de ejecutarla le ofreció algo que ninguna Omega había tenido jamás
La enviaron como espía al castillo del rey vampiro esperando que muriera… pero cuando él descubrió quién era realmente, en lugar de ejecutarla le ofreció algo que ninguna Omega había tenido jamás

PARTE 1
Toda mi vida aprendí que ser invisible podía mantenerme con vida.
Me llamo Elena, y nací como Omega dentro de la Manada Luna Gris. Para los demás yo era la muchacha que servía café, limpiaba mesas y permanecía callada durante las reuniones importantes.
Nadie sospechaba que precisamente por eso me habían convertido en espía.
La gente hablaba delante de mí porque creía que yo no importaba.
Hasta que el Consejo decidió enviarme a una misión de la que probablemente nunca regresaría.
—Entrarás al Castillo Carmesí —dijo el comandante Valdés—. Necesitamos saber qué está planeando el rey vampiro con los territorios orientales.
Sentí que se me helaba la sangre.
El rey Adrián Montenegro era una leyenda entre nuestra gente.
Tres espías habían intentado infiltrarse antes que yo.
Ninguno regresó.
—¿Cómo esperan que consiga entrar?
La consejera Victoria sonrió.
—No entrarás como espía.
Dejó un documento frente a mí.
—Entrarás como regalo.
Me quedé mirándola.
Nuestra manada fingiría querer establecer relaciones diplomáticas con los vampiros. Como muestra de buena voluntad, entregarían una Omega al rey.
Esa Omega sería yo.
—Tendrás acceso a sus habitaciones, reuniones y posiblemente a su consejo privado —explicó Valdés—. Observa. Memoriza. Informa.
—¿Y si descubre quién soy?
Victoria respondió sin pestañear:
—Entonces morirás.
A la mañana siguiente partí.
Cuando finalmente apareció el Castillo Carmesí entre las montañas, entendí por qué hasta nuestros guerreros pronunciaban su nombre en voz baja.
Parecía construido para intimidar.
Torres negras.
Ventanas iluminadas como ojos.
Guardias vampiros vestidos con armaduras oscuras.
Al llegar a las puertas dije exactamente lo que me habían ordenado:
—Soy un obsequio de la Manada Luna Gris para Su Majestad.
Me llevaron directamente al salón del trono.
Entonces lo vi.
Adrián Montenegro.
Esperaba encontrar un monstruo.
Encontré a un hombre inquietantemente hermoso.
Cabello oscuro, piel pálida y unos ojos color ámbar que parecían capaces de arrancarme todos los secretos sin necesidad de hacer una sola pregunta.
—¿Cómo te llamas?
—Elena, Majestad.
Se levantó.
Caminó alrededor de mí lentamente.
—¿Sabes qué suele ocurrir con los regalos que me envían?
Negué.
Se inclinó ligeramente.
—Son utilizados hasta que dejan de ser útiles.
Sentí miedo.
Pero no lo mostré.
Entonces levantó mi rostro con dos dedos.
Nuestros ojos se encontraron.
Su expresión cambió.
—Curioso…
—¿Qué cosa?
—No pareces tenerme miedo.
Mentí.
—No lo tengo.
Sonrió mostrando apenas los colmillos.
—Creo que voy a conservarte.
Me asignaron una habitación junto a sus aposentos privados.
Era exactamente lo que necesitaba.
Durante las siguientes semanas memoricé pasillos, horarios, reuniones y nombres.
Me convertí nuevamente en invisible.
Los vampiros hablaban delante de mí como si yo fuera parte de los muebles.
Y poco a poco descubrí algo inquietante.
La supuesta alianza militar de Adrián no parecía diseñada para atacar nuestra manada.
Parecía defensiva.
Mi Consejo me había ordenado encontrar pruebas de que el rey preparaba una guerra.
Pero las pruebas decían exactamente lo contrario.
Adrián parecía estar preparándose para defenderse.
Entonces escuché accidentalmente una conversación en la biblioteca.
—Sabemos que enviaron otro espía —dijo uno de sus asesores.
Mi corazón dejó de latir durante un segundo.
La voz de Adrián respondió:
—Lo sé.
Me quedé inmóvil detrás de los estantes.
—¿Cuándo piensa desenmascararlo?
Hubo una pausa.
—Pronto.
Esa noche decidí escapar.
Recogí mis notas y abrí la ventana.
No alcancé a poner un pie afuera.
La puerta se abrió violentamente.
La capitana de la guardia entró acompañada por dos soldados.
—El rey quiere verte.
Me condujeron bajo tierra.
Hasta una habitación de piedra.
Adrián estaba sentado frente a una mesa.
Y sobre ella…
estaban todas mis notas secretas.
Mis códigos.
Mis informes.
Todo.
—Siéntate, Elena.
Obedecí.
Él tomó uno de mis papeles.
—Tres semanas es bastante tiempo para espiar a un hombre.
Levantó los ojos.
—Los últimos tres espías enviados a mi castillo murieron.
Sentí que las piernas comenzaban a temblarme.
Adrián se levantó lentamente y caminó hacia mí.
Pensé que había llegado mi final.
Pero entonces se inclinó y pronunció algo completamente distinto:
—Por eso todavía no he decidido si debo matarte… o convertirte en la mujer más poderosa de este castillo.
PARTE 2
Lo miré convencida de haber escuchado mal.
—¿Qué?
Adrián volvió a sentarse.
—Encontré tus informes hace días.
Mi sangre se congeló.
Había sabido quién era.
Y había permitido que continuara.
—¿Por qué no me mataste?
—Porque quería saber qué clase de espía eras.
Colocó mis notas sobre la mesa.
Había descubierto algo.
Mis primeros informes seguían las órdenes del Consejo.
Después comenzaron a cambiar.
Cuando comprendí que Adrián no preparaba una invasión, dejé de enviar información falsa para justificar una guerra.
—Traicionaste las órdenes de tu propia gente para evitar que atacaran a un enemigo inocente —dijo.
—No traicioné a nadie.
—Entonces explícame por qué lo hiciste.
Respiré profundamente.
—Porque era lo correcto.
Por primera vez, Adrián sonrió sin parecer peligroso.
—Exactamente.
Entonces desplegó un mapa.
—Existe algo que tu Consejo desconoce.
Varias regiones estaban marcadas en negro.
—Los Puristas.
Conocía el nombre.
Todos lo conocíamos.
Pero pensábamos que eran una leyenda.
Adrián explicó que aquella organización estaba reuniendo un ejército formado por vampiros y cambiaformas radicales que consideraban imposible la convivencia entre nuestras especies.
Su objetivo era provocar una guerra total.
La alianza oriental no había sido creada para atacar a mi manada.
Había sido creada para detenerlos.
—Necesito alguien que comprenda ambos mundos —dijo Adrián.
—¿Por eso quieres mantenerme aquí?
—Quiero que seas mi estratega.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—Soy una Omega.
—Precisamente.
Se acercó.
—Toda tu vida las personas te han subestimado. Eso te enseñó a observar aquello que los poderosos nunca ven.
Después pronunció algo que jamás habría imaginado escuchar.
—Quiero darte autoridad dentro de mi Consejo.
Aquello no era un puesto.
Era poder real.
Pero puse una condición.
Informaría personalmente a mi manada sobre los Puristas.
Adrián aceptó.
Mi mensaje llegó al comandante Valdés acompañado por el sello real.
Una semana después, él mismo apareció en el Castillo Carmesí junto con varios miembros del Consejo.
Cuando entraron al salón del trono me encontraron de pie a la derecha del rey.
Victoria me miró como si hubiera visto un fantasma.
—Elena…
—Consejera.
—¿Eres prisionera?
—No.
Adrián permaneció en silencio.
Esta vez hablaría yo.
Presenté mapas, nombres, rutas y pruebas.
Durante tres días negociamos.
Finalmente ocurrió algo que meses antes habría parecido imposible.
Vampiros y cambiaformas firmaron una alianza.
Y yo fui nombrada enlace entre ambos pueblos.
Cuando los Puristas atacaron, nos encontraron preparados.
La guerra fue dura.
Perdimos soldados.
Pero evitamos una masacre mucho mayor.
Después de la victoria regresé al Castillo Carmesí.
Ya nadie me llamaba “la Omega”.
Los guardias me saludaban.
Los generales escuchaban cuando hablaba.
Tenía un asiento permanente en el Consejo de Guerra.
Por primera vez en mi vida…
era visible.
Pero algo más había cambiado.
Adrián y yo pasábamos noches enteras trabajando juntos.
Comenzamos hablando de estrategias.
Terminamos hablando de nosotros.
Descubrí que debajo del rey temido había un hombre terriblemente solo.
Y él descubrió que debajo de aquella Omega silenciosa existía una mujer cansada de ser tratada como si no valiera nada.
Una noche estábamos solos en su estudio.
—Cuando llegaste —confesó— sabía que eras diferente.
—Sabías que era espía.
—Eso también.
Reí.
Entonces se acercó.
—Pero aposté por algo más.
—¿Por qué?
—Por tu integridad.
Tomó mi mano.
Mi corazón se aceleró.
—Necesitaba alguien que pudiera estar a mi lado sin tener miedo de decirme que estoy equivocado.
Su mirada cambió.
Ya no hablábamos de política.
—Y después descubrí que simplemente quería que estuvieras a mi lado.
No pude responder inmediatamente.
Adrián continuó:
—El Consejo quiere convertir nuestra alianza en algo permanente.
—¿Cómo?
—Quieren que tome una consorte cambiaformas.
Sentí un extraño dolor en el pecho.
Hasta que comprendí cómo me estaba mirando.
—Pero no quiero elegir una mujer por política —añadió—. Quiero elegirte a ti.
Me quedé completamente quieta.
—Adrián…
—No como símbolo. No como regalo. Y jamás como propiedad.
Apretó suavemente mi mano.
—Como mi igual.
Toda mi vida otras personas habían decidido mi lugar.
Omega.
Sirvienta.
Espía.
Regalo.
Por primera vez alguien me estaba ofreciendo una elección.
Y por primera vez no tuve miedo de tomarla.
—Sí.
Adrián parpadeó.
—Todavía no termino.
—No necesito escuchar el resto.
Sonreí.
—Sí a ti. Sí a nosotros. Y sí a lo que venga.
Tiempo después regresé a aquella misma torre desde donde había pensado escapar durante mis primeras noches.
Pero esta vez llevaba una corona.
No porque un rey hubiera decidido rescatar a una pobre Omega.
Adrián jamás me había rescatado.
Me había dado la oportunidad de demostrar quién siempre había sido.
La mujer que llegó como un objeto destinado a ser utilizado terminó ayudando a construir una paz que nadie creía posible. La espía que esperaba ser ejecutada terminó convertida en estratega, líder y compañera del mismo rey al que debía traicionar.
Una tarde Adrián me encontró mirando las montañas.
—¿Te arrepientes?
Pensé en la muchacha que había llegado caminando sola hacia aquellas puertas convencida de que moriría allí.
—No.
—¿Ni siquiera de haber sido enviada como regalo?
Sonreí.
—Yo nunca fui un regalo.
Tomé su mano.
—Ellos simplemente tardaron demasiado en comprenderlo.
Adrián besó mi frente.
Y mientras contemplaba aquel territorio que antes había estado dividido por miedo y odio, finalmente entendí algo:
no había llegado al Castillo Carmesí para encontrar una corona.
Había llegado para descubrir que jamás necesité una para tener valor.
Y quizá por eso…
cuando finalmente la llevé sobre mi cabeza, nadie pudo volver a hacerme invisible.